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miércoles, 24 de abril de 2019
RECORDANDO LA HISTORIA
Por Humberto Perdomo
Hoy, 24 de Abril, fecha en que se cumplen 54 años, en que un grupo de valientes dominicanos en combinación con oficiales de vocación democrática de nuestras Fuerzas Armadas, se levantaran en armas contra el oprobioso régimen del Triunvirato, el cual derrocaron, lo que dio paso a la revolución del Abril de 1965, "Mi Rinconcito Maeño" quiere dejar, para el conocimiento de nuestra juventud, una décima, escrita por un maeño y comandante de esa gesta histórica, el amigo, EVELIO MARTÍNEZ, relativo al monumento que se construyó en honor a los Héroes y mártires de la provincia Valverde, cuando todavía el mismo no se había terminado.
Estaría incompleta esta información, si no dijéramos que este obelisco o "parque de Manito" como también se conoce, fue construido gracias a la visión y lucha de su ideólogo, el amigo Ramón Santana (Manito), quien creó un comité para tales fines y que lamentablemente falleciera en el camino; así como al tenaz esfuerzo de quien le sustituyera en la presidencia de ese consejo después de su fallecimiento, el también amigo, Fernando Ferreira Azcona (Fernan), y al grupo de ciudadanos maeños que siempre se mantuvo a su lado durante los largos días de trabajo, de viajes, reuniones, sinsabores, satisfacciones y alegrías.
El Parque, para los que no lo saben, se encuentra ubicado frente a la fortaleza Benito Monción de Mao, en la esquina de la Av. Benito Monción y la carretera a Santiago Rodríguez.
DÉCIMA AL MONUMENTO
Por Evelio Martínez
Frente a frente a los armados
Se construye un monumento
De piedra y mármol tallado
Que como fusil parado
Se eleva hacia el firmamento
Para gritar a los vientos
Que somos un pueblo "bragao"
Que atravesó el Río Mao
Para defender su honor
Y a golpe de bayonetas
Combatir al invasor.
El monumento se erige
Para honrar a los valientes
Que en combates desiguales
Enfrentaron las tormentas
De dictaduras y eventos
Que peligraban la patria
Y que el deber los llamó
A defender su lugar
La tierra donde nacieron
Y donde los vamos a honrar.
Entre Manito y Sarita
Han formado una mancuerna
Para construir en mármol
Un homenaje sincero
Al combatiente olvidado
Al luchador que en desierto
Cruza las calles de Mao
Sin nadie que le salude
Su lucha y su valentía
Y que su nombre se grabe
Con letras de oro y en alto.
¡Ya se empina al horizonte !
¡Ya eleva hacia el cenit !
El homenaje de un pueblo
Que sus héroes reconoce
Lucha, entrega y desvelos
Sacrificio que vivieron
Pancho Peña y Piculín
Milet Haddad y Ledesma
Laito, Robinson y Papito
En Barranquita y Manaclas
Y la gloriosa de Abril.
Rodeados de recuerdos
De la historia que vivimos
Hace tiempo que anhelamos
Plasmar en letras de oro
El nombre de nuestros héroes
Escribirlo con decoro
Gritar a los cuatro vientos
Lo agradecido que estamos
De su entrega y sacrificio
De su inmolación y muerte.
¡Salve héroes de mi pueblo !
¡Dios los bendiga a todos!
FOTOS:
1) El monumento a los Héroes o parque de Manito
2) El autor de la décima, en compañía de Humberto Perdomo
3) Ramón Santana (Manito) QEPD; y
4) Fernan Ferreira
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viernes, 30 de mayo de 2014
¡FERNAN FERREIRA ESTÁ DE CUMPLEAÑOS!
Y para toda la familia es de inmensa alegría poder celebrar con él la llegada de uno más.
Fernan nos enorgullece a todos por ser un tremendo ser humano: gran hermano, excelente padre de familia, excelente profesional, ciudadano ejemplar, amigo sincero, honesto, íntegro, consejero, maestro, siempre preocupado por el bienestar de todos, compasivo, generoso...
Fernandino, te queremos para semilla... ¡que cumplas muchos, pero muchísimos más, con excelente calidad de vida!
¡Muchas felicidades, hoy y siempre!
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Fernan nos enorgullece a todos por ser un tremendo ser humano: gran hermano, excelente padre de familia, excelente profesional, ciudadano ejemplar, amigo sincero, honesto, íntegro, consejero, maestro, siempre preocupado por el bienestar de todos, compasivo, generoso...
Fernandino, te queremos para semilla... ¡que cumplas muchos, pero muchísimos más, con excelente calidad de vida!
¡Muchas felicidades, hoy y siempre!
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domingo, 13 de enero de 2013
A PROPÓSITO DE...
¿DARLE PA’ ABAJO A LOS DELINCUENTES?
Por Fernando Ferreira Azcona
Primero que todo, quiero recordarle a mis distinguidos lectores que no soy Psiquiatra, ni Psicólogo. Tampoco soy Sociólogo. Es decir, no soy profesional de la mente o la conducta humanas. Mi temprana inclinación por las matemáticas y las ciencias me llevó a especializarme en Química de Suelos y Fisiología Vegetal.
Entonces, ¿es un atrevimiento de mi parte, ponerme a escribir sobre un tema tan espinoso? Podría serlo, pero en este mundo hay (porque no se dice habemos), tantos “expertos”, que cada chusco opina con toda autoridad, hasta de física espacial…
Sin embargo, el Director-Administrador de MEEC, mí querido hermano Isaías, ha planteado una encuesta muy interesante sobre este importante y actual tema en la sociedad dominicana.
Sin lugar a dudas, habrá opiniones en ambos extremos de la escala. Hay defensores de los derechos humanos que se oponen a que “le den pa’ abajo a los criminales” y también existen los que piensan, que acogiéndose a los mismos derechos humanos que poseen los delincuentes, nadie tiene derecho a atentar contra sus vidas.
En un escueto comentario que envié a MEEC, expuse que la gran disyuntiva es determinar si merece consideración un criminal a sangre fría, capaz de matar por encargo, por robarse un celular u otra prenda cuyo valor es insignificante. También son capaces de matar, al ver frustrado su intento de atraco, como ocurrió recientemente en un colmado de Santo Domingo Este. No pudieron llevarse nada… pero “frustrados”, la emprendieron a tiros contra el propietario del comercio, delante de su hijo menor de edad, y lo mataron. Es como decir: “no permitiste que te robara tus bienes materiales, entonces, te robo la vida”. El caso de la ingeniero Francina Hungría también ilustra estas “frustraciones”… No quieres detener tu vehículo, te disparo a la cabeza. ¡Oh Dios!
Asimismo, a un par de ancianos, a unas cuadras de mi casa, después de torturarlos, despellejándolos con una corta-pluma, lo mataron porque supuestamente habían vendido una propiedad y sólo encontraron alrededor de diez mil dólares o su equivalente en pesos dominicanos. ¡Pero, asómbrese! En el trayecto a la casa de los ancianos estrangularon a la sirvienta, que le sirvió de informante, y dejaron su cadáver en el carro estacionado, mientras asesinaban a los dos viejitos. Posteriormente, tiraron el cadáver en unos matorrales, donde fue encontrado. Leer el relato de uno de los jovencitos que participó en el triple crimen, le crispa los pelos a cualquiera.
También señalé en el comentario citado anteriormente, que la justicia dominicana no está jugando su rol de institución que debe proteger a la sociedad de estos vándalos, ya que al ser sometidos ante los tribunales, por cualquier “tecnicismo” son dejados en libertad, y ni siquiera le imponen medidas de coerción. De esta manera, tenemos en nuestras calles, a “ciudadanos de primera” (léase sicarios) que en su prontuario tienen tres, cinco y hasta siete homicidios por encargo.
Ni soñar que la Policía Nacional es una institución confiable. Muchos menos ejemplar. Hay quienes señalan, por demás, que algunos de los sicarios que hoy pululan en nuestras calles, fueron formados en este antro de perdición, lo cual no me atrevería a aseverar.
Ante la tétrica situación descrita, le tomo la frase prestada al Chapulín Colorado o a la Chimotrofia, y pregunto: “¿Entonces, quién podrá defendernos?” Como respuesta, le tomo también prestada la frase al Primer Ministro Inglés, quien autorizó la intervención de la Guardia Nacional en Londres, ante la ocurrencia de los disturbios que sacudieron esta ciudad el año pasado, con el argumento “no podemos permitir que la inseguridad y la delincuencia se apoderen de las calles de Londres”.
Creo que, lamentablemente, las autoridades dominicanas han hecho lo contrario al razonamiento del Primer Ministro Inglés, y por tanto, el ciudadano honesto, el que quiere desarrollar su vida en fraternal convivencia, y ganarse el sustento con el sudor de su frente, no se atreve a salir a las calles y vive en una creciente zozobra, porque ni siquiera en su casa está seguro.
¿Y qué de los derechos humanos? ¡Fantástico. Respetemos los derechos humanos. Pero, no sólo los de los delincuentes. Nosotros también tenemos derechos humanos!
Ya lo dijo el insigne prócer mexicano, Don Benito Juárez: “El Respeto al Derecho Ajeno, es la Paz”.
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Por Fernando Ferreira Azcona
Primero que todo, quiero recordarle a mis distinguidos lectores que no soy Psiquiatra, ni Psicólogo. Tampoco soy Sociólogo. Es decir, no soy profesional de la mente o la conducta humanas. Mi temprana inclinación por las matemáticas y las ciencias me llevó a especializarme en Química de Suelos y Fisiología Vegetal.
Entonces, ¿es un atrevimiento de mi parte, ponerme a escribir sobre un tema tan espinoso? Podría serlo, pero en este mundo hay (porque no se dice habemos), tantos “expertos”, que cada chusco opina con toda autoridad, hasta de física espacial…
Sin embargo, el Director-Administrador de MEEC, mí querido hermano Isaías, ha planteado una encuesta muy interesante sobre este importante y actual tema en la sociedad dominicana.
Sin lugar a dudas, habrá opiniones en ambos extremos de la escala. Hay defensores de los derechos humanos que se oponen a que “le den pa’ abajo a los criminales” y también existen los que piensan, que acogiéndose a los mismos derechos humanos que poseen los delincuentes, nadie tiene derecho a atentar contra sus vidas.
En un escueto comentario que envié a MEEC, expuse que la gran disyuntiva es determinar si merece consideración un criminal a sangre fría, capaz de matar por encargo, por robarse un celular u otra prenda cuyo valor es insignificante. También son capaces de matar, al ver frustrado su intento de atraco, como ocurrió recientemente en un colmado de Santo Domingo Este. No pudieron llevarse nada… pero “frustrados”, la emprendieron a tiros contra el propietario del comercio, delante de su hijo menor de edad, y lo mataron. Es como decir: “no permitiste que te robara tus bienes materiales, entonces, te robo la vida”. El caso de la ingeniero Francina Hungría también ilustra estas “frustraciones”… No quieres detener tu vehículo, te disparo a la cabeza. ¡Oh Dios!
Asimismo, a un par de ancianos, a unas cuadras de mi casa, después de torturarlos, despellejándolos con una corta-pluma, lo mataron porque supuestamente habían vendido una propiedad y sólo encontraron alrededor de diez mil dólares o su equivalente en pesos dominicanos. ¡Pero, asómbrese! En el trayecto a la casa de los ancianos estrangularon a la sirvienta, que le sirvió de informante, y dejaron su cadáver en el carro estacionado, mientras asesinaban a los dos viejitos. Posteriormente, tiraron el cadáver en unos matorrales, donde fue encontrado. Leer el relato de uno de los jovencitos que participó en el triple crimen, le crispa los pelos a cualquiera.
También señalé en el comentario citado anteriormente, que la justicia dominicana no está jugando su rol de institución que debe proteger a la sociedad de estos vándalos, ya que al ser sometidos ante los tribunales, por cualquier “tecnicismo” son dejados en libertad, y ni siquiera le imponen medidas de coerción. De esta manera, tenemos en nuestras calles, a “ciudadanos de primera” (léase sicarios) que en su prontuario tienen tres, cinco y hasta siete homicidios por encargo.
Ni soñar que la Policía Nacional es una institución confiable. Muchos menos ejemplar. Hay quienes señalan, por demás, que algunos de los sicarios que hoy pululan en nuestras calles, fueron formados en este antro de perdición, lo cual no me atrevería a aseverar.
Ante la tétrica situación descrita, le tomo la frase prestada al Chapulín Colorado o a la Chimotrofia, y pregunto: “¿Entonces, quién podrá defendernos?” Como respuesta, le tomo también prestada la frase al Primer Ministro Inglés, quien autorizó la intervención de la Guardia Nacional en Londres, ante la ocurrencia de los disturbios que sacudieron esta ciudad el año pasado, con el argumento “no podemos permitir que la inseguridad y la delincuencia se apoderen de las calles de Londres”.
Creo que, lamentablemente, las autoridades dominicanas han hecho lo contrario al razonamiento del Primer Ministro Inglés, y por tanto, el ciudadano honesto, el que quiere desarrollar su vida en fraternal convivencia, y ganarse el sustento con el sudor de su frente, no se atreve a salir a las calles y vive en una creciente zozobra, porque ni siquiera en su casa está seguro.
¿Y qué de los derechos humanos? ¡Fantástico. Respetemos los derechos humanos. Pero, no sólo los de los delincuentes. Nosotros también tenemos derechos humanos!
Ya lo dijo el insigne prócer mexicano, Don Benito Juárez: “El Respeto al Derecho Ajeno, es la Paz”.
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viernes, 9 de noviembre de 2012
INVITACIÓN...
Mao se vestirá de fiesta y regocijo el 25 de noviembre en su 130 aniversario de vida municipal, al investir con el galardón de hijos distinguidos, a tres maeños de vida acrisolada, lucha denodada, y trayectoria de servicio y entrega a su lar querido y a su patria. Con justeza, se reconocerán los méritos del Dr. Tabaré Rodríguez Arté, Juan Antonio Rodríguez (El artillero), y nuestro director Isaías Ferreira Medina.
Vamos a demostrarles a estos tres colosos, que su lucha no ha sido en vano, que habemos quienes tenemos en un alto sitial su sacrificio y entrega, y somos portadores de una presea, que les entregaremos siempre, cada día.
Asiste MEECiano al ayuntamiento de Mao el 25 de noviembre. Honrar honra.
Invitan Evelio Martinez, Fernando Ferreira y Rolando Espinal.
¡Los esperamos a todos!
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Vamos a demostrarles a estos tres colosos, que su lucha no ha sido en vano, que habemos quienes tenemos en un alto sitial su sacrificio y entrega, y somos portadores de una presea, que les entregaremos siempre, cada día.
Asiste MEECiano al ayuntamiento de Mao el 25 de noviembre. Honrar honra.
Invitan Evelio Martinez, Fernando Ferreira y Rolando Espinal.
¡Los esperamos a todos!
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Fernan Ferreira,
Isaias Ferreira,
Rolando Espinal
martes, 31 de enero de 2012
A PROPÓSITO...
CONVERSACIÓN CON EL MINUSVÁLIDO
Por Fernanado Ferreira
En la ciudad de Santo Domingo, casi siempre ubicado en la avenida Sarasota, donde ésta forma esquinas con la avenida Winston Curchill o la Abraham Lincoln, hay un pordiosero, que recorre esta larga cuadra en su silla de ruedas.
Nuestro personaje es muy locuaz, y como las oficinas de la institución para la cual laboro está ubicada en este tramo, hemos desarrollado cierta empatía, razón por la cual, cuando el tránsito vehicular lo permite, “me echo un conversa’o con él”.
La más reciente de nuestras conversaciones fue en los primeros días del año que discurre. Yo iba a buscar a Fernando José, nuestro nieto mayor, para ir a comprar los regalos de los Santos Reyes. Al verlo acercarse a mi vehículo, bajé el cristal de mi puerta, le entregué unas monedas y le saludé: “¿Cómo estás?”, le pregunté. “Yo estoy bien”, me respondió, con una amplia sonrisa. Y continuó, “Dándole gracias a Dios por lo generoso que ha sido conmigo”. “¿Usted sabe la cantidad de gente, aquí y en otros países, que están tan mal, que no tienen un techo, no tienen familia, ni siquiera tienen agua para tomar?”, me dijo, al tiempo que miraba al cielo y abría sus brazos, en señal de agradecimiento.
Yo le escuchaba con atención. No me perdía una sola de sus palabras, ni uno de sus gestos. Mi mente pasaba de “un trance emocional” a otro. Las imágenes y las preguntas fluían en mi cerebro, a tal velocidad que creí que mis neuronas se iban a fundir.
Pero, lo que rebosó mi límite emocional fue cuando le escuché decir: “Todas las madrugadas, yo me despierto y sostengo una conversación muy íntima con el Señor. Es entre Él y yo. En nuestro diálogo, yo me entiendo con Él. Le doy gracias por lo bueno que es conmigo, por todo lo que me da a diario, imploro su protección y le pido lo que espero recibir en este día”.
Por suerte para mí, la luz del semáforo cambió a verde, porque ya no sólo mis ojos estaban llenos de lágrimas, sino que éstas corrían a borbotones por mis mejillas. No pude parar de llorar en el trayecto que recorrí para recoger a Fernando José. Antes de llegar donde nuestro nieto, hice todo lo posible por enmascarar mis emociones, lo cual, aparentemente no logré, pues Fernando José tan pronto me vio, me preguntó: “¿Chochón, que te pasa?”. “Nada”, le respondí escuetamente. “Tú tienes los ojos completamente rojos…”, continuó diciendo. Pero, yo le cambié el tema y empezamos a hablar de juguetes, Santos Reyes y cosas más interesantes para él y que me sacaban a mí de aprietos.
No puedo terminar estas cuartillas sin preguntarle al amable lector ¿Está usted consciente de la inmensa fortuna que posee? ¿No la ha cuantificado aun? No esperaría que lo haga en el horario de nuestro personaje de hoy, pero ¿Se comunica usted, en diálogo íntimo, con el Sumo Creador para agradecerle su generosidad? ¿O pertenece usted al bando de los inconformes que siempre se quejan porque alguien tiene más dinero? Ojalá que no… y si es así, le invito a reflexionar.
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Por Fernanado Ferreira
En la ciudad de Santo Domingo, casi siempre ubicado en la avenida Sarasota, donde ésta forma esquinas con la avenida Winston Curchill o la Abraham Lincoln, hay un pordiosero, que recorre esta larga cuadra en su silla de ruedas.
Nuestro personaje es muy locuaz, y como las oficinas de la institución para la cual laboro está ubicada en este tramo, hemos desarrollado cierta empatía, razón por la cual, cuando el tránsito vehicular lo permite, “me echo un conversa’o con él”.
