viernes, 3 de diciembre de 2010

“EL DIA QUE LLOVIÓ DULCES”

Por Handry Santana

En el barrio, los sueños se empaquetan en las cajas vacías del colmado. Los niños despiertan por los ladridos interminables de perros realengos al estallido de “tiritos”. Anuncian la llegada de una navidad sin juguetes, ni cerdo asado. Al caer la tarde las casetas encienden sus luces parpadeantes, animando las manzanas y uvas que cuelgan como campanas junto a las moscas.

La alegría es tímida y forzada. Los pocos adornos navideños envuelven las columnas del billar y el mostrador de algún bar. La música dominguera se desvanece con el largo apagón, mientras la gente hace filas para ver el cuerpo ensangrentado de Vinicio “el guachi” quien abatido por la traición de su mujer se quitó la vida escuchando “el santo cachón”.

El ritmo no se detiene en un diciembre de poca fortuna y muchos pesares. La carita angelical de Bernardo, al que su abuela bautizó como “Dido”, es un consuelo. Pedirá al Niño Jesús Milagroso una lluvia de dulces que moje de caramelo las calles. Una idea que asaltó su inocencia, mientras aplastado por los más grandes solo pudo tomar una menta al quebrar la piñata en un cumpleaños.

“Dido” camina hacia la iglesia acompañado de los motes cantados por los muchachos. ¡Alambrito, María Palito! las voces hacen coro a su paso; pero no se detiene. Llega sin aliento rogando al padre Cáceres le permita entrar a la capilla donde está la imagen del Niño Jesús, que asegura la gente es milagroso. El sacerdote presume que algo grave pasa; pero Bernardo se niega a explicar los detalles.

De rodillas ante la destartalada figura el niño aprieta sus ojitos con la fuerza de un corazón limpio: “Niñito Jesús, quiero pedirte que caigan del cielo miles de dulces, así ningún niño estará triste esta navidad”. Hace la señal de la cruz en un parpadeo y sale corriendo hasta su casa.

Ni el alma transparente de “Dido” regala esperanza. Los cobradores son los Reyes Magos que tocan las puertas. No traen oro en sus bolsas, más que avisos de desalojo. La abuela del niño recoge lo que puede, deben abandonar la vivienda en horas. Los milagros tienen un precio.

Deambulan al desamparo. Algunas familias le han regalado agua y comida; pero nadie quiere compromisos con un huérfano y una enferma. Sentados frente a la iglesia el niño abraza la anciana que sin fuerzas solo alcanza a besarlo. Al amanecer la siente tiesa y fría, la llama a voces. Ya no responde.

Desfilan muchos camino al cementerio. Los mismos que cerraron sus puertas, ahora lanzan golosinas sobre el ataúd. El niño mira el cielo, se siente culpable no quería una lluvia de dulces con tanto dolor.

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