viernes, 11 de noviembre de 2016
LOS AÑOS EN QUE SE PROHIBÍA PENSAR
De cómo el joven estudiante Claudio Tavárez Belliard fue apresado en septiembre de 1977 a su regreso al país porque supuestamente procedía de algún país de la órbita socialista, lo cual era un delito, y cómo pudo recuperar finalmente su libertad, para dedicarse por entero y hasta el final de sus días a la lucha denodada y sin descanso en pro de los derechos y reivindicaciones de los oprimidos.
Una breve reseña, colocada quizás como relleno casi al cierre de una edición noticiosa, puso todo de revés, tal si fuese la llama que se expande en la pradera llenando el horizonte de flamígeros destellos, hasta donde la vista alcanza.
Como era común en aquellos días, la emisión del tabloide estaba saturada de reportes dando cuenta de las últimas bellaquerías represivas orquestadas desde las altas esferas del Estado en contra de amplios sectores de la población que ya se habían puesto de acuerdo para frenar, por la vía electoral, a un gobierno despótico y represivo que arribaba a la etapa final de un tercer periodo arrinconado por una oleada de protestas populares, padeciendo de fuertes disidencias en su estructura interna y enfrentando peligrosos conatos de rebeldía en los estamentos militares provocados por el crecimiento desaforado de las mismas ambiciones y mezquindades que, en su momento, contribuyó a prohijar, en una maquiavélica jugada propia de su enfermiza y proterva naturaleza politiquera.
Las páginas del vespertino contenían, además, los reportes sobre los avances logrados hasta ese momento por un puñado de las organizaciones políticas tradicionales, en la lucha contra reloj en pro de ponerse de acuerdo para conformar una fórmula unitaria que les permitiera enfrentar -y derrotar- en las urnas al sempiterno candidato oficialista que, antes que aflojar las riendas en aras de la ansiada democratización del país, se empecinaba en perpetuarse en los controles del Estado, aprovechando para su promoción todos los escenarios nacionales e internacionales que le garantizaba su alta investidura.
Una porción de las organizaciones más progresistas del país asumían como estrategia el escepticismo e indiferencia ante el desarrollo del proceso electoral que arropaba a toda la Nación, al tiempo que otros sectores, más pragmáticos y aguerridos, orquestaban jornadas de lucha y denuncia en pro de las más sentidas reivindicaciones populares teniendo como caldo de cultivo y escenario el propio aparataje derivado del clima de agitación y efervescencia que envuelve a las elecciones, en la República Dominicana.
La bulliciosa temporada del beisbol invernal, recién iniciada, las carteleras de la lucha libre internacional, con el Campeón de la bolita del mundo y sus archirrivales del momento, como protagonistas, los afanes y heroicidades de la selección nacional de baloncesto en busca del logro de la medalla de oro en los juegos de Panamá, además de los temas de candente actualidad en el mundillo de la farándula, la radio y la televisión, completaban el resto de las informaciones de interés, registradas en las páginas del tabloide que nos ocupa, aquella tarde de comienzos de septiembre, de 1977.
514 letras, dando vida a 77 palabras bastaron para dar a conocer al mundo, en el ámbito taciturno de aquella tarde, el hecho de que a su llegada desde el extranjero por la terminal de Las Américas, un joven estudiante que supuestamente procedía de algún país de la órbita socialista había sido apresado por agentes del Servicio Secreto de la Policía Nacional, quienes alegadamente le incautaron literatura comunista. El capitán Percy Salvador Caminero, de la uniformada, informó a la prensa sobre los motivos del apresamiento y el desarrollo de los interrogatorios de rigor.
Según la nota, no se pudo definir el país socialista de procedencia. Lo que sí está claramente definido en la reseña de no más de cinco párrafos es la identificación del detenido: Claudio Tavárez Belliard.
Como reguero de pólvora se diseminó entre la población la información sobre el apresamiento y sometimiento a la justicia del imputado. Poco a poco fueron agregándose elementos que completaban el rompecabezas de este caso y a medida que se conocían nuevos datos también aumentaban las críticas ante la imposición de la draconiana medida de puro corte represivo.
Explicado a groso modo, el caso se resume en los elementos siguientes:
El militante izquierdista dominicano, nativo de la provincia Dajabón -en la frontera norte dominico haitiana- y residente en los Estados Unidos, en donde había hecho un historial de larga data con su presencia activa en las luchas y jornadas en contra de la invasión yanqui a la Republica Dominicana en 1965 y la guerra de Vietnam, así como en múltiples actividades a favor de las mejores causas de la humanidad, regresaba al país teniendo como puerto de entrada el Aeropuerto Internacional de Las Américas. Junto a otros materiales de tipo propagandístico, en sus valijas transportaba más de 700 ejemplares de la revista Perspectiva Mundial, un semanario de corte progresista producido en los Estados Unidos bajo el auspicio del Partido Socialista de los Trabajadores (Socialist Workers Party), que contenía enfoques de corte ideológico y reivindicativo dirigidos a orientar a la clase trabajadora y sectores progresistas dentro de la pequeña burguesía, tanto en el país de edición de la revista (los EE. UU), como Latinoamérica, Europa y el resto del mundo.
La publicación incautada tenía más de dos años de circulación libre en todo el territorio nacional en idioma inglés, impulsada por entidades progresistas que se valían de este medio impreso como mecanismo de orientación política e ideológica. En los últimos meses había dado inicio la producción de la edición en español lo que auguraba una difusión más amplia entre el público lector, razón por la que los auspiciadores aunaron esfuerzos y aprovechaban todas las oportunidades posibles de introducir grandes volúmenes de ejemplares al país. A ello se debe que en su viaje de regreso al país, Claudio Tavárez trajese consigo una cantidad tan impresionante de ejemplares, como la que le fue incautada.
Antes de proseguir, es de importancia nodal consignar que el joven profesor apresado estaba afiliado a la corriente ideológica del Trotskismo, que, al decir de algunos, constituye el sector más aguerrido y radical dentro del pensamiento político del marxismo leninismo. A lo anterior se agrega el hecho de que el material de divulgación política e ideológica que portaba estaba consignado a los señores Enrique de León –Enriquito- y José Díaz, quienes fungían como los encargados de la divulgación y venta de la revista en cuestión en todo el país y con los que estaba vinculado, políticamente.
Así las cosas, a todas luces se hace evidente que, más que perseguir la circulación de un material, educativo por demás, los cancerberos de la policía nacional, encabezados en ese entonces por un personaje de pésimo recuerdo que respondía al nombre de Neit Rafael Nivar Seijas, motivaban sus acciones en la represión del libre juego de las ideas, el golpeo a los derechos humanos y la libre expresión del pensamiento. Blandían como estandarte el adefesio jurídico de las odiosas leyes 6, 70 y 71, que perseguían y condenaban el culto de las ideas marxistas en el país y, de paso, sometían a la ley de las mazmorras o del ostracismo a todo aquel que no comulgase con el statu quo imperante, en ese entonces.