La más reciente de nuestras conversaciones fue en los primeros días del año que discurre. Yo iba a buscar a Fernando José, nuestro nieto mayor, para ir a comprar los regalos de los Santos Reyes. Al verlo acercarse a mi vehículo, bajé el cristal de mi puerta, le entregué unas monedas y le saludé: “¿Cómo estás?”, le pregunté. “Yo estoy bien”, me respondió, con una amplia sonrisa. Y continuó, “Dándole gracias a Dios por lo generoso que ha sido conmigo”. “¿Usted sabe la cantidad de gente, aquí y en otros países, que están tan mal, que no tienen un techo, no tienen familia, ni siquiera tienen agua para tomar?”, me dijo, al tiempo que miraba al cielo y abría sus brazos, en señal de agradecimiento.
Yo le escuchaba con atención. No me perdía una sola de sus palabras, ni uno de sus gestos. Mi mente pasaba de “un trance emocional” a otro. Las imágenes y las preguntas fluían en mi cerebro, a tal velocidad que creí que mis neuronas se iban a fundir.
Pero, lo que rebosó mi límite emocional fue cuando le escuché decir: “Todas las madrugadas, yo me despierto y sostengo una conversación muy íntima con el Señor. Es entre Él y yo. En nuestro diálogo, yo me entiendo con Él. Le doy gracias por lo bueno que es conmigo, por todo lo que me da a diario, imploro su protección y le pido lo que espero recibir en este día”.
Por suerte para mí, la luz del semáforo cambió a verde, porque ya no sólo mis ojos estaban llenos de lágrimas, sino que éstas corrían a borbotones por mis mejillas. No pude parar de llorar en el trayecto que recorrí para recoger a Fernando José. Antes de llegar donde nuestro nieto, hice todo lo posible por enmascarar mis emociones, lo cual, aparentemente no logré, pues Fernando José tan pronto me vio, me preguntó: “¿Chochón, que te pasa?”. “Nada”, le respondí escuetamente. “Tú tienes los ojos completamente rojos…”, continuó diciendo. Pero, yo le cambié el tema y empezamos a hablar de juguetes, Santos Reyes y cosas más interesantes para él y que me sacaban a mí de aprietos.
No puedo terminar estas cuartillas sin preguntarle al amable lector ¿Está usted consciente de la inmensa fortuna que posee? ¿No la ha cuantificado aun? No esperaría que lo haga en el horario de nuestro personaje de hoy, pero ¿Se comunica usted, en diálogo íntimo, con el Sumo Creador para agradecerle su generosidad? ¿O pertenece usted al bando de los inconformes que siempre se quejan porque alguien tiene más dinero? Ojalá que no… y si es así, le invito a reflexionar.
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A propósito,
Fernan Ferreira
lunes, 23 de enero de 2012
EN EL PRIMER ANIVERSARIO DE LA PARTIDA FÍSICA DE MONCHY COLÓN
YO ME ACUERDO…
Por Evelio Martínez
DIÁLOGO EN CANCIONES ENTRE MONCHY COLÓN Y YO…
“A Fernando Ferreira, mi hermano y más de Monchy, quien supo aquilatar y valorar esa amistad. A Manito Santana, a quien las fibras del corazón le vibran cada vez que se produce un acontecimiento de esta naturaleza, y en ellos a todos los que le conmovió el alma esta pérdida irreparable."
Monchy y yo nos llamábamos por nuestros apellidos, porque él con su filosofar de taberna y líquido felino decía: “Es mejor un Colón bien colao que un Martini con fresa”.
Solíamos reunirnos, o si el lector prefiere juntarnos, en tertulias, ajiacos, bodegas, reuniones de amigos y compueblanos, ejemplo. ASOMAU y otras tantas actividades que el destino y nuestras diligencias nos deparaban. En peñas abiertas en mangas de camisas, solían llegar contertulios que a veces importunaban con sus temas rancios, desfasados y faltos de interés, Colón con maestría medio lo hipnotizaba con su verbo y estos se convertían en oyentes de nosotros. Era época arremolinada por la onda de la música de boleros, baladas, Rock, Son Montunos, Guarachas y otros.
Llegaba Monchy con su estilo de pianista de Jazz, con su patrón rítmico, y si yo ya estaba sentado (Caso raro) decía: Martínez ¿quién cantaba “Dónde estabas tú/ cuando llegó el amor/ a tocar las puertas de mi corazón/ si yo te hubiera conocido/ que diferente hubiera sido”?
-Tras hacerle “honor a la verdad” de Troncoso, le contestaba yo orondo de pasar la primera prueba.
-Le disparaba yo temeroso de que fallara ante un público no Maeño y tarareaba: “Yo me siento enamorado/ como nunca me sentí/ de tus ojos de tu boca/ de tu cuerpo de tu ser/ soy feliz y enamorado/ cada instante pienso en ti”.
-Los Solmeños, que los componían Los Mellizos Pichardo, Nandy Rivas y Tito Saldaña; eso es de Babyn Echavarría, contestaba pavoneándose y dando un brinquito al apurar un trago-.
Sonaba en la radio (Para que no me olvides/te voy a decir tres cosas/fácil de recordar/te amo-te amo/-. Era Nini Cafaro cantando “Tres veces te amo”, de Manuel Troncoso, un primer bocado romántico del menú que nos esperaba esa noche. Naturalmente que Monchy antes de comenzar la canción, solo al oír la música, decía título, cantante y compositor. Y si sonaba una de las voces más acariciante del medio musical, el Magistrado Fernando Casado, interpretando a Solano: “Yo soy tu enamorado/no tengo razón para callarme más/yo soy el que te sigue siempre/en los sitios por donde tú vas/yo soy aquella sombra, etc.”, a mí se me encendía el alma con aquella pieza musical y gritaba, “de Solano, y se llama Yo soy tu enamorado”.
Entraban las canciones del mundo del Rock desatada por Rock Around The Clock, Elvis Presley, Paul Anka y sus baladas, en especial “My Way”, una canción que marcó a Colón hasta el punto que la eligió como su canción de despedida y así lo hicimos en su funeral. No importaba, él marcaba con su acierto el título de la canción que se escuchaba, no había magia, podía ser de Brodway, Bing Crosby, Frank Sinatra, Nat King Cole, Tony Bennet, Johnny Mathis y otros; a todos le conocía.
Y me acuerdo de aquella generación de jóvenes cantantes de Rahintel, que Colón y a veces yo metía la cuchara y citábamos: Niní Cafaro, Fernando Casado, Luis Newman, Cuqui Defilló, Aníbal de Peña, Cecilia García, Luchy Vicioso, Aida Lucía, Ivette Pereira, interpretando canciones del médico dominicano Manuel Sánchez Acosta, como “mi Adoración” y “a Primera Vista”, que magistralmente (allá en nuestro Mao de juventud) interpretaba Germán Moya acompañado por nuestro maestro, el inmenso Sergio Frías Kent. Con esta canción siempre recordábamos y añorábamos al Mao de nuestras serenatas.
Ahora que escribo estos recuerdos, viene a mi mente Luchy Vicioso. Todos enamorados de ella y como tú decías, Colón, “tiene una piel bella y lozana, casi nacarada y unos ojazos azules del azul del Mar”. Como conservo la dulce reciedumbre de su trino primaveral y aquel bolero inmenso de Solano que tú y yo cantábamos hasta el cansancio: “El sonido de tu voz”, ¿te acuerdas Colón?
RELACIONADOS: MONCHY COLÓN: IN-MEMORIAM
MILONGA SENTIMENTAL PARA MONCHY COLÓN Siga leyendo...
Por Evelio Martínez
DIÁLOGO EN CANCIONES ENTRE MONCHY COLÓN Y YO…
“A Fernando Ferreira, mi hermano y más de Monchy, quien supo aquilatar y valorar esa amistad. A Manito Santana, a quien las fibras del corazón le vibran cada vez que se produce un acontecimiento de esta naturaleza, y en ellos a todos los que le conmovió el alma esta pérdida irreparable."
Monchy y yo nos llamábamos por nuestros apellidos, porque él con su filosofar de taberna y líquido felino decía: “Es mejor un Colón bien colao que un Martini con fresa”.
Solíamos reunirnos, o si el lector prefiere juntarnos, en tertulias, ajiacos, bodegas, reuniones de amigos y compueblanos, ejemplo. ASOMAU y otras tantas actividades que el destino y nuestras diligencias nos deparaban. En peñas abiertas en mangas de camisas, solían llegar contertulios que a veces importunaban con sus temas rancios, desfasados y faltos de interés, Colón con maestría medio lo hipnotizaba con su verbo y estos se convertían en oyentes de nosotros. Era época arremolinada por la onda de la música de boleros, baladas, Rock, Son Montunos, Guarachas y otros.
Llegaba Monchy con su estilo de pianista de Jazz, con su patrón rítmico, y si yo ya estaba sentado (Caso raro) decía: Martínez ¿quién cantaba “Dónde estabas tú/ cuando llegó el amor/ a tocar las puertas de mi corazón/ si yo te hubiera conocido/ que diferente hubiera sido”?
-Tras hacerle “honor a la verdad” de Troncoso, le contestaba yo orondo de pasar la primera prueba.
-Le disparaba yo temeroso de que fallara ante un público no Maeño y tarareaba: “Yo me siento enamorado/ como nunca me sentí/ de tus ojos de tu boca/ de tu cuerpo de tu ser/ soy feliz y enamorado/ cada instante pienso en ti”.
-Los Solmeños, que los componían Los Mellizos Pichardo, Nandy Rivas y Tito Saldaña; eso es de Babyn Echavarría, contestaba pavoneándose y dando un brinquito al apurar un trago-.
Sonaba en la radio (Para que no me olvides/te voy a decir tres cosas/fácil de recordar/te amo-te amo/-. Era Nini Cafaro cantando “Tres veces te amo”, de Manuel Troncoso, un primer bocado romántico del menú que nos esperaba esa noche. Naturalmente que Monchy antes de comenzar la canción, solo al oír la música, decía título, cantante y compositor. Y si sonaba una de las voces más acariciante del medio musical, el Magistrado Fernando Casado, interpretando a Solano: “Yo soy tu enamorado/no tengo razón para callarme más/yo soy el que te sigue siempre/en los sitios por donde tú vas/yo soy aquella sombra, etc.”, a mí se me encendía el alma con aquella pieza musical y gritaba, “de Solano, y se llama Yo soy tu enamorado”.
Entraban las canciones del mundo del Rock desatada por Rock Around The Clock, Elvis Presley, Paul Anka y sus baladas, en especial “My Way”, una canción que marcó a Colón hasta el punto que la eligió como su canción de despedida y así lo hicimos en su funeral. No importaba, él marcaba con su acierto el título de la canción que se escuchaba, no había magia, podía ser de Brodway, Bing Crosby, Frank Sinatra, Nat King Cole, Tony Bennet, Johnny Mathis y otros; a todos le conocía.
Y me acuerdo de aquella generación de jóvenes cantantes de Rahintel, que Colón y a veces yo metía la cuchara y citábamos: Niní Cafaro, Fernando Casado, Luis Newman, Cuqui Defilló, Aníbal de Peña, Cecilia García, Luchy Vicioso, Aida Lucía, Ivette Pereira, interpretando canciones del médico dominicano Manuel Sánchez Acosta, como “mi Adoración” y “a Primera Vista”, que magistralmente (allá en nuestro Mao de juventud) interpretaba Germán Moya acompañado por nuestro maestro, el inmenso Sergio Frías Kent. Con esta canción siempre recordábamos y añorábamos al Mao de nuestras serenatas.
Ahora que escribo estos recuerdos, viene a mi mente Luchy Vicioso. Todos enamorados de ella y como tú decías, Colón, “tiene una piel bella y lozana, casi nacarada y unos ojazos azules del azul del Mar”. Como conservo la dulce reciedumbre de su trino primaveral y aquel bolero inmenso de Solano que tú y yo cantábamos hasta el cansancio: “El sonido de tu voz”, ¿te acuerdas Colón?
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sábado, 10 de diciembre de 2011
A PROPÓSITO DE...
Cumplirse un año de la muerte de Tío Fello
GRANDEZA EN LA HUMILDAD
Fernando Ferreira Azcona
Cuando Tío Fello se durmió en la Paz del Señor, estuve tentado a escribir un artículo en su honor y con este mismo título. Pero, pensé que en ese momento ya se habían dicho tantas cosas sobre él, que sería “llover sobre mojado”.
Sin embargo, al cumplirse un año de que Tío Fello nos dejara y ver el comentario editorial de MEEC con este motivo, de leer de nuevo la preciosa y emotiva carta que su hija (mi prima) Gisela le escribiera con motivo de su partida a la morada eterna, y los diecisiete comentarios generados por esta misiva, he retomado la idea y también he decidido ponerla en práctica.
¿Cuántos de nosotros, hombres de carne y hueso, tratamos por todos los medios de sobresalir, de ser los primeros, de ganar preponderancia con nuestros hechos? ¿Cuántos de nosotros nos esforzamos por no pasar desapercibidos? ¡Con cuanta frecuencia vemos a “prestantes personalidades” cacarear los más nimios de sus “hechos bondadosos” para ganar prestancia! ¡A cuantos se nos sale el ego por la boca, cuando nos desgañitamos tratando de distinguirnos o que se nos distinga!
Y a pesar de este esfuerzo sobrehumano, la mayoría “pasamos por la vida, sin saber que pasamos”.
Sin embargo, ¡Qué grande fue Tío Fello en su humildad, en “su pequeñez”! Cuenta Gisela en la correspondencia que nos ocupa, y citamos, “Nunca aprendiste a leer, ni a escribir”. Asimismo, señala que el único medio de transporte que poseyó fue un burro (para ir al conuco, agrego yo) y que nunca aprendió a montar bicicleta…
Entonces, es válido preguntarse ¿Cómo es posible que una persona analfabeta, que no poseía un Cadillac, o un Porsche, o un Masserati de último modelo, que nunca se propuso descollar, no pasara desapercibida? ¿A qué se debe que su desaparición física de este mundo, generara la mayor cantidad de comentarios que cualquier otro artículo o noticia aparecida en MEEC?
Yo me aventuraría a dar algunas respuestas a las preguntas que anteceden: Tío Fello TODO lo hacía por amor. Tío Fello lo daba todo, “hasta que doliera”, como decía Teresa de Calcuta, sin esperar recompensa.
Hay que sentir mucho amor por el prójimo para abrir las entrañas de la tierra, abonarla con el sudor copioso de su frente, con paciencia y perseverancia esperar por el fruto de su trabajo, para luego echarse un saco lleno de plátanos al hombro, desde Sabana Grande hasta Mao, y luego compartirlo con sus vecinos. Y créanme, en su casa, no sobraba la comida…
Tío Fello predicaba con su ejemplo. “Mi hija, es tan ladrón aquel que roba un centavo como el que roba un millón de pesos. Al final, la intención de robar es lo que hace al ladrón; no la cantidad robada”. Esta cita retrata de cuerpo entero su acrisolada honradez. Estoy seguro, que él escogería pasar hambre junto a su familia, que tocar lo ajeno. Él vivió fiel a sus principios, y, con su inteligencia innata, supo trasmitirlos a su descendencia e influir con su testimonio de vida y sabios consejos en los amigos y compañeros de sus hijos. Y, ni hablar de su influencia en nosotros, sus sobrinos.
Pasear a sus hijas y a su sobrina Rochy, él a pies y ellas montadas en su flamante burro, no es sino otra forma de expresión de amor y muestra de su innegable vocación de servicio. Hay que ser un padre muy amoroso, para llegar a casa muerto de cansancio, después de una larga jornada agrícola y estar en la disposición de complacer estos “antojos” de sus seres queridos… ¡Pero, así era Tío Fello!
Pero, además, Tío Fello tenía la más sonora y espontánea de las carcajadas. Me parece estarla escuchando en estos momentos. Tenía un sentido del humor a “flor de labios”. Si yo hubiese estado seguro de encontrar una audiencia formada por muchos “Tíos Fellos”, ¡me hubiera convertido en humorista! ¿Cómo se hacía para reír con tantas ganas y con tanta facilidad, a pesar de sus vicisitudes? Cuando él nos hacía un chiste, era difícil entenderlo, porque él se reía y disfrutaba el cuento más que nosotros.
¡Qué bueno es haber tenido a Tío Fello como ejemplo viviente! ¡Qué dicha poder recordarlo destacando sus atributos de ciudadano íntegro, intachable!
Gracias, Tío Fello por enseñarnos que la pobreza no es excusa para delinquir, ni para vivir amargado.
Pero, sobre todo, ¡gracias Señor por habernos dado a Tío Fello! Yo estoy convencido de que cuando lo llamaste de este mundo, Tú necesitabas de un excelente y experimentado trabajador que cuidara de tu Jardín.
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GRANDEZA EN LA HUMILDAD
Fernando Ferreira Azcona
Cuando Tío Fello se durmió en la Paz del Señor, estuve tentado a escribir un artículo en su honor y con este mismo título. Pero, pensé que en ese momento ya se habían dicho tantas cosas sobre él, que sería “llover sobre mojado”.
Sin embargo, al cumplirse un año de que Tío Fello nos dejara y ver el comentario editorial de MEEC con este motivo, de leer de nuevo la preciosa y emotiva carta que su hija (mi prima) Gisela le escribiera con motivo de su partida a la morada eterna, y los diecisiete comentarios generados por esta misiva, he retomado la idea y también he decidido ponerla en práctica.
¿Cuántos de nosotros, hombres de carne y hueso, tratamos por todos los medios de sobresalir, de ser los primeros, de ganar preponderancia con nuestros hechos? ¿Cuántos de nosotros nos esforzamos por no pasar desapercibidos? ¡Con cuanta frecuencia vemos a “prestantes personalidades” cacarear los más nimios de sus “hechos bondadosos” para ganar prestancia! ¡A cuantos se nos sale el ego por la boca, cuando nos desgañitamos tratando de distinguirnos o que se nos distinga!
Y a pesar de este esfuerzo sobrehumano, la mayoría “pasamos por la vida, sin saber que pasamos”.
Sin embargo, ¡Qué grande fue Tío Fello en su humildad, en “su pequeñez”! Cuenta Gisela en la correspondencia que nos ocupa, y citamos, “Nunca aprendiste a leer, ni a escribir”. Asimismo, señala que el único medio de transporte que poseyó fue un burro (para ir al conuco, agrego yo) y que nunca aprendió a montar bicicleta…
Entonces, es válido preguntarse ¿Cómo es posible que una persona analfabeta, que no poseía un Cadillac, o un Porsche, o un Masserati de último modelo, que nunca se propuso descollar, no pasara desapercibida? ¿A qué se debe que su desaparición física de este mundo, generara la mayor cantidad de comentarios que cualquier otro artículo o noticia aparecida en MEEC?
Yo me aventuraría a dar algunas respuestas a las preguntas que anteceden: Tío Fello TODO lo hacía por amor. Tío Fello lo daba todo, “hasta que doliera”, como decía Teresa de Calcuta, sin esperar recompensa.
Hay que sentir mucho amor por el prójimo para abrir las entrañas de la tierra, abonarla con el sudor copioso de su frente, con paciencia y perseverancia esperar por el fruto de su trabajo, para luego echarse un saco lleno de plátanos al hombro, desde Sabana Grande hasta Mao, y luego compartirlo con sus vecinos. Y créanme, en su casa, no sobraba la comida…
Tío Fello predicaba con su ejemplo. “Mi hija, es tan ladrón aquel que roba un centavo como el que roba un millón de pesos. Al final, la intención de robar es lo que hace al ladrón; no la cantidad robada”. Esta cita retrata de cuerpo entero su acrisolada honradez. Estoy seguro, que él escogería pasar hambre junto a su familia, que tocar lo ajeno. Él vivió fiel a sus principios, y, con su inteligencia innata, supo trasmitirlos a su descendencia e influir con su testimonio de vida y sabios consejos en los amigos y compañeros de sus hijos. Y, ni hablar de su influencia en nosotros, sus sobrinos.
Pasear a sus hijas y a su sobrina Rochy, él a pies y ellas montadas en su flamante burro, no es sino otra forma de expresión de amor y muestra de su innegable vocación de servicio. Hay que ser un padre muy amoroso, para llegar a casa muerto de cansancio, después de una larga jornada agrícola y estar en la disposición de complacer estos “antojos” de sus seres queridos… ¡Pero, así era Tío Fello!
Pero, además, Tío Fello tenía la más sonora y espontánea de las carcajadas. Me parece estarla escuchando en estos momentos. Tenía un sentido del humor a “flor de labios”. Si yo hubiese estado seguro de encontrar una audiencia formada por muchos “Tíos Fellos”, ¡me hubiera convertido en humorista! ¿Cómo se hacía para reír con tantas ganas y con tanta facilidad, a pesar de sus vicisitudes? Cuando él nos hacía un chiste, era difícil entenderlo, porque él se reía y disfrutaba el cuento más que nosotros.
¡Qué bueno es haber tenido a Tío Fello como ejemplo viviente! ¡Qué dicha poder recordarlo destacando sus atributos de ciudadano íntegro, intachable!
Gracias, Tío Fello por enseñarnos que la pobreza no es excusa para delinquir, ni para vivir amargado.
Pero, sobre todo, ¡gracias Señor por habernos dado a Tío Fello! Yo estoy convencido de que cuando lo llamaste de este mundo, Tú necesitabas de un excelente y experimentado trabajador que cuidara de tu Jardín.
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Tío Fello
domingo, 20 de noviembre de 2011
A PROPÓSITO...
RECUERDOS EN MI VIDA - II
Fernando Ferreira Azcona
Lea la Primera parte
Como todo dominicano nacido y criado durante la Era de Trujillo (gracias a Dios que esa Era, ya no es), tuve que esperar a cumplir los siete años de edad para ingresar al sistema educativo formal de la época. Debido a que mi cumpleaños es a finales Mayo, debí esperar a que pasaran las vacaciones de verano, y a que se reabrieran las escuelas en Septiembre para ingresar, ya alfabetizado en una escuela-hogar, al primer año, en la entonces Escuela Pública Primaria e Intermedia Presidente Trujillo (hoy Juan Isidro Pérez). Mi primera maestra fue la señorita Josefa (Chefa) Peña, quien posteriormente se casó y formó un precioso hogar (ver “A Mis Maestros con Cariño” ).
De mi segundo año escolar tengo varios recuerdos, pero los limitaré a dos. Ese año, mi maestro fue el gran educador Ramón García (el Sr. García), hombre de una disciplina cuasi-militar y muy exigente. Pero, también un tomador de café y fumador empedernido. Así que lo recuerdo en su aula de clases, la cual quedaba al terminar la escalera en el segundo piso, inmediatamente a la derecha, con su famosa varita de bambú, su botellita de jugo de uvas llena de café, en el bolsillo derecho trasero y después de cada sorbo, encendía un cigarrillo ¿Hollywood?, el cual colocaba previamente en su pitillo o boquilla.
De mi segundo año también recuerdo el día que mataron a los hermanos Maldonado Díaz, quienes habían participado en el asalto al Royal Bank of Canada, en Santiago. Un hermano de ellos, contemporáneo mío, era mi compañero de curso y nos sentábamos uno al lado del otro. Esa tarde, mi compañero no paraba de llorar, y por más que el Señor García le preguntaba qué le pasaba, él se negaba a responder y su lloro arreciaba. La escena continuó hasta que otro compañero de clase dijo saber qué atormentaba a nuestro amigo, pero no lo diría en voz alta. Como yo “oía más que un tísico”, escuché el secreto que le dijo el tercer compañero de clases al Sr. García. Éste, conmovido, le dio permiso a nuestro acongojado amigo para que se marchara a su casa.
¿Cómo no recordar a la MAESTRA de maestros? Doña Altagracia Camelia Disla Rodríguez fue mi maestra en el cuarto grado de la primaria. Tengo tantos gratos recuerdos y vivencias de ella que tendría que llenar varias cuartillas para describirlos. A mis sesenta y cinco años de edad (si es que no me declararon tardíamente), cada día aprendo algo nuevo de su ética de trabajo, de su entrega, de su vocación de servicio y de tantas características positivas que adornan a Doña Camelia. Doy gracias a Dios por haber sido su alumno y por darme al menos dos oportunidades de decirle públicamente, cuanto la quiero, cuanto le agradezco y cuanto le debemos generaciones de maeños y de linieros que “pasamos por sus manos”, y en las cuales dejó huellas imborrables.
También recuerdo aquella niñita que durante un recreo subió al segundo piso de la Escuela Primaria. Ésta se ofuscó, perdió completamente la orientación, y por tanto, no sabía dónde quedaban las escaleras para bajar de nuevo. Estaba a punto de lanzarse al patio de la escuela, desde el segundo piso, cuando Danilo Disla, en un acto heroico, subió las escaleras como una tromba, llegó hasta donde estaba la niña, la tomó por uno de sus brazos y le salvó la vida.
Recuerdo vívidamente aquel pobre hombre cuyo cadáver apareció “ahorcado con su propia correa”, sentado en el suelo, al pie de la mata de granada que quedaba en el frente del plantel escolar. Este señor fue una víctima inocente de la tiranía trujillista, y pagó las consecuencias del embadurnamiento con heces humanas a que fue sometido el busto de Rafael Leónidas Trujillo Molina, ubicado en dicha escuela, al cual se le puso además, un letrero que decía: “Come ahí papá”. Recuerdo, también perfectamente, quienes lo hicieron (aunque ahora, otros se adjudican la autoría de este arriesgado acto), pero uno de los verdaderos autores ya se marchó a la morada eterna, razón por la cual me reservo sus nombres.
Recuerdo con mucho cariño a mi Maestra de octavo curso. En ese entonces, ella era una bella jovencita (más joven que muchos de sus alumnos). Aun sigue siendo una mujer preciosa, elegante, trabajadora incansable y muy inteligente. Muchos de los articulistas y comentaristas de MEEC fueron posteriormente sus alumnos, pues tuve el privilegio de pertenecer a su primer grupo de discípulos. Su nombre: Lavinia Del Villar Jorge (hoy de Fernández, esposa de mi buen amigo Mauricio, mejor conocido como Ticuí).
Imposible no recordar el terror que me metieron los alumnos que iban delante de mí con el álgebra y a mi primo que “se comía ei áigebra”, pero siempre se quemaba. Como en el Mao aldeano de entonces, todos nos conocíamos y sabíamos “de qué pata cojeaba” cada quien, se corrió la voz de que yo era buen estudiante y descollaba, principalmente en matemáticas. “Deja que tú llegues a primer teórico y te encuentres con el álgebra”, me decían. “Ahí no es con números del 1 al 10, es con letras que tú vas a bregar. Te vas a encontrar que en un caso, la “A” vale 5, en otro, su valor es 7 y en otro puede valer 17 ó 20. Lo peor es que uno nunca sabe cuánto vale la fuñía letra”. Casi entro en pánico antes de conocer al brillante profesor Andrés Ramos Bonilla (Pequeño). Me parece verlo y escucharlo decir: (A + B) al cuadrado es igual a A al cuadrado + 2 AB + B al cuadrado… Total, el álgebra resultó ser una de mis materias favoritas (como todas las matemáticas), y por tanto, obtuve una excelente nota.
No podría omitir entre mis grandes y más placenteros recuerdos, a uno de los mejores equipos de beisbol juvenil que haya tenido Mao en toda su historia. Me refiero a “Los Yankees Maeños”. Posteriormente surgieron otros equipos juveniles muy buenos, formados por los muchachos que nos sucedieron, como “Las Estrellas Maeñas”, a los que no vi jugar, pero he leído lo que sobre ellos han escrito Ley Simé y Manito Santana. No quiero poner en duda su indiscutible calidad, pero no creo que fueran mejores que “Los Yankees Maeños”. Con la excepción del autor de este artículo, nuestro equipo era una constelación de estrellas. Una de mis anécdotas favoritas es cuando fuimos a Pueblo Nuevo a jugar con el equipo amateur de allí. Fuimos en camión de recoger la basura, jugamos dos juegos de nueve entradas cada uno y… regresamos en el “carro de Don Fernando”: un rato a pie, y el otro… caminando.
Otro episodio que vivirá por siempre en mi mente es la mañana que los estudiantes decidimos tomar el edificio del antiguo Partido Dominicano (hoy Recinto de la Universidad Tecnológica de Santiago, en Mao) y convertirlo en nuestro Liceo Secundario Eugenio Deschamps. En ese entonces, en el liceo había dos agrupaciones de estudiantes, la Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER) y la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Entre ambos grupos hubo comunión de objetivos, motivamos al estudiantado, nos echamos los pupitres y los pizarrones al hombro y marchamos por la calle Duarte en pos de nuestra meta. Aquello había que verlo, cientos de jóvenes vestidos de kaki, con los maltrechos pupitres en el “caco”. Cuando la policía vino a llegar, ya habíamos tomado el local y no hubo forma de que nos sacaran del mismo. Allí funcionó el Liceo Secundario Eugenio Deschamps, hasta que se construyó el Don Juan de Jesús Reyes.
¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánto idealismo y cuántos sueños! ¡Muchos de ellos… frustrados! Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Lea la Primera parte
Como todo dominicano nacido y criado durante la Era de Trujillo (gracias a Dios que esa Era, ya no es), tuve que esperar a cumplir los siete años de edad para ingresar al sistema educativo formal de la época. Debido a que mi cumpleaños es a finales Mayo, debí esperar a que pasaran las vacaciones de verano, y a que se reabrieran las escuelas en Septiembre para ingresar, ya alfabetizado en una escuela-hogar, al primer año, en la entonces Escuela Pública Primaria e Intermedia Presidente Trujillo (hoy Juan Isidro Pérez). Mi primera maestra fue la señorita Josefa (Chefa) Peña, quien posteriormente se casó y formó un precioso hogar (ver “A Mis Maestros con Cariño” ).
De mi segundo año escolar tengo varios recuerdos, pero los limitaré a dos. Ese año, mi maestro fue el gran educador Ramón García (el Sr. García), hombre de una disciplina cuasi-militar y muy exigente. Pero, también un tomador de café y fumador empedernido. Así que lo recuerdo en su aula de clases, la cual quedaba al terminar la escalera en el segundo piso, inmediatamente a la derecha, con su famosa varita de bambú, su botellita de jugo de uvas llena de café, en el bolsillo derecho trasero y después de cada sorbo, encendía un cigarrillo ¿Hollywood?, el cual colocaba previamente en su pitillo o boquilla.
De mi segundo año también recuerdo el día que mataron a los hermanos Maldonado Díaz, quienes habían participado en el asalto al Royal Bank of Canada, en Santiago. Un hermano de ellos, contemporáneo mío, era mi compañero de curso y nos sentábamos uno al lado del otro. Esa tarde, mi compañero no paraba de llorar, y por más que el Señor García le preguntaba qué le pasaba, él se negaba a responder y su lloro arreciaba. La escena continuó hasta que otro compañero de clase dijo saber qué atormentaba a nuestro amigo, pero no lo diría en voz alta. Como yo “oía más que un tísico”, escuché el secreto que le dijo el tercer compañero de clases al Sr. García. Éste, conmovido, le dio permiso a nuestro acongojado amigo para que se marchara a su casa.
¿Cómo no recordar a la MAESTRA de maestros? Doña Altagracia Camelia Disla Rodríguez fue mi maestra en el cuarto grado de la primaria. Tengo tantos gratos recuerdos y vivencias de ella que tendría que llenar varias cuartillas para describirlos. A mis sesenta y cinco años de edad (si es que no me declararon tardíamente), cada día aprendo algo nuevo de su ética de trabajo, de su entrega, de su vocación de servicio y de tantas características positivas que adornan a Doña Camelia. Doy gracias a Dios por haber sido su alumno y por darme al menos dos oportunidades de decirle públicamente, cuanto la quiero, cuanto le agradezco y cuanto le debemos generaciones de maeños y de linieros que “pasamos por sus manos”, y en las cuales dejó huellas imborrables.
También recuerdo aquella niñita que durante un recreo subió al segundo piso de la Escuela Primaria. Ésta se ofuscó, perdió completamente la orientación, y por tanto, no sabía dónde quedaban las escaleras para bajar de nuevo. Estaba a punto de lanzarse al patio de la escuela, desde el segundo piso, cuando Danilo Disla, en un acto heroico, subió las escaleras como una tromba, llegó hasta donde estaba la niña, la tomó por uno de sus brazos y le salvó la vida.
Recuerdo vívidamente aquel pobre hombre cuyo cadáver apareció “ahorcado con su propia correa”, sentado en el suelo, al pie de la mata de granada que quedaba en el frente del plantel escolar. Este señor fue una víctima inocente de la tiranía trujillista, y pagó las consecuencias del embadurnamiento con heces humanas a que fue sometido el busto de Rafael Leónidas Trujillo Molina, ubicado en dicha escuela, al cual se le puso además, un letrero que decía: “Come ahí papá”. Recuerdo, también perfectamente, quienes lo hicieron (aunque ahora, otros se adjudican la autoría de este arriesgado acto), pero uno de los verdaderos autores ya se marchó a la morada eterna, razón por la cual me reservo sus nombres.
Recuerdo con mucho cariño a mi Maestra de octavo curso. En ese entonces, ella era una bella jovencita (más joven que muchos de sus alumnos). Aun sigue siendo una mujer preciosa, elegante, trabajadora incansable y muy inteligente. Muchos de los articulistas y comentaristas de MEEC fueron posteriormente sus alumnos, pues tuve el privilegio de pertenecer a su primer grupo de discípulos. Su nombre: Lavinia Del Villar Jorge (hoy de Fernández, esposa de mi buen amigo Mauricio, mejor conocido como Ticuí).
Imposible no recordar el terror que me metieron los alumnos que iban delante de mí con el álgebra y a mi primo que “se comía ei áigebra”, pero siempre se quemaba. Como en el Mao aldeano de entonces, todos nos conocíamos y sabíamos “de qué pata cojeaba” cada quien, se corrió la voz de que yo era buen estudiante y descollaba, principalmente en matemáticas. “Deja que tú llegues a primer teórico y te encuentres con el álgebra”, me decían. “Ahí no es con números del 1 al 10, es con letras que tú vas a bregar. Te vas a encontrar que en un caso, la “A” vale 5, en otro, su valor es 7 y en otro puede valer 17 ó 20. Lo peor es que uno nunca sabe cuánto vale la fuñía letra”. Casi entro en pánico antes de conocer al brillante profesor Andrés Ramos Bonilla (Pequeño). Me parece verlo y escucharlo decir: (A + B) al cuadrado es igual a A al cuadrado + 2 AB + B al cuadrado… Total, el álgebra resultó ser una de mis materias favoritas (como todas las matemáticas), y por tanto, obtuve una excelente nota.
No podría omitir entre mis grandes y más placenteros recuerdos, a uno de los mejores equipos de beisbol juvenil que haya tenido Mao en toda su historia. Me refiero a “Los Yankees Maeños”. Posteriormente surgieron otros equipos juveniles muy buenos, formados por los muchachos que nos sucedieron, como “Las Estrellas Maeñas”, a los que no vi jugar, pero he leído lo que sobre ellos han escrito Ley Simé y Manito Santana. No quiero poner en duda su indiscutible calidad, pero no creo que fueran mejores que “Los Yankees Maeños”. Con la excepción del autor de este artículo, nuestro equipo era una constelación de estrellas. Una de mis anécdotas favoritas es cuando fuimos a Pueblo Nuevo a jugar con el equipo amateur de allí. Fuimos en camión de recoger la basura, jugamos dos juegos de nueve entradas cada uno y… regresamos en el “carro de Don Fernando”: un rato a pie, y el otro… caminando.
Otro episodio que vivirá por siempre en mi mente es la mañana que los estudiantes decidimos tomar el edificio del antiguo Partido Dominicano (hoy Recinto de la Universidad Tecnológica de Santiago, en Mao) y convertirlo en nuestro Liceo Secundario Eugenio Deschamps. En ese entonces, en el liceo había dos agrupaciones de estudiantes, la Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER) y la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Entre ambos grupos hubo comunión de objetivos, motivamos al estudiantado, nos echamos los pupitres y los pizarrones al hombro y marchamos por la calle Duarte en pos de nuestra meta. Aquello había que verlo, cientos de jóvenes vestidos de kaki, con los maltrechos pupitres en el “caco”. Cuando la policía vino a llegar, ya habíamos tomado el local y no hubo forma de que nos sacaran del mismo. Allí funcionó el Liceo Secundario Eugenio Deschamps, hasta que se construyó el Don Juan de Jesús Reyes.
¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánto idealismo y cuántos sueños! ¡Muchos de ellos… frustrados! Siga leyendo...
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Fernan Ferreira
lunes, 7 de noviembre de 2011
A PROPÓSITO DE...
SI YO FUERA…
Fernando Ferreira Azcona
Quiero empezar este artículo reiterando que nunca he querido ser ninguna persona diferente a mí. Tampoco he pretendido imitar a nadie. Me siento satisfecho siendo quien soy, con mis muchos defectos y pocas virtudes. Para mi fortuna, la gente con quien me relaciono, y especialmente mis amigos, me aceptan como soy, razón por la cual, les estoy eternamente agradecido.
En una ocasión, Manito (mi querido Cabezón) Santana expresó que si yo hubiese seguido ligado al beisbol, estuviese ubicado en las oficinas centrales de algún equipo de la Major League Baseball. Agradeciendo ese halago de mi hermano por adopción, pues no pasa de ser un “razonamiento con el alma”, y como fanático “empedernido” de los Yankees de Nueva York que soy, me puse a hacer el siguiente ejercicio, y lo quiero externar antes de que empiecen a conocerse los agentes libres de esta post temporada.
Si yo fuera el Gerente General de los Yankees de Nueva York, haría dos cosas inmediatamente. Primero: Reunirme con el Capitán del equipo, Derek Jeter, y pedirle o convencerlo que acepte ser el bateador designado del equipo (él es un ícono y hay que respetarlo). Esto, a mediano y largo plazo, le conviene a Jeter, pues terminaría en el tope de la lista de aquellos peloteros que han conectado tres mil o más hits. Asimismo, podría extender su carrera uno o dos años más. Segundo: Yo iría “con todos los powers” detrás de José Reyes.
Estas dos movidas, le daría a los Yankees un verdadero primer bate en la alineación. Imagínense amigos lectores un line-up compuesto por: 1° José Reyes, SS; 2° Derek Jeter, DH; 3° Robinson Canó, 2B; 4° Alex Rodríguez, 3B; 5° Mark Teixeira, 1B; 6° Curtis Granderson, CF; 7° Nick Swisher, RF; 8° Martin, C, y 9° Brett Gardner. Sólo habría que pedirle salud al Todopoderoso y… nos vemos en Octubre.
Pero, la presencia de José Reyes no sólo fortalecería la alineación del equipo que más campeonatos mundiales ha ganado, y de mayor valor monetario en el mundo deportivo, sino que le daría una excelente línea central al mismo, teniendo a Martin en la receptoría, Reyes en el short stop, Canó en segunda base y Granderson en el jardín central. ¿Alguna otra superior a esta en las Grandes Ligas?
Creo que firmar a José Reyes no sería muy difícil por varias razones: a) Él está ubicado en “La Gran Manzana”, y por tanto, quedarse allí le evitaría tener que mudar su familia a otra ciudad; b) José Reyes ya está “curtido” con el fanático de Nueva York, el más exigente del mundo, y sabe lo que es jugar bajo este tipo de presión; c) En Nueva York, vive “su gente”. Esta ciudad está llena de dominicanos, especialmente del lado (o en el área) de los Yankees.
¿Qué José Reyes costaría mucho dinero? Sí. Pero no hay mejor sabor que el de la victoria… y a este equipo no le falta plata.
Cabezón, espero que este artículo no le provoque pesadillas. Es sólo un ejercicio hipotético y para hacer mérito a su “razonamiento con el alma” del segundo párrafo. Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Quiero empezar este artículo reiterando que nunca he querido ser ninguna persona diferente a mí. Tampoco he pretendido imitar a nadie. Me siento satisfecho siendo quien soy, con mis muchos defectos y pocas virtudes. Para mi fortuna, la gente con quien me relaciono, y especialmente mis amigos, me aceptan como soy, razón por la cual, les estoy eternamente agradecido.
En una ocasión, Manito (mi querido Cabezón) Santana expresó que si yo hubiese seguido ligado al beisbol, estuviese ubicado en las oficinas centrales de algún equipo de la Major League Baseball. Agradeciendo ese halago de mi hermano por adopción, pues no pasa de ser un “razonamiento con el alma”, y como fanático “empedernido” de los Yankees de Nueva York que soy, me puse a hacer el siguiente ejercicio, y lo quiero externar antes de que empiecen a conocerse los agentes libres de esta post temporada.
Si yo fuera el Gerente General de los Yankees de Nueva York, haría dos cosas inmediatamente. Primero: Reunirme con el Capitán del equipo, Derek Jeter, y pedirle o convencerlo que acepte ser el bateador designado del equipo (él es un ícono y hay que respetarlo). Esto, a mediano y largo plazo, le conviene a Jeter, pues terminaría en el tope de la lista de aquellos peloteros que han conectado tres mil o más hits. Asimismo, podría extender su carrera uno o dos años más. Segundo: Yo iría “con todos los powers” detrás de José Reyes.
Estas dos movidas, le daría a los Yankees un verdadero primer bate en la alineación. Imagínense amigos lectores un line-up compuesto por: 1° José Reyes, SS; 2° Derek Jeter, DH; 3° Robinson Canó, 2B; 4° Alex Rodríguez, 3B; 5° Mark Teixeira, 1B; 6° Curtis Granderson, CF; 7° Nick Swisher, RF; 8° Martin, C, y 9° Brett Gardner. Sólo habría que pedirle salud al Todopoderoso y… nos vemos en Octubre.
Pero, la presencia de José Reyes no sólo fortalecería la alineación del equipo que más campeonatos mundiales ha ganado, y de mayor valor monetario en el mundo deportivo, sino que le daría una excelente línea central al mismo, teniendo a Martin en la receptoría, Reyes en el short stop, Canó en segunda base y Granderson en el jardín central. ¿Alguna otra superior a esta en las Grandes Ligas?
Creo que firmar a José Reyes no sería muy difícil por varias razones: a) Él está ubicado en “La Gran Manzana”, y por tanto, quedarse allí le evitaría tener que mudar su familia a otra ciudad; b) José Reyes ya está “curtido” con el fanático de Nueva York, el más exigente del mundo, y sabe lo que es jugar bajo este tipo de presión; c) En Nueva York, vive “su gente”. Esta ciudad está llena de dominicanos, especialmente del lado (o en el área) de los Yankees.
¿Qué José Reyes costaría mucho dinero? Sí. Pero no hay mejor sabor que el de la victoria… y a este equipo no le falta plata.
Cabezón, espero que este artículo no le provoque pesadillas. Es sólo un ejercicio hipotético y para hacer mérito a su “razonamiento con el alma” del segundo párrafo. Siga leyendo...
lunes, 31 de octubre de 2011
A PROPÓSITO DE...
RECUERDOS EN MI VIDA - I
Fernando Ferreira Azcona
Lea la Segunda parte
Obviamente, no recuerdo el momento de mi nacimiento, pero sí recuerdo, porque me lo contó muchas veces Mamacía, mi abuela materna, quien estuvo presente en el momento que llegué a este mundo, que mamá-Fefita, la partera que asistió a mi querida madre en ese momento supremo, exclamó “este es Azcona puro”. Y quizás este fue el “link” que nos hizo el uno para el otro (ver MAMACÍA Y YO.). Ese amor tan grande que me unió a mi abuela materna, hizo que en mi niñez, en ocasiones, me sintiera más Azcona que Ferreira.
Recuerdo vívidamente la humilde casita, ubicada en Sibila, en la polvorienta calle Duarte de entonces, a dos cuadras del canal mayor, donde nacimos cuatro de los nueve hermanos Ferreira Azcona. Tenía una pequeña sala, comedor y dos habitaciones. Una enramada techada de cana la separaba de la cocina, también techada de cana, la cual estaba situada completamente independiente del primer inmueble.
También recuerdo la hortaliza que tenía Papá en el fondo del patio. Mi especie favorita era la de tomates pequeñitos (aquellos que se utilizaban para hacer huevos revueltos) que crecían y producían sobre una enredadera que nuestro Viejo le había hecho para soportar las ramas y que sus frutos no se dañaran al contacto con el suelo. ¡Si tuviera un peso por cada tomatillo crudo que me comí, hoy fuera millonario!
¿Cómo no recordar a nuestro perro Titán? Su nombre original era Capitán, pero el Perínclito de San Cristóbal prohibió que animales cuadrúpedos llevaran nombres que correspondiesen a rangos de las fuerzas armadas. De ahí que, su nombre derivó al que lo hizo famoso en nuestra familia. Titán era de color mela’o con el hocico negro, grande y corpulento. Sobrevivió tantas veces a las campañas de envenenamientos de “la sanidad”, que me atrevería a decir que hizo un post doctorado en esos menesteres. También me atrevería a aseverar, que antes de que Pavlov, el famoso científico ruso, condicionara la reacción de su perro, nosotros lo hicimos con Titán, en nuestra humilde casita de Sibila. ¿Cómo ocurrió esto? A consecuencia de los tantos envenenamientos, Titán desarrolló serias limitaciones digestivas. Me imagino que su hígado estaba destrozado. De tal manera, que se tiraba los “follones” más hediondos que usted pueda imaginarse, cuando esto ocurría, el ambiente se inundaba de una pestilencia terrible, y teníamos que “aperrear” a Titán para que se fuera con su hedor a otra parte. Esta desagradable situación se desarrollaba con tanta frecuencia, que cuando nuestro leal perro escuchaba que alguien gritaba: “fooo se cag… Titán”, el pobre animal salía disparado, “como alma que lleva el diablo”. Como fiel y leal amigo, regresaba minutos después al patio de nuestro hogar.
En una ocasión, fui al local donde Papá tuvo su primer negocio. Este estaba ubicado en una casona de madera pintada de azul, en la calle Máximo Cabral, también en Sibila: Si mi memoria no me traiciona, entre las calles Félix María Bonilla y la calle donde vivían los padres de José Fermín Francisco y de Rolando Espinal. Una vez en dicho local, me fui al patio del mismo, donde encontré una carretilla y me propuse hacerla pasar sobre la raíz de una mata de cambrón, que sobresalía unas seis pulgadas sobre el suelo. En cada intento, la trompa de la carretilla chocaba con la raíz y mi esfuerzo resultaba fallido. Como una de mis características es la perseverancia, no me di por vencido y cada vez me separaba más de la raíz, para tomar mayor impulso, hasta que ocurrió lo que debía suceder: emprendí la carrera “a toda máquina”, en pos de mi objetivo, pero esta vez, la velocidad de la carretilla era tal, que al chocar con la raíz, ésta brinco hacia atrás y hacia arriba, mientras yo seguí hacia delante. Golpeé el borde de la carretilla con mi frente, y… “el sangrerío”. Afortunadamente, tengo las cejas tan tupidas, que la cicatriz pasa inadvertida.
Como mis amables lectores recordarán, nosotros siempre íbamos a El Rubio, San José de las Matas, de vacaciones. Un verano, a Talla, quien era una Madre para nosotros, y a nuestros abuelos, se les antojó “desparasitarnos”, y nos prepararon un purgante de sen con cañafístola, el cual nos brindaron como si fuera un refresco, a media mañana. Sin embargo, cometieron el error de purgarnos a todos el mismo día. No transcurrió mucho tiempo para que los efectos del purgante empezaran a manifestarse en retortijones de barriga, unos cólicos terribles, y se armó el “corre-corre”. Al principio, nos peleábamos por el acceso a la letrina, la cual, no daba abasto para satisfacer la inusitada demanda de los desesperados usuarios. Pero, cuando los efectos del purgante alcanzaron el clímax, y la deshidratación empezó a surtir sus efectos, no teníamos fuerzas para correr a la letrina y mucho menos, para pelear por esta, era cuestión de agacharse, donde el cólico nos sorprendiera, y… fuaaaa. En honor a la verdad, nunca había visto, ni he vuelto a ver una cag… colectiva similar.
A propósito de El Rubio, la vida en esa comarca transcurría con mansedumbre. Allí, el tiempo parecía detenerse y cada quien tenía su propio predio, donde producía lo necesario para vivir: yuca, batata, frijoles, etc., y tenía dos o tres vaquitas para la leche de la familia.
El trueque desinteresado era común. Fulano le enviaba un saco de yuca a su compadre mengano, y este reciprocaba el gesto enviándole un saco de batatas. Se hacían “juntas”, en las que un grupo de hombres ayudaba a un amigo común a realizar determinada tarea, tan sólo por la comida del día.
En el verano, las frutas tropicales eran abundantes. Nos dábamos el lujo de escoger las más apetitosas y las demás se las echaban a los puercos en las pocilgas. Esta realidad cambió, cuando llegó a aquel apartado rincón, la Sociedad Industrial Dominicana y la siembra comercial de maní. Se despertó “la fiebre por el dinero efectivo”. Los campesinos sustituyeron sus conucos tradicionales por sembrados de maní y luego, se conoció el trabajo asalariado para la cosecha, formar las pacas de maní seco y el “despalillado” del mismo. Era en estas dos últimas labores, donde nosotros, los niños, ayudábamos a nuestras tías a ganarse unos pesos para suplir sus necesidades de vestido y calzados.
Asimismo, a El Rubio llegó la siembra de “yuca amarga” para la elaboración comercial de casabe. En esta actividad se involucraba toda la familia. En la siembra, cultivo y cosecha participaban los hombres. En el “descopotado” del tubérculo (quitarle la cáscara raspando el mismo con una afilada cuchara) participábamos los niños y las mujeres. En el “guayado” de la yuca volvían los hombres a tomar acción utilizando unos guayos industriales. Después venía el prensado de la masa obtenida con el “guayado” de la yuca, para extraerle el ácido prúsico, el cual es venenoso. En este proceso, también se extraían los almidones más solubles de la yuca, los cuales se colectaban en trampas diseñadas para estos fines, se ponían a secar, y posteriormente, se elaboraban los “panecicos” más sabrosos que usted pueda imaginarse, utilizando manteca de cerdo, que como ya he dicho, le imprime un sabor inigualable a la comida. El prensado y secado de la masa de yuca tomaba varios días y luego, nuestras tías procedían a elaborar el casabe, en grandes hornos, que entonces eran alimentados con leña. Nuestra participación en el “descopotado” de la yuca era retribuida por nuestras tías, que nos horneaban pequeñas tortas de casabe diseñadas especialmente para nosotros, unas veces rellenas de maní tostado y otras de ajonjolí, las que consumíamos con jarros de café recién colado en aquellos coladores que la greca desplazó.
Con el transcurrir del tiempo, Papá mudó su pulpería a la calle Duarte esquina Mella, frente a la Farmacia Mao. En esa casa vivieron luego, Momón “La Fuerza” y Milet Haddad con sus respectivas familias. Los hijos más viejos teníamos que turnarnos para llevarle el desayuno y la cena.
Papá iba a casa a almorzar al mediodía. En una ocasión, nuestro Viejo llamó a Norman para decirle “un secreto”. “No le digas nada a Fernan, pero en el Cine Jardín están dando la vida de Jackie Robinson y vamos a ir a verla, él está muy pequeño y si lo llevamos se va a dormir”. ¿Cuál no sería la sorpresa de Papá cuando escuchó detrás de él, “yo no me duermo no”? La carcajada de los amigos que estaban allí fue al unísono y alguien le dijo: “bueno, compadre, usted no tiene escapatoria. Llévese los dos muchachos a ver la película”. Fue así, como vi la biografía, llevada al cine, de ese portentoso atleta negro que tuvo el coraje de vencer la barrera del color en el béisbol de Grandes Ligas. Una de las escenas que más me impactó, fue cuando estando en el dugout, un fanático blanco, racista, le tiró un gato negro y le vociferó una sarta de improperios no publicables. Robinson, sin inmutarse, tomó el gato en sus manos y se puso a acariciarlo. ¿Qué sería del béisbol de hoy, sin la presencia del atleta de color? ¿Cuántas superestrellas de hoy le deben a Jackie Robinson sus grandes salarios? ¿Sería arriesgado decir que algunos de ellos no saben quién fue Jackie Robinson?
Estos recuerdos son de mi infancia, si me animo, les cuento otras de mi niñez, la adolescencia y… ¿quién sabe?
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Fernando Ferreira Azcona
Lea la Segunda parte
Obviamente, no recuerdo el momento de mi nacimiento, pero sí recuerdo, porque me lo contó muchas veces Mamacía, mi abuela materna, quien estuvo presente en el momento que llegué a este mundo, que mamá-Fefita, la partera que asistió a mi querida madre en ese momento supremo, exclamó “este es Azcona puro”. Y quizás este fue el “link” que nos hizo el uno para el otro (ver MAMACÍA Y YO.). Ese amor tan grande que me unió a mi abuela materna, hizo que en mi niñez, en ocasiones, me sintiera más Azcona que Ferreira.
Recuerdo vívidamente la humilde casita, ubicada en Sibila, en la polvorienta calle Duarte de entonces, a dos cuadras del canal mayor, donde nacimos cuatro de los nueve hermanos Ferreira Azcona. Tenía una pequeña sala, comedor y dos habitaciones. Una enramada techada de cana la separaba de la cocina, también techada de cana, la cual estaba situada completamente independiente del primer inmueble.
También recuerdo la hortaliza que tenía Papá en el fondo del patio. Mi especie favorita era la de tomates pequeñitos (aquellos que se utilizaban para hacer huevos revueltos) que crecían y producían sobre una enredadera que nuestro Viejo le había hecho para soportar las ramas y que sus frutos no se dañaran al contacto con el suelo. ¡Si tuviera un peso por cada tomatillo crudo que me comí, hoy fuera millonario!
¿Cómo no recordar a nuestro perro Titán? Su nombre original era Capitán, pero el Perínclito de San Cristóbal prohibió que animales cuadrúpedos llevaran nombres que correspondiesen a rangos de las fuerzas armadas. De ahí que, su nombre derivó al que lo hizo famoso en nuestra familia. Titán era de color mela’o con el hocico negro, grande y corpulento. Sobrevivió tantas veces a las campañas de envenenamientos de “la sanidad”, que me atrevería a decir que hizo un post doctorado en esos menesteres. También me atrevería a aseverar, que antes de que Pavlov, el famoso científico ruso, condicionara la reacción de su perro, nosotros lo hicimos con Titán, en nuestra humilde casita de Sibila. ¿Cómo ocurrió esto? A consecuencia de los tantos envenenamientos, Titán desarrolló serias limitaciones digestivas. Me imagino que su hígado estaba destrozado. De tal manera, que se tiraba los “follones” más hediondos que usted pueda imaginarse, cuando esto ocurría, el ambiente se inundaba de una pestilencia terrible, y teníamos que “aperrear” a Titán para que se fuera con su hedor a otra parte. Esta desagradable situación se desarrollaba con tanta frecuencia, que cuando nuestro leal perro escuchaba que alguien gritaba: “fooo se cag… Titán”, el pobre animal salía disparado, “como alma que lleva el diablo”. Como fiel y leal amigo, regresaba minutos después al patio de nuestro hogar.
En una ocasión, fui al local donde Papá tuvo su primer negocio. Este estaba ubicado en una casona de madera pintada de azul, en la calle Máximo Cabral, también en Sibila: Si mi memoria no me traiciona, entre las calles Félix María Bonilla y la calle donde vivían los padres de José Fermín Francisco y de Rolando Espinal. Una vez en dicho local, me fui al patio del mismo, donde encontré una carretilla y me propuse hacerla pasar sobre la raíz de una mata de cambrón, que sobresalía unas seis pulgadas sobre el suelo. En cada intento, la trompa de la carretilla chocaba con la raíz y mi esfuerzo resultaba fallido. Como una de mis características es la perseverancia, no me di por vencido y cada vez me separaba más de la raíz, para tomar mayor impulso, hasta que ocurrió lo que debía suceder: emprendí la carrera “a toda máquina”, en pos de mi objetivo, pero esta vez, la velocidad de la carretilla era tal, que al chocar con la raíz, ésta brinco hacia atrás y hacia arriba, mientras yo seguí hacia delante. Golpeé el borde de la carretilla con mi frente, y… “el sangrerío”. Afortunadamente, tengