Mostrando las entradas con la etiqueta A propósito. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta A propósito. Mostrar todas las entradas
martes, 31 de enero de 2012
A PROPÓSITO...
CONVERSACIÓN CON EL MINUSVÁLIDO
Por Fernanado Ferreira
En la ciudad de Santo Domingo, casi siempre ubicado en la avenida Sarasota, donde ésta forma esquinas con la avenida Winston Curchill o la Abraham Lincoln, hay un pordiosero, que recorre esta larga cuadra en su silla de ruedas.
Nuestro personaje es muy locuaz, y como las oficinas de la institución para la cual laboro está ubicada en este tramo, hemos desarrollado cierta empatía, razón por la cual, cuando el tránsito vehicular lo permite, “me echo un conversa’o con él”.
La más reciente de nuestras conversaciones fue en los primeros días del año que discurre. Yo iba a buscar a Fernando José, nuestro nieto mayor, para ir a comprar los regalos de los Santos Reyes. Al verlo acercarse a mi vehículo, bajé el cristal de mi puerta, le entregué unas monedas y le saludé: “¿Cómo estás?”, le pregunté. “Yo estoy bien”, me respondió, con una amplia sonrisa. Y continuó, “Dándole gracias a Dios por lo generoso que ha sido conmigo”. “¿Usted sabe la cantidad de gente, aquí y en otros países, que están tan mal, que no tienen un techo, no tienen familia, ni siquiera tienen agua para tomar?”, me dijo, al tiempo que miraba al cielo y abría sus brazos, en señal de agradecimiento.
Yo le escuchaba con atención. No me perdía una sola de sus palabras, ni uno de sus gestos. Mi mente pasaba de “un trance emocional” a otro. Las imágenes y las preguntas fluían en mi cerebro, a tal velocidad que creí que mis neuronas se iban a fundir.
Pero, lo que rebosó mi límite emocional fue cuando le escuché decir: “Todas las madrugadas, yo me despierto y sostengo una conversación muy íntima con el Señor. Es entre Él y yo. En nuestro diálogo, yo me entiendo con Él. Le doy gracias por lo bueno que es conmigo, por todo lo que me da a diario, imploro su protección y le pido lo que espero recibir en este día”.
Por suerte para mí, la luz del semáforo cambió a verde, porque ya no sólo mis ojos estaban llenos de lágrimas, sino que éstas corrían a borbotones por mis mejillas. No pude parar de llorar en el trayecto que recorrí para recoger a Fernando José. Antes de llegar donde nuestro nieto, hice todo lo posible por enmascarar mis emociones, lo cual, aparentemente no logré, pues Fernando José tan pronto me vio, me preguntó: “¿Chochón, que te pasa?”. “Nada”, le respondí escuetamente. “Tú tienes los ojos completamente rojos…”, continuó diciendo. Pero, yo le cambié el tema y empezamos a hablar de juguetes, Santos Reyes y cosas más interesantes para él y que me sacaban a mí de aprietos.
No puedo terminar estas cuartillas sin preguntarle al amable lector ¿Está usted consciente de la inmensa fortuna que posee? ¿No la ha cuantificado aun? No esperaría que lo haga en el horario de nuestro personaje de hoy, pero ¿Se comunica usted, en diálogo íntimo, con el Sumo Creador para agradecerle su generosidad? ¿O pertenece usted al bando de los inconformes que siempre se quejan porque alguien tiene más dinero? Ojalá que no… y si es así, le invito a reflexionar.
Siga leyendo...
Por Fernanado Ferreira
En la ciudad de Santo Domingo, casi siempre ubicado en la avenida Sarasota, donde ésta forma esquinas con la avenida Winston Curchill o la Abraham Lincoln, hay un pordiosero, que recorre esta larga cuadra en su silla de ruedas.
Nuestro personaje es muy locuaz, y como las oficinas de la institución para la cual laboro está ubicada en este tramo, hemos desarrollado cierta empatía, razón por la cual, cuando el tránsito vehicular lo permite, “me echo un conversa’o con él”.
La más reciente de nuestras conversaciones fue en los primeros días del año que discurre. Yo iba a buscar a Fernando José, nuestro nieto mayor, para ir a comprar los regalos de los Santos Reyes. Al verlo acercarse a mi vehículo, bajé el cristal de mi puerta, le entregué unas monedas y le saludé: “¿Cómo estás?”, le pregunté. “Yo estoy bien”, me respondió, con una amplia sonrisa. Y continuó, “Dándole gracias a Dios por lo generoso que ha sido conmigo”. “¿Usted sabe la cantidad de gente, aquí y en otros países, que están tan mal, que no tienen un techo, no tienen familia, ni siquiera tienen agua para tomar?”, me dijo, al tiempo que miraba al cielo y abría sus brazos, en señal de agradecimiento.
Yo le escuchaba con atención. No me perdía una sola de sus palabras, ni uno de sus gestos. Mi mente pasaba de “un trance emocional” a otro. Las imágenes y las preguntas fluían en mi cerebro, a tal velocidad que creí que mis neuronas se iban a fundir.
Pero, lo que rebosó mi límite emocional fue cuando le escuché decir: “Todas las madrugadas, yo me despierto y sostengo una conversación muy íntima con el Señor. Es entre Él y yo. En nuestro diálogo, yo me entiendo con Él. Le doy gracias por lo bueno que es conmigo, por todo lo que me da a diario, imploro su protección y le pido lo que espero recibir en este día”.
Por suerte para mí, la luz del semáforo cambió a verde, porque ya no sólo mis ojos estaban llenos de lágrimas, sino que éstas corrían a borbotones por mis mejillas. No pude parar de llorar en el trayecto que recorrí para recoger a Fernando José. Antes de llegar donde nuestro nieto, hice todo lo posible por enmascarar mis emociones, lo cual, aparentemente no logré, pues Fernando José tan pronto me vio, me preguntó: “¿Chochón, que te pasa?”. “Nada”, le respondí escuetamente. “Tú tienes los ojos completamente rojos…”, continuó diciendo. Pero, yo le cambié el tema y empezamos a hablar de juguetes, Santos Reyes y cosas más interesantes para él y que me sacaban a mí de aprietos.
No puedo terminar estas cuartillas sin preguntarle al amable lector ¿Está usted consciente de la inmensa fortuna que posee? ¿No la ha cuantificado aun? No esperaría que lo haga en el horario de nuestro personaje de hoy, pero ¿Se comunica usted, en diálogo íntimo, con el Sumo Creador para agradecerle su generosidad? ¿O pertenece usted al bando de los inconformes que siempre se quejan porque alguien tiene más dinero? Ojalá que no… y si es así, le invito a reflexionar.
Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
domingo, 20 de noviembre de 2011
A PROPÓSITO...
RECUERDOS EN MI VIDA - II
Fernando Ferreira Azcona
Lea la Primera parte
Como todo dominicano nacido y criado durante la Era de Trujillo (gracias a Dios que esa Era, ya no es), tuve que esperar a cumplir los siete años de edad para ingresar al sistema educativo formal de la época. Debido a que mi cumpleaños es a finales Mayo, debí esperar a que pasaran las vacaciones de verano, y a que se reabrieran las escuelas en Septiembre para ingresar, ya alfabetizado en una escuela-hogar, al primer año, en la entonces Escuela Pública Primaria e Intermedia Presidente Trujillo (hoy Juan Isidro Pérez). Mi primera maestra fue la señorita Josefa (Chefa) Peña, quien posteriormente se casó y formó un precioso hogar (ver “A Mis Maestros con Cariño” ).
De mi segundo año escolar tengo varios recuerdos, pero los limitaré a dos. Ese año, mi maestro fue el gran educador Ramón García (el Sr. García), hombre de una disciplina cuasi-militar y muy exigente. Pero, también un tomador de café y fumador empedernido. Así que lo recuerdo en su aula de clases, la cual quedaba al terminar la escalera en el segundo piso, inmediatamente a la derecha, con su famosa varita de bambú, su botellita de jugo de uvas llena de café, en el bolsillo derecho trasero y después de cada sorbo, encendía un cigarrillo ¿Hollywood?, el cual colocaba previamente en su pitillo o boquilla.
De mi segundo año también recuerdo el día que mataron a los hermanos Maldonado Díaz, quienes habían participado en el asalto al Royal Bank of Canada, en Santiago. Un hermano de ellos, contemporáneo mío, era mi compañero de curso y nos sentábamos uno al lado del otro. Esa tarde, mi compañero no paraba de llorar, y por más que el Señor García le preguntaba qué le pasaba, él se negaba a responder y su lloro arreciaba. La escena continuó hasta que otro compañero de clase dijo saber qué atormentaba a nuestro amigo, pero no lo diría en voz alta. Como yo “oía más que un tísico”, escuché el secreto que le dijo el tercer compañero de clases al Sr. García. Éste, conmovido, le dio permiso a nuestro acongojado amigo para que se marchara a su casa.
¿Cómo no recordar a la MAESTRA de maestros? Doña Altagracia Camelia Disla Rodríguez fue mi maestra en el cuarto grado de la primaria. Tengo tantos gratos recuerdos y vivencias de ella que tendría que llenar varias cuartillas para describirlos. A mis sesenta y cinco años de edad (si es que no me declararon tardíamente), cada día aprendo algo nuevo de su ética de trabajo, de su entrega, de su vocación de servicio y de tantas características positivas que adornan a Doña Camelia. Doy gracias a Dios por haber sido su alumno y por darme al menos dos oportunidades de decirle públicamente, cuanto la quiero, cuanto le agradezco y cuanto le debemos generaciones de maeños y de linieros que “pasamos por sus manos”, y en las cuales dejó huellas imborrables.
También recuerdo aquella niñita que durante un recreo subió al segundo piso de la Escuela Primaria. Ésta se ofuscó, perdió completamente la orientación, y por tanto, no sabía dónde quedaban las escaleras para bajar de nuevo. Estaba a punto de lanzarse al patio de la escuela, desde el segundo piso, cuando Danilo Disla, en un acto heroico, subió las escaleras como una tromba, llegó hasta donde estaba la niña, la tomó por uno de sus brazos y le salvó la vida.
Recuerdo vívidamente aquel pobre hombre cuyo cadáver apareció “ahorcado con su propia correa”, sentado en el suelo, al pie de la mata de granada que quedaba en el frente del plantel escolar. Este señor fue una víctima inocente de la tiranía trujillista, y pagó las consecuencias del embadurnamiento con heces humanas a que fue sometido el busto de Rafael Leónidas Trujillo Molina, ubicado en dicha escuela, al cual se le puso además, un letrero que decía: “Come ahí papá”. Recuerdo, también perfectamente, quienes lo hicieron (aunque ahora, otros se adjudican la autoría de este arriesgado acto), pero uno de los verdaderos autores ya se marchó a la morada eterna, razón por la cual me reservo sus nombres.
Recuerdo con mucho cariño a mi Maestra de octavo curso. En ese entonces, ella era una bella jovencita (más joven que muchos de sus alumnos). Aun sigue siendo una mujer preciosa, elegante, trabajadora incansable y muy inteligente. Muchos de los articulistas y comentaristas de MEEC fueron posteriormente sus alumnos, pues tuve el privilegio de pertenecer a su primer grupo de discípulos. Su nombre: Lavinia Del Villar Jorge (hoy de Fernández, esposa de mi buen amigo Mauricio, mejor conocido como Ticuí).
Imposible no recordar el terror que me metieron los alumnos que iban delante de mí con el álgebra y a mi primo que “se comía ei áigebra”, pero siempre se quemaba. Como en el Mao aldeano de entonces, todos nos conocíamos y sabíamos “de qué pata cojeaba” cada quien, se corrió la voz de que yo era buen estudiante y descollaba, principalmente en matemáticas. “Deja que tú llegues a primer teórico y te encuentres con el álgebra”, me decían. “Ahí no es con números del 1 al 10, es con letras que tú vas a bregar. Te vas a encontrar que en un caso, la “A” vale 5, en otro, su valor es 7 y en otro puede valer 17 ó 20. Lo peor es que uno nunca sabe cuánto vale la fuñía letra”. Casi entro en pánico antes de conocer al brillante profesor Andrés Ramos Bonilla (Pequeño). Me parece verlo y escucharlo decir: (A + B) al cuadrado es igual a A al cuadrado + 2 AB + B al cuadrado… Total, el álgebra resultó ser una de mis materias favoritas (como todas las matemáticas), y por tanto, obtuve una excelente nota.
No podría omitir entre mis grandes y más placenteros recuerdos, a uno de los mejores equipos de beisbol juvenil que haya tenido Mao en toda su historia. Me refiero a “Los Yankees Maeños”. Posteriormente surgieron otros equipos juveniles muy buenos, formados por los muchachos que nos sucedieron, como “Las Estrellas Maeñas”, a los que no vi jugar, pero he leído lo que sobre ellos han escrito Ley Simé y Manito Santana. No quiero poner en duda su indiscutible calidad, pero no creo que fueran mejores que “Los Yankees Maeños”. Con la excepción del autor de este artículo, nuestro equipo era una constelación de estrellas. Una de mis anécdotas favoritas es cuando fuimos a Pueblo Nuevo a jugar con el equipo amateur de allí. Fuimos en camión de recoger la basura, jugamos dos juegos de nueve entradas cada uno y… regresamos en el “carro de Don Fernando”: un rato a pie, y el otro… caminando.
Otro episodio que vivirá por siempre en mi mente es la mañana que los estudiantes decidimos tomar el edificio del antiguo Partido Dominicano (hoy Recinto de la Universidad Tecnológica de Santiago, en Mao) y convertirlo en nuestro Liceo Secundario Eugenio Deschamps. En ese entonces, en el liceo había dos agrupaciones de estudiantes, la Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER) y la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Entre ambos grupos hubo comunión de objetivos, motivamos al estudiantado, nos echamos los pupitres y los pizarrones al hombro y marchamos por la calle Duarte en pos de nuestra meta. Aquello había que verlo, cientos de jóvenes vestidos de kaki, con los maltrechos pupitres en el “caco”. Cuando la policía vino a llegar, ya habíamos tomado el local y no hubo forma de que nos sacaran del mismo. Allí funcionó el Liceo Secundario Eugenio Deschamps, hasta que se construyó el Don Juan de Jesús Reyes.
¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánto idealismo y cuántos sueños! ¡Muchos de ellos… frustrados! Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Lea la Primera parte
Como todo dominicano nacido y criado durante la Era de Trujillo (gracias a Dios que esa Era, ya no es), tuve que esperar a cumplir los siete años de edad para ingresar al sistema educativo formal de la época. Debido a que mi cumpleaños es a finales Mayo, debí esperar a que pasaran las vacaciones de verano, y a que se reabrieran las escuelas en Septiembre para ingresar, ya alfabetizado en una escuela-hogar, al primer año, en la entonces Escuela Pública Primaria e Intermedia Presidente Trujillo (hoy Juan Isidro Pérez). Mi primera maestra fue la señorita Josefa (Chefa) Peña, quien posteriormente se casó y formó un precioso hogar (ver “A Mis Maestros con Cariño” ).
De mi segundo año escolar tengo varios recuerdos, pero los limitaré a dos. Ese año, mi maestro fue el gran educador Ramón García (el Sr. García), hombre de una disciplina cuasi-militar y muy exigente. Pero, también un tomador de café y fumador empedernido. Así que lo recuerdo en su aula de clases, la cual quedaba al terminar la escalera en el segundo piso, inmediatamente a la derecha, con su famosa varita de bambú, su botellita de jugo de uvas llena de café, en el bolsillo derecho trasero y después de cada sorbo, encendía un cigarrillo ¿Hollywood?, el cual colocaba previamente en su pitillo o boquilla.
De mi segundo año también recuerdo el día que mataron a los hermanos Maldonado Díaz, quienes habían participado en el asalto al Royal Bank of Canada, en Santiago. Un hermano de ellos, contemporáneo mío, era mi compañero de curso y nos sentábamos uno al lado del otro. Esa tarde, mi compañero no paraba de llorar, y por más que el Señor García le preguntaba qué le pasaba, él se negaba a responder y su lloro arreciaba. La escena continuó hasta que otro compañero de clase dijo saber qué atormentaba a nuestro amigo, pero no lo diría en voz alta. Como yo “oía más que un tísico”, escuché el secreto que le dijo el tercer compañero de clases al Sr. García. Éste, conmovido, le dio permiso a nuestro acongojado amigo para que se marchara a su casa.
¿Cómo no recordar a la MAESTRA de maestros? Doña Altagracia Camelia Disla Rodríguez fue mi maestra en el cuarto grado de la primaria. Tengo tantos gratos recuerdos y vivencias de ella que tendría que llenar varias cuartillas para describirlos. A mis sesenta y cinco años de edad (si es que no me declararon tardíamente), cada día aprendo algo nuevo de su ética de trabajo, de su entrega, de su vocación de servicio y de tantas características positivas que adornan a Doña Camelia. Doy gracias a Dios por haber sido su alumno y por darme al menos dos oportunidades de decirle públicamente, cuanto la quiero, cuanto le agradezco y cuanto le debemos generaciones de maeños y de linieros que “pasamos por sus manos”, y en las cuales dejó huellas imborrables.
También recuerdo aquella niñita que durante un recreo subió al segundo piso de la Escuela Primaria. Ésta se ofuscó, perdió completamente la orientación, y por tanto, no sabía dónde quedaban las escaleras para bajar de nuevo. Estaba a punto de lanzarse al patio de la escuela, desde el segundo piso, cuando Danilo Disla, en un acto heroico, subió las escaleras como una tromba, llegó hasta donde estaba la niña, la tomó por uno de sus brazos y le salvó la vida.
Recuerdo vívidamente aquel pobre hombre cuyo cadáver apareció “ahorcado con su propia correa”, sentado en el suelo, al pie de la mata de granada que quedaba en el frente del plantel escolar. Este señor fue una víctima inocente de la tiranía trujillista, y pagó las consecuencias del embadurnamiento con heces humanas a que fue sometido el busto de Rafael Leónidas Trujillo Molina, ubicado en dicha escuela, al cual se le puso además, un letrero que decía: “Come ahí papá”. Recuerdo, también perfectamente, quienes lo hicieron (aunque ahora, otros se adjudican la autoría de este arriesgado acto), pero uno de los verdaderos autores ya se marchó a la morada eterna, razón por la cual me reservo sus nombres.
Recuerdo con mucho cariño a mi Maestra de octavo curso. En ese entonces, ella era una bella jovencita (más joven que muchos de sus alumnos). Aun sigue siendo una mujer preciosa, elegante, trabajadora incansable y muy inteligente. Muchos de los articulistas y comentaristas de MEEC fueron posteriormente sus alumnos, pues tuve el privilegio de pertenecer a su primer grupo de discípulos. Su nombre: Lavinia Del Villar Jorge (hoy de Fernández, esposa de mi buen amigo Mauricio, mejor conocido como Ticuí).
Imposible no recordar el terror que me metieron los alumnos que iban delante de mí con el álgebra y a mi primo que “se comía ei áigebra”, pero siempre se quemaba. Como en el Mao aldeano de entonces, todos nos conocíamos y sabíamos “de qué pata cojeaba” cada quien, se corrió la voz de que yo era buen estudiante y descollaba, principalmente en matemáticas. “Deja que tú llegues a primer teórico y te encuentres con el álgebra”, me decían. “Ahí no es con números del 1 al 10, es con letras que tú vas a bregar. Te vas a encontrar que en un caso, la “A” vale 5, en otro, su valor es 7 y en otro puede valer 17 ó 20. Lo peor es que uno nunca sabe cuánto vale la fuñía letra”. Casi entro en pánico antes de conocer al brillante profesor Andrés Ramos Bonilla (Pequeño). Me parece verlo y escucharlo decir: (A + B) al cuadrado es igual a A al cuadrado + 2 AB + B al cuadrado… Total, el álgebra resultó ser una de mis materias favoritas (como todas las matemáticas), y por tanto, obtuve una excelente nota.
No podría omitir entre mis grandes y más placenteros recuerdos, a uno de los mejores equipos de beisbol juvenil que haya tenido Mao en toda su historia. Me refiero a “Los Yankees Maeños”. Posteriormente surgieron otros equipos juveniles muy buenos, formados por los muchachos que nos sucedieron, como “Las Estrellas Maeñas”, a los que no vi jugar, pero he leído lo que sobre ellos han escrito Ley Simé y Manito Santana. No quiero poner en duda su indiscutible calidad, pero no creo que fueran mejores que “Los Yankees Maeños”. Con la excepción del autor de este artículo, nuestro equipo era una constelación de estrellas. Una de mis anécdotas favoritas es cuando fuimos a Pueblo Nuevo a jugar con el equipo amateur de allí. Fuimos en camión de recoger la basura, jugamos dos juegos de nueve entradas cada uno y… regresamos en el “carro de Don Fernando”: un rato a pie, y el otro… caminando.
Otro episodio que vivirá por siempre en mi mente es la mañana que los estudiantes decidimos tomar el edificio del antiguo Partido Dominicano (hoy Recinto de la Universidad Tecnológica de Santiago, en Mao) y convertirlo en nuestro Liceo Secundario Eugenio Deschamps. En ese entonces, en el liceo había dos agrupaciones de estudiantes, la Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER) y la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Entre ambos grupos hubo comunión de objetivos, motivamos al estudiantado, nos echamos los pupitres y los pizarrones al hombro y marchamos por la calle Duarte en pos de nuestra meta. Aquello había que verlo, cientos de jóvenes vestidos de kaki, con los maltrechos pupitres en el “caco”. Cuando la policía vino a llegar, ya habíamos tomado el local y no hubo forma de que nos sacaran del mismo. Allí funcionó el Liceo Secundario Eugenio Deschamps, hasta que se construyó el Don Juan de Jesús Reyes.
¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánto idealismo y cuántos sueños! ¡Muchos de ellos… frustrados! Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
lunes, 31 de octubre de 2011
A PROPÓSITO DE...