Con todo el vigor y la reciedumbre ideológica que caracterizó cada uno de los pasos de su vida, Claudio Tavárez se mantuvo aferrado a la versión que se había acordado, al momento de asumir la honrosa encomienda: hacerse responsable del traslado de las revistas y demás materiales propagandísticos, aduciendo que solo cumplía con un favor que le había solicitado un amigo.
Así las cosas, el mes de septiembre de aquel año de 1977 se tornó álgido. En plena efervescencia pre-electoral, mientras los partidos tradicionales hacían aprestos por la escogencia de los candidatos que habrían de terciar en los venideros comicios del año entrante, el conflicto legal por la libertad del detenido y la devolución de las revistas adquirió ribetes descollantes que acapararon gran parte de la atención de la ciudadanía.
Haciéndose acompañar de una batería de abogados entre los que descollaban, de manera principal, los doctores Alberto Malagón y Luis Conrado Cedeño, los responsables del cargamento se entrevistaron con Nivar Seijas, en sus oficinas del palacio de la Policía Nacional, en procura de la devolución de las publicaciones. El máximo ejecutivo de la uniformada alegó que los tribunales de la república habían sido apoderados del caso, para su decisión final y que las revistas en cuestión habían sido remitidas como parte constitutiva de la prueba del alegado delito.
Estas afirmaciones, remachadas con unas contundentes declaraciones ofrecidas por el jefe policial y que fueron reseñadas en la primera plana de la mayoría de los medios noticiosos de ese entonces, se constituyeron en el leño que atizó la fogata y a partir de entonces el asunto derivó en un sainete con los reenvíos, ardides y escaramuzas legales que acostumbraba montar el régimen balaguerista de los Doce Años, como forma de combatir, perseguir y arrinconar a sus oponentes.
Mientras, por un lado, se producía toda una corriente de opinión a favor de la obtención de la libertad para Claudio Tavárez Belliard, junto a la devolución de las revistas a sus legítimos propietarios, por el otro se desarrollaba la estrategia legal que habría de lograr el descargo del detenido y su salida de las ergástulas en las que se encontraba padeciendo el rigor del encarcelamiento injusto.
Los editores de la revista en cuestión remitieron un cable desde la ciudad de New York, dirigido a la Asociación Dominicana de Diarios en la que expresaban su asombro por la aplicación de la draconiana medida por parte de las autoridades al tiempo que solicitaban el pronunciamiento de la entidad en pro de la liberación inmediata de Tavárez Belliard.
Por su parte, en el plano legal, el flamante Procurador Fiscal del Distrito Nacional en aquel entonces, Anaiboní Guerrero Báez, a tono con las directrices emanadas de palacio fijó en $200.000 (Doscientos mil pesos) el monto de la fianza solicitada. Solo gracias al coraje y tesón desplegados de manera ardiente por los abogados de la defensa pudo lograrse una significativa reducción en la suma asignada para que el prevenido pudiese obtener la libertad provisional, hecho que pudo lograrse gracias a la actitud ecuánime y apegada a los cánones legales, esgrimida por el Magistrado Sergio Rodríguez Pimentel, Juez de la Segunda Cámara Penal, en donde fue ventilado el caso.
Además de los escarceos legaloides y las declaraciones temerarias y faltas de contenido esgrimidas por la policía nacional y sus personeros más connotados así como las réplicas y movimiento de fichas encaminados por la defensa de Claudio Tavárez, en pro de sensibilizar a la colectividad en apoyo de su liberación, en el interín había venido produciéndose toda una campaña de orientación en los medios impresos, la radio y la televisión, en el que tomaron parte connotadas lumbreras del periodismo, analistas políticos e intelectuales, lo que contribuyó grandemente con el logro final de la obtención de la libertad y la devolución pura y simple de las revistas incautadas.
Las páginas del legendario periódico vespertino La Noticia, inspirado por las vibrantes y esclarecedoras plumas de su Director Silvio Herasme Peña y su Jefe de Redacción, Miguel Hernández, con sus encendidos Editoriales, su cobertura paso a paso del proceso legal y la acogida a innúmeras voces y opiniones en favor de los derechos del prevenido, hubieron de mantener encendida, en todo el curso del proceso, la llama de la libertad, en reclamo de los derechos conculcados. Fidelio Despradel, desde su combativa columna Perspectiva contribuyó a desarmar paso a paso los mostrencos planteamientos legaloides esgrimidos por la Policía Nacional y la fiscalía.
Otro tanto debemos decir de los atinados enfoques periodísticos a la firma de Guarionex Rosa, pletóricos de datos y rebosantes de ecuanimidad, en favor de la justa causa. De igual manera, trascienden por su objetividad los planteamientos contenidos en los reportajes del corresponsal Ramón Velásquez, quien, a pesar de encontrarse limitado dentro de los férreos barrotes en que, en ocasiones, se encuentra el periodista asalariado, asumió con entereza y ecuanimidad el sagrado deber de dar a conocer los hechos con objetividad y sin amañamientos.
Junto a las reclamos de la población -unas veces mesurados y otras tantas encendidos y militantes-, y envuelto en el maremágnum de la efervescencia política que arropaba al país, el pleito por el establecimiento definitivo de la libertad con el descargo de la acusación que pesaba en contra de Claudio Tavárez Belliard así como la subsecuente devolución de los 700 ejemplares de la revista Perspectiva Mundial, siguió debatiéndose el incidente, hasta los días finales del mes de Septiembre.
Una edición especial de la revista, en su versión en inglés, consigna la condena internacional por el apresamiento del citado militante político, la imposición de la astronómica suma en calidad de tope para la fianza y, como es natural, por la negativa de devolución de la revista en cuestión.
Con el paso de los días, la razón y la justicia terminaron por imponerse en el curso del debate y en una nueva audiencia el fiscal del tribunal, Reynaldo Díaz Pared, se sumó al pedimento de descargo puro y simple esgrimido por la barra de la defensa, por considerar que el prevenido no había incurrido en ninguna de las violaciones que le atribuía la policía.
A pesar de que el magistrado se reservó el fallo, hasta una fecha cercana, Claudio Tavárez Belliard pudo recuperar finalmente su libertad, para dedicarse por entero y hasta el final de sus días a la lucha denodada y sin descanso en pro de los derechos y reivindicaciones de los oprimidos.
Gloria eterna a su memoria.
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sábado, 17 de mayo de 2014
… le llamaban Reina!
Por Sergio Reyes II
Una sonrisa franca, abierta y amigable seguía sus pasos en el incesante andar por los medios periodísticos, televisivos y de variedades dirigidos al inmenso público de origen hispano que abarrota las barriadas de la ciudad de Nueva York, sus condados vecinos y otros Estados del área. Haciendo acopio de esfuerzo, dedicación y profesionalismo, se fue abriendo espacio en las diferentes opciones que presentan los medios de comunicación y de manera especial en la programación de televisión por cable, en donde su característica presencia engalanaba las pantallas para llevar al público, en cada una de las emisiones de su programa, no solo las vivencias e historias que caracterizan el acontecer artístico sino también los sucesos, ansias y aspiraciones que tienen espacio en el diario vivir de nuestra gente humilde, tanto en el caso de la población inmigrante como de los que quedaron en el lar nativo, levantando con orgullo las raíces e idiosincrasia de nuestros países.
Al igual que otros tantos inmigrantes de los que hoy por hoy ocupan destacados espacios en los medios noticiosos y televisivos que tienen vigencia en la ciudad de New York, Minerva Saint-Hilaire engalanó con su acariciadora y jovial personalidad a la pantalla chica, impartiendo cátedras sobre la forma en que debe desenvolverse un profesional de los medios de comunicación. Esta postura le llevó a ser un personaje de primer orden en todo el espectro del periodismo dominicano radicado en la ciudad de los rascacielos y le granjeó sinceros afectos entre todos los profesionales que incursionan en estas labores.
Su llegada a cualquier escenario despertaba de inmediato efusivas muestras de aprecio y a su paso llovían andanadas de comentarios de admiración por la frescura y lozanía que exhibía su afectiva personalidad. De allí le vino, en justeza, el mote de La Reina.
Pero esta inmensa mujer, que como su nombre indica nació para descollar en los dominios y las artes de la sabiduría, fue, a su vez, Reina y Señora en la entrega por entero y sin dobleces a la noble labor de trabajar de manera incansable y desinteresada por llevar un hálito de aliento a los pobres, los desvalidos y los necesitados de amor y solidaridad.
De sus luchas y afanes dan cuenta su participación decisiva y destacada en infinidad de maratones y jornadas de recaudación de aportes y todo tipo de ayudas para contribuir con la mitigación del hambre y la secuela de males que afectan a las poblaciones afectadas por la ocurrencia de desastres de la naturaleza, incendios, conflagraciones sociales o hechos fortuitos propios de la sociedad en que vivimos.
Y junto a su infinita personalidad, muchos recordarán la profunda sensibilidad que embargaba a La Reina, al tiempo de recabar de los pudientes y los poderosos el urgente apoyo a esas comunidades devastadas, para poder mitigar, aun fuese en parte, sus múltiples necesidades.
En otros muchos casos Minerva Saint-Hilaire fue más allá: Sin esperar el apoyo de los destellos de los reflectores ni la cobertura de programas noticiosos o de variedades que difundiesen su silencioso andar por el sendero de la solidaridad y las buenas acciones, asumió por sí misma y contando apenas con algunos amigos y familiares la enjundiosa labor de encaminar operativos médicos, entrega de útiles escolares y juguetes y otras obras sociales y de ayuda comunitaria en apoyo de niños, jóvenes estudiosos y envejecientes de diferentes comunidades rurales enclavadas en los lejanos pueblos de la Línea Noroeste y la frontera dominicana -su tierra natal- así como en otros lugares de la República Dominicana.
Y asumiendo esa noble y abnegada labor, de manera callada y sin rimbombancia, La Reina movió sus pasos y sus acciones por senderos insospechados, en los que conoció de cerca el dolor que embarga a la gente humilde y menesterosa, que parece haber sido olvidada de las élites gubernamentales; esos que no tienen de nada mientras a otros les sobra de todo.
Hacia estos sectores dirigió su accionar Minerva Saint-Hilaire, contando más que nada con el impulso de su bondadoso corazón y su inmensa vocación de servicio en auxilio de los pobres y los habitantes de su región de origen.
En este día, La Reina descansa de sus cotidianos afanes. La tersura y placidez de su rostro evidencia que, en efecto, duerme el sueño de los justos. En el Libro de la Vida, hace tiempo que fueron escritas sus buenas acciones y de seguro que esto le allanará el camino en la ruta hacia el descanso eterno.
Sus familiares y compueblanos lamentan en forma desconsolada su inesperada partida. Oleadas intermitentes de sus colegas de la crónica de arte, locutores, periodistas y relacionados de los medios de comunicación desfilan reverentes en frente al féretro que contiene sus restos mortales, para rendirle el último y caluroso Adiós. La pantalla chica, que se engalanó con su imponente y afectiva presencia, ha quedado enmudecida y sumida en un pesaroso gris, mientras las emisiones noticiosas recogen los reportes que dan cuenta de su velatorio.
Y en las poblaciones de la lejana frontera, muchos lloran a raudales, a sabiendas de que, con la partida de Minerva, además de una hermosa y cariñosa compueblana, hemos perdido a un hada madrina, un angelito de la guarda -si se me permite la comparación-, que velaba de manera incansable por el bienestar y felicidad de nuestra gente.
No exagero si les digo que, en esta tarde gris, la ciudad de Nueva York que siguió sus pasos día por día y vio su carrera cubrirse de éxitos, llora de manera inconsolable su partida.
¡Descanso eterno a sus restos!
sergioreyes1306@gmail.com
New York, Mayo 16, 2014.
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viernes, 1 de abril de 2011
LAS DÉCIMAS DE DON JOSIÁN ESPINAL
Por Sergio Reyes II
(Haga clic en la foto para agrandarla y en la flecha izquierda del navegador para volver a MEEC.)
Sus ojillos vivaraces –ventanas abiertas del alma- se inundan por momentos, posesionados de esas flamígeras llamaradas que dominan las mentes inspiradas de algunos privilegiados a quienes la vida les deparó el sagrado deber –y el placer- de expresar el sentir de los demás, conjugando en esa tarea la calidad, la candidez y la contundencia de la labor social en defensa de la comunidad. Las limitaciones para expresar lo que siente y el resabio interior por no poder articular por sus propios medios las emociones que de seguro siente al saberse depositario de la profunda admiración y respeto de quienes hemos acudido como el alumno ante el maestro, en busca de abrevar en la infinita sapiencia acumulada en tan rico manantial, le inducen, a ratos, a proyectar una imagen que pudiese confundir al entrevistador. Sin embargo, viejas añoranzas con viñetas de ancianidad, similares o parecidas, nos transportan a recuerdos en la etapa final de la existencia de mi abuelo, y con ese toque mágico de ternura podemos, entonces, armarnos de valor para asumir, con la solemnidad que requiere el caso, una amena conversación con el decimero Juan Antonio Espinal –Josián- y su adorable e inseparable esposa Teresa de Jesús Pérez Domínguez, en un apacible y acogedor rincón campestre con toques de paraíso ubicado en la comunidad de El Guanal, en la provincia Santiago Rodríguez.
De sobra conocíamos su obra: ¿Cómo no saberlo si desde hace más de 6 décadas ha ido dejando la impronta de su arte repentista, satírico y jocoso, valiente, combativo y veraz, en todos los espacios en donde ha logrado filtrar las atinadas y contundentes décimas, que nacieron con él, como parte del andamiaje cultural de una región y una época y que desde ya podemos augurar que serán, por siempre, parte integral del patrimonio del pueblo dominicano?
Como poeta innato, con fuertes influencias campesinas y una acendrada formación hogareña, Josián desarrolló la facilidad en la palabra versificada a muy temprana edad –desde los 14 años, según ha sido consignado en sus memorias-; Por ende, es dable suponer que su presencia fue componente inseparable de las veladas, encuentros festivos, velatorios, faenas agrícolas del tipo de los convites o juntas y, más adelante, eventos sociales, políticos y comunitarios. Y todo ello, sin desdeñar las ‘peñas’ de los años mozos, de rico sabor y contenido romántico, en las que dos o más gallardos mozalbetes se disputan -fuertemente apertrechados con la contundencia de una décima-, los suspiros y quereres de aquella a quien sueñan con hacer su mujer.
Y vaya Usted a saber –y me perdonan la indiscreción por divulgar el dato obtenido casi en confesión-, que en uno de esos ‘lances decimeros’ el inquieto e ingenioso Josián se apropió en su totalidad de los sentimientos de Teresa. ¡Y hasta la fecha de hoy!
Juan Antonio Espinal constituye en el presente uno de los exponentes más preclaros, honestos y auténticos de la cultura campesina dominicana y en ese tenor se erige como una reserva del folklore, las costumbres, las actitudes y el comportamiento de los habitantes de la Línea Noroeste y de la zona de Santiago Rodríguez, en particular. A lo largo de su vida siempre ha puesto su condición de trabajador agrícola en primer lugar y en sus predios, sembradíos y crianzas a cada instante salen a relucir las señas de su mano laboriosa. De igual forma, el apoyo que le profesa su familia compuesta por sus hijos, nietos y relacionados evidencia que sembró en ellos el ejemplo del amor y la unidad lo que se ha revertido en un monolítico e indisoluble clan familiar que constituye un ejemplo en la comunidad de El Guanal.
Las paredes de su casa –un perfecto equilibrio de modernidad, con respeto al medioambiente campesino- están repletas de las placas, reconocimientos, premiaciones y homenajes que ha ido amasando a lo largo de su vida, gracias al tesón, entrega y seriedad con que ha asumido la proyección de su cultura y la defensa intransigente de las causas justas, erigiéndose, en más de una ocasión, en la espinita que incomoda la placidez de los ‘jorocones’, burócratas y funcionarios que de tiempo en tiempo padecen nuestras comunidades y que solo acuden a las posiciones públicas para lucrarse y obtener beneficio propio y para sus familiares y relacionados.
Con el estilo picaresco que caracteriza al decimero pueblerino, Josián ha exaltado las bondades de la campiña así como de los pueblos y ciudades que constituyen la frontera y la Línea Noroeste. Ha sembrado el aliento en el humilde campesino que lucha día a día en el surco en busca de un mejor porvenir; ha glorificado la memoria de personajes inmaculados de la historia dominicana, ha enaltecido a grupos sociales como el agrónomo, el maestro y el campesino y se ha tomado un capítulo muy especial para honrar a la Mujer –y entre ellas, a Doña Teresa-, elemento inspiracional por excelencia que siempre ha estado presente de una forma u otra en sus versificaciones.
Con ese arduo batallar a cuestas erigiéndose en vocero y estandarte de los pobres, los olvidados y los dolidos, Don Josián ve pasar los días, rodeado del aprecio de los suyos y de todos cuantos valoramos la importancia que tiene para nuestros pueblos la preservación de una labor tan fecunda, honesta y ejemplarizadora como la de este gran hombre.
Josián viene padeciendo en la actualidad serias limitaciones en su accionar, fruto de graves padecimientos cardiovasculares que se desencadenaron sobre su recia fortaleza afectando su movilidad y capacidad para comunicarse. En el lento, delicado y tesonero proceso que conduzca a su plena recuperación participan de manera entusiasta y paciente su fiel compañera de toda una vida así como algunos jóvenes de la comunidad y relacionados que hacen vida en la casa campestre del clan familiar. Ellos, con su amorosa dedicación y empeño contribuyen a hacer más llevadera y apacible la existencia de esta gloria noroestana de la poesía popular.
En homenaje a la fecunda labor poética y a sus años de esfuerzo proyectando la cultura popular, en meses recientes y con el auspicio de su familia fue publicado un volumen que contiene una selección de sus más aclamadas décimas. De igual manera, el cantautor y activista cultural Manuel Jiménez puso en circulación un disco compacto con arreglos musicales a varias composiciones del destacado decimero, las que se escuchan en las voces de artistas de la talla de Sonia Silvestre, Josefina Torres -oriunda de Santiago Rodríguez-, Roldán Mármol y el propio Manuel Jiménez. Ambas producciones –el libro y el disco compacto- llevan por nombre ‘El olor de mi campiña’.
Desde esta humilde trinchera, hago votos por la pronta y segura recuperación de Josián, a fin de que podamos seguir disfrutando de su arte infinito, de sus anécdotas, de sus ocurrencias y de su verborrea cargada de denuncia social. Yo también, al igual que Pedro Antonio (Pellín) y demás vástagos de esta ejemplar pareja de esposos de El Guanal, en mis años de infancia y en tiempos de invierno y lluvias disfruté de incontables veladas nocturnas, en torno a los fogones, al ardor de las brazas y la leña de cuaba, encima de serones y sacos de maní, escuchando décimas de boca de mi abuelo y tíos, mientras asábamos apetitosas y humeantes batatas, bajo el manto inolvidable de los azulosos rayos de la luna y un cielo encopetado de estrellas. Y frente a esos entrañables recuerdos, mi aprecio por Josián y su obra se multiplica.
¡Qué viva por siempre esta gloria del arte popular dominicano y que siga cantándole a la campiña, provocando aletear de mariposas y esperanzas de redención en el pecho de los oprimidos!
sergioreyII@hotmail.com
Marzo 31, 2011; Santo Domingo. Siga leyendo...
lunes, 7 de marzo de 2011
CEFERINA CALDERÓN DE CHÁVEZ
Por Sergio Reyes II.
-I-
La guerra restauradora había dado inicio con el izamiento de la bandera tricolor en el punto más alto del Cerro Capotillo y sus efectos multiplicadores se diseminaban como reguero de pólvora por los encrespados cerros y las llanuras pobladas de cayucos y guasábaras de la Línea Noroeste. El arrogante Brigadier español Manuel Buceta, quien con sus perversas acciones en territorio dominicano aportó un superlativo al concepto de maldad, se batía desesperadamente en retirada, procurando llegar hasta Santiago, en donde las fuerzas hispanas mantenían, aún, el control de la situación. En una sucesión de escaramuzas, esporádicos combates y abruptas retiradas, en las que los triunfos y derrotas corrían parejos en ambos bandos, el malazo de Buceta pudo llegar a duras penas, alicaído, con menguadas energías y con penoso semblante, hasta la zona de Guayacanes, a los predios conocidos como la Sabana de Los Chávez, regenteados por una insigne familia que ostentaba ese apellido y que, a la postre, gozaba de mucho respeto y estima en la región.
Entre los enconados perseguidores se contaban Benito Monción –quien había sido malamente herido en la trifulca-, Pedro A. Pimentel y Gaspar Polanco, quien acababa de abrazar la causa liberadora de los dominicanos y con su bravura de leyenda mostraba, tempranamente, su energía y don de mando, en desmedro de las huestes españolas, en cuyo ejército había militado hasta entonces.
Casi arrastrándose y a hurtadillas, el otrora abusivo e inhumano brigadier de las huestes anexionistas hispanas penetró en los linderos territoriales de Los Chávez, en procura de reposo, cambio de montura, saciar la sed y el hambre y, también, agenciarse algún sombrero para cubrirse del inclemente sol liniero, porque el suyo, en la aparatosa huída, había volado sabe Dios dónde.
El uno delante y los otros detrás, penetraron intempestivamente a la finca de Pedro Chávez y Ceferina Calderón y todo indicaba que el desenlace estaba cifrado a favor de los insignes guerreros de la causa restauradora de la Republica Dominicana, para quienes la captura del petulante brigadier constituía un valioso trofeo de guerra, que podría inclinar la balanza a su favor, dada la preeminencia de éste en el seno del gobierno anexionista que dirigía los destinos del país.
A pesar de constituir la causa de la redención de la Patria un asunto de interés nacional, que competía a todos los ciudadanos, en el momento a que nos referimos (22 de Agosto de 1863) muchas personas aún no habían fijado postura frente a la lucha resuelta en procura de la recuperación de la independencia política; Mas aún, puede decirse que algunos hasta desconocían que en Capotillo, Dajabón, Guayubín, Sabaneta y gran parte del resto de la Línea Noroeste ya se peleaba a brazo partido, enfrentando machetes y rústicas lanzas contra el bien apertrechado ejército hispano, en procura de borrar la mancha infame de la anexión.
El caso es que, sin necesariamente asumir una actitud indigna que pudiese calificarse de traición a su patria, la figura enérgica de Ceferina se irguió en medio de la refriega e impidió la casi segura captura o muerte del militar español. Colocada de frente a la historia y contrariando los ímpetus belicosos de Gaspar Polanco, Pedro A. Pimentel y demás patriotas que ansiaban doblegar al altanero y malsano personero anexionista, aquella altiva mujer impuso su voluntad, apelando el sagrado derecho de que en sus predios no habría de cometerse un desacato o un crimen, por encima de su autoridad.
Y para ello, además de invocar cuestiones de jurisdicción o humanidad, exhibía, ostensiblemente, la fuerza que le daba el pequeño ejército de familiares, jornaleros y empleados a su cargo, fuertemente armados, quienes obedecían ciegamente sus órdenes.
Así las cosas, con el descanso logrado gracias a la oportuna intervención de Doña Ceferina, Buceta pudo escabullirse del escenario del conflicto y con ánimos renovados y sin más percances, pudo llegar, casi a rastros, hasta Santiago, en donde habría de unirse a sus connacionales para continuar dirigiendo una cruenta guerra en la que, poco tiempo después, en 1865, el ejército español habría de salir totalmente derrotado y los dominicanos habrían de ver brillar, nueva vez, la luz de la libertad.
-II-
Andaba, el Apóstol José Martí, en labores proselitistas, en procura de apoyo y solidaridad para encaminar la ‘guerra necesaria’, la de la redención del pueblo de Cuba. Andaba, Martí, en Febrero de 1895, bajo el inclemente sol, por los polvosos campos y veredas de la Línea Noroeste, en busca de Máximo Gómez, para que éste encabezara el ejército que tendría la encomienda de luchar por “… la creación de un archipiélago libre, donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo “ -Manifiesto de Monte Cristi-.
Y en esa enjundiosa faena recala en Guayacanes, donde es recibido por Doña Ceferina y su familia, quienes le brindan calurosa hospitalidad y sobradas muestras de solidaridad para con la causa revolucionaria cubana.
Dentro de su agitada encomienda, Martí no pudo resistir la tentación de plasmar en el papel las muestras de aprecio prodigádales por Ceferina y sus hijas, la correcta educación familiar y escolar de éstas y su finura y cortesía al hablar. Y junto a otros detalles resaltados por alguien con la fina agudeza que da la conciencia social, en Apuntes de un viaje –mi visita a Santo Domingo-, el apóstol cubano retrata de cuerpo entero la calidad humana, el coraje y la templanza de Ceferina Calderón de Chávez y otras tantas mujeres de la línea con quienes pudo compartir en esa gloriosa cruzada de la libertad en tierras dominicanas, que fue, a la vez, la última etapa de su vida.
-III-
La tiranía de Ulises Heureaux –Lilís- había sucumbido ante los ímpetus revolucionarios de un grupo de jóvenes mocanos y de otros puntos del país, que con su ejemplo sintetizaban las urgentes aspiraciones de cambios reclamados por toda la Nación. Una sucesión interminable de guerras y conflictos intestinos sobrevino a continuación del tiranicidio y en varios puntos del Cibao y la Línea Noroeste se alzaban voces disidentes que hacían peligrar la estabilidad de los diferentes gobiernos que tuvo la República a lo largo de los primeros quince años del siglo XX. En una atroz medida de corte genocida e inhumano, el gobierno de Ramón Cáceres dispuso una forzosa desocupación de toda la zona rural de la región noroeste, el incendio de las plantaciones agrícolas y viviendas y la concentración de la población civil, el ganado y otras crianzas en el perímetro de los principales poblados de entonces.
Con ello, se buscaba aislar a los guerrilleros que hostilizaban a las fuerzas gobiernistas e impedir que estos mantuviesen comunicación con la población y recibiesen suministro de alimentos y pertrechos, contrariando así la tradicional simpatía y hospitalidad ofrecida por el campesinado a las causas revolucionarias y a sus propiciadores.
La pobreza y desolación que sobrevino en toda la región fue de catastróficas consecuencias. La agricultura colapsó casi en su totalidad y solo con el paso de los años y el beneficio del trabajo concienzudo y científico ha podido lograrse la recuperación en la calidad de las tierras y el aumento en su productividad. Este hecho, además, acrecentó la actitud levantisca y beligerante de la Línea Noroeste y sus pobladores, hacia los gobiernos de corte represivo y dictatorial, lo que mantuvo en jaque los gobiernos de Mon Cáceres, Eladio Victoria y otros de parecida estampa que les continuaron.
Una gran cantidad de los cabecillas de los grupos insurrectos fueron encarcelados, fusilados o expulsados del país. Algunos tomaron el camino del exilo voluntario a fin de preservar sus vidas y mantenerse a la expectativa del momento oportuno para entrar en acción. Otros, se refugiaron en la manigua, en la espesura de las serranías y desde allí se mantuvieron dando golpes sorpresivos -esporádicos, pero contundentes-, al enemigo representado en la odiada ‘guardia de Mon’ u otros nombres con los que se denominó después el cuerpo militar.
Y en todos esos años, la mujer liniera, valiente y abnegada tuvo que asumir la triple misión de guardar el hogar y los hijos, atender los predios y posesiones que pudieron conservar y, por encima de todo y de todos, alimentar y apertrechar con armas y municiones a los hombres que mantenían viva la llama de la revolución, en una acción valiente, arriesgada y sigilosa, que podía costarles la vida, tanto a ellas como a sus hijos.
Algunas páginas dispersas de la historia, llevadas de la mano de autores con cierto nivel de credibilidad –Luis F. Mejía, por ejemplo-, reseñan el hecho y las constantes persecuciones y encarcelamientos padecidos por esas valerosas mujeres de la Línea.
También recogen el dato algunos medios noticiosos de la época, gobiernistas por demás. Y lo hacen con palabras denostadoras con las que buscaban denigrar la moral y la reputación de esas mujeres, sin darse cuenta, que con esto elevaron hasta el pináculo la importancia de la heroica acción encaminada por ellas.
Una de esas valientes y abnegadas mujeres lo fue Ceferina Calderón de Chávez.
Su ejemplo perdurará por siempre en la memoria de los habitantes de la Línea Noroeste. La historia completa de esa gran mujer y otras linieras de igual estirpe debe ser conocida de todos. Y es un reto que debemos asumir, sin más demora. Siga leyendo...
martes, 1 de febrero de 2011
CON FUETAZOS, ‘ROBALAGALLINAS’, ABECHISAS Y COMPARSAS, EN LA LÍNEA NOROESTE SE DISFRUTA EL CARNAVAL
Escritor costumbrista, ensayista, articulista e investigador histórico
El repentino chasquido que hiende el espacio y paraliza a los numerosos grupos de contertulios que abarrotan los balcones, frentes de las viviendas, locales comerciales, aceras y un amplio trecho de la vía, anuncia, como señal de advertencia, que se acercan los dueños de la calle, para escenificar, ante el asombro de algunos y el terror de otros, el temible duelo entre el bien y el mal, la audacia y la resistencia, la arrogancia y la terquedad. Estamos en presencia del eterno enfrentamiento de los ‘Toros’ y ‘Civiles’, de Monte Cristi, y ante la declaración de guerra, simbolizada por el temible látigo de hebras de cabuya trenzadas que restalla con insistencia y provocación, de inmediato cede la gente el escenario y forman un redondel, en cuyo centro quedan apostados, frente a frente, y en actitud agresiva, los decididos contendientes.
Y se enfrentan por turnos, en duelo frontal, con coraje y temeridad que viene a ser, en cierto modo, un acto de sadomasoquismo con el que se hace galas de insensibilidad y desprecio al dolor, en aras de vencer la resistencia del contrario, hacerle rodar por el suelo o, en un caso extremo, lograr la rendición, sin condiciones, de aquel.
Blandiendo un remedo de látigo confeccionado con fibras de cabuya tejidas en forma de alargadas trenzas y teniendo como insensible testigo al candente sol de la Línea, se lanzan al ruedo, haciendo homenaje a deidades guerreras cuya herencia ancestral corre como río desbocado en las venas de los contendientes y el trallazo que restalla una y otra vez y se expande en el amplio espacio circundante es apenas el preludio del lacerante dolor que habrá de provocar al tocar con sus zigzagueantes lengüetazos algunos puntos de la espalda, hombros, glúteos, brazos y piernas del gallardo e indolente ‘Toro’ que, cubierto el rostro con una careta de lechón y ataviado con múltiples vestimentas de encendidos colores y trapos de tejido grueso, reforzados con cartones a manera de coraza defensiva, asume la resistencia y defensa de la posición, sin dar un paso atrás y sin demostrar debilidad, y, lo que es más aún, retando y provocando continuamente al otro a continuar en el inmisericorde asedio y golpeo.
Más adelante y a intervalos llegará el turno para que el ‘Civil’ demuestre su valor, resistencia y temeridad, ante una andanada parecida, la que habrá de enfrentar contando apenas con su agilidad y audacia para eludir o atenuar la contundencia del lacerante impacto dejado por los fuetazos en su cuerpo.
Con el torso semidesnudo y una resuelta y permanente actitud retadora, resiste el vendaval de golpes ante la mirada expectante de lugareños y visitantes que se dan cita, como cada año, en este versátil, vigoroso y crudo carnaval de la Línea Noroeste.
Y ambos llevarán, estampadas para siempre en sus cuerpos, las cicatrices que a manera de trofeos exhibirán a donde quiera que vayan y en el futuro alimentarán historias de andanzas y hazañas para dormir a los nietos.
Un contagioso ambiente de algarabía domina por doquier en la amplia avenida en donde se escenifica la muestra de carnaval. La circulación lineal, en una sola dirección, garantiza que el multitudinario público apostado en las aceras, a ambos lados de la calle, disfrute del espectáculo a toda plenitud. De manera incesante desfilan las comparsas, los enmascarados, gente ataviada con disfraces de todas clases, haciendo alegorías de situaciones de la vida diaria, parodias, satirizaciones del ambiente político y en fin, todas aquellas cosas con las que el ciudadano común y corriente asume la realidad de su presente, del medioambiente cultural, su forma de ver la vida y la muerte y, por sobre todo, el enfoque sociológico del mundo que le rodea, la Ley y la Justicia, los gobernantes y figuras públicas, aprovechándose de este ingenioso medio de expresión libérrima del pueblo, que es, a la vez, un mecanismo de denuncia, para criticar lo incorrecto y un ingenioso medio de difusión para proyectar y difundir ideas, criterios e ideologías.
Una aparatosa figura, atiborrada de accesorios y blandiendo en sus manos un multicolor paraguas, se hace dueña del escenario, en base, más que nada, a la gracia y salero de que hace galas mientras se desplaza por la calzada. Su protuberante anatomía, en la que se han exagerado al máximo los pechos y glúteos para causar hilaridad, acompañada de una coqueta sonrisa que hace las delicias de los parroquianos, nos pone en aviso de que estamos ante la presencia de ‘Robalagallina’, ese personaje femenino tradicional del carnaval dominicano que está presente en las muestras culturales de casi todo el país y que tuvo en el montecristeño José Datt (qepd) la máxima expresión de calidad e histrionismo y, sin lugar a dudas, su más impecable caracterización.
Entre risas, besos al aire, emotivos y chispeantes piropos que le han sido prodigados por los efusivos admiradores del personaje, sigue adelante en la ruta obligada, con un ondulado caminar y repentinos giros de carrusel que aumentan su candor y coquetería, envuelto en colores, cintas, lentejuelas y, como es natural, con el colorido paraguas que no cesa de girar.
De repente, un sinnúmero de vistosas comparsas en las que prima la música y una ensayada y sincronizada coreografía, acaparan la atención del público. Hermosos y delicados trajes constituyen el disfraz principal de los integrantes de la muestra pero por encima de todo se destaca el curioso detalle de la confección de las caretas con que estos cubren su rostro.
Con una especie de híbrido zoomorfo, que incluye en su elaboración detalles que evocan abejas, caprinos y batracios los maeños y demás integrantes de la laboriosa y heroica provincia Valverde le han regalado al carnaval un nuevo personaje que evoca las luchas nacionalistas en defensa de la soberanía nacional, libradas en la batalla de La Barranquita, en donde los patriotas usaron colmenas de abejas como barricadas para repeler el avance de las tropas invasoras estadounidenses, en 1916. Los cuernos de chivo de inmediato traen a la mente al conocido rumiante de consumo tan apreciado en la República Dominicana, cuya crianza forma parte del sustento de muchas familias; y finalmente, con los ojos saltones y otros elementos propios de la piel y la conformación del cuerpo de los batracios, la careta hace honor a la variedad de sapos introducidos en el país y la región, por la familia Bogaert, a comienzos del siglo XX, para combatir las plagas de insectos en los campos arroceros, y que ha sido, desde entonces, un elemento fundamental para el desarrollo agrícola y parte integral del ambiente y la ecología de nuestros campos.
Con sus bailes sincronizados, sus hermosos trajes y el envolvente ritmo que les acompaña, siguen adelante las ‘Abechisas’, para dar paso a las ‘cuevas’ de Sabaneta, nombre genérico con el que se hacen llamar los diferentes grupos carnavalescos de la provincia Santiago Rodríguez, que acuden a la celebración en vistosas carrozas, adornadas con creativos diseños y luciendo la belleza de la mujer serrana y los elementos más emblemáticos de la economía, la cultura y las tradiciones que caracterizan el folklor de esa pujante provincia ubicada en el centro de la Línea, a todo lo largo de la ladera norte de la cordillera Central.
Como todos los años, los sabaneteros asisten al carnaval con grandes comparsas auspiciadas por entidades del comercio local, instituciones estatales, agrupaciones de residentes en el exterior, personas y organismos privados, y, en algunas ocasiones, por los propios moradores, que representando a sus barriadas y caseríos de origen, asumen la organización y financiamiento de sus propias carrozas y/o grupos.
Tradicionalmente las ‘cuevas’ de Los Estebanas, Los Flecos, Los Temerarios, Los Intocables, Las Chivas y Los Clásicos, se han disputado el aprecio y la simpatía del público, basados, más que nada en su originalidad y versatilidad, así como en el argumento y ambientación del tema usado como base para el montaje de las comparsas. Junto a estos y al igual que en las demás provincias, se presentan las caracterizaciones individuales de personajes pintorescos del pueblo, con los que la gente común asume una postura crítica, satírica o de censura ante diferentes aspectos del acontecer social.
Sigue llegando la gente en procura de disfrutar el desfile, darse un ‘baño de pueblo’, compartir con amigos de antaño y rememorar anécdotas y andanzas. El desfile continúa incesantemente, la algazara inunda los ánimos e insufla el alma. Potentes altoparlantes reproducen hasta el paroxismo los temas musicales de moda, interpretados por los grupos artísticos que acompañan a las diferentes carrozas y comparsas, entre los que priman las agrupaciones bachateras y de merengue típico intercalados con el llamado ‘merengue de calle’ que, por lo que se observa, ha calado de mas en mas en el gusto de la juventud y en algunos entrados en años que se resisten a dejarse arrastrar por la modorra y las nieves en las sienes.
Sin embargo, por encima de estas valoraciones, un estribillo que ha hecho historia en el folklor popular, se deja sentir y es tarareado sin menoscabo entre grandes y chicos, hombres y mujeres. Es aquel que llama a todos a bailar en la calle, de noche y de día, compartiendo esperanzas, afectos, inquietudes y disfrutando del inmenso tesoro de la vida en alegría. Un ícono del arte popular dominicano y una gloria de la Línea Noroeste, lo hizo popular hace más de tres décadas y desde entonces se ha constituido en el principal tema de carnaval dominicano, ya sea en las provincias, en la capital del país o en cualquier lugar en donde se escenifiquen montajes de esta desbordante fiesta popular.
Es oriundo de Loma de Cabrera, quien lo canta, y para más señas lleva el nombre de Fernando Villalona, el ‘Mayimbe’, ‘el niño mimado’ y otros epítetos más que tiene bien ganados, gracias al carisma y el aprecio mutuo que prevalece en el trato con su gente, a todo lo largo de su carrera.
Y bailando, precisamente en la calle, con un fabuloso despliegue de trajes de fantasía que evocan de inmediato motivos marinos, corales, figuras mitológicas y el majestuoso reino vegetal, con sus valles y montañas, ríos, llanuras y la exuberante agricultura de la región, irrumpen las comparsas representativas de la provincia Dajabón y sus diferentes municipios.
La delicadeza en la confección de los trajes, la creatividad en los motivos y accesorios y la coquetería que adorna a las preciosas damiselas que encabezan las comparsas de esta dinámica provincia enclavada en plena frontera dominico haitiana llenan de emotividad a la bulliciosa celebración.
Los prolongados aplausos provenientes del público encienden la algarabía de la celebración y al elevarse la ovación hasta el infinito, nos embarga la sensación de que este apoyo en cierto modo es un tributo póstumo y un homenaje de recordación a Chuchi Ramírez, ese inolvidable folklorista, animador cultural y artesano dajabonero fallecido a destiempo, quien con su creatividad y entusiasmo dedicó casi toda su vida a crear personajes, caretas, coreografía, escenografía y vestimentas, para dotar al carnaval de su pueblo de una identidad propia e inigualable y que, en sus años, le llevó a cosechar innúmeros triunfos, entre ellos el de haber obtenido en representación de la provincia el Premio Nacional del Carnaval de Santo Domingo 1988, con una comparsa de la que fue responsable hasta de los más mínimos detalles.
Y con Chuchi en el recuerdo y junto a un sinnúmero de compueblanos, visitantes, folkloristas, amigos de antaño que residen en el exterior y están de paso con motivo de la celebración, representantes de las diferentes entidades culturales que promueven durante el año y organizan el desarrollo del carnaval en las diferentes provincias de la Línea Noroeste, periodistas que cubren el evento y fotógrafos que andan a la caza de gráficas y escenas memorables para atesorar en el recuerdo, nos envolvemos en este libérrimo y democrático ‘baño de pueblo’, para celebrar, sin falsos pudores ni mojigaterías, esta sana diversión de nuestro pueblo.
Estamos en la Línea Noroeste: ¡es tiempo de carnaval; agarre el fuete y su careta y vamos todos a disfrutar! Siga leyendo...
martes, 11 de enero de 2011
CON LABORIOSIDAD Y HEROISMO DISCURRE LA VIDA EN MAO, LA DE LOS BELLOS ATARDECERES
SERGIO HIPOLITO REYES ARRIAGA (Sergio Reyes II) es un escritor costumbrista, ensayista, articulista e investigador histórico, nacido en el Seybo, RD. Sus trabajos constituyen un fiel retrato de la vida, costumbres, creencias y patrones culturales que caracterizan a los dominicanos y de manera especial a los habitantes de la línea noroeste y de la franja fronteriza que une a su país con la vecina República de Haití, zona en donde se encuentra establecido un número importante de sus familiares por vía paterna y en donde el autor residió una parte de su infancia. Desarrolla una intensa labor cultural y mantiene una activa presencia en los medios de prensa escrita y digital en los que difunde sus escritos, relatos y reportajes. Tiene varias obras publicadas; su labor ha sido reconocida y recomendada en varias antologías y textos de referencia y ha sido galardonado en concursos y otras premiaciones literarias. Demos a Sergio una calurosa y fraternal bienvenida a MEEC.
Por Sergio Reyes II
A Lucas, Marino e Isidoro
Éramos – ¿cómo podría explicarlo?-, un abigarrado grupo de jóvenes con el mundo a nuestros pies y una intensa vida por vivir. Y estábamos allí, en Mao, la ciudad de las jornadas heroicas en el proceso independentista y la Restauración de la República. Aquella que surgió como centro poblacional a consecuencia de las devastaciones de la ‘banda norte’ en los años 1605 y 1606; la que hubo de parir a los gallardos jóvenes del ‘Batallón Entre Ríos’, que dieron sobradas pruebas de coraje, audacia y valor en diferentes etapas de la vida republicana. Esa que fue ejemplo de la dignidad, de un pueblo que asumió la defensa de la Patria, pagando el alto costo de la inmolación, al enfrentar, en La Barranquita y a las órdenes de Carlos Daniel Grullón, con reducidos pertrechos, bravura de leyenda y un aguerrido ejército de abejas como aliados, a la abusiva injerencia de un país invasor. La misma que sirvió de asiento y escenario para muchas acciones gloriosas y la parte final en la vida del inigualable Desiderio Arias, héroe noroestano y de toda la Nación que supo ser maestro y prototipo de la guerra de guerrillas, amigo de los amigos, justo, leal y respetuoso de la palabra empeñada. Aquella que vio nacer en un rancho humilde de la Loma del Flaco, con el peligro y la asechanza de la ignominia rondando de manera amenazadora, a aquel que ha sido calificado por muchos como el más puro, honesto y combativo conductor de multitudes que ha parido la Patria, y que en vida llevó el nombre de José Francisco Peña Gómez.
En ese mismo acogedor y eufórico poblado de Santa Cruz de Mao, cuya gente ha dado pruebas sobradas de laboriosidad y ha desarrollado con ingenio y esfuerzo toda una tradición en la producción y cosecha de arroz, bananos, tabaco y otros rubros agrícolas -y que, aquí entre nos, exhibe como portaestandarte el indiscutible prestigio de contar con una alta proporción de las mujeres más hermosas de la región noroestana-, en ese idílico lugar, repito, nos encontrábamos, queriendo poner a rodar al mundo acorde a los caprichos y aspiraciones de nuestra juventud en ciernes, mientras realizábamos labores docente-administrativas en el Centro Universitario Regional del Noroeste (CURNO-UASD), un lejano día en los años 80’s.
Y hubo alguien que, apelando a las fibras más sensibles de ese ardiente corazón que palpita, a veces en forma desenfrenada en aquellos que se dejan atrapar en las redes del sentimiento, sugirió, con sobrada premeditación, mostrarnos un espectáculo impresionante, algo inusitado e inesperado, que habría de marcar en forma imperecedera el recuerdo que guardaríamos de Mao, en nuestros corazones.
Sin chistar – ¡quién se habría atrevido a hacerlo!- seguimos dócilmente al racimo de jovencitas maeñas que con tanta solidaridad y dulzura hacían las veces de nuestras edecanes y guías turísticos, y, remontando la calle Duarte hacia el norte, en dirección a la entrada del pueblo, llegamos eufóricos, intrigados y despuntando la tarde a las inmediaciones de Hatico.
Una venerable imagen, que transpira y contagia la mansedumbre del amoroso Pastor de ovejas y Creador del Mundo, nos dio la bienvenida, erguido por encima de todos, en un sencillo pedestal y rodeado por un primoroso jardín sembrado de plantas engalanadas con multicolores flores.
Un profundo sentimiento de acogedora paz embargó a todos los allí presentes, al penetrar al solemne lugar construido para ser usado como centro de veneración y meditación por algún miembro del prestante apellido Bogaert que con esta donación al pueblo de Mao patentizaba su agradecimiento por la calurosa acogida y solidaridad con que los primeros inmigrantes de dicho tronco familiar fueron recibidos en este bello terruño.
Aquel día, al parecer, estaba hecho para las impresiones fuertes y a poco de caminar por los alrededores, deleitarnos con la hermosura de las vistosas flores y escuchar con atención las explicaciones sobre la historia del ‘Santo Bogaert’, las obras construidas y los múltiples servicios prestados por los miembros de la citada familia en beneficio del pueblo de Mao y la región, algún avezado observador se percató de que, por detrás del pedestal en que se erige la imagen, proyectada en la distancia y centelleando por entre las traviesas hojas de un árbol que dificultaba la mirada libre hacia el oeste, se insinuaban, con una majestuosidad insospechada, los destellos más singulares, jamás vistos ni imaginados del Astro Rey.
En verdad, las horas habían avanzado vertiginosamente. La agradable plática –y la compañía, ¡por supuesto!-, habían creado el espacio adecuado e incubado el germen de donde habría de surgir el inolvidable recuerdo.
Sobrecogidos de la cálida mansedumbre que transpira el apacible espacio en donde se rinde culto de veneración a la simbólica imagen y bañados por los áureos destellos del imponente sol, comprendimos, sin mayores detalles, las razones por las que este paraíso noroestano es conocido como ‘La ciudad de los bellos atardeceres’.
Y en verdad que los refulgentes y encarnados rayos del implacable sol de la línea noroeste solo pueden ser apreciados y disfrutados a plenitud si se observan desde un paradisíaco lugar, como el mencionado y bajo el contagioso ambiente de paz y serenidad que allí se respira.
Las horas avanzaban a pasos galopantes. La noche se acercaba y algunas mesas reservadas de antemano en el antiguo Samoa Bar -frente al parque Franco Bidó- nos esperaban para disfrutar del arte, la picardía y las excentricidades de Fefita la Grande, la Mayimba del merengue típico dominicano, cuya presentación estaba pautada para esa noche en la citada sala de fiestas.
Ya lo dije, al principio: éramos portadores del toque mágico de la juventud, el mundo se plegaba ante nosotros y ¡los bellos atardeceres de Mao y de toda la Línea Noroeste, también!
sergioreyII@hotmail.com
Enero 8, 2011. NYC
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