RECUERDOS EN MI VIDA - I
Fernando Ferreira Azcona
Lea la Segunda parte
Obviamente, no recuerdo el momento de mi nacimiento, pero sí recuerdo, porque me lo contó muchas veces Mamacía, mi abuela materna, quien estuvo presente en el momento que llegué a este mundo, que mamá-Fefita, la partera que asistió a mi querida madre en ese momento supremo, exclamó “este es Azcona puro”. Y quizás este fue el “link” que nos hizo el uno para el otro (ver MAMACÍA Y YO.). Ese amor tan grande que me unió a mi abuela materna, hizo que en mi niñez, en ocasiones, me sintiera más Azcona que Ferreira.
Recuerdo vívidamente la humilde casita, ubicada en Sibila, en la polvorienta calle Duarte de entonces, a dos cuadras del canal mayor, donde nacimos cuatro de los nueve hermanos Ferreira Azcona. Tenía una pequeña sala, comedor y dos habitaciones. Una enramada techada de cana la separaba de la cocina, también techada de cana, la cual estaba situada completamente independiente del primer inmueble.
También recuerdo la hortaliza que tenía Papá en el fondo del patio. Mi especie favorita era la de tomates pequeñitos (aquellos que se utilizaban para hacer huevos revueltos) que crecían y producían sobre una enredadera que nuestro Viejo le había hecho para soportar las ramas y que sus frutos no se dañaran al contacto con el suelo. ¡Si tuviera un peso por cada tomatillo crudo que me comí, hoy fuera millonario!
¿Cómo no recordar a nuestro perro Titán? Su nombre original era Capitán, pero el Perínclito de San Cristóbal prohibió que animales cuadrúpedos llevaran nombres que correspondiesen a rangos de las fuerzas armadas. De ahí que, su nombre derivó al que lo hizo famoso en nuestra familia. Titán era de color mela’o con el hocico negro, grande y corpulento. Sobrevivió tantas veces a las campañas de envenenamientos de “la sanidad”, que me atrevería a decir que hizo un post doctorado en esos menesteres. También me atrevería a aseverar, que antes de que Pavlov, el famoso científico ruso, condicionara la reacción de su perro, nosotros lo hicimos con Titán, en nuestra humilde casita de Sibila. ¿Cómo ocurrió esto? A consecuencia de los tantos envenenamientos, Titán desarrolló serias limitaciones digestivas. Me imagino que su hígado estaba destrozado. De tal manera, que se tiraba los “follones” más hediondos que usted pueda imaginarse, cuando esto ocurría, el ambiente se inundaba de una pestilencia terrible, y teníamos que “aperrear” a Titán para que se fuera con su hedor a otra parte. Esta desagradable situación se desarrollaba con tanta frecuencia, que cuando nuestro leal perro escuchaba que alguien gritaba: “fooo se cag… Titán”, el pobre animal salía disparado, “como alma que lleva el diablo”. Como fiel y leal amigo, regresaba minutos después al patio de nuestro hogar.
En una ocasión, fui al local donde Papá tuvo su primer negocio. Este estaba ubicado en una casona de madera pintada de azul, en la calle Máximo Cabral, también en Sibila: Si mi memoria no me traiciona, entre las calles Félix María Bonilla y la calle donde vivían los padres de José Fermín Francisco y de Rolando Espinal. Una vez en dicho local, me fui al patio del mismo, donde encontré una carretilla y me propuse hacerla pasar sobre la raíz de una mata de cambrón, que sobresalía unas seis pulgadas sobre el suelo. En cada intento, la trompa de la carretilla chocaba con la raíz y mi esfuerzo resultaba fallido. Como una de mis características es la perseverancia, no me di por vencido y cada vez me separaba más de la raíz, para tomar mayor impulso, hasta que ocurrió lo que debía suceder: emprendí la carrera “a toda máquina”, en pos de mi objetivo, pero esta vez, la velocidad de la carretilla era tal, que al chocar con la raíz, ésta brinco hacia atrás y hacia arriba, mientras yo seguí hacia delante. Golpeé el borde de la carretilla con mi frente, y… “el sangrerío”. Afortunadamente, tengo las cejas tan tupidas, que la cicatriz pasa inadvertida.
Como mis amables lectores recordarán, nosotros siempre íbamos a El Rubio, San José de las Matas, de vacaciones. Un verano, a Talla, quien era una Madre para nosotros, y a nuestros abuelos, se les antojó “desparasitarnos”, y nos prepararon un purgante de sen con cañafístola, el cual nos brindaron como si fuera un refresco, a media mañana. Sin embargo, cometieron el error de purgarnos a todos el mismo día. No transcurrió mucho tiempo para que los efectos del purgante empezaran a manifestarse en retortijones de barriga, unos cólicos terribles, y se armó el “corre-corre”. Al principio, nos peleábamos por el acceso a la letrina, la cual, no daba abasto para satisfacer la inusitada demanda de los desesperados usuarios. Pero, cuando los efectos del purgante alcanzaron el clímax, y la deshidratación empezó a surtir sus efectos, no teníamos fuerzas para correr a la letrina y mucho menos, para pelear por esta, era cuestión de agacharse, donde el cólico nos sorprendiera, y… fuaaaa. En honor a la verdad, nunca había visto, ni he vuelto a ver una cag… colectiva similar.
A propósito de El Rubio, la vida en esa comarca transcurría con mansedumbre. Allí, el tiempo parecía detenerse y cada quien tenía su propio predio, donde producía lo necesario para vivir: yuca, batata, frijoles, etc., y tenía dos o tres vaquitas para la leche de la familia.
El trueque desinteresado era común. Fulano le enviaba un saco de yuca a su compadre mengano, y este reciprocaba el gesto enviándole un saco de batatas. Se hacían “juntas”, en las que un grupo de hombres ayudaba a un amigo común a realizar determinada tarea, tan sólo por la comida del día.
En el verano, las frutas tropicales eran abundantes. Nos dábamos el lujo de escoger las más apetitosas y las demás se las echaban a los puercos en las pocilgas. Esta realidad cambió, cuando llegó a aquel apartado rincón, la Sociedad Industrial Dominicana y la siembra comercial de maní. Se despertó “la fiebre por el dinero efectivo”. Los campesinos sustituyeron sus conucos tradicionales por sembrados de maní y luego, se conoció el trabajo asalariado para la cosecha, formar las pacas de maní seco y el “despalillado” del mismo. Era en estas dos últimas labores, donde nosotros, los niños, ayudábamos a nuestras tías a ganarse unos pesos para suplir sus necesidades de vestido y calzados.
Asimismo, a El Rubio llegó la siembra de “yuca amarga” para la elaboración comercial de casabe. En esta actividad se involucraba toda la familia. En la siembra, cultivo y cosecha participaban los hombres. En el “descopotado” del tubérculo (quitarle la cáscara raspando el mismo con una afilada cuchara) participábamos los niños y las mujeres. En el “guayado” de la yuca volvían los hombres a tomar acción utilizando unos guayos industriales. Después venía el prensado de la masa obtenida con el “guayado” de la yuca, para extraerle el ácido prúsico, el cual es venenoso. En este proceso, también se extraían los almidones más solubles de la yuca, los cuales se colectaban en trampas diseñadas para estos fines, se ponían a secar, y posteriormente, se elaboraban los “panecicos” más sabrosos que usted pueda imaginarse, utilizando manteca de cerdo, que como ya he dicho, le imprime un sabor inigualable a la comida. El prensado y secado de la masa de yuca tomaba varios días y luego, nuestras tías procedían a elaborar el casabe, en grandes hornos, que entonces eran alimentados con leña. Nuestra participación en el “descopotado” de la yuca era retribuida por nuestras tías, que nos horneaban pequeñas tortas de casabe diseñadas especialmente para nosotros, unas veces rellenas de maní tostado y otras de ajonjolí, las que consumíamos con jarros de café recién colado en aquellos coladores que la greca desplazó.
Con el transcurrir del tiempo, Papá mudó su pulpería a la calle Duarte esquina Mella, frente a la Farmacia Mao. En esa casa vivieron luego, Momón “La Fuerza” y Milet Haddad con sus respectivas familias. Los hijos más viejos teníamos que turnarnos para llevarle el desayuno y la cena.
Papá iba a casa a almorzar al mediodía. En una ocasión, nuestro Viejo llamó a Norman para decirle “un secreto”. “No le digas nada a Fernan, pero en el Cine Jardín están dando la vida de Jackie Robinson y vamos a ir a verla, él está muy pequeño y si lo llevamos se va a dormir”. ¿Cuál no sería la sorpresa de Papá cuando escuchó detrás de él, “yo no me duermo no”? La carcajada de los amigos que estaban allí fue al unísono y alguien le dijo: “bueno, compadre, usted no tiene escapatoria. Llévese los dos muchachos a ver la película”. Fue así, como vi la biografía, llevada al cine, de ese portentoso atleta negro que tuvo el coraje de vencer la barrera del color en el béisbol de Grandes Ligas. Una de las escenas que más me impactó, fue cuando estando en el dugout, un fanático blanco, racista, le tiró un gato negro y le vociferó una sarta de improperios no publicables. Robinson, sin inmutarse, tomó el gato en sus manos y se puso a acariciarlo. ¿Qué sería del béisbol de hoy, sin la presencia del atleta de color? ¿Cuántas superestrellas de hoy le deben a Jackie Robinson sus grandes salarios? ¿Sería arriesgado decir que algunos de ellos no saben quién fue Jackie Robinson?
Estos recuerdos son de mi infancia, si me animo, les cuento otras de mi niñez, la adolescencia y… ¿quién sabe?
Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Lea la Segunda parte
Obviamente, no recuerdo el momento de mi nacimiento, pero sí recuerdo, porque me lo contó muchas veces Mamacía, mi abuela materna, quien estuvo presente en el momento que llegué a este mundo, que mamá-Fefita, la partera que asistió a mi querida madre en ese momento supremo, exclamó “este es Azcona puro”. Y quizás este fue el “link” que nos hizo el uno para el otro (ver MAMACÍA Y YO.). Ese amor tan grande que me unió a mi abuela materna, hizo que en mi niñez, en ocasiones, me sintiera más Azcona que Ferreira.
Recuerdo vívidamente la humilde casita, ubicada en Sibila, en la polvorienta calle Duarte de entonces, a dos cuadras del canal mayor, donde nacimos cuatro de los nueve hermanos Ferreira Azcona. Tenía una pequeña sala, comedor y dos habitaciones. Una enramada techada de cana la separaba de la cocina, también techada de cana, la cual estaba situada completamente independiente del primer inmueble.
También recuerdo la hortaliza que tenía Papá en el fondo del patio. Mi especie favorita era la de tomates pequeñitos (aquellos que se utilizaban para hacer huevos revueltos) que crecían y producían sobre una enredadera que nuestro Viejo le había hecho para soportar las ramas y que sus frutos no se dañaran al contacto con el suelo. ¡Si tuviera un peso por cada tomatillo crudo que me comí, hoy fuera millonario!
¿Cómo no recordar a nuestro perro Titán? Su nombre original era Capitán, pero el Perínclito de San Cristóbal prohibió que animales cuadrúpedos llevaran nombres que correspondiesen a rangos de las fuerzas armadas. De ahí que, su nombre derivó al que lo hizo famoso en nuestra familia. Titán era de color mela’o con el hocico negro, grande y corpulento. Sobrevivió tantas veces a las campañas de envenenamientos de “la sanidad”, que me atrevería a decir que hizo un post doctorado en esos menesteres. También me atrevería a aseverar, que antes de que Pavlov, el famoso científico ruso, condicionara la reacción de su perro, nosotros lo hicimos con Titán, en nuestra humilde casita de Sibila. ¿Cómo ocurrió esto? A consecuencia de los tantos envenenamientos, Titán desarrolló serias limitaciones digestivas. Me imagino que su hígado estaba destrozado. De tal manera, que se tiraba los “follones” más hediondos que usted pueda imaginarse, cuando esto ocurría, el ambiente se inundaba de una pestilencia terrible, y teníamos que “aperrear” a Titán para que se fuera con su hedor a otra parte. Esta desagradable situación se desarrollaba con tanta frecuencia, que cuando nuestro leal perro escuchaba que alguien gritaba: “fooo se cag… Titán”, el pobre animal salía disparado, “como alma que lleva el diablo”. Como fiel y leal amigo, regresaba minutos después al patio de nuestro hogar.
En una ocasión, fui al local donde Papá tuvo su primer negocio. Este estaba ubicado en una casona de madera pintada de azul, en la calle Máximo Cabral, también en Sibila: Si mi memoria no me traiciona, entre las calles Félix María Bonilla y la calle donde vivían los padres de José Fermín Francisco y de Rolando Espinal. Una vez en dicho local, me fui al patio del mismo, donde encontré una carretilla y me propuse hacerla pasar sobre la raíz de una mata de cambrón, que sobresalía unas seis pulgadas sobre el suelo. En cada intento, la trompa de la carretilla chocaba con la raíz y mi esfuerzo resultaba fallido. Como una de mis características es la perseverancia, no me di por vencido y cada vez me separaba más de la raíz, para tomar mayor impulso, hasta que ocurrió lo que debía suceder: emprendí la carrera “a toda máquina”, en pos de mi objetivo, pero esta vez, la velocidad de la carretilla era tal, que al chocar con la raíz, ésta brinco hacia atrás y hacia arriba, mientras yo seguí hacia delante. Golpeé el borde de la carretilla con mi frente, y… “el sangrerío”. Afortunadamente, tengo las cejas tan tupidas, que la cicatriz pasa inadvertida.
Como mis amables lectores recordarán, nosotros siempre íbamos a El Rubio, San José de las Matas, de vacaciones. Un verano, a Talla, quien era una Madre para nosotros, y a nuestros abuelos, se les antojó “desparasitarnos”, y nos prepararon un purgante de sen con cañafístola, el cual nos brindaron como si fuera un refresco, a media mañana. Sin embargo, cometieron el error de purgarnos a todos el mismo día. No transcurrió mucho tiempo para que los efectos del purgante empezaran a manifestarse en retortijones de barriga, unos cólicos terribles, y se armó el “corre-corre”. Al principio, nos peleábamos por el acceso a la letrina, la cual, no daba abasto para satisfacer la inusitada demanda de los desesperados usuarios. Pero, cuando los efectos del purgante alcanzaron el clímax, y la deshidratación empezó a surtir sus efectos, no teníamos fuerzas para correr a la letrina y mucho menos, para pelear por esta, era cuestión de agacharse, donde el cólico nos sorprendiera, y… fuaaaa. En honor a la verdad, nunca había visto, ni he vuelto a ver una cag… colectiva similar.
A propósito de El Rubio, la vida en esa comarca transcurría con mansedumbre. Allí, el tiempo parecía detenerse y cada quien tenía su propio predio, donde producía lo necesario para vivir: yuca, batata, frijoles, etc., y tenía dos o tres vaquitas para la leche de la familia.
El trueque desinteresado era común. Fulano le enviaba un saco de yuca a su compadre mengano, y este reciprocaba el gesto enviándole un saco de batatas. Se hacían “juntas”, en las que un grupo de hombres ayudaba a un amigo común a realizar determinada tarea, tan sólo por la comida del día.
En el verano, las frutas tropicales eran abundantes. Nos dábamos el lujo de escoger las más apetitosas y las demás se las echaban a los puercos en las pocilgas. Esta realidad cambió, cuando llegó a aquel apartado rincón, la Sociedad Industrial Dominicana y la siembra comercial de maní. Se despertó “la fiebre por el dinero efectivo”. Los campesinos sustituyeron sus conucos tradicionales por sembrados de maní y luego, se conoció el trabajo asalariado para la cosecha, formar las pacas de maní seco y el “despalillado” del mismo. Era en estas dos últimas labores, donde nosotros, los niños, ayudábamos a nuestras tías a ganarse unos pesos para suplir sus necesidades de vestido y calzados.
Asimismo, a El Rubio llegó la siembra de “yuca amarga” para la elaboración comercial de casabe. En esta actividad se involucraba toda la familia. En la siembra, cultivo y cosecha participaban los hombres. En el “descopotado” del tubérculo (quitarle la cáscara raspando el mismo con una afilada cuchara) participábamos los niños y las mujeres. En el “guayado” de la yuca volvían los hombres a tomar acción utilizando unos guayos industriales. Después venía el prensado de la masa obtenida con el “guayado” de la yuca, para extraerle el ácido prúsico, el cual es venenoso. En este proceso, también se extraían los almidones más solubles de la yuca, los cuales se colectaban en trampas diseñadas para estos fines, se ponían a secar, y posteriormente, se elaboraban los “panecicos” más sabrosos que usted pueda imaginarse, utilizando manteca de cerdo, que como ya he dicho, le imprime un sabor inigualable a la comida. El prensado y secado de la masa de yuca tomaba varios días y luego, nuestras tías procedían a elaborar el casabe, en grandes hornos, que entonces eran alimentados con leña. Nuestra participación en el “descopotado” de la yuca era retribuida por nuestras tías, que nos horneaban pequeñas tortas de casabe diseñadas especialmente para nosotros, unas veces rellenas de maní tostado y otras de ajonjolí, las que consumíamos con jarros de café recién colado en aquellos coladores que la greca desplazó.
Con el transcurrir del tiempo, Papá mudó su pulpería a la calle Duarte esquina Mella, frente a la Farmacia Mao. En esa casa vivieron luego, Momón “La Fuerza” y Milet Haddad con sus respectivas familias. Los hijos más viejos teníamos que turnarnos para llevarle el desayuno y la cena.
Papá iba a casa a almorzar al mediodía. En una ocasión, nuestro Viejo llamó a Norman para decirle “un secreto”. “No le digas nada a Fernan, pero en el Cine Jardín están dando la vida de Jackie Robinson y vamos a ir a verla, él está muy pequeño y si lo llevamos se va a dormir”. ¿Cuál no sería la sorpresa de Papá cuando escuchó detrás de él, “yo no me duermo no”? La carcajada de los amigos que estaban allí fue al unísono y alguien le dijo: “bueno, compadre, usted no tiene escapatoria. Llévese los dos muchachos a ver la película”. Fue así, como vi la biografía, llevada al cine, de ese portentoso atleta negro que tuvo el coraje de vencer la barrera del color en el béisbol de Grandes Ligas. Una de las escenas que más me impactó, fue cuando estando en el dugout, un fanático blanco, racista, le tiró un gato negro y le vociferó una sarta de improperios no publicables. Robinson, sin inmutarse, tomó el gato en sus manos y se puso a acariciarlo. ¿Qué sería del béisbol de hoy, sin la presencia del atleta de color? ¿Cuántas superestrellas de hoy le deben a Jackie Robinson sus grandes salarios? ¿Sería arriesgado decir que algunos de ellos no saben quién fue Jackie Robinson?
Estos recuerdos son de mi infancia, si me animo, les cuento otras de mi niñez, la adolescencia y… ¿quién sabe?
Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
martes, 27 de septiembre de 2011
A PROPÓSITO DE...
APÓSTOLES DE LA MEDICINA
Fernando Ferreira Azcona
Cuando yo era muchacho, -¡cuánta agua ha pasado por debajo del puente desde entonces!- el Hospital Ing. Luis L. Bogaert, de Mao, estaba ubicado en la calle Duarte, entre las calles Independencia y Mella, en el local donde luego funcionó la Guardería Infantil Municipal.
Tres razones me hacían frecuentar esa área: 1) Estaba ubicado a media cuadra de nuestra casa paterna y era tránsito obligado hacia la Escuela Pública Primaria e Intermedia Juan Isidro Pérez, y posteriormente, al Liceo Eugenio Deschamps, cuando éste estaba ubicado frente al parque Amado Franco Bidó, antes de que nos apoderáramos del local del antiguo Partido Dominicano; 2) También era tránsito obligado en mis viajes, todas las tardes al hoy Estadio Pucho Marrero, o al play de softbol, a practicar pelota, y 3) La temprana inclinación de nuestro hermano Norman (Mi Otro Líder) hacia la medicina, quien acudía a este centro de salud a realizar prácticas médicas.
En esa época, llegaron a Mao unos jóvenes médicos, verdaderos apóstoles de la medicina, a quienes les guardo un gran respeto, y por la dedicación y el esmero con que ejercían su profesión vivirán por siempre en mi memoria. Son ellos, los doctores Samuel De Moya Inoa, Manuel Peña Andújar, Víctor Cantisano Arias, Rafael (Fello) Rodríguez, Guarionex Flores, quien si mal no recuerdo fue de los primeros en llegar y ejercía en el Instituto Dominicano de Seguros Sociales (IDSS), y otro joven médico, muy apuesto, que a pesar de su juventud tenía muchas canas en su cabellera, cuyo nombre escapa a mi memoria.
Varios de ellos, Cantisano Arias, De Moya Inoa y aquel cuyo nombre no recuerdo, vivían frente al Hospital, en una pensión que tenía la señora más dulce que he conocido en mi vida, Mamalinda Ureña. Los Dres. Flores, Rodríguez y Peña Andújar ya estaban casados y vivían con sus respectivas familias.
A estos distinguidos profesionales de la medicina, les tocó ser pediatras, ginecólogos, obstetras, cirujanos, neumólogos, y cualquier otra especialidad de la medicina que a usted se le antoje. Esto así, porque eran médicos generales y en su práctica diaria, tenían que recibir toda clase de pacientes, cual que fuera la edad, sexo, enfermedad o dolencia que los aquejara.
Y lo peor de todo, es que a estos portentos de la medicina les tocó practicar la misma, prácticamente “a mano pelá’a”, pues en esa época no existían los análisis de laboratorio, ni los medios de estudios con los que hoy contamos, o a nuestro querido Mao estos avances de la medicina aun no habían llegado. ¡Y cuánto acierto tenían en sus certeros diagnósticos y tratamientos correspondientes! ¡Cuántos conocimientos de medicina clínica adornaban a nuestros protagonistas de hoy!
Sólo como ilustración, tres ejemplos en nuestra propia familia: A nuestro Viejo, le salvó la vida el Dr. Peña Andújar. Papá contrajo fiebre tifoidea, por allá, a finales de los años 40 ó principios de los 50, y este fiel discípulo de Hipócrates, iba dos veces al día, pedaleando en su flamante Raleigh, a nuestra casa en Sibila, a auscultar a su paciente. De este hecho, devino una gran amistad entre ellos, que aun perdura entre las dos familias, lo cual nos honra y nos enorgullece.
Posteriormente, nuestro hermano Alfonso (Fonso) fue rescatado de las garras de la muerte, por el mismo Dr. Peña Andújar. A muy tierna edad, Fonso padecía una septicemia, producto de una peritonitis (se le reventó el apéndice dentro del abdomen). Cuando el Dr. Peña vio el cuadro clínico, le dijo a nuestro Padre: “Compadre, yo lo opero, pero no le aseguro vida”. Después de varias semanas de internamiento (y de “preparar la casa” en más de una ocasión para recibir el cadáver), se hizo el milagro y nuestro querido hermano sobrevivió a esta terrible enfermedad. Cuando Papá le preguntó al Dr. Peña cuánto le debía, éste le respondió: “No fui yo quien le salvó el muchacho, fue Dios. Vamos a celebrarlo”.
Por último, quien embarra estas cuartillas fue operado de apendicitis en Mayo del año 1961, por el Dr. De Moya Inoa. Fue una intervención quirúrgica rutinaria, sin complicaciones y unos días después yo estaba de vuelta a la normalidad.
De estos Maestros de la Medicina, Peña Andújar, De Moya Inoa y Rodríguez ejercieron toda su vida en nuestra Patria Chica. Cantisano Arias se marchó a los Estados Unidos de América, donde se especializó en Radiología y allí ejerció hasta retirarse. El Dr. Flores regresó a nuestra ciudad capital a ejercer su apostolado. Una vez decapitada la tiranía trujillista retornó a Mao como Gobernador Provincial. El joven médico cuyo nombre no recuerdo, según me contó el Dr. De Moya Inoa, estableció una clínica en Navarrete, su lar natal, y falleció recientemente.
¡Loor a estos Apóstoles de la Medicina! ¡Mao tiene una deuda imperecedera con estos ilustres médicos! ¿Qué tal si los honrásemos designando algunas salas o quirófanos del Hospital Luis L. Bogaert con sus ilustres nombres? La idea está planteada…
PD: Creo de rigor recordar y también homenajear a los dedicados paramédicos (practicantes) que asistían a los Maestros de la Medicina a quienes dedico este artículo. Son ellos Rafael (Rafa) Morel, Darío Herrera, Miguelito Pérez, José Fermín (Mimín) Francisco, Evelio Martínez y Zoilo Crespo, quien luego se marchó a España, estudió medicina y hoy es un prestigioso cardiólogo, que ejerce en la ciudad de Santiago de los Caballeros. Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Cuando yo era muchacho, -¡cuánta agua ha pasado por debajo del puente desde entonces!- el Hospital Ing. Luis L. Bogaert, de Mao, estaba ubicado en la calle Duarte, entre las calles Independencia y Mella, en el local donde luego funcionó la Guardería Infantil Municipal.
Tres razones me hacían frecuentar esa área: 1) Estaba ubicado a media cuadra de nuestra casa paterna y era tránsito obligado hacia la Escuela Pública Primaria e Intermedia Juan Isidro Pérez, y posteriormente, al Liceo Eugenio Deschamps, cuando éste estaba ubicado frente al parque Amado Franco Bidó, antes de que nos apoderáramos del local del antiguo Partido Dominicano; 2) También era tránsito obligado en mis viajes, todas las tardes al hoy Estadio Pucho Marrero, o al play de softbol, a practicar pelota, y 3) La temprana inclinación de nuestro hermano Norman (Mi Otro Líder) hacia la medicina, quien acudía a este centro de salud a realizar prácticas médicas.
En esa época, llegaron a Mao unos jóvenes médicos, verdaderos apóstoles de la medicina, a quienes les guardo un gran respeto, y por la dedicación y el esmero con que ejercían su profesión vivirán por siempre en mi memoria. Son ellos, los doctores Samuel De Moya Inoa, Manuel Peña Andújar, Víctor Cantisano Arias, Rafael (Fello) Rodríguez, Guarionex Flores, quien si mal no recuerdo fue de los primeros en llegar y ejercía en el Instituto Dominicano de Seguros Sociales (IDSS), y otro joven médico, muy apuesto, que a pesar de su juventud tenía muchas canas en su cabellera, cuyo nombre escapa a mi memoria.
Varios de ellos, Cantisano Arias, De Moya Inoa y aquel cuyo nombre no recuerdo, vivían frente al Hospital, en una pensión que tenía la señora más dulce que he conocido en mi vida, Mamalinda Ureña. Los Dres. Flores, Rodríguez y Peña Andújar ya estaban casados y vivían con sus respectivas familias.
A estos distinguidos profesionales de la medicina, les tocó ser pediatras, ginecólogos, obstetras, cirujanos, neumólogos, y cualquier otra especialidad de la medicina que a usted se le antoje. Esto así, porque eran médicos generales y en su práctica diaria, tenían que recibir toda clase de pacientes, cual que fuera la edad, sexo, enfermedad o dolencia que los aquejara.
Y lo peor de todo, es que a estos portentos de la medicina les tocó practicar la misma, prácticamente “a mano pelá’a”, pues en esa época no existían los análisis de laboratorio, ni los medios de estudios con los que hoy contamos, o a nuestro querido Mao estos avances de la medicina aun no habían llegado. ¡Y cuánto acierto tenían en sus certeros diagnósticos y tratamientos correspondientes! ¡Cuántos conocimientos de medicina clínica adornaban a nuestros protagonistas de hoy!
Sólo como ilustración, tres ejemplos en nuestra propia familia: A nuestro Viejo, le salvó la vida el Dr. Peña Andújar. Papá contrajo fiebre tifoidea, por allá, a finales de los años 40 ó principios de los 50, y este fiel discípulo de Hipócrates, iba dos veces al día, pedaleando en su flamante Raleigh, a nuestra casa en Sibila, a auscultar a su paciente. De este hecho, devino una gran amistad entre ellos, que aun perdura entre las dos familias, lo cual nos honra y nos enorgullece.
Posteriormente, nuestro hermano Alfonso (Fonso) fue rescatado de las garras de la muerte, por el mismo Dr. Peña Andújar. A muy tierna edad, Fonso padecía una septicemia, producto de una peritonitis (se le reventó el apéndice dentro del abdomen). Cuando el Dr. Peña vio el cuadro clínico, le dijo a nuestro Padre: “Compadre, yo lo opero, pero no le aseguro vida”. Después de varias semanas de internamiento (y de “preparar la casa” en más de una ocasión para recibir el cadáver), se hizo el milagro y nuestro querido hermano sobrevivió a esta terrible enfermedad. Cuando Papá le preguntó al Dr. Peña cuánto le debía, éste le respondió: “No fui yo quien le salvó el muchacho, fue Dios. Vamos a celebrarlo”.
Por último, quien embarra estas cuartillas fue operado de apendicitis en Mayo del año 1961, por el Dr. De Moya Inoa. Fue una intervención quirúrgica rutinaria, sin complicaciones y unos días después yo estaba de vuelta a la normalidad.
De estos Maestros de la Medicina, Peña Andújar, De Moya Inoa y Rodríguez ejercieron toda su vida en nuestra Patria Chica. Cantisano Arias se marchó a los Estados Unidos de América, donde se especializó en Radiología y allí ejerció hasta retirarse. El Dr. Flores regresó a nuestra ciudad capital a ejercer su apostolado. Una vez decapitada la tiranía trujillista retornó a Mao como Gobernador Provincial. El joven médico cuyo nombre no recuerdo, según me contó el Dr. De Moya Inoa, estableció una clínica en Navarrete, su lar natal, y falleció recientemente.
¡Loor a estos Apóstoles de la Medicina! ¡Mao tiene una deuda imperecedera con estos ilustres médicos! ¿Qué tal si los honrásemos designando algunas salas o quirófanos del Hospital Luis L. Bogaert con sus ilustres nombres? La idea está planteada…
PD: Creo de rigor recordar y también homenajear a los dedicados paramédicos (practicantes) que asistían a los Maestros de la Medicina a quienes dedico este artículo. Son ellos Rafael (Rafa) Morel, Darío Herrera, Miguelito Pérez, José Fermín (Mimín) Francisco, Evelio Martínez y Zoilo Crespo, quien luego se marchó a España, estudió medicina y hoy es un prestigioso cardiólogo, que ejerce en la ciudad de Santiago de los Caballeros. Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira,
Medicina
lunes, 5 de septiembre de 2011
A PROPÓSITO DE...
PARADOJAS
Fernando Ferreira Azcona
Vivir muchos años -fíjese que no digo envejecer- trae consigo grandes satisfacciones, pero también trae aparejados grandes dolores…
¿Qué mejor satisfacción que llegar al otoño de nuestros días, mirar hacia atrás en el tiempo y ver que has tenido éxito? No vayan a creer que me refiero al éxito económico o social. No. La más grande y mejor satisfacción la proporciona el saberte un hombre o mujer que ha sido capaz de crear y formar una familia, emocionalmente estable, donde reina la armonía y el amor, útil a la sociedad, productiva, que puede aportar, con el trabajo honesto, al desarrollo de nuestro país, al engrandecimiento de la Patria.
Asimismo, es altamente gratificante, ver que has sido capaz de hacer y mantener amistades por toda una vida. Amigos que con el devenir del tiempo se convierten en aquellos hermanos y hermanas que el Señor no te dio, sino que tú los elegiste o ellos te eligieron a ti para crecer, avanzar y madurar juntos.
Luego, la familia crece, con las nueras y los yernos que tus hijos/as escogieron como compañeros de vida, que también se convierten en tus hijos e hijas, y que como parejas, te transforman en abuelo/a y te dan el inmenso placer de ver y apreciar la continuación de tu propia existencia.
Llegan aquellos angelitos/diablitos llamados nietos, y entonces experimentas la maravillosa sensación de ser padre de nuevo. ¡Cuánto se quieren estas criaturas de Dios! ¡Cuánta terneza, cuando se duermen en tus brazos!
Si todo es como los últimos tres párrafos, ¿dónde están las paradojas? Pues, en que el vivir largos años también trae consigo grandes dolores. Y aunque los amables lectores no lo crean, los que menos molestan, los que menos duelen, son los que traen los achaques que llegan con los años. Es decir, los dolores físicos. Los que realmente duelen, son los que golpean el alma, los que parten el corazón en mil pedazos.
Hoy, 5 de Septiembre, que uno de mis grandes amigos, mi hermano Diogenito está de cumpleaños, no puedo apartar de mi mente, a otros tres hermanos que se marcharon a destiempo, a la morada eterna. ¡Cuánto duele aceptar que Ningue, Monchy y Patria ya no están con nosotros! ¡Cuánto duele perderlos en cuestión de meses!
¿Y por qué los recuerdo hoy? Porque así como Lilí Santana me llamó hace un rato, ellos también me hubiesen llamado para decirme: “Compadre, acuérdese que Diogenito cumple años hoy. No se le olvide llamarlo, o Ferreira, acuérdate de llamar al Pullú que está de cumpleaños”.
¡Dios Mío, cuanto diera yo por escuchar esas voces! Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Vivir muchos años -fíjese que no digo envejecer- trae consigo grandes satisfacciones, pero también trae aparejados grandes dolores…
¿Qué mejor satisfacción que llegar al otoño de nuestros días, mirar hacia atrás en el tiempo y ver que has tenido éxito? No vayan a creer que me refiero al éxito económico o social. No. La más grande y mejor satisfacción la proporciona el saberte un hombre o mujer que ha sido capaz de crear y formar una familia, emocionalmente estable, donde reina la armonía y el amor, útil a la sociedad, productiva, que puede aportar, con el trabajo honesto, al desarrollo de nuestro país, al engrandecimiento de la Patria.
Asimismo, es altamente gratificante, ver que has sido capaz de hacer y mantener amistades por toda una vida. Amigos que con el devenir del tiempo se convierten en aquellos hermanos y hermanas que el Señor no te dio, sino que tú los elegiste o ellos te eligieron a ti para crecer, avanzar y madurar juntos.
Luego, la familia crece, con las nueras y los yernos que tus hijos/as escogieron como compañeros de vida, que también se convierten en tus hijos e hijas, y que como parejas, te transforman en abuelo/a y te dan el inmenso placer de ver y apreciar la continuación de tu propia existencia.
Llegan aquellos angelitos/diablitos llamados nietos, y entonces experimentas la maravillosa sensación de ser padre de nuevo. ¡Cuánto se quieren estas criaturas de Dios! ¡Cuánta terneza, cuando se duermen en tus brazos!
Si todo es como los últimos tres párrafos, ¿dónde están las paradojas? Pues, en que el vivir largos años también trae consigo grandes dolores. Y aunque los amables lectores no lo crean, los que menos molestan, los que menos duelen, son los que traen los achaques que llegan con los años. Es decir, los dolores físicos. Los que realmente duelen, son los que golpean el alma, los que parten el corazón en mil pedazos.
Hoy, 5 de Septiembre, que uno de mis grandes amigos, mi hermano Diogenito está de cumpleaños, no puedo apartar de mi mente, a otros tres hermanos que se marcharon a destiempo, a la morada eterna. ¡Cuánto duele aceptar que Ningue, Monchy y Patria ya no están con nosotros! ¡Cuánto duele perderlos en cuestión de meses!
¿Y por qué los recuerdo hoy? Porque así como Lilí Santana me llamó hace un rato, ellos también me hubiesen llamado para decirme: “Compadre, acuérdese que Diogenito cumple años hoy. No se le olvide llamarlo, o Ferreira, acuérdate de llamar al Pullú que está de cumpleaños”.
¡Dios Mío, cuanto diera yo por escuchar esas voces! Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
lunes, 11 de julio de 2011
HABLANDO AL REVÉS
A PROPÓSITO DE...
Por Fernando Ferreira Azcona
En nuestra época de muchachos, en el Mao romántico de principios de la década de los años 60, el hablar descomponiendo las palabras en sílabas y formándolas de atrás hacia adelante, es decir, hablar al revés, se volvió una práctica cotidiana entre los hermanos Ferreira, incluyendo los hermanos de crianza (a quienes quiero tanto como a los de sangre), y los amigos más cercanos, quienes visitaban a diario la “vieja casona de madera” de la Duarte # 40.
La destreza adquirida en esta práctica era tal, que, entre nosotros, podíamos conversar por horas, en un diálogo fluido, sin expresar una palabra “normal”, es decir, gramatical u ortográficamente correcta.
En honor a la verdad, quien tenía un post doctorado hablando “al revés” era Luis Mariano, a quien no sé porqué, le apodábamos John Louis, como aquel famoso campeón estadounidense de boxeo, gloria de la categoría del peso completo, pues nuestro personaje, nunca calzó unos guantes de boxeo en sus manos, ni mucho menos, subió a un “ring” donde se practica este rudo deporte.
Como todas los tardes teníamos que ayudar a Papá en la tienda, utilizábamos nuestra habilidad en esta “jerga idiomática” para criticar y/o hacer comentarios mordaces contra algunos de los clientes potenciales que entraban a la Tienda, personas éstas que casi siempre usaban algún atuendo que considerábamos ridículo para su edad. Es pertinente señalar que en esa época, nosotros éramos mozalbetes de 12 a 17 años de edad, y que de acuerdo a un amigo de quien escribe esta cuartilla, cuando la brecha generacional entre dos personas es de 20 ó mas años, la persona mayor es catalogada de “anciana”, por la más joven. De acuerdo a este postulado, toda persona mayor de 35 años que entrara a la Tienda, era considerada por nuestro grupo de “políglotas”, como un o una vieja.
Tal era nuestra pericia hablando al revés, que creo que cometimos el error de considerarnos los únicos que dominábamos este “idioma”. Es como si lo hubiésemos inventado y patentado. De tal manera, que nadie tenía acceso al mismo.
Una de esas tardes en que ayudábamos al Viejo, entró a la Tienda “una vieja” más pintarrajeada que “un macarao”. No recuerdo si fue John Louis o mi querido hermano Administrador de MEEC, que exclamó: “blosdia, sae javie cerepa nau jabru” (diablos, esa vieja parece una buja). La respuesta inmediata del resto del coro fue “¡is!” (¡sí!). Pero, no bien habíamos respondido “¡is!”, la señora, que entendió perfectamente el comentario en su contra, espetó: “bruja será tu madre, hijo de la gran p…”
Lo último que yo escuché fue cuando “la vieja bruja” dijo: “Mire Don Vitalino…”, porque el “juidero” que se armó entre los hermanos, provocó un tremendo reperpero y no quedó uno de nosotros en la Tienda. Afortunadamente, Papá no tomó en serio el reporte adverso de la calumniada señora, pues de lo contrario, nos hubiese salido una fuerte reprimenda por faltarle el respeto a una persona mayor.
Hasta aquí la parte jocosa de esta cuartilla, pues por otra parte, durante los últimos veinte y cinco años he venido trabajando de cerca, en el diseño, organización e implementación de talleres, seminarios y congresos, con una de las personas más calificadas y estudiosas del cerebro humano y su funcionamiento, el Doctor Jesús Gilberto Concepción García, quien posee un post doctorado en la Syracuse University, New York, USA).
En este periplo técnico-científico, el Dr. Concepción García ha notado ciertas habilidades o capacidad mía de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro, y obviamente, hacerlo a la velocidad que se trasmite el pensamiento (si mal no recuerdo, quien sólo utiliza el lóbulo derecho es sumamente analítico y quien utiliza el lóbulo izquierdo es creativo. Quienes utilizamos ambos lóbulos, tenemos las dos características).
Hace dos o tres años, me solicitó tomar un test diseñado y patentado por él, con el cual, determina las fortalezas y debilidades del cerebro de las personas estudiadas. Los resultados de mi test confirmaron sus observaciones.
Luego, vino un extenso conversatorio, porque entre los grupos estudiados por el Dr. Concepción García en nuestro país, él ha encontrado la mayor cantidad de personas creativas entre los boxeadores y en la Escuela Nacional de Ciegos. Según él, brincar la “cuica” como lo hacen los boxeadores y realizar actividades cotidianas (peinarse, rasurarse, cepillarse los dientes, etc.) con la mano izquierda, contribuyen a desarrollar esta capacidad.
En nuestro conversatorio, le conté que yo había practicado boxeo en mis años mozos, y que por tanto, aprendí y practiqué el “brincar la cuica” como lo hacen los boxeadores. Además, le informé de nuestra capacidad de “hablar al revés”. El Dr. Concepción García cree que ambas prácticas contribuyeron a que yo desarrollara la habilidad de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
En nuestra época de muchachos, en el Mao romántico de principios de la década de los años 60, el hablar descomponiendo las palabras en sílabas y formándolas de atrás hacia adelante, es decir, hablar al revés, se volvió una práctica cotidiana entre los hermanos Ferreira, incluyendo los hermanos de crianza (a quienes quiero tanto como a los de sangre), y los amigos más cercanos, quienes visitaban a diario la “vieja casona de madera” de la Duarte # 40.
La destreza adquirida en esta práctica era tal, que, entre nosotros, podíamos conversar por horas, en un diálogo fluido, sin expresar una palabra “normal”, es decir, gramatical u ortográficamente correcta.
En honor a la verdad, quien tenía un post doctorado hablando “al revés” era Luis Mariano, a quien no sé porqué, le apodábamos John Louis, como aquel famoso campeón estadounidense de boxeo, gloria de la categoría del peso completo, pues nuestro personaje, nunca calzó unos guantes de boxeo en sus manos, ni mucho menos, subió a un “ring” donde se practica este rudo deporte.
Como todas los tardes teníamos que ayudar a Papá en la tienda, utilizábamos nuestra habilidad en esta “jerga idiomática” para criticar y/o hacer comentarios mordaces contra algunos de los clientes potenciales que entraban a la Tienda, personas éstas que casi siempre usaban algún atuendo que considerábamos ridículo para su edad. Es pertinente señalar que en esa época, nosotros éramos mozalbetes de 12 a 17 años de edad, y que de acuerdo a un amigo de quien escribe esta cuartilla, cuando la brecha generacional entre dos personas es de 20 ó mas años, la persona mayor es catalogada de “anciana”, por la más joven. De acuerdo a este postulado, toda persona mayor de 35 años que entrara a la Tienda, era considerada por nuestro grupo de “políglotas”, como un o una vieja.
Tal era nuestra pericia hablando al revés, que creo que cometimos el error de considerarnos los únicos que dominábamos este “idioma”. Es como si lo hubiésemos inventado y patentado. De tal manera, que nadie tenía acceso al mismo.
Una de esas tardes en que ayudábamos al Viejo, entró a la Tienda “una vieja” más pintarrajeada que “un macarao”. No recuerdo si fue John Louis o mi querido hermano Administrador de MEEC, que exclamó: “blosdia, sae javie cerepa nau jabru” (diablos, esa vieja parece una buja). La respuesta inmediata del resto del coro fue “¡is!” (¡sí!). Pero, no bien habíamos respondido “¡is!”, la señora, que entendió perfectamente el comentario en su contra, espetó: “bruja será tu madre, hijo de la gran p…”
Lo último que yo escuché fue cuando “la vieja bruja” dijo: “Mire Don Vitalino…”, porque el “juidero” que se armó entre los hermanos, provocó un tremendo reperpero y no quedó uno de nosotros en la Tienda. Afortunadamente, Papá no tomó en serio el reporte adverso de la calumniada señora, pues de lo contrario, nos hubiese salido una fuerte reprimenda por faltarle el respeto a una persona mayor.
Hasta aquí la parte jocosa de esta cuartilla, pues por otra parte, durante los últimos veinte y cinco años he venido trabajando de cerca, en el diseño, organización e implementación de talleres, seminarios y congresos, con una de las personas más calificadas y estudiosas del cerebro humano y su funcionamiento, el Doctor Jesús Gilberto Concepción García, quien posee un post doctorado en la Syracuse University, New York, USA).
En este periplo técnico-científico, el Dr. Concepción García ha notado ciertas habilidades o capacidad mía de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro, y obviamente, hacerlo a la velocidad que se trasmite el pensamiento (si mal no recuerdo, quien sólo utiliza el lóbulo derecho es sumamente analítico y quien utiliza el lóbulo izquierdo es creativo. Quienes utilizamos ambos lóbulos, tenemos las dos características).
Hace dos o tres años, me solicitó tomar un test diseñado y patentado por él, con el cual, determina las fortalezas y debilidades del cerebro de las personas estudiadas. Los resultados de mi test confirmaron sus observaciones.
Luego, vino un extenso conversatorio, porque entre los grupos estudiados por el Dr. Concepción García en nuestro país, él ha encontrado la mayor cantidad de personas creativas entre los boxeadores y en la Escuela Nacional de Ciegos. Según él, brincar la “cuica” como lo hacen los boxeadores y realizar actividades cotidianas (peinarse, rasurarse, cepillarse los dientes, etc.) con la mano izquierda, contribuyen a desarrollar esta capacidad.
En nuestro conversatorio, le conté que yo había practicado boxeo en mis años mozos, y que por tanto, aprendí y practiqué el “brincar la cuica” como lo hacen los boxeadores. Además, le informé de nuestra capacidad de “hablar al revés”. El Dr. Concepción García cree que ambas prácticas contribuyeron a que yo desarrollara la habilidad de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro. Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
martes, 21 de junio de 2011
EL AGIOTISMO TAMBIÉN HA CRECIDO
A PROPÓSITO DE...
Por Fernando Ferreira Azcona
Nuestro dilecto amigo Ley Simé escribió en este Blog, hace unas semanas sobre varios personajes pintorescos de nuestro querido lar nativo. Uno de ellos, se dedicaba a la nunca bien vista ocupación de prestamista.
En mi época de muchacho, siempre escuché que estos “profesionales de la banca” prestaban “al módico 20%”, pero como afortunadamente no tuve que acudir a uno de ellos para resolver un problema acuciante, nunca pude cerciorarme sobre el período de tiempo que abarcaba el préstamo en cuestión. Recordemos, sin embargo, que en esos años, en nuestro país, la banca comercial formal prestaba con un interés del 12% anual. O sea, el 1% mensual.
En días pasados conversaba con un relacionado de trabajo, quien me manifestó que necesitaba cierta cantidad de dinero para satisfacer una necesidad urgente. Yo le respondí en forma de broma: “Cógelo prestado al módico 20%...” A lo que la persona aludida me respondió sorprendida: “¡¿Al 20%, usted querrá decir al 30 ó al 40%!?”. Entonces, ¡quien se quedó boquiabierta fui yo!, y le dije: “Tú estás bromeando…”, lo cual negó rotundamente, y pasó a ilustrarme con lujos de detalles: “En la actualidad, si una persona toma RD $1,500.00 prestados el domingo, el próximo sábado deberá pagar la suma total de $1,800.00 por interés y capital”, y continuó, “Si el monto prestado es mayor, digamos $5,000.00, deberá pagarle al prestamista, la suma de $7,000.00, en cuatro quincenas consecutivas de $1,750.00 cada una”.
Mi asombro era tal, que no quise seguir escuchando, y me dediqué a calcular las tasas de interés de los préstamos antes citados. En el primer caso, el prestatario está pagando $300.00 de interés por un préstamo de $1,500.00. Es decir, ¡el módico 20% semanal!
En el segundo préstamo, quien toma los $5,000.00 prestados, paga $2,000.00 de interés en un período de dos meses, lo cual aparenta ser, en promedio, “el módico 20% mensual”. Pero, aquí hay una “nebulosa” que enmascara la realidad, pues el prestatario debe pagar quincenalmente, $1,250.00 de capital, más $500.00 de interés. De tal manera, que el saldo insoluto es cada vez menor, pero el monto a pagar por los intereses es constante.
Veamos, la segunda quincena el prestatario debe realmente $3,750.00 ($5,000.00 menos $1,250.00), pero paga $500.00 de interés, o sea, “el módico 26.67% mensual”. La tercera quincena, el prestatario sólo debe $2,500.00 pesos de capital, pero está obligado a pagar $500.00 de interés, lo cual significa “el extra módico 40% mensual”, y la última quincena el capital pendiente de pago es sólo $1,250.00 y el deudor, de nuevo paga $500.00 de interés, para “un súper módico de 80% mensual”
Es oportuno señalar, que en nuestro país, donde los préstamos de la banca formal son bien caros, en la actualidad, para préstamos personales, el interés fluctúa entre 20 y 24 % anual, y el mismo es calculado sobre el saldo insoluto.
Pero, volvamos al tema central de este “conversatorio”, e imaginemos a un padre de familia o ama de casa, a quienes no les alcanza lo que ganan para cubrir sus necesidades normales, y se ven en la necesidad imperiosa de acudir “en auxilio” a esta fuente, para solucionar su problema. Creo que no es difícil visualizar que se meterán en un ciclo vicioso que los llevará a tomar cada vez préstamos más elevados, los cuales no podrán solventar, y lamentablemente terminarán en una compra-venta, empeñando los pocos electrodomésticos que con mucho esfuerzo habían logrado comprar.
Al finalizar, una pregunta: ¿Sentirán el prestamista y/o el dueño de la compra-venta algún remordimiento de conciencia? Dejo la respuesta a cada uno de ustedes, que han tenido la amabilidad de leer esta cuartilla. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
Nuestro dilecto amigo Ley Simé escribió en este Blog, hace unas semanas sobre varios personajes pintorescos de nuestro querido lar nativo. Uno de ellos, se dedicaba a la nunca bien vista ocupación de prestamista.
En mi época de muchacho, siempre escuché que estos “profesionales de la banca” prestaban “al módico 20%”, pero como afortunadamente no tuve que acudir a uno de ellos para resolver un problema acuciante, nunca pude cerciorarme sobre el período de tiempo que abarcaba el préstamo en cuestión. Recordemos, sin embargo, que en esos años, en nuestro país, la banca comercial formal prestaba con un interés del 12% anual. O sea, el 1% mensual.
En días pasados conversaba con un relacionado de trabajo, quien me manifestó que necesitaba cierta cantidad de dinero para satisfacer una necesidad urgente. Yo le respondí en forma de broma: “Cógelo prestado al módico 20%...” A lo que la persona aludida me respondió sorprendida: “¡¿Al 20%, usted querrá decir al 30 ó al 40%!?”. Entonces, ¡quien se quedó boquiabierta fui yo!, y le dije: “Tú estás bromeando…”, lo cual negó rotundamente, y pasó a ilustrarme con lujos de detalles: “En la actualidad, si una persona toma RD $1,500.00 prestados el domingo, el próximo sábado deberá pagar la suma total de $1,800.00 por interés y capital”, y continuó, “Si el monto prestado es mayor, digamos $5,000.00, deberá pagarle al prestamista, la suma de $7,000.00, en cuatro quincenas consecutivas de $1,750.00 cada una”.
Mi asombro era tal, que no quise seguir escuchando, y me dediqué a calcular las tasas de interés de los préstamos antes citados. En el primer caso, el prestatario está pagando $300.00 de interés por un préstamo de $1,500.00. Es decir, ¡el módico 20% semanal!
En el segundo préstamo, quien toma los $5,000.00 prestados, paga $2,000.00 de interés en un período de dos meses, lo cual aparenta ser, en promedio, “el módico 20% mensual”. Pero, aquí hay una “nebulosa” que enmascara la realidad, pues el prestatario debe pagar quincenalmente, $1,250.00 de capital, más $500.00 de interés. De tal manera, que el saldo insoluto es cada vez menor, pero el monto a pagar por los intereses es constante.
Veamos, la segunda quincena el prestatario debe realmente $3,750.00 ($5,000.00 menos $1,250.00), pero paga $500.00 de interés, o sea, “el módico 26.67% mensual”. La tercera quincena, el prestatario sólo debe $2,500.00 pesos de capital, pero está obligado a pagar $500.00 de interés, lo cual significa “el extra módico 40% mensual”, y la última quincena el capital pendiente de pago es sólo $1,250.00 y el deudor, de nuevo paga $500.00 de interés, para “un súper módico de 80% mensual”
Es oportuno señalar, que en nuestro país, donde los préstamos de la banca formal son bien caros, en la actualidad, para préstamos personales, el interés fluctúa entre 20 y 24 % anual, y el mismo es calculado sobre el saldo insoluto.
Pero, volvamos al tema central de este “conversatorio”, e imaginemos a un padre de familia o ama de casa, a quienes no les alcanza lo que ganan para cubrir sus necesidades normales, y se ven en la necesidad imperiosa de acudir “en auxilio” a esta fuente, para solucionar su problema. Creo que no es difícil visualizar que se meterán en un ciclo vicioso que los llevará a tomar cada vez préstamos más elevados, los cuales no podrán solventar, y lamentablemente terminarán en una compra-venta, empeñando los pocos electrodomésticos que con mucho esfuerzo habían logrado comprar.
Al finalizar, una pregunta: ¿Sentirán el prestamista y/o el dueño de la compra-venta algún remordimiento de conciencia? Dejo la respuesta a cada uno de ustedes, que han tenido la amabilidad de leer esta cuartilla. Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
martes, 31 de mayo de 2011
A PROPÓSITO DE...
EL MEJOR REGALO DE CUMPLEAÑOS
Por Fernando Ferreira Azcona
La noche que siete valientes dominicanos(*) mataron al Perínclito Barón de San Cristóbal, Generalísimo y Doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva, y mil títulos más, sin nunca entrar a una universidad, yo cumplía 15 años de edad (Ha Llovido Mucho… diría nuestra querida Maestra Lavinia Del Villar).
En nuestro Grupo de amigos íntimos, que Manito Santana bautizó como “El Grupo de los Cinco” (Ningue, Monchy, Diogenito, Lilí y quien escribe), más que tradición, era un ritual, celebrar el cumpleaños de cada uno de sus Miembros, el mismo día de la fecha natalicia. Es decir, nada de correr la celebración para el próximo fin de semana. Si el 30 de Mayo cayó lunes o martes o miércoles, ese mismo día hicimos el “serrucho” o más bien el “toró”, porque “serruchos” hacíamos con frecuencia, y ¡a beber se ha dicho!…
Entonces, a nadie ha de extrañar que el ajusticiamiento del sátrapa, 30 de Mayo de 1961, nos sorprendiera “libando el néctar de los dioses”, profusa y abundantemente. Éramos un Grupo de “teenagers” que nos considerábamos verdaderos hombres, con la temeridad característica de la juventud. ¡Nos creíamos inmunes a la muerte!
Desde tempranas horas de la noche, nos estacionamos en el Bar Hong Kong, que quedaba frente a la bomba de gasolina de Niño Tió, y cerca del parquecito Duarte, en la calle del mismo nombre, a la entrada de Mao. La berma sur del canal Bogaert era uno de sus límites. En nuestros tiempos las fiestas empezaban temprano, quizás como consecuencia del régimen político despótico que nos gobernaba.
Nos metimos en un “privado” del citado Bar, el Grupo de toda la vida, acompañado del hoy Ingeniero Agrónomo Cirilo Rodríguez, quien al ser íntimo amigo de Danilo Diloné, Pedro Santana y José Miguel Reyes, quienes tenían voces de barítonos y tenores, se había contagiado con la práctica de cantar canciones “duras”, que había que subir mucho, como Júrame, Granada, Amapola, entre otras.
No podría precisar qué hora era, ni cuántas botellas de Palo Viejo o Carta Dorada habíamos “despalotado”, completamente ajenos a que en la capital dominicana se había desarrollado el acontecimiento más trascendental del siglo XX: el ajusticiamiento del Sátrapa del Caribe. Sí sé que estábamos disfrutando a todo dar, cantando “a capela”, pues a Ningue Taveras también le gustaba cantar, entre amigos, las canciones antes citadas y recitar poemas, especialmente, “El Brindis del Bohemio”.
Obviamente, mientras más tragos ingeríamos, mayor era el escándalo en aquel “privado”. Nadie protestaba, porque no había muchos clientes, aunque no me atrevería a aseverar que éramos los únicos en el Hong Kong, esa noche. En medio de toda aquella algarabía, alguien toca la puerta del “privado” con fortaleza inusitada. A nosotros, que ya teníamos un nivel etílico alto corriendo por nuestras venas, nos molestó el intruso y preguntamos: “¿Quién es coño?” Otros, con voz aguardentosa vocearon cualquier obscenidad que les vino a la mente.
Pero, ¡Oh sorpresa! Quien toca a la puerta es una patrulla mixta, de guardias y policías, conocida en aquel entonces como “la probotá”, un dominicanismo derivado de preboste. Por suerte, diría yo, pues si hubiese sido una patrulla normal de la policía, lo más probable que la hubiésemos mandado al carajo. Pero, a la “probotá”, todos le teníamos miedo, por la rudeza de sus métodos “persuasivos”. “¿Qué hacen ustedes aquí, a esta hora?”, nos preguntaron con mucha autoridad. “Celebrando”, le contestamos, sin saber que habían matado al déspota que había sojuzgado a los dominicanos por tres largas décadas. “¿Celebrando qué?” Volvieron a interpelar. “El cumpleaños de nuestro amigo”, volvimos a responder.
“Les vamos a dar un consejo”, dijeron, “paguen la cuenta y váyanse a acostar, inmediatamente”. “Si volvemos a pasar por aquí, y los encontramos de nuevo, la van a pasar mal”. Como niños bien mandados y bien educados, llamamos al mesero que nos atendía y pedimos la cuenta, la cual pagamos y enfilamos por la calle Duarte hacia el centro de la ciudad. Íbamos en el carro de mi tocayo: “un ratito a pie, y el otro andando.”
Cuando llegamos a la Duarte #40, Papá ya estaba enterado de lo acontecido en Santo Domingo (Ciudad Trujillo en aquella época), y como yo no estaba en la casa, estaba desesperado, temiendo que me pasara lo peor, ya que nosotros estábamos “bajiados” y éramos tildados de “comunistas” (enemigos del régimen). Cuando nos vio llegar, con una mezcla de alegría, al constatar que no me había pasado nada, y encono, por la tensión del momento, me preguntó: “¿Donde estaba usted?” “Papá estábamos celebrando mi cumpleaños. Hoy es 30 de Mayo”, le respondí. “¿Carajo, usted está loco, usted no sabe que mataron a Trujillo? Sin pensarlo dos veces, expresé: “Viejo ese es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido en toda mi vida. Vamos a seguir celebrando”. A lo cual, Papá se negó y me dijo: “Hay que apagar todas las luces y acostarse. Ahorita vienen los “calieses” a ver qué escuchan y eso es muy peligroso…”
(*)Los nombres de estos héroes y mártires son: Antonio de la Maza, Antonio Imbert Barreras, Salvador Estrella Sahdalá, Amado García Guerrero, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza Neret y Huáscar Tejeda. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
La noche que siete valientes dominicanos(*) mataron al Perínclito Barón de San Cristóbal, Generalísimo y Doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva, y mil títulos más, sin nunca entrar a una universidad, yo cumplía 15 años de edad (Ha Llovido Mucho… diría nuestra querida Maestra Lavinia Del Villar).
En nuestro Grupo de amigos íntimos, que Manito Santana bautizó como “El Grupo de los Cinco” (Ningue, Monchy, Diogenito, Lilí y quien escribe), más que tradición, era un ritual, celebrar el cumpleaños de cada uno de sus Miembros, el mismo día de la fecha natalicia. Es decir, nada de correr la celebración para el próximo fin de semana. Si el 30 de Mayo cayó lunes o martes o miércoles, ese mismo día hicimos el “serrucho” o más bien el “toró”, porque “serruchos” hacíamos con frecuencia, y ¡a beber se ha dicho!…
Entonces, a nadie ha de extrañar que el ajusticiamiento del sátrapa, 30 de Mayo de 1961, nos sorprendiera “libando el néctar de los dioses”, profusa y abundantemente. Éramos un Grupo de “teenagers” que nos considerábamos verdaderos hombres, con la temeridad característica de la juventud. ¡Nos creíamos inmunes a la muerte!
Desde tempranas horas de la noche, nos estacionamos en el Bar Hong Kong, que quedaba frente a la bomba de gasolina de Niño Tió, y cerca del parquecito Duarte, en la calle del mismo nombre, a la entrada de Mao. La berma sur del canal Bogaert era uno de sus límites. En nuestros tiempos las fiestas empezaban temprano, quizás como consecuencia del régimen político despótico que nos gobernaba.
Nos metimos en un “privado” del citado Bar, el Grupo de toda la vida, acompañado del hoy Ingeniero Agrónomo Cirilo Rodríguez, quien al ser íntimo amigo de Danilo Diloné, Pedro Santana y José Miguel Reyes, quienes tenían voces de barítonos y tenores, se había contagiado con la práctica de cantar canciones “duras”, que había que subir mucho, como Júrame, Granada, Amapola, entre otras.
No podría precisar qué hora era, ni cuántas botellas de Palo Viejo o Carta Dorada habíamos “despalotado”, completamente ajenos a que en la capital dominicana se había desarrollado el acontecimiento más trascendental del siglo XX: el ajusticiamiento del Sátrapa del Caribe. Sí sé que estábamos disfrutando a todo dar, cantando “a capela”, pues a Ningue Taveras también le gustaba cantar, entre amigos, las canciones antes citadas y recitar poemas, especialmente, “El Brindis del Bohemio”.
Obviamente, mientras más tragos ingeríamos, mayor era el escándalo en aquel “privado”. Nadie protestaba, porque no había muchos clientes, aunque no me atrevería a aseverar que éramos los únicos en el Hong Kong, esa noche. En medio de toda aquella algarabía, alguien toca la puerta del “privado” con fortaleza inusitada. A nosotros, que ya teníamos un nivel etílico alto corriendo por nuestras venas, nos molestó el intruso y preguntamos: “¿Quién es coño?” Otros, con voz aguardentosa vocearon cualquier obscenidad que les vino a la mente.
Pero, ¡Oh sorpresa! Quien toca a la puerta es una patrulla mixta, de guardias y policías, conocida en aquel entonces como “la probotá”, un dominicanismo derivado de preboste. Por suerte, diría yo, pues si hubiese sido una patrulla normal de la policía, lo más probable que la hubiésemos mandado al carajo. Pero, a la “probotá”, todos le teníamos miedo, por la rudeza de sus métodos “persuasivos”. “¿Qué hacen ustedes aquí, a esta hora?”, nos preguntaron con mucha autoridad. “Celebrando”, le contestamos, sin saber que habían matado al déspota que había sojuzgado a los dominicanos por tres largas décadas. “¿Celebrando qué?” Volvieron a interpelar. “El cumpleaños de nuestro amigo”, volvimos a responder.
“Les vamos a dar un consejo”, dijeron, “paguen la cuenta y váyanse a acostar, inmediatamente”. “Si volvemos a pasar por aquí, y los encontramos de nuevo, la van a pasar mal”. Como niños bien mandados y bien educados, llamamos al mesero que nos atendía y pedimos la cuenta, la cual pagamos y enfilamos por la calle Duarte hacia el centro de la ciudad. Íbamos en el carro de mi tocayo: “un ratito a pie, y el otro andando.”
Cuando llegamos a la Duarte #40, Papá ya estaba enterado de lo acontecido en Santo Domingo (Ciudad Trujillo en aquella época), y como yo no estaba en la casa, estaba desesperado, temiendo que me pasara lo peor, ya que nosotros estábamos “bajiados” y éramos tildados de “comunistas” (enemigos del régimen). Cuando nos vio llegar, con una mezcla de alegría, al constatar que no me había pasado nada, y encono, por la tensión del momento, me preguntó: “¿Donde estaba usted?” “Papá estábamos celebrando mi cumpleaños. Hoy es 30 de Mayo”, le respondí. “¿Carajo, usted está loco, usted no sabe que mataron a Trujillo? Sin pensarlo dos veces, expresé: “Viejo ese es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido en toda mi vida. Vamos a seguir celebrando”. A lo cual, Papá se negó y me dijo: “Hay que apagar todas las luces y acostarse. Ahorita vienen los “calieses” a ver qué escuchan y eso es muy peligroso…”
(*)Los nombres de estos héroes y mártires son: Antonio de la Maza, Antonio Imbert Barreras, Salvador Estrella Sahdalá, Amado García Guerrero, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza Neret y Huáscar Tejeda. Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
domingo, 3 de abril de 2011
A PROPÓSITO DE...
DON DOMINGO RODRÍGUEZ Y RODRÍGUEZ
Por Fernando Ferreira Azcona
Domingo Antonio Rodríguez y Rodríguez nació en Mao, Valverde, el 10 de Marzo del año 1920. Inició su vida laboral a muy temprana edad, siendo su primer empleo en la oficina local de correos y telecomunicaciones, que a la sazón estaba ubicada en la calle Duarte, al lado de donde funcionó el Cine Jardín, casi frente a la residencia del Dr. Próspero (Yuyú) Reyes. Allí laboró bajo las órdenes del Sr. Lorenzo Muñoz, padre (por engendro, como ellos dicen) de Rafael (Lilí) y Manito Santana, durante los años 1940 al 1943. Unos dicen que como cartero y otros que como auxiliar de oficina. Lo cierto, sin embargo, es que su salario era de RD$4.00 (cuatro pesos) al mes.
Su espíritu de superación le llevó a inscribirse en la escuela comercial donde se graduó de Perito Comercial y Mecanógrafo, lo cual le capacitó para trabajar en la Factoría J. Ismael Reyes & Sucesores, en calidad de Asistente o Auxiliar de Oficina. Esta empresa absorbió el resto de su vida laboral, ya que trabajó en la misma hasta su retiro.
Debido a su laboriosidad, entrega y conocimiento del negocio, fue ascendiendo en el escalafón de la empresa citada, llegando a ser, dos o tres décadas después, su Administrador General. A la muerte del Presidente y Fundador de la misma, Don Ismael Reyes, poco a poco, fue comprándoles acciones a los sucesores de éste, todos profesionales académicos, residentes en Santo Domingo, a quienes no les interesaba continuar con el negocio que había fundado su padre. Es así, con el transcurrir del tiempo, como el señor Domingo Rodríguez llega a ser el dueño o principal accionista de la empresa J. Ismael Reyes & Sucs.
En el ínterin, Don Domingo Rodríguez casó con la señorita Hilda Rodríguez, con quien procreó a sus hijos Liberto, Angelina y Sonia Rodríguez Rodríguez. Lamentablemente, esta pareja no tuvo una vida matrimonial armoniosa y terminaron divorciándose varios años después.
Transcurrieron dos o tres años, durante los cuales Don Domingo se mantuvo soltero. Recuerdo que tenía rentada una habitación en la casa localizada en la calle Talanquera #31, frente a un hotelito ubicado entre las calles Gregorio Aracena y Máximo Cabral y justo al lado de la casa (Talanquera #33) donde vivió por muchos años, después de casarse en segundas nupcias.
Efectivamente, nuestro protagonista conoció, se enamoró y casó con la señorita María Altagracia Azcona (Talla), hermana menor de nuestra adorada Madre, la que desde muy pequeña vivió con nuestros padres, cuando estos se casaron, en el año 1939. Es decir, que Talla, fue para nosotros como una segunda Madre, y como tal, atesoramos los años vividos junto a ella, la amamos y la recordamos.
La pareja formada por Domingo y Talla procreó tres hijos. Son ellos Magda Alina, Rafaelina y Domingo Antonio (Tony) Rodríguez Azcona. Además, criaron a nuestra prima hermana, María Teresa Herrera Azcona, quien había quedado huérfana a muy temprana edad.
Dice un viejo adagio que “detrás (yo diría que al lado) de un gran hombre, hay una gran mujer”. Y es que el progreso socioeconómico de la familia Rodríguez Azcona se debió en gran parte al trabajo desarrollado por Talla y al apoyo que le brindó a su querido esposo. Me parece verla, batiendo y horneando bizcochos, exprimiendo naranjas y haciendo otros jugos naturales para ponerlos a la venta en la Barra Central, ubicada en la calle Duarte esquina Trinitaria, diagonalmente al Royal Bank of Canadá, donde hoy está el Banco de Reservas, en Mao, y que ella atendía personalmente la mayor parte del tiempo. Posteriormente, abrió otra sucursal no tan exitosa, en la calle Gregorio Aracena esquina San Roque, próximo a la Factoría J. Ismael Reyes & Sucs.
Como ya he señalado, al casarse, Domingo y Talla alquilaron una casa en la calle Talanquera #33, al lado de mis tíos Estanislao y Argentina Ferreira (entre las calles Gregorio Aracena y Máximo Cabral). Allí vivieron por muchos años.
Producto del arduo trabajo y una vida austera, lograron ahorrar con que comprar la casa que habían construido Doña Jeanne Bogaert y Don Ramón Delgado, en la calle Duarte #29, frente a donde vivieron Don Juan y Doña Gloria de Barrera (abuelos maternos de Cucho, Peché, el Chino, Rina y Santiaguito Amaro) y ubicada también diagonal a nuestra casa paterna en la Duarte #40. Posteriormente, compraron el solar baldío de la calle Duarte con Independencia, y construyeron el edificio donde funciona hoy la Tienda Ferreira (Duarte #31), con su vivienda familiar en la segunda planta.
En honor a la verdad, debo señalar que Don Domingo Rodríguez es una de las personas más espléndidas que he conocido en toda mi vida. De carácter alegre, disfrutaba al máximo recibir a sus amigos y familiares en su hogar; así como las fiestas familiares, las cuales se caracterizaban por la abundancia y las finas bebidas, que como anfitrión, brindaba a sus invitados. Asimismo, cuando frecuentábamos algún restaurante, club privado o sitio público, “había que pelear” con él para evitar que pagase el 100% de la cuenta.
Esa alegría de Don Domingo ha quedado grabada en mi mente en una canción de la época que a él le encantaba escuchar y silbaba constantemente, y que interpretaba Joseíto Mateo: No sé porque vida mía, no me dices ya que si; si no hay momento del día, que no esté pensando en ti… a la lala lalala…”
Amante de los niños. Sostenía la teoría de que “a los niños hay que enseñarlos a sonreír y a reír a muy temprana edad, pues de lo contrario, viven “entruñados”. En esta tesitura, cargó, le cantó el “cotengo” (una “canción infantil” de su autoría) y bailó a todos los descendientes de la familia Ferreira Azcona, quienes con mucho amor y respeto se refieren a él como Tito Mingo.
¡Don Domingo, Mi Compadre, que el Señor le dé mucha salud y muchos años más de vida! ¡Usted es como un segundo Padre para nosotros! ¡Que Dios le bendiga siempre! Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
Domingo Antonio Rodríguez y Rodríguez nació en Mao, Valverde, el 10 de Marzo del año 1920. Inició su vida laboral a muy temprana edad, siendo su primer empleo en la oficina local de correos y telecomunicaciones, que a la sazón estaba ubicada en la calle Duarte, al lado de donde funcionó el Cine Jardín, casi frente a la residencia del Dr. Próspero (Yuyú) Reyes. Allí laboró bajo las órdenes del Sr. Lorenzo Muñoz, padre (por engendro, como ellos dicen) de Rafael (Lilí) y Manito Santana, durante los años 1940 al 1943. Unos dicen que como cartero y otros que como auxiliar de oficina. Lo cierto, sin embargo, es que su salario era de RD$4.00 (cuatro pesos) al mes.
Su espíritu de superación le llevó a inscribirse en la escuela comercial donde se graduó de Perito Comercial y Mecanógrafo, lo cual le capacitó para trabajar en la Factoría J. Ismael Reyes & Sucesores, en calidad de Asistente o Auxiliar de Oficina. Esta empresa absorbió el resto de su vida laboral, ya que trabajó en la misma hasta su retiro.
Debido a su laboriosidad, entrega y conocimiento del negocio, fue ascendiendo en el escalafón de la empresa citada, llegando a ser, dos o tres décadas después, su Administrador General. A la muerte del Presidente y Fundador de la misma, Don Ismael Reyes, poco a poco, fue comprándoles acciones a los sucesores de éste, todos profesionales académicos, residentes en Santo Domingo, a quienes no les interesaba continuar con el negocio que había fundado su padre. Es así, con el transcurrir del tiempo, como el señor Domingo Rodríguez llega a ser el dueño o principal accionista de la empresa J. Ismael Reyes & Sucs.
En el ínterin, Don Domingo Rodríguez casó con la señorita Hilda Rodríguez, con quien procreó a sus hijos Liberto, Angelina y Sonia Rodríguez Rodríguez. Lamentablemente, esta pareja no tuvo una vida matrimonial armoniosa y terminaron divorciándose varios años después.
Transcurrieron dos o tres años, durante los cuales Don Domingo se mantuvo soltero. Recuerdo que tenía rentada una habitación en la casa localizada en la calle Talanquera #31, frente a un hotelito ubicado entre las calles Gregorio Aracena y Máximo Cabral y justo al lado de la casa (Talanquera #33) donde vivió por muchos años, después de casarse en segundas nupcias.
Efectivamente, nuestro protagonista conoció, se enamoró y casó con la señorita María Altagracia Azcona (Talla), hermana menor de nuestra adorada Madre, la que desde muy pequeña vivió con nuestros padres, cuando estos se casaron, en el año 1939. Es decir, que Talla, fue para nosotros como una segunda Madre, y como tal, atesoramos los años vividos junto a ella, la amamos y la recordamos.
La pareja formada por Domingo y Talla procreó tres hijos. Son ellos Magda Alina, Rafaelina y Domingo Antonio (Tony) Rodríguez Azcona. Además, criaron a nuestra prima hermana, María Teresa Herrera Azcona, quien había quedado huérfana a muy temprana edad.
Dice un viejo adagio que “detrás (yo diría que al lado) de un gran hombre, hay una gran mujer”. Y es que el progreso socioeconómico de la familia Rodríguez Azcona se debió en gran parte al trabajo desarrollado por Talla y al apoyo que le brindó a su querido esposo. Me parece verla, batiendo y horneando bizcochos, exprimiendo naranjas y haciendo otros jugos naturales para ponerlos a la venta en la Barra Central, ubicada en la calle Duarte esquina Trinitaria, diagonalmente al Royal Bank of Canadá, donde hoy está el Banco de Reservas, en Mao, y que ella atendía personalmente la mayor parte del tiempo. Posteriormente, abrió otra sucursal no tan exitosa, en la calle Gregorio Aracena esquina San Roque, próximo a la Factoría J. Ismael Reyes & Sucs.
Como ya he señalado, al casarse, Domingo y Talla alquilaron una casa en la calle Talanquera #33, al lado de mis tíos Estanislao y Argentina Ferreira (entre las calles Gregorio Aracena y Máximo Cabral). Allí vivieron por muchos años.
Producto del arduo trabajo y una vida austera, lograron ahorrar con que comprar la casa que habían construido Doña Jeanne Bogaert y Don Ramón Delgado, en la calle Duarte #29, frente a donde vivieron Don Juan y Doña Gloria de Barrera (abuelos maternos de Cucho, Peché, el Chino, Rina y Santiaguito Amaro) y ubicada también diagonal a nuestra casa paterna en la Duarte #40. Posteriormente, compraron el solar baldío de la calle Duarte con Independencia, y construyeron el edificio donde funciona hoy la Tienda Ferreira (Duarte #31), con su vivienda familiar en la segunda planta.
En honor a la verdad, debo señalar que Don Domingo Rodríguez es una de las personas más espléndidas que he conocido en toda mi vida. De carácter alegre, disfrutaba al máximo recibir a sus amigos y familiares en su hogar; así como las fiestas familiares, las cuales se caracterizaban por la abundancia y las finas bebidas, que como anfitrión, brindaba a sus invitados. Asimismo, cuando frecuentábamos algún restaurante, club privado o sitio público, “había que pelear” con él para evitar que pagase el 100% de la cuenta.
Esa alegría de Don Domingo ha quedado grabada en mi mente en una canción de la época que a él le encantaba escuchar y silbaba constantemente, y que interpretaba Joseíto Mateo: No sé porque vida mía, no me dices ya que si; si no hay momento del día, que no esté pensando en ti… a la lala lalala…”
Amante de los niños. Sostenía la teoría de que “a los niños hay que enseñarlos a sonreír y a reír a muy temprana edad, pues de lo contrario, viven “entruñados”. En esta tesitura, cargó, le cantó el “cotengo” (una “canción infantil” de su autoría) y bailó a todos los descendientes de la familia Ferreira Azcona, quienes con mucho amor y respeto se refieren a él como Tito Mingo.
¡Don Domingo, Mi Compadre, que el Señor le dé mucha salud y muchos años más de vida! ¡Usted es como un segundo Padre para nosotros! ¡Que Dios le bendiga siempre! Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
lunes, 28 de marzo de 2011
MALDITA POLÍTICA
A PROPÓSITO DE...
Por Fernando Ferreira Azcona
Me cuento entre los dominicanos que, no solamente admiramos al Patricio Juan Pablo Duarte, sino que lo considero el más puro, más grande y más excelso dominicano de todos los tiempos. Y sin restarle méritos a los también Patricios, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella, considero a Juan Pablo Duarte el principal responsable de que República Dominicana sea un país libre e independiente. Mi admiración por nuestro Padre de la Patria se acrecentó, cuando a muy temprana edad leí “El Cristo de la Libertad”, del Dr. Joaquín Amparo Balaguer (hubiese preferido no acordarme del autor. Sin embargo, el inmenso respeto que siento por el Derecho de Propiedad Intelectual me obliga a citarlo).
No obstante ser un “Duartiano” por convicción (podría catalogarme como un fanático irreflexivo suyo), nunca he entendido por qué Juan Pablo Duarte dijo que “después de la filosofía, la política es la más pura de las ciencias”. Es probable que mi escasa visión e inteligencia; así como mi inexistente formación política, no me permitan aquilatar lo enunciado por el Padre de la Patria. De ahí el título con el cual embarro estas cuartillas.
Soy un ciudadano que nació, se crió y residió por muchos años en una ciudad pequeña, Mao, donde en mi niñez, adolescencia y juventud, todos nos conocíamos, todos éramos amigos, sin importar el color de la piel, religión o nivel socioeconómico. No quiere esto decir, que a veces, no nos diéramos un par de trompadas a la salida de la escuela, o discutiésemos acaloradamente una jugada en el play, ya fuera jugando “desafíos” o cuando dos equipos barriales se enfrentaban. Sin embargo, al rato, o al día siguiente, nuestras relaciones amistosas volvían a su nivel habitual.
Con el ajusticiamiento del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo (qué bueno que lo mataron), llegó la democracia (mejor aún) y proliferaron los partidos políticos (sin comentarios), muchos de los cuales nunca han pasado de ser ventorrillos políticos. Como consecuencia de esto, empezamos a experimentar la aplicación de la política partidista. Comenzaron los señalamientos, fulano es cívico o tutumpote, perencejo es un hijo de Machepa o mengano es del 1J4.
Sin embargo, todavía había líderes naturales a quienes el pueblo respetaba, seguía y era incapaz de “encapsular” desde el punto de vista político-partidista. A nadie se le hubiese ocurrido decir que Leónidas (Don Leo) Ricart, fundador del primer Liceo Secundario de Mao estaba sacando provecho para tal o cual partido político. Lo mismo podríamos decir del Padre Fernando Arturo Franco, párroco de Mao por varias décadas, o del Reverendo Evangelista Disla, ente catalizador alrededor del cual se aglutinaba lo mejor de la juventud maeña de aquellos años, o del Dr. Norman Augusto Ferreira Azcona, un joven soñador que abrazó una quimera, el Club Juvenil, y lo convirtió en realidad, con el apoyo de TODA la juventud maeña de la época, sin importar el estrato social al que perteneciera.
Con el devenir de los años pasamos a señalamientos más específicos como reformista, peledeista o perredeista, para sólo circunscribirnos a los tres partidos mayoritarios, lo que trajo aparejada la división de la sociedad dominicana, y en algunos casos, hasta de la familia. Cabe destacar que estos “epítetos” se expresan, a menudo, con encono. Como si fuera pecado o una violación a la Ley pertenecer o simpatizar con tal o cual partido político.
Poniéndolo en términos modernos, nos hemos “empoderado” de la política partidista, a tal punto, que miramos con recelo (¿desprecio?) y hasta ponemos en tela de juicio la probidad de quienes no comulgan con nuestras ideas o no están inscritos o no simpatizan con el partido político al cual pertenecemos.
A pesar de que detesto el fanatismo y a los extremistas, me atrevería a aseverar que si el Padre Evangelista Disla volviese al Mao de hoy, y con su entusiasmo contagioso causara aquel revuelo juvenil de antaño, reitero, me atrevería a aseverar, que fuese tildado de estar haciendo proselitismo a favor de tal o cual partido político.
De igual manera, dudo del éxito potencial que pudiera tener el Doctor Norman Ferreira Azcona, actualmente dirigente del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en Mao, en el caso hipotético de que hiciera suya la idea de Manito Santana, de construir un monumento a los héroes y mártires maeños que lucharon y ofrendaron sus vidas por la libertad del pueblo dominicano. Primero se vería su afiliación política que lo loable de la obra a realizar.
Lo expresado anteriormente tiene su fundamento en que, cuando la Asociación de Maeños Ausentes, Inc. (ASOMAU) y el Colegio Médico Dominicano realizaban jornadas médicas gratis en Mao, actividades con las que cientos de pacientes pobres recuperaron su salud, a través de cirugías mayores, y que eran coordinadas por los doctores Arnulfo Reyes Gómez y Norman Ferreira Azcona, no faltaron aquellos -“que ni lavan, ni prestan la batea” o como los canes del hortelano, “que ni comen, ni dejan comer”-, quienes comentaron en voz lo suficientemente alta como para que yo lo escuchara, que “el doctor Ferreira está sacando provecho político de estas jornadas médicas”. Me armé de paciencia, me mordí la lengua, y aparenté no escuchar…
Que me perdone mi admirado y respetado Patricio Juan Pablo Duarte, pero… ¡MALDITA POLÍTICA!, o ¿Son los políticos los que no sirven? Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
Me cuento entre los dominicanos que, no solamente admiramos al Patricio Juan Pablo Duarte, sino que lo considero el más puro, más grande y más excelso dominicano de todos los tiempos. Y sin restarle méritos a los también Patricios, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella, considero a Juan Pablo Duarte el principal responsable de que República Dominicana sea un país libre e independiente. Mi admiración por nuestro Padre de la Patria se acrecentó, cuando a muy temprana edad leí “El Cristo de la Libertad”, del Dr. Joaquín Amparo Balaguer (hubiese preferido no acordarme del autor. Sin embargo, el inmenso respeto que siento por el Derecho de Propiedad Intelectual me obliga a citarlo).
No obstante ser un “Duartiano” por convicción (podría catalogarme como un fanático irreflexivo suyo), nunca he entendido por qué Juan Pablo Duarte dijo que “después de la filosofía, la política es la más pura de las ciencias”. Es probable que mi escasa visión e inteligencia; así como mi inexistente formación política, no me permitan aquilatar lo enunciado por el Padre de la Patria. De ahí el título con el cual embarro estas cuartillas.
Soy un ciudadano que nació, se crió y residió por muchos años en una ciudad pequeña, Mao, donde en mi niñez, adolescencia y juventud, todos nos conocíamos, todos éramos amigos, sin importar el color de la piel, religión o nivel socioeconómico. No quiere esto decir, que a veces, no nos diéramos un par de trompadas a la salida de la escuela, o discutiésemos acaloradamente una jugada en el play, ya fuera jugando “desafíos” o cuando dos equipos barriales se enfrentaban. Sin embargo, al rato, o al día siguiente, nuestras relaciones amistosas volvían a su nivel habitual.
Con el ajusticiamiento del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo (qué bueno que lo mataron), llegó la democracia (mejor aún) y proliferaron los partidos políticos (sin comentarios), muchos de los cuales nunca han pasado de ser ventorrillos políticos. Como consecuencia de esto, empezamos a experimentar la aplicación de la política partidista. Comenzaron los señalamientos, fulano es cívico o tutumpote, perencejo es un hijo de Machepa o mengano es del 1J4.
Sin embargo, todavía había líderes naturales a quienes el pueblo respetaba, seguía y era incapaz de “encapsular” desde el punto de vista político-partidista. A nadie se le hubiese ocurrido decir que Leónidas (Don Leo) Ricart, fundador del primer Liceo Secundario de Mao estaba sacando provecho para tal o cual partido político. Lo mismo podríamos decir del Padre Fernando Arturo Franco, párroco de Mao por varias décadas, o del Reverendo Evangelista Disla, ente catalizador alrededor del cual se aglutinaba lo mejor de la juventud maeña de aquellos años, o del Dr. Norman Augusto Ferreira Azcona, un joven soñador que abrazó una quimera, el Club Juvenil, y lo convirtió en realidad, con el apoyo de TODA la juventud maeña de la época, sin importar el estrato social al que perteneciera.
Con el devenir de los años pasamos a señalamientos más específicos como reformista, peledeista o perredeista, para sólo circunscribirnos a los tres partidos mayoritarios, lo que trajo aparejada la división de la sociedad dominicana, y en algunos casos, hasta de la familia. Cabe destacar que estos “epítetos” se expresan, a menudo, con encono. Como si fuera pecado o una violación a la Ley pertenecer o simpatizar con tal o cual partido político.
Poniéndolo en términos modernos, nos hemos “empoderado” de la política partidista, a tal punto, que miramos con recelo (¿desprecio?) y hasta ponemos en tela de juicio la probidad de quienes no comulgan con nuestras ideas o no están inscritos o no simpatizan con el partido político al cual pertenecemos.
A pesar de que detesto el fanatismo y a los extremistas, me atrevería a aseverar que si el Padre Evangelista Disla volviese al Mao de hoy, y con su entusiasmo contagioso causara aquel revuelo juvenil de antaño, reitero, me atrevería a aseverar, que fuese tildado de estar haciendo proselitismo a favor de tal o cual partido político.
De igual manera, dudo del éxito potencial que pudiera tener el Doctor Norman Ferreira Azcona, actualmente dirigente del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en Mao, en el caso hipotético de que hiciera suya la idea de Manito Santana, de construir un monumento a los héroes y mártires maeños que lucharon y ofrendaron sus vidas por la libertad del pueblo dominicano. Primero se vería su afiliación política que lo loable de la obra a realizar.
Lo expresado anteriormente tiene su fundamento en que, cuando la Asociación de Maeños Ausentes, Inc. (ASOMAU) y el Colegio Médico Dominicano realizaban jornadas médicas gratis en Mao, actividades con las que cientos de pacientes pobres recuperaron su salud, a través de cirugías mayores, y que eran coordinadas por los doctores Arnulfo Reyes Gómez y Norman Ferreira Azcona, no faltaron aquellos -“que ni lavan, ni prestan la batea” o como los canes del hortelano, “que ni comen, ni dejan comer”-, quienes comentaron en voz lo suficientemente alta como para que yo lo escuchara, que “el doctor Ferreira está sacando provecho político de estas jornadas médicas”. Me armé de paciencia, me mordí la lengua, y aparenté no escuchar…
Que me perdone mi admirado y respetado Patricio Juan Pablo Duarte, pero… ¡MALDITA POLÍTICA!, o ¿Son los políticos los que no sirven? Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
domingo, 13 de febrero de 2011
GRACIAS...
A PROPÓSITO DE...
Por Fernando Ferreira Azcona.
Quienes me conocen de cerca, o me han escuchado hablar en público para agradecer cualquier actividad o reconocimiento personal o a mi familia, saben que me autodefino como “un hombre privilegiado”.
Siempre hago la aclaración, y esta vez no es la excepción, que esta autodefinición NO obedece a los escasos bienes materiales que poseo, sino a las grandes bendiciones que he recibido de mi Señor. Perdonen la falta de humildad, pero Él me dio los padres más abnegados y amorosos del mundo, y como si fuera poco, me concedió la gran dicha de tener dos madres: mí querida Doña Nena y mi adorada Talla. También me premió mi Dios, con los mejores hermanos y hermanas que un ser humano puede tener.
Asimismo, el Sumo Hacedor me iluminó y guió mis pasos para que escogiera a hombres y mujeres insuperables, en calidad de amigos. Ellos son continuación de mi querida familia. Me dio como esposa y compañera a la mujer de mis sueños, tres adorables retoños para colmar mi felicidad, y hasta ahora, cuatro nietos que son el complemento al otoño de mi vida.
¿A que viene todo lo anterior? Pues como sabe la mayoría de ustedes, recientemente fui sometido a cirugía radical de próstata, y por razones que no vienen al caso explicar, decidí hacerme la misma en Miami, Estados Unidos de América (pueden estar seguros que no fue por el complejo de Guacanagarix).
Señores, las demostraciones de cariño, el calor humano que recibí durante mi estancia en Miami, antes y después de la cirugía, desbordó por mucho mis expectativas. Realmente, no sabía que tengo tantos amigos, tanta gente buena que me quiere y que me lo demostró con creces. ¡Estoy anonadado!
Como ilustración, algunos ejemplos: como era de esperarse, Nana y mis hijos se mudaron para Miami para estar a mi lado. Manito Santana viajó desde Nueva York, y Lilí y Matití Santana vinieron desde Orlando, Florida, porque según sus propias palabras, “no podían dejarme sólo en esa ocasión”. Pero, además movilizaron a todos los maeños residentes en Miami: Papito Rincón, Pedro Tomás Amaro, Ignacio (Papucho) Peña, Juan Antonio (El Artillero) Rodríguez, Rafael Ureña y Mayra De León estuvieron conmigo en todo momento.
Desde Bolivia, Fernando y Annie Muñoz me llamaban todos los días. Javier y Verónica Olaechea, Jorge y Gloria Mendoza hacían lo propio desde Honduras, y desde Guatemala, Juancho y María Elena De León, Mario Alberto y Brenny García-Salas, así como Hugo y Constanza Vélez se quejaban porque mi teléfono estaba constantemente ocupado. Arnaldo y Rosa María Burgos, desde Arizona, nos brindaron su aliento. Del mismo grupo, pero en nuestro país, mi hermano y compadre José Miguel Cordero Mora nos daba su calor a diario. Igual hacía el resto de los Zamoranos dominicanos.
Mis hermanos Isaías y Julita Ferreira llamaban varias veces al día. Mejor dejaba de salir el sol, a que faltara la llamada del Maestro Juan Colón. Las llamadas de Estanislao y Doris Ferreira no mancaban, igual que las de mis cuñados Rosa María, María Teresa, Cuqui y Mayra Núñez, todos residentes en la Gran Manzana. Siricio y Lulú Colón me llamaban desde Búfalo, New York. Gerardo y Carmen Núñez desde Carolina del Sur y mi sobrina Aimee Castellanos, desde Carolina del Norte. Radhamés Estrella viajó a Miami y cambió su vuelo para regresar con nosotros. Su asistencia y ayuda durante este viaje, no tiene precio.
Desde la “Tierra que Más Amó Colón”, Donato Peña Mirabal, Guarocuya Moliné y Melania De Miguel me llamaban a diario. No es de extrañarse que mis hermanos Diogenito y Josefina Castellanos, así como Monchy y Yaniris Colón (estos últimos hasta el sábado 23 de Enero), llamaran todos los días. Lavinia del Villar, nuestra querida Profe, también nos dio muestra de su calor y su cariño. Masín Colón, Evelio Martínez, Rolando (Cuchara) Espinal, Quilvio y Monchy Valerio, Arismendy Bonilla, César Brea, Bolívar (Chofito) Cartagena, y Rafael Tavárez, (Tavarito) me ofrecieron en repetidas ocasiones el testimonio de su amistad. Mis compañeros de trabajo, así como Tío Chichi, Tía Cuca y Tía Telo siempre estuvieron atentos al día a día de mi salud.
La familia Lora-De León, mis consuegros, Don Domingo, Doña Mayra y Doña Guillermina, mis nueras Yoli y Cynthia, mi yerno Iván, quien nos acompañó con nuestro nieto Ian Alejandro, en Miami, mis nietos Stephanie, Fernando José, Farah y Nabilah, con quienes conversaba a diario.
Mi Junta de Directores, con su Presidente Jochi Mallén a la cabeza, seguido por Carlos Leroux Moya y Juan Miguel Madera; así como el pleno de la misma estuvieron atentos a mi progreso. Asimismo, Mario Ginebra y Sigmundo Rivas me llamaron para dar seguimiento a mi salud.
Del Grupo De La Salle, Bichara y Cuchy Khoury; Henry y Martha Sahdalá, Yuyo y Rosina Acosta, Albertucho y Laura Campagna, José Ramón Albaine, Héctor y Josefita Jáquez, Manuel y Elizabeth Battle, Emilio y Evelyn Estévez dieron seguimiento continuo al progreso de mi salud.
¿Y qué decir de mi querida familia en nuestro adorado país? Norman y Lucía, Lourdes y Carlos Juan, Fausto y Angelina, Fonso y Carmen Lourdes, Freddy, Vilerca y Guanchy, Miguelito y Ton, Rafaelina y Tenei, mi querida prima Teresa, Mónica (mi adorada Rusa) y Carmen Azcona, TODOS vieron su cuenta telefónica crecer significativamente durante mi estadía en la “capital de América Latina”.
Mis queridos sobrinos llamaron desde todas partes: Norman Augusto, Kike y Arlette Ferreira lo hicieron desde Nueva Inglaterra, Joan Santos Ferreira desde Washington, Rochy y Licelot Ferreira desde el primer Santiago de América, María de Lourdes, Alfonsina y Judith Ferreira lo hacían desde la Primada de América. Mi ahijada Chachy Rodríguez Ferreira me envió una preciosa carta, la cual conservo. Mis amigos Arismendy y Olga Ramos me llamaron desde Boston.
¿Cree usted en los milagros? ¿Cuál sería su reacción, si le digo que el Señor me envió un ángel para que me cuidara? Créalo, Él me envió a Águeda Almonte, sicóloga y terapeuta de larga data, a quien apenas conocíamos, y prácticamente se mudó para el Baptist Hospital durante los tres días que estuve interno. Su gran ayuda es indescriptible e invaluable.
Es probable que se me haya escapado algún nombre, entre tanta gente buena que estuvo conmigo. Les ruego ser benévolos con este aspirante a escribidor, cuyo cerebro, después de casi trece lustros de existencia, no se comporta como el de un joven de 18 años…
A TODOS, hermanos, amigos, familiares, les doy, desde el fondo de mi alma, las más sentidas y sinceras GRACIAS por todo el apoyo que me brindaron, el seguimiento a mi estado de salud, y sobre todo, por sus oraciones al Altísimo para que mi cirugía saliera bien y mi proceso de recuperación fuera como ha sido: todo un éxito.
Para terminar y en agradecimiento, les invito a escuchar la canción de Alberto Cortez titulada “A Mis Amigos”, la cual empieza diciendo: A mis amigos les adeudo la ternura/ y las palabras de alivio y el abrazo/ el compartir con todos ellos la factura/ que nos presenta la vida paso a paso/ A mis amigos les adeudo la paciencia/ de tolerarme las espinas más agudas/ los arrebatos del humor, la negligencia/ las vanidades, los temores y las dudas…
Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona.
Quienes me conocen de cerca, o me han escuchado hablar en público para agradecer cualquier actividad o reconocimiento personal o a mi familia, saben que me autodefino como “un hombre privilegiado”.
Siempre hago la aclaración, y esta vez no es la excepción, que esta autodefinición NO obedece a los escasos bienes materiales que poseo, sino a las grandes bendiciones que he recibido de mi Señor. Perdonen la falta de humildad, pero Él me dio los padres más abnegados y amorosos del mundo, y como si fuera poco, me concedió la gran dicha de tener dos madres: mí querida Doña Nena y mi adorada Talla. También me premió mi Dios, con los mejores hermanos y hermanas que un ser humano puede tener.
Asimismo, el Sumo Hacedor me iluminó y guió mis pasos para que escogiera a hombres y mujeres insuperables, en calidad de amigos. Ellos son continuación de mi querida familia. Me dio como esposa y compañera a la mujer de mis sueños, tres adorables retoños para colmar mi felicidad, y hasta ahora, cuatro nietos que son el complemento al otoño de mi vida.
¿A que viene todo lo anterior? Pues como sabe la mayoría de ustedes, recientemente fui sometido a cirugía radical de próstata, y por razones que no vienen al caso explicar, decidí hacerme la misma en Miami, Estados Unidos de América (pueden estar seguros que no fue por el complejo de Guacanagarix).
Señores, las demostraciones de cariño, el calor humano que recibí durante mi estancia en Miami, antes y después de la cirugía, desbordó por mucho mis expectativas. Realmente, no sabía que tengo tantos amigos, tanta gente buena que me quiere y que me lo demostró con creces. ¡Estoy anonadado!
Como ilustración, algunos ejemplos: como era de esperarse, Nana y mis hijos se mudaron para Miami para estar a mi lado. Manito Santana viajó desde Nueva York, y Lilí y Matití Santana vinieron desde Orlando, Florida, porque según sus propias palabras, “no podían dejarme sólo en esa ocasión”. Pero, además movilizaron a todos los maeños residentes en Miami: Papito Rincón, Pedro Tomás Amaro, Ignacio (Papucho) Peña, Juan Antonio (El Artillero) Rodríguez, Rafael Ureña y Mayra De León estuvieron conmigo en todo momento.
Desde Bolivia, Fernando y Annie Muñoz me llamaban todos los días. Javier y Verónica Olaechea, Jorge y Gloria Mendoza hacían lo propio desde Honduras, y desde Guatemala, Juancho y María Elena De León, Mario Alberto y Brenny García-Salas, así como Hugo y Constanza Vélez se quejaban porque mi teléfono estaba constantemente ocupado. Arnaldo y Rosa María Burgos, desde Arizona, nos brindaron su aliento. Del mismo grupo, pero en nuestro país, mi hermano y compadre José Miguel Cordero Mora nos daba su calor a diario. Igual hacía el resto de los Zamoranos dominicanos.
Mis hermanos Isaías y Julita Ferreira llamaban varias veces al día. Mejor dejaba de salir el sol, a que faltara la llamada del Maestro Juan Colón. Las llamadas de Estanislao y Doris Ferreira no mancaban, igual que las de mis cuñados Rosa María, María Teresa, Cuqui y Mayra Núñez, todos residentes en la Gran Manzana. Siricio y Lulú Colón me llamaban desde Búfalo, New York. Gerardo y Carmen Núñez desde Carolina del Sur y mi sobrina Aimee Castellanos, desde Carolina del Norte. Radhamés Estrella viajó a Miami y cambió su vuelo para regresar con nosotros. Su asistencia y ayuda durante este viaje, no tiene precio.
Desde la “Tierra que Más Amó Colón”, Donato Peña Mirabal, Guarocuya Moliné y Melania De Miguel me llamaban a diario. No es de extrañarse que mis hermanos Diogenito y Josefina Castellanos, así como Monchy y Yaniris Colón (estos últimos hasta el sábado 23 de Enero), llamaran todos los días. Lavinia del Villar, nuestra querida Profe, también nos dio muestra de su calor y su cariño. Masín Colón, Evelio Martínez, Rolando (Cuchara) Espinal, Quilvio y Monchy Valerio, Arismendy Bonilla, César Brea, Bolívar (Chofito) Cartagena, y Rafael Tavárez, (Tavarito) me ofrecieron en repetidas ocasiones el testimonio de su amistad. Mis compañeros de trabajo, así como Tío Chichi, Tía Cuca y Tía Telo siempre estuvieron atentos al día a día de mi salud.
La familia Lora-De León, mis consuegros, Don Domingo, Doña Mayra y Doña Guillermina, mis nueras Yoli y Cynthia, mi yerno Iván, quien nos acompañó con nuestro nieto Ian Alejandro, en Miami, mis nietos Stephanie, Fernando José, Farah y Nabilah, con quienes conversaba a diario.
Mi Junta de Directores, con su Presidente Jochi Mallén a la cabeza, seguido por Carlos Leroux Moya y Juan Miguel Madera; así como el pleno de la misma estuvieron atentos a mi progreso. Asimismo, Mario Ginebra y Sigmundo Rivas me llamaron para dar seguimiento a mi salud.
Del Grupo De La Salle, Bichara y Cuchy Khoury; Henry y Martha Sahdalá, Yuyo y Rosina Acosta, Albertucho y Laura Campagna, José Ramón Albaine, Héctor y Josefita Jáquez, Manuel y Elizabeth Battle, Emilio y Evelyn Estévez dieron seguimiento continuo al progreso de mi salud.
¿Y qué decir de mi querida familia en nuestro adorado país? Norman y Lucía, Lourdes y Carlos Juan, Fausto y Angelina, Fonso y Carmen Lourdes, Freddy, Vilerca y Guanchy, Miguelito y Ton, Rafaelina y Tenei, mi querida prima Teresa, Mónica (mi adorada Rusa) y Carmen Azcona, TODOS vieron su cuenta telefónica crecer significativamente durante mi estadía en la “capital de América Latina”.
Mis queridos sobrinos llamaron desde todas partes: Norman Augusto, Kike y Arlette Ferreira lo hicieron desde Nueva Inglaterra, Joan Santos Ferreira desde Washington, Rochy y Licelot Ferreira desde el primer Santiago de América, María de Lourdes, Alfonsina y Judith Ferreira lo hacían desde la Primada de América. Mi ahijada Chachy Rodríguez Ferreira me envió una preciosa carta, la cual conservo. Mis amigos Arismendy y Olga Ramos me llamaron desde Boston.
¿Cree usted en los milagros? ¿Cuál sería su reacción, si le digo que el Señor me envió un ángel para que me cuidara? Créalo, Él me envió a Águeda Almonte, sicóloga y terapeuta de larga data, a quien apenas conocíamos, y prácticamente se mudó para el Baptist Hospital durante los tres días que estuve interno. Su gran ayuda es indescriptible e invaluable.
Es probable que se me haya escapado algún nombre, entre tanta gente buena que estuvo conmigo. Les ruego ser benévolos con este aspirante a escribidor, cuyo cerebro, después de casi trece lustros de existencia, no se comporta como el de un joven de 18 años…
A TODOS, hermanos, amigos, familiares, les doy, desde el fondo de mi alma, las más sentidas y sinceras GRACIAS por todo el apoyo que me brindaron, el seguimiento a mi estado de salud, y sobre todo, por sus oraciones al Altísimo para que mi cirugía saliera bien y mi proceso de recuperación fuera como ha sido: todo un éxito.
Para terminar y en agradecimiento, les invito a escuchar la canción de Alberto Cortez titulada “A Mis Amigos”, la cual empieza diciendo: A mis amigos les adeudo la ternura/ y las palabras de alivio y el abrazo/ el compartir con todos ellos la factura/ que nos presenta la vida paso a paso/ A mis amigos les adeudo la paciencia/ de tolerarme las espinas más agudas/ los arrebatos del humor, la negligencia/ las vanidades, los temores y las dudas…
Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
domingo, 5 de diciembre de 2010
TÍA MERCEDES
A PROPÓSITO...
Por Fernando Ferreira Azcona
Si la memoria no me traiciona, la fecha era 23 de Diciembre de 1955. Todavía duraba la parafernalia de la “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre”, monstruosidad con la que Rafael Leónidas Trujillo Molina celebraba el 25° aniversario de su ascenso al poder y que de tanto boato, dejó maltrechas las finanzas del Estado. Yo era un niño de apenas nueve años de edad, y aunque estas festividades no llegaban al Mao de ayer, la recuerdo perfectamente.
En la fecha antes citada, mi hermano Fausto y yo, como de costumbre, a lomo de caballo, nos trasladamos a El Rubio, a pasar las vacaciones navideñas. No sé por qué razón, esa vez sólo fuimos Fausto y yo. Quizás, porque Fausto era muy apegado a Papánino, y en un artículo anterior, ya narré el amor entrañable que nos profesábamos Mamacía y yo.
Tampoco conozco la razón por la cual, Papánino no fue a buscarnos, aunque ahora podría deducirla, sino que delegó esa responsabilidad en un compadre suyo muy querido.
Salimos de Mao, de madrugada. Cruzamos el Río antes del amanecer y en el trayecto escuchamos las rancheras y merengues típicos a que estábamos acostumbrados. Nos comimos la alforja en el lugar de siempre, en La Leonor. Pasamos alrededor del Charco del Recodo, famoso por sus terribles y peligrosos remolinos. En fin, fue un viaje rutinario. Sin anomalías, bajo un sol calcinante. Llegamos a El Rubio alrededor de las 11:00 de la mañana.
Cuando llegamos al portón de la casa de nuestros abuelos, totalmente ajenos a lo que había pasado, la persona adulta que nos acompañó en el viaje, nos dijo “desde aquí ustedes llegan solos. Yo voy a llegar a mi casa”. Le respondimos que sí, y le dimos las gracias por habernos acompañado y llevado a El Rubio.
Pero, ¿Cuál no sería nuestra sorpresa al llegar a la casa de nuestros abuelos? La misma estaba herméticamente cerrada y en todo su alrededor no había un alma a quien acudir. Fausto y yo nos cansamos de vocear llamando familiares y nadie respondía. Decidimos que uno de los dos fuera a la casa de mi padrino Federico, que vivía relativamente cerca. La casa también estaba cerrada y nadie acudió al llamado de nuestra voz.
Todavía, nosotros, niños al fin, no nos imaginábamos que nada malo había ocurrido. En eso, pasó alguien conocido, quien después de saludarnos nos preguntó: “¿Ustedes vienen al entierro de la difunta Mercedes? ¿Cómo se enteraron tan pronto?” Y siguió su marcha hacia el velatorio. Fausto y yo nos quedamos en shock.
Tía Mercedes, era la esposa de nuestro Tío Antonio Azcona, y efectivamente, había fallecido esa madrugada a causa de un ataque de eclampsia, durante el proceso de parto. Ambos vivían como a un kilómetro de distancia de nuestros abuelos maternos.
Fausto, que siempre ha sido muy maduro y muy responsable, me dijo: “no podemos dejar este caballo cargado todo el día, ni podemos ir los dos a buscar quien lo descargue”. “Tienes que escoger, entre quedarte aquí o ir a buscar ayuda donde Tío Antonio para que vengan a descargar el caballo”.
Desde que se mencionó la palabra muerte, a mí, “se me metió el pendejo”, y tenía la disyuntiva de quedarme sólo en la casa, que tenía un cafetal “muy lúgubre” a un costado, o ir a la casa de Tío Antonio, en cuyo trayecto había que cruzar una cañada muy oscura, a causa de la exuberante vegetación, que no permitía el paso de los rayos del sol.
Me armé de valor y escogí ir a buscar ayuda. Crucé la “famosa” cañada como alma que lleva el diablo y llegué jadeante a la casa de nuestro Tío Antonio, cuyo patio e interior estaban repletos de gente. Entre la multitud, alcancé a distinguir a nuestro Tío Eduardo, quien al verme, salió a mi encuentro. Me abrazó, y sumido en llanto, me dijo: “¿Qué dirá la Comadre Nena cuando se entere de esto?” Mi Madre y Tía Mercedes eran, más que amigas entrañables, eran como hermanas gemelas. Además, era la primera vez que yo veía a un hombre llorar. Así, que ante un panorama tan fuerte, sencillamente… enmudecí.
Tío Eduardo me llevó a la sala de la humilde casita y allí estaba el cadáver de Tía Mercedes. ¡Me quedé petrificado! ¡Fue en ese momento que me percaté de la belleza de su rostro! ¡Su rostro pálido es lo más parecido a la Virgen María que he visto en vida! Desde entonces, han transcurrido cincuenta y cinco años y jamás me he olvidado de una belleza tan sublime. Podría describirla con lujos de detalle: su nariz perfilada, su lacia y castaña cabellera, su tez blanca, esta vez alabastrina, boca pequeña… Sólo faltaba su amplia, bella y amorosa sonrisa.
Tía Mercedes era la dulzura, la delicadeza, el amor hecho mujer. He llegado a la conclusión que estas características eran tan sobresalientes en ella, que opacaban su delicada belleza virginal. No es de extrañarse que Tío Antonio no se volviera a casar jamás. A pesar de ser un hombre joven, se dedicó a honrar el amor y el recuerdo de su amada esposa, y a criar con esmero a sus hijos.
Se iba temprano para el conuco y cuando regresaba a almorzar, siempre encontraba a sus hijos bañados y con ropa limpia. Un día, felicitó a Fifina (Josefina), su hija mayor, que la sazón era una niña de unos diez años, por su dedicación y esmero para con sus demás hermanos, y ésta le contestó: “Papá, todos los días viene una mujer muy bella, vestida de blanco y me ayuda a bañar y a cambiar de ropa a mis hermanos. Tan pronto como terminamos, la señora me dice adiós y se va…”
El día siguiente a los funerales de Tía Mercedes, era Nochebuena. En casa de mis abuelos maternos, y en las casas de todas las ramificaciones de la familia Azcona Azcona, ni siquiera se hizo cena pascual. Son las navidades más tristes que he pasado en mi vida.
Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
Si la memoria no me traiciona, la fecha era 23 de Diciembre de 1955. Todavía duraba la parafernalia de la “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre”, monstruosidad con la que Rafael Leónidas Trujillo Molina celebraba el 25° aniversario de su ascenso al poder y que de tanto boato, dejó maltrechas las finanzas del Estado. Yo era un niño de apenas nueve años de edad, y aunque estas festividades no llegaban al Mao de ayer, la recuerdo perfectamente.
En la fecha antes citada, mi hermano Fausto y yo, como de costumbre, a lomo de caballo, nos trasladamos a El Rubio, a pasar las vacaciones navideñas. No sé por qué razón, esa vez sólo fuimos Fausto y yo. Quizás, porque Fausto era muy apegado a Papánino, y en un artículo anterior, ya narré el amor entrañable que nos profesábamos Mamacía y yo.
Tampoco conozco la razón por la cual, Papánino no fue a buscarnos, aunque ahora podría deducirla, sino que delegó esa responsabilidad en un compadre suyo muy querido.
Salimos de Mao, de madrugada. Cruzamos el Río antes del amanecer y en el trayecto escuchamos las rancheras y merengues típicos a que estábamos acostumbrados. Nos comimos la alforja en el lugar de siempre, en La Leonor. Pasamos alrededor del Charco del Recodo, famoso por sus terribles y peligrosos remolinos. En fin, fue un viaje rutinario. Sin anomalías, bajo un sol calcinante. Llegamos a El Rubio alrededor de las 11:00 de la mañana.
Cuando llegamos al portón de la casa de nuestros abuelos, totalmente ajenos a lo que había pasado, la persona adulta que nos acompañó en el viaje, nos dijo “desde aquí ustedes llegan solos. Yo voy a llegar a mi casa”. Le respondimos que sí, y le dimos las gracias por habernos acompañado y llevado a El Rubio.
Pero, ¿Cuál no sería nuestra sorpresa al llegar a la casa de nuestros abuelos? La misma estaba herméticamente cerrada y en todo su alrededor no había un alma a quien acudir. Fausto y yo nos cansamos de vocear llamando familiares y nadie respondía. Decidimos que uno de los dos fuera a la casa de mi padrino Federico, que vivía relativamente cerca. La casa también estaba cerrada y nadie acudió al llamado de nuestra voz.
Todavía, nosotros, niños al fin, no nos imaginábamos que nada malo había ocurrido. En eso, pasó alguien conocido, quien después de saludarnos nos preguntó: “¿Ustedes vienen al entierro de la difunta Mercedes? ¿Cómo se enteraron tan pronto?” Y siguió su marcha hacia el velatorio. Fausto y yo nos quedamos en shock.
Tía Mercedes, era la esposa de nuestro Tío Antonio Azcona, y efectivamente, había fallecido esa madrugada a causa de un ataque de eclampsia, durante el proceso de parto. Ambos vivían como a un kilómetro de distancia de nuestros abuelos maternos.
Fausto, que siempre ha sido muy maduro y muy responsable, me dijo: “no podemos dejar este caballo cargado todo el día, ni podemos ir los dos a buscar quien lo descargue”. “Tienes que escoger, entre quedarte aquí o ir a buscar ayuda donde Tío Antonio para que vengan a descargar el caballo”.
Desde que se mencionó la palabra muerte, a mí, “se me metió el pendejo”, y tenía la disyuntiva de quedarme sólo en la casa, que tenía un cafetal “muy lúgubre” a un costado, o ir a la casa de Tío Antonio, en cuyo trayecto había que cruzar una cañada muy oscura, a causa de la exuberante vegetación, que no permitía el paso de los rayos del sol.
Me armé de valor y escogí ir a buscar ayuda. Crucé la “famosa” cañada como alma que lleva el diablo y llegué jadeante a la casa de nuestro Tío Antonio, cuyo patio e interior estaban repletos de gente. Entre la multitud, alcancé a distinguir a nuestro Tío Eduardo, quien al verme, salió a mi encuentro. Me abrazó, y sumido en llanto, me dijo: “¿Qué dirá la Comadre Nena cuando se entere de esto?” Mi Madre y Tía Mercedes eran, más que amigas entrañables, eran como hermanas gemelas. Además, era la primera vez que yo veía a un hombre llorar. Así, que ante un panorama tan fuerte, sencillamente… enmudecí.
Tío Eduardo me llevó a la sala de la humilde casita y allí estaba el cadáver de Tía Mercedes. ¡Me quedé petrificado! ¡Fue en ese momento que me percaté de la belleza de su rostro! ¡Su rostro pálido es lo más parecido a la Virgen María que he visto en vida! Desde entonces, han transcurrido cincuenta y cinco años y jamás me he olvidado de una belleza tan sublime. Podría describirla con lujos de detalle: su nariz perfilada, su lacia y castaña cabellera, su tez blanca, esta vez alabastrina, boca pequeña… Sólo faltaba su amplia, bella y amorosa sonrisa.
Tía Mercedes era la dulzura, la delicadeza, el amor hecho mujer. He llegado a la conclusión que estas características eran tan sobresalientes en ella, que opacaban su delicada belleza virginal. No es de extrañarse que Tío Antonio no se volviera a casar jamás. A pesar de ser un hombre joven, se dedicó a honrar el amor y el recuerdo de su amada esposa, y a criar con esmero a sus hijos.
Se iba temprano para el conuco y cuando regresaba a almorzar, siempre encontraba a sus hijos bañados y con ropa limpia. Un día, felicitó a Fifina (Josefina), su hija mayor, que la sazón era una niña de unos diez años, por su dedicación y esmero para con sus demás hermanos, y ésta le contestó: “Papá, todos los días viene una mujer muy bella, vestida de blanco y me ayuda a bañar y a cambiar de ropa a mis hermanos. Tan pronto como terminamos, la señora me dice adiós y se va…”
El día siguiente a los funerales de Tía Mercedes, era Nochebuena. En casa de mis abuelos maternos, y en las casas de todas las ramificaciones de la familia Azcona Azcona, ni siquiera se hizo cena pascual. Son las navidades más tristes que he pasado en mi vida.
Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
miércoles, 20 de octubre de 2010
MI TÍA TALLA
A PROPÓSITO...
Por Fernando Ferreira Azcona
Su nombre real era María Altagracia Azcona Azcona y todos le llamaban Altagracia o Taraza, hasta que yo nací. No sé si su nombre era muy largo o difícil de pronunciar para un niño que empezaba a hablar, pero la realidad es que yo comencé a llamarle Talla, y este apodo “prendió” y se generalizó entre familiares, amigos y relacionados.
Talla era una de las hermanas más pequeñas de nuestra adorada Madre, a quien ella amaba entrañablemente. A tal punto, que cuando nuestros padres contrajeron matrimonio, ella se fue a vivir definitivamente con nuestros Viejos. Sólo regresaba a su hogar paterno, de vacaciones.
De tal manera, que Talla fue para todos nosotros otra madre abnegada, dulce, amorosa y apoyadora.
Entre nosotros dos siempre existió, y aun existe, porque Talla vive día a día en mi corazón y en mi mente, un amor muy especial: yo siempre la consideré como una madre y ella siempre me llamó “mi hijo”. Ella nunca tuvo tapujos en decir que yo era su sobrino favorito, ni yo me sonrojaba al expresar que ella era mi tía predilecta.
Recuerdo perfectamente que siendo “un tajalán” yo dormía con ella, en la misma cama y cuando me enfermaba, normalmente apelaba a su asistencia, antes que a nuestra querida Vieja, quien tenía tantas cosas por hacer. “Talla, Caqúa, vaya a buscarme mi tisana”, le voceaba desesperado, desde mi lecho de enfermo, cuando tenía alguna fiebre viral.
Cuando ella y Domingo Rodríguez se enamoraron, y mi hoy compadre Domingo iba a casa a “comer gallina”, yo me sentaba en las piernas de Talla y casi siempre me dormía en sus brazos. Fue así como conocí y aprendí a querer a un hombre maravilloso, íntegro y amoroso. Cuando se casaron, yo iba todas las tardes a visitar a Talla en su casa, en la calle Talanquera.
Con el transcurrir del tiempo, y por razones de estudios, me ausenté de Mao. Primero me trasladé a Santiago a hacer el cuarto año de bachillerato, pues en nuestro pueblo no impartían el cuarto de matemáticas. Con frecuencia, los viernes, Talla se inventaba que debía realizar una diligencia en la Ciudad Corazón, pasaba por la pensión donde vivía y me daba “una bola” para Mao. Obviamente, el objetivo de su viaje era que yo me pasara el fin de semana con la familia.
Luego, me fui becado a El Zamorano, Honduras. En esa época, las comunicaciones eran muy rudimentarias. Así que nos escribíamos cartas periódicamente. Si por alguna razón, una de las mías se retrasaba, ella me escribía indagando qué había pasado. Lo mismo ocurrió cuando me fui a estudiar a los Estados Unidos de América. La única diferencia fue que el intercambio epistolar era más frecuente.
Al regresar a nuestro país, empecé a trabajar en el Central Romana Corporation, en La Romana. Allí nació nuestro primer hijo, Fernando, y allá se pasó Talla alrededor de dos semanas, cuidando a “su hija”, como siempre llamó a mi querida esposa, Nana.
Talla fue la madrina de Fernandito. Ella le enseñó a llamarle “Abuelita Nina”. Al cumplir su primer año, nos rogó que viajáramos a Mao y se lo celebró por todo lo alto. Todavía nuestro hijo recuerda con cariño a su dulce abuelita.
Días antes de que su hija Rafaelina se casara, a Talla se le detectó un cáncer de mama. Batalló contra este flagelo por más de cinco años, pero el 13 de Diciembre de 1990, perdió la batalla.
Cuando ella estaba enferma, yo adopté una actitud “escapista”. No quería ver a un ser tan querido sufriendo por tan terrible enfermedad y por los efectos secundarios de los tratamientos. Así que distancié mis viajes a nuestro lar nativo. Ella se dio cuenta, me llamó por teléfono y me dijo: “Tú estás esperando que yo me vuelva un guiñapo para entonces venir a llorar conmigo”.
Desde esa llamada telefónica me armé de valor y viajé todos los fines de semana a verle. La última vez que la vi con vida fue en una clínica de Santiago, donde estaba interna. Estaba completamente consciente. Al despedirme de ella me abrazó con ternura, me apretó contra su pecho y me dijo: “Te quiero con toda mi alma, con todas las fuerzas de mi corazón”.Nana y yo bajamos las escaleras de la clínica en silencio, nos montamos en nuestro vehículo y salimos hacia Santo Domingo.
Nadie dijo una palabra hasta que pasábamos por La Vega, cuando Nana rompió el silencio y me dijo: “¿Entendiste que Talla se despidió de ti?”. “¿Qué quieres tú decir con eso?”, le repliqué. “Que no la volveremos a ver con vida”, me respondió mi esposa. Di un frenazo que casi nos volcamos. “¿Tú te estás poniendo loca?”, le contesté. “Acéptalo, Mi Amor. Yo sé que es muy duro, pero Talla se despidió de ti”, insistió Nana.
Y así sucedió. Tres días más tarde, Talla le pidió a su esposo e hijos que la sacaran de la clínica, porque ella “quería morir en su casa”. Al día siguiente cerró los ojos para no abrirlos nunca más.
Gracias Talla por todo su amor. Han transcurrido veinte años de su partida a la morada del Señor, y yo la sigo queriendo “con toda mi alma, con todas las fuerzas de mi corazón”. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
Su nombre real era María Altagracia Azcona Azcona y todos le llamaban Altagracia o Taraza, hasta que yo nací. No sé si su nombre era muy largo o difícil de pronunciar para un niño que empezaba a hablar, pero la realidad es que yo comencé a llamarle Talla, y este apodo “prendió” y se generalizó entre familiares, amigos y relacionados.
Talla era una de las hermanas más pequeñas de nuestra adorada Madre, a quien ella amaba entrañablemente. A tal punto, que cuando nuestros padres contrajeron matrimonio, ella se fue a vivir definitivamente con nuestros Viejos. Sólo regresaba a su hogar paterno, de vacaciones.
De tal manera, que Talla fue para todos nosotros otra madre abnegada, dulce, amorosa y apoyadora.
Entre nosotros dos siempre existió, y aun existe, porque Talla vive día a día en mi corazón y en mi mente, un amor muy especial: yo siempre la consideré como una madre y ella siempre me llamó “mi hijo”. Ella nunca tuvo tapujos en decir que yo era su sobrino favorito, ni yo me sonrojaba al expresar que ella era mi tía predilecta.
Recuerdo perfectamente que siendo “un tajalán” yo dormía con ella, en la misma cama y cuando me enfermaba, normalmente apelaba a su asistencia, antes que a nuestra querida Vieja, quien tenía tantas cosas por hacer. “Talla, Caqúa, vaya a buscarme mi tisana”, le voceaba desesperado, desde mi lecho de enfermo, cuando tenía alguna fiebre viral.
Cuando ella y Domingo Rodríguez se enamoraron, y mi hoy compadre Domingo iba a casa a “comer gallina”, yo me sentaba en las piernas de Talla y casi siempre me dormía en sus brazos. Fue así como conocí y aprendí a querer a un hombre maravilloso, íntegro y amoroso. Cuando se casaron, yo iba todas las tardes a visitar a Talla en su casa, en la calle Talanquera.
Con el transcurrir del tiempo, y por razones de estudios, me ausenté de Mao. Primero me trasladé a Santiago a hacer el cuarto año de bachillerato, pues en nuestro pueblo no impartían el cuarto de matemáticas. Con frecuencia, los viernes, Talla se inventaba que debía realizar una diligencia en la Ciudad Corazón, pasaba por la pensión donde vivía y me daba “una bola” para Mao. Obviamente, el objetivo de su viaje era que yo me pasara el fin de semana con la familia.
Luego, me fui becado a El Zamorano, Honduras. En esa época, las comunicaciones eran muy rudimentarias. Así que nos escribíamos cartas periódicamente. Si por alguna razón, una de las mías se retrasaba, ella me escribía indagando qué había pasado. Lo mismo ocurrió cuando me fui a estudiar a los Estados Unidos de América. La única diferencia fue que el intercambio epistolar era más frecuente.
Al regresar a nuestro país, empecé a trabajar en el Central Romana Corporation, en La Romana. Allí nació nuestro primer hijo, Fernando, y allá se pasó Talla alrededor de dos semanas, cuidando a “su hija”, como siempre llamó a mi querida esposa, Nana.
Talla fue la madrina de Fernandito. Ella le enseñó a llamarle “Abuelita Nina”. Al cumplir su primer año, nos rogó que viajáramos a Mao y se lo celebró por todo lo alto. Todavía nuestro hijo recuerda con cariño a su dulce abuelita.
Días antes de que su hija Rafaelina se casara, a Talla se le detectó un cáncer de mama. Batalló contra este flagelo por más de cinco años, pero el 13 de Diciembre de 1990, perdió la batalla.
Cuando ella estaba enferma, yo adopté una actitud “escapista”. No quería ver a un ser tan querido sufriendo por tan terrible enfermedad y por los efectos secundarios de los tratamientos. Así que distancié mis viajes a nuestro lar nativo. Ella se dio cuenta, me llamó por teléfono y me dijo: “Tú estás esperando que yo me vuelva un guiñapo para entonces venir a llorar conmigo”.
Desde esa llamada telefónica me armé de valor y viajé todos los fines de semana a verle. La última vez que la vi con vida fue en una clínica de Santiago, donde estaba interna. Estaba completamente consciente. Al despedirme de ella me abrazó con ternura, me apretó contra su pecho y me dijo: “Te quiero con toda mi alma, con todas las fuerzas de mi corazón”.Nana y yo bajamos las escaleras de la clínica en silencio, nos montamos en nuestro vehículo y salimos hacia Santo Domingo.
Nadie dijo una palabra hasta que pasábamos por La Vega, cuando Nana rompió el silencio y me dijo: “¿Entendiste que Talla se despidió de ti?”. “¿Qué quieres tú decir con eso?”, le repliqué. “Que no la volveremos a ver con vida”, me respondió mi esposa. Di un frenazo que casi nos volcamos. “¿Tú te estás poniendo loca?”, le contesté. “Acéptalo, Mi Amor. Yo sé que es muy duro, pero Talla se despidió de ti”, insistió Nana.
Y así sucedió. Tres días más tarde, Talla le pidió a su esposo e hijos que la sacaran de la clínica, porque ella “quería morir en su casa”. Al día siguiente cerró los ojos para no abrirlos nunca más.
Gracias Talla por todo su amor. Han transcurrido veinte años de su partida a la morada del Señor, y yo la sigo queriendo “con toda mi alma, con todas las fuerzas de mi corazón”. Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira,
Reseña,
Testimonios
jueves, 14 de octubre de 2010
TRAVESURAS DE MUCHACHOS
A PROPÓSITO...
Por Fernando Ferreira Azcona
En uno de mis artículos anteriores (“Nuestra Inserción en Sociedad Maeña”), expresé que los cuatro hermanos mayores siempre andábamos juntos, y en “Mi Otro Líder”, confesé mi admiración por Norman desde que tengo uso de razón.
De tal manera, que cuando competíamos entre nosotros o teníamos que desarrollar un trabajo en equipo nos reagrupábamos, Estanislao y Fausto versus Norman y yo. Cuando se trataba de pedir permisos, la misión se me encomendaba a mí, que soy el menor de los cuatro.
En una ocasión (todavía vivíamos en Sibila) pedimos permiso para ir a comer frutas, a una finca que tenía Tío Félix Ferreira, en Yerba de Guinea. Después de que nos hartamos de mangos, cajuiles, limoncillos y cuantas frutas aparecieron, nos surgió la “brillante idea” de “guerrearnos a limoncillazos puros”. Está de más decir, que esta fruta produce una mancha feísima, de color marrón y que cada vez que un limoncillo se estrellaba en la anatomía de uno de nosotros, su cáscara se abría y parte de su maza se impregnaba en nuestras ropas.
Cuando ya no le cabía más maza de limoncillo a nuestras camisas, nos quitamos las mismas y las “lavamos” en un caño que aun existe en Yerba de Guinea, donde se bifurca la carretera hacia Palo Amarillo y Hato Nuevo. Llegamos a casa, nos quitamos la ropa y la echamos en el canasto de la ropa sucia.
A la hora de lavar dicha ropa, Mamá descubrió que a ésta no le cabía una mancha más de limoncillo. Dejó la misma cual estaba y esperó a que Papá llegara a almorzar para mostrársela. Resultado… aun me acuerdo perfectamente de la pela que nos dio el Viejo.
En otra oportunidad, el cuarteto antes citado iba de regreso a casa, después de llevarle la cena a Papá en la pulpería ubicada en la Duarte esquina Mella (frente a la Farmacia Mao). A la altura del parque Amado Franco Bidó, un joven apodado Neo, cuyo nombre no recuerdo, más viejo que cualquiera de nosotros empezó a molestarnos, y nos “emburujamos” con él. Éste no aguantó la embestida y salió corriendo. Entonces, le caímos a pedradas.
Sucedió la infausta coincidencia de que al momento de Fausto tirarle una piedra a Neo, Estanislao que estaba agachado, se incorporó e interpuso su cabeza en la trayectoria que llevaba la piedra. De tal manera, que la misma hizo diana en la testa de nuestro hermano, y… la sangre comenzó a fluir de la misma. Asustados, nos devolvimos para la pulpería, le explicamos a Papá lo sucedido, y éste llevó a Estanislao al hospital Luis L. Bogaert, que quedaba al lado del negocio, donde le dieron 2 – 3 puntos de sutura.
Otro día, pedimos permiso para ir a jugar a la casa de uno de nuestros amigos en el barrio (Sibila). Pero, realmente, nos fuimos para el play, hoy conocido muy merecidamente como Estadio de Béisbol Pucho Marrero, pues había un juego de pelota interbarrial. Llegamos allí y nos colocamos en el área de foul por tercera base, pero bastante cerca del “home plate”.
Si mal no recuerdo, estaba bateando Chiquitía Gil, hijo de Don Sosó y hermano de Ojito, quien hizo un suing violento, y en el mismo se le zafó el bate. Éste salió volando por los aires, y en su trayecto encontró la anatomía de quien embarra estas cuartillas. Caí privado al suelo, presa de un inmenso dolor.
Una vez recuperado del golpe, yo no paraba de llorar, no porque éste me doliera, sino asustado por las posibles consecuencias, si Papá se enteraba del incidente y de que estamos en el play sin el debido permiso. Cuando los presentes nos prometieron que no comentarían el suceso, salimos raudos hacia nuestra casa.
Viviendo ya en la Duarte # 40, una tarde fuimos a realizar nuestras tareas agrícolas a la parcela que Tío Félix le había prestado a Papá, ubicada detrás de la estación de gasolina de Domingo Rodríguez, hoy propiedad de su hija Rafaelina y su esposo Tenei Minier.
Era costumbre, que cuando terminábamos nuestras labores, nos fuéramos a bañar a un “flumen” que Tío Félix había construido y que tenía una caída de agua en cascada, muy refrescante. En esta ocasión, Estanislao y Fausto fueron los primeros en llegar a este lugar, encontrando allí a dos de las hijas de Tía Juanita, que lavaban la ropa de su familia.
“A las que no quieran ver güe… y otras cosas de hombres, les conviene que se vayan”, espetó Estanislao, antes de que Norman y yo llegásemos. Nuestras primas, que tendrían 13 – 15 años de edad, salieron corriendo despavoridas, con sus bateas de ropa mojada en sus cabezas, y le contaron lo sucedido a su Mamá, Tía Juanita.
A pesar de que en esa época no había teléfono en Mao, cuando nosotros llegamos a casa, ya Papá había sido enterado de lo sucedido por su hermana Juanita. Así que tan pronto nos vio, nos dijo: “espérenme de rodillas ante el Corazón de Jesús, que ahorita hay justicia”. Sabedor de lo que esta frase significaba y ajeno a lo que había sucedido, yo empecé a llorar.
Al rato llegó Papá “a impartir justicia”, y el primer interpelado fui yo. Inmediatamente, muy responsablemente, Fausto dijo: “Papá, Fernan no sabe qué fue lo que pasó”. “Entonces, dígame usted, que fue lo que pasó”, le respondió nuestro Padre. Fausto lo llevó aparte y le contó en secreto lo que había pasado.
Confiado de que esta vez me libraría de la pela, yo había dejado de llorar. Pero, ¡¿Cuál no sería mi sorpresa?! Cuando Papá y Fausto se reintegraron al grupo, dirigiéndose a mí, Papá expresó: “Usted que es el más chiquito tiene cuatro fuetazos y uno de ñapa”. A Fausto: “Usted tiene cinco fuetazos y uno de ñapa”. A Norman: “A usted le tocan seis fuetazos y uno de ñapa”, y por último, a Estanislao le dijo: “Y a usted le tocan ocho fuetazos y dos de ñapa”. Inmediatamente, empezó el cumplimiento de las sentencias…
Como colofón a esta última anécdota, transcurrieron muchos años y yo nunca supe el porqué de esta pela. Ya siendo hombres casados, con hijos, estábamos en “la vieja casona de madera” recordando nuestras travesuras de muchachos, y entre risas y carcajadas, a mí se me ocurrió preguntar qué era lo que en realidad había sucedido en esa ocasión. Fue entonces cuando me enteré de las razones de dicho castigo.
Cuando una de las nueras le dijo a Papá: “Diache Viejo, ¡Que arbitrario!”. Papá le respondió, agitando su brazo derecho, con el puño cerrado: “Si yo no hubiese sido una macana, en vez de una docena de profesionales, tuviera la misma cantidad de tigueres y delincuentes”. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
En uno de mis artículos anteriores (“Nuestra Inserción en Sociedad Maeña”), expresé que los cuatro hermanos mayores siempre andábamos juntos, y en “Mi Otro Líder”, confesé mi admiración por Norman desde que tengo uso de razón.
De tal manera, que cuando competíamos entre nosotros o teníamos que desarrollar un trabajo en equipo nos reagrupábamos, Estanislao y Fausto versus Norman y yo. Cuando se trataba de pedir permisos, la misión se me encomendaba a mí, que soy el menor de los cuatro.
En una ocasión (todavía vivíamos en Sibila) pedimos permiso para ir a comer frutas, a una finca que tenía Tío Félix Ferreira, en Yerba de Guinea. Después de que nos hartamos de mangos, cajuiles, limoncillos y cuantas frutas aparecieron, nos surgió la “brillante idea” de “guerrearnos a limoncillazos puros”. Está de más decir, que esta fruta produce una mancha feísima, de color marrón y que cada vez que un limoncillo se estrellaba en la anatomía de uno de nosotros, su cáscara se abría y parte de su maza se impregnaba en nuestras ropas.
Cuando ya no le cabía más maza de limoncillo a nuestras camisas, nos quitamos las mismas y las “lavamos” en un caño que aun existe en Yerba de Guinea, donde se bifurca la carretera hacia Palo Amarillo y Hato Nuevo. Llegamos a casa, nos quitamos la ropa y la echamos en el canasto de la ropa sucia.
A la hora de lavar dicha ropa, Mamá descubrió que a ésta no le cabía una mancha más de limoncillo. Dejó la misma cual estaba y esperó a que Papá llegara a almorzar para mostrársela. Resultado… aun me acuerdo perfectamente de la pela que nos dio el Viejo.
En otra oportunidad, el cuarteto antes citado iba de regreso a casa, después de llevarle la cena a Papá en la pulpería ubicada en la Duarte esquina Mella (frente a la Farmacia Mao). A la altura del parque Amado Franco Bidó, un joven apodado Neo, cuyo nombre no recuerdo, más viejo que cualquiera de nosotros empezó a molestarnos, y nos “emburujamos” con él. Éste no aguantó la embestida y salió corriendo. Entonces, le caímos a pedradas.
Sucedió la infausta coincidencia de que al momento de Fausto tirarle una piedra a Neo, Estanislao que estaba agachado, se incorporó e interpuso su cabeza en la trayectoria que llevaba la piedra. De tal manera, que la misma hizo diana en la testa de nuestro hermano, y… la sangre comenzó a fluir de la misma. Asustados, nos devolvimos para la pulpería, le explicamos a Papá lo sucedido, y éste llevó a Estanislao al hospital Luis L. Bogaert, que quedaba al lado del negocio, donde le dieron 2 – 3 puntos de sutura.
Otro día, pedimos permiso para ir a jugar a la casa de uno de nuestros amigos en el barrio (Sibila). Pero, realmente, nos fuimos para el play, hoy conocido muy merecidamente como Estadio de Béisbol Pucho Marrero, pues había un juego de pelota interbarrial. Llegamos allí y nos colocamos en el área de foul por tercera base, pero bastante cerca del “home plate”.
Si mal no recuerdo, estaba bateando Chiquitía Gil, hijo de Don Sosó y hermano de Ojito, quien hizo un suing violento, y en el mismo se le zafó el bate. Éste salió volando por los aires, y en su trayecto encontró la anatomía de quien embarra estas cuartillas. Caí privado al suelo, presa de un inmenso dolor.
Una vez recuperado del golpe, yo no paraba de llorar, no porque éste me doliera, sino asustado por las posibles consecuencias, si Papá se enteraba del incidente y de que estamos en el play sin el debido permiso. Cuando los presentes nos prometieron que no comentarían el suceso, salimos raudos hacia nuestra casa.
Viviendo ya en la Duarte # 40, una tarde fuimos a realizar nuestras tareas agrícolas a la parcela que Tío Félix le había prestado a Papá, ubicada detrás de la estación de gasolina de Domingo Rodríguez, hoy propiedad de su hija Rafaelina y su esposo Tenei Minier.
Era costumbre, que cuando terminábamos nuestras labores, nos fuéramos a bañar a un “flumen” que Tío Félix había construido y que tenía una caída de agua en cascada, muy refrescante. En esta ocasión, Estanislao y Fausto fueron los primeros en llegar a este lugar, encontrando allí a dos de las hijas de Tía Juanita, que lavaban la ropa de su familia.
“A las que no quieran ver güe… y otras cosas de hombres, les conviene que se vayan”, espetó Estanislao, antes de que Norman y yo llegásemos. Nuestras primas, que tendrían 13 – 15 años de edad, salieron corriendo despavoridas, con sus bateas de ropa mojada en sus cabezas, y le contaron lo sucedido a su Mamá, Tía Juanita.
A pesar de que en esa época no había teléfono en Mao, cuando nosotros llegamos a casa, ya Papá había sido enterado de lo sucedido por su hermana Juanita. Así que tan pronto nos vio, nos dijo: “espérenme de rodillas ante el Corazón de Jesús, que ahorita hay justicia”. Sabedor de lo que esta frase significaba y ajeno a lo que había sucedido, yo empecé a llorar.
Al rato llegó Papá “a impartir justicia”, y el primer interpelado fui yo. Inmediatamente, muy responsablemente, Fausto dijo: “Papá, Fernan no sabe qué fue lo que pasó”. “Entonces, dígame usted, que fue lo que pasó”, le respondió nuestro Padre. Fausto lo llevó aparte y le contó en secreto lo que había pasado.
Confiado de que esta vez me libraría de la pela, yo había dejado de llorar. Pero, ¡¿Cuál no sería mi sorpresa?! Cuando Papá y Fausto se reintegraron al grupo, dirigiéndose a mí, Papá expresó: “Usted que es el más chiquito tiene cuatro fuetazos y uno de ñapa”. A Fausto: “Usted tiene cinco fuetazos y uno de ñapa”. A Norman: “A usted le tocan seis fuetazos y uno de ñapa”, y por último, a Estanislao le dijo: “Y a usted le tocan ocho fuetazos y dos de ñapa”. Inmediatamente, empezó el cumplimiento de las sentencias…
Como colofón a esta última anécdota, transcurrieron muchos años y yo nunca supe el porqué de esta pela. Ya siendo hombres casados, con hijos, estábamos en “la vieja casona de madera” recordando nuestras travesuras de muchachos, y entre risas y carcajadas, a mí se me ocurrió preguntar qué era lo que en realidad había sucedido en esa ocasión. Fue entonces cuando me enteré de las razones de dicho castigo.
Cuando una de las nueras le dijo a Papá: “Diache Viejo, ¡Que arbitrario!”. Papá le respondió, agitando su brazo derecho, con el puño cerrado: “Si yo no hubiese sido una macana, en vez de una docena de profesionales, tuviera la misma cantidad de tigueres y delincuentes”. Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
lunes, 4 de octubre de 2010
EL BOMBARDEO A LA FORTALEZA DE MAO
De tal manera, que de todos los varones, yo era el de mayor edad en la casa paterna. Papá no quiso desprenderse de Lourdes, nuestra hermana mayor. Probablemente sentía que a su lado, ella estaba más protegida. Para tocar a Lourdes, habría que pasar sobre el cadáver del Viejo.
Por Fernando Ferreira Azcona
El año 1961 casi llegaba al final. Apenas le quedaban unas 5 ó 6 semanas y entonces, estaríamos celebrando la llegada de un nuevo año.
En el verano de este año, específicamente el 30 de Mayo, un grupo de valientes había ajusticiado al dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina. Pero, el régimen político continuaba siendo el mismo, pues sus hijos, especialmente Ranfis, en contubernio con el Dr. Joaquín Amparo Balaguer, se empecinaban en mantener vivo el trujillismo, sin Trujillo.
En este interregno, fueron muchos los dominicanos que perdieron sus vidas, incluyendo a los sobrevivientes del magnicidio que estaban presos, quienes fueron ejecutados por Ranfis Trujillo y los miembros de su “cofradía”, el 18 de Noviembre, en la Hacienda María. Sobrevivieron Luis Amiama Tió y Antonio Imbert Barrera, quienes permanecieron escondidos y nunca fueron apresados.
Siguiendo consejos y sugerencias de sus hermanos y amigos íntimos, con el propósito de salvaguardar sus vidas, Papá había decidido sacar de Mao a todos los hermanos mayores y enviarlos a “lugares desconocidos”, donde pasaran desapercibidos, ya que en la práctica, nadie sabía quiénes eran.
De tal manera, que de todos los varones, yo era el de mayor edad en la casa paterna. Papá no quiso desprenderse de Lourdes, nuestra hermana mayor. Probablemente sentía que a su lado, ella estaba más protegida. Para tocar a Lourdes, habría que pasar sobre el cadáver del Viejo.
Bajo estas condiciones sociales, políticas y familiares llegamos al tercer domingo de Noviembre de 1961. Todo indicaba que sería otro aburrido domingo, de los tantos vividos recientemente en el Mao aldeano de hace prácticamente medio siglo. ¡Caramba, como pasa el tiempo!
Serían las 9:30 ó 10:00 de la mañana, quizás más tarde. Mi amigo de toda la vida, Diogenito Castellanos, y yo estábamos en el patio de la “vieja casona de madera”, específicamente en el “gimnasio” que habíamos construido, en el límite de este con Don Juan y Doña Gloria Barrera.
Estábamos comentando la situación política y los rumores de que el General de la Fuerza Aérea Dominicana Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría había dado un golpe de estado, con el propósito de echar de nuestro país, los remanentes del trujillato.
En eso, escuchamos el ruido de un avión que se acercaba. Era un viejo AT – 6 que volaba a muy poca altitud. Pudimos leer su numeración cuando pasó sobre nosotros. Lo vimos pasar con indiferencia, pero en breve, escuchamos una ráfaga de ametralladora.
“Compadre, le tiraron al avión con la ametralladora calibre 30 que está emplazada en la fortaleza”, me dijo Diogenito, que siempre ha sido más avezado que yo en cuestiones de aviación y militares, entre otras. “Me voy para mi casa, que Papá y Mamá no saben dónde estoy y no quiero que se mortifiquen”, añadió, saliendo raudo para la calle Gregorio Aracena, frente a la “Sabana de los Colones”.
Luego supimos que ese avión vino en misión de convencimiento hacia el General Rodríguez Reyes, a la sazón Jefe de la Cuarta Brigada del Ejército, con asiento en Mao, y que no quiso adherirse “a un golpe de estado dado por un muchacho como Rodríguez Echavarría”.
Tan pronto Diogenito se fue para su casa, yo me dirigí hacia la sala de la nuestra, donde estaba Papá, leyendo. “Le dispararon al avión”, le dije. Pero, él no pareció darle mayor importancia. En eso, pasaba frente a nuestra casa una calié de nombre Sylvia, que vivía en Los Cambrones, hoy Barrio Enriquillo. Lamentablemente, el paso del tiempo ha borrado de mi mente su apellido.
“Vitalino, pon tu barba en remojo, que venimos a buscarte ahorita. Maldito comunista. Mal agradecido. Se van desde el más grande hasta el más pequeño”, vociferó la tristemente célebre calié citada en el párrafo anterior, mientras pasaba el dedo índice por la garganta en señal de degollar. Al escuchar esto, Papá saltó de la mecedora con agilidad felina. Buscó una herramienta conocida como “pata de cabra” y nos dirigimos a la habitación de nuestras hermanas, cuyas paredes eran encajonadas, y habían sido empapeladas para camuflar el “trabajo” que se había hecho.
Utilizando la herramienta antes citada, Papá desarrajó una de las paredes y extrajo del fondo de ésta una escopeta calibre 20, dos cinturones de cartuchos, los cuales se terció en cada hombro, a través de su pecho, una pistola calibre 25 ó 32 y dos cargadores completos para esta última.
Luego, fuimos a la vitrina donde guardaba las bebidas alcohólicas, sacó un litro de whisky Queen Anne, lo destapó y me brindó dos tragos a pico de botella. En seguida procedió a enseñarme cómo manipular la pistola (sobarla, entrar y sacar el cargador, cómo apuntar y disparar, etc.) y señalando a la puerta norte de nuestra sala me dijo: “Todo el que trate de entrar por esa puerta es suyo, los que traten de entrar por el frente, son míos. Y tire a matar”. No se molestó en cerrar ninguna de las dos puertas. Imagínese usted amable lector, un muchacho de 15 años, con una pistola sobada en las manos, dos tragos de whisky en el buche y orden de tirar a matar a todo el que intentara entrar por la fuerza a nuestra casa… ¿Habría en este mundo un hombre más macho que él?
Al mismo tiempo, instruyó a Mamá y a Lourdes para que se resguardaran junto a todos los hermanos menores, incluyendo al Administrador de este Blog, en la “habitación de las mujeres” y que si escuchaban disparos se tiraran al suelo y / o se metieran debajo de las camas.
En eso, aparecieron en el cielo maeño dos aviones Vampiros de la Fuerza Aérea Dominicana, los cuales empezaron a bombardear la fortaleza General Benito Monción, con sus ametralladoras y cohetes. Como Papá no había cerrado ninguna de las puertas de la sala, pudimos ver cómo dichos aviones hacían las “picadas” desde Hatico o más allá, y disparaban sus armas mortales contra su objetivo, al cual perforaron una pared frontal con un cohetazo.
En medio del bombardeo, Papá gritó: “¡Caraaaajo se acabó esta vaina! ¡Al fin somos libreeees!”
El General Rodríguez Reyes tan pronto fue sometido al fuego aéreo se rindió y se unió al bando del General Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría. Los caliés, adulones y limpia-sacos del régimen, incluyendo a Sylvia la calié, que habían hecho acto de presencia en la fortaleza Benito Monción, en apoyo al mismo, tuvieron que guarecerse debajo de un camión que estaba estacionado en el frente. Después, algunos de ellos, como el señor Mario Evertz, no podían salir de abajo de dicho vehículo.
Una vez restaurada la calma, comenzaron a llegar los amigos a la “vieja casona de madera,” a congratularnos recíprocamente. Nos confundíamos en abrazos y los tragos a pico de botella, fluían en cantidades navegables.
Más tarde hubo manifestaciones en las calles, y la gente voceaba: "Los calieses se creían/ que tenían la lotería/ y el domingo en la mañana/ se sacán a Echavarría”. Asimismo, la casa de la calié Sylvia fue apedreada por las turbas enardecidas. Yo, con gusto hubiese participado en esta pedrea, pero Papá me prohibió participar en la misma. Me quedé con el pico y el brazo caliente... Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira
domingo, 26 de septiembre de 2010
GUARDIÁN, NUESTRO PERRO
Podría decirse que Guardián fue una víctima más de la dictadura trujillista. Su eficiente patrullaje, su lealtad a la familia impedían la labor de “caliesaje” del régimen, y fue necesario eliminarlo.
Por Fernando Ferreira Azcona
No recuerdo una sola etapa de mi vida en que, en nuestra casa paterna no haya habido un perro bravo para custodiar el patio de la “vieja casona de madera”. Siempre han sido perros de razas famosas.
Cuando yo era un niño, llegaron a nuestro querido pueblo de Mao, los “perros policías”. Me imagino que los denominaron así, porque aquí, o en algún otro país del mundo eran utilizados por sus respectivos cuerpos policiales.
Eran unos perros grandes, de color blanco, con manchas negras de diferentes tamaños. Es muy probable que fueran especímenes de la raza Dálmata. Sin embargo, los primeros lucían más grandes y musculosos que los miembros de esta raza.
Y Guardián no era la excepción. Nuestro perro era grande, musculoso, con un amplio pecho, donde exhibía una mancha negra grande. De igual manera, en su costado derecho tenía otra mancha grande de color negro, aunque más pequeña que la primera. Todo el resto de su cuerpo estaba salpicado de pequeñas manchas negras.
Cuando Guardián era un cachorro, Agustín Güichardo, que era muy amigo de Norman, nuestro hermano mayor, y frecuentaba nuestra casa a diario, le hacía muchas maldades (bromas pesadas), razón por la cual, Guardián “no quería saber de él”. Por más que le advertíamos, Agustín persistía en su práctica habitual.
Con el transcurrir del tiempo, nuestro perro creció y desarrolló una fuerza brutal. Cada vez había que comprar cadenas más fuertes para mantenerlo atado, pues todas las rompía. Un día, como de costumbre, llegó Agustín y Guardián le ladraba con furia. Sucedió lo acostumbrado: rompió la cadena y se abalanzó sobre nuestro amigo. No lo mordió de inmediato, pues Agustín se petrificó. No podía ni hablar. Guardián le puso sus grandes patas delanteras sobre el pecho, ladeó su cabeza y colocó su hocico frente a la garganta de “su enemigo”, en actitud amenazante. Cualquier movimiento de Agustín hubiese representado su muerte. Fue la última vez que nuestro amigo entró por el patio a nuestra casa.
A Guardián le tocaba patrullar un patio inmenso, pues en esa época, nuestra casa ocupaba casi media cuadra. No existía el edificio que alberga el Banco Popular Dominicano, ni el de la Ferretería Ferreira. Tampoco existía la Barra D’ Marino. Es decir, que teníamos límites por las calles Duarte, Independencia y Máximo Cabral. De ñapa, la casona era más pequeña. Allí estaba ubicado el play donde surgió el mote de “Cabezón” para Manito Santana. No sé si él se acuerda de Guardián.
Nuestro Centinela se pasaba todo el día amarrado, hasta las 9 – 10 de la noche. De ahí en adelante lo soltábamos y se pasaba toda la noche corriendo de un lado para otro, en su eficiente labor de patrullaje. Teníamos que dejarle varias “poncheras” llenas de agua para que mitigara la sed que le causaba este ajetreo.
Una noche fui a soltar a Guardián y sentí que algunos árboles se movían de manera anormal. El miedo se apoderó de mí. Puse la reversa y salí corriendo en dirección a la casa. Llegué jadeante a la mecedora donde Papá estaba leyendo. “En el patio salen muertos”, le dije al Viejo, en estado de pánico.
Aparentemente, Papá sabía lo que estaba pasando. Agarró su escopeta, la sobó y salimos de nuevo al patio. Como era de esperar, no encontramos rastros de “los muertos” que me habían salido momentos antes.
Unos días más tarde, Guardián, nuestro querido perro fue envenenado en el patio de nuestra casa. Papá, con sentimientos mezclados de ira y congoja, nos ordenó que lo enterráramos en el patio, que con tanto celo había patrullado. El “center field” de nuestro play sirvió de tumba a nuestro gran amigo. Luego, Papá ofreció una recompensa a quien le ayudara a identificar quién mató a Guardián.
Cierto tiempo después, un policía que le apodaban El Chino, y que era compadre varias veces de Papá, le informó que el perro se lo habían envenenado para poder meter guardias y policías (caliés) en el patio, con el propósito de espiar de cerca a la familia.
Más adelante, el entonces Capitán del Ejército Nacional, Manuel Secundino Pérez Peña, hermano de Doña Lidia, la Madre de Tirso Reyes, quien a pesar de su condición de oficial, era antitrujillista, e iba a la Tienda Ferreira con frecuencia, hizo un aparte con Papá y le dijo: “No salgas al patio de noche, ni permitas que ninguno de tus hijos lo haga. La orden que hay es de asesinar a un miembro de tu familia, cortándole las venas, de manera que se pueda aducir que fue suicidio”.
Esta funesta práctica también fue corroborada por Doña Mercedes Güichardo, familia de Don Pedrito Güichardo, quien también era comadre de Papá y vecina por la calle Máximo Cabral. Ella tenía un puesto de venta de café colado frente a su casa. “Compadre, del patio de su casa, salen todos los días, de madrugadita, dos hombres, y vienen a tomar café aquí. Yo no sé qué es lo que buscan, pero salen de ahí todos los días…”
Podría decirse que Guardián fue una víctima más de la dictadura trujillista. Su eficiente patrullaje, su lealtad a la familia impedían la labor de “caliesaje” del régimen, y fue necesario eliminarlo. Siga leyendo...
Etiquetas:
A propósito,
Fernan Ferreira,
Remembranzas,
Reseña
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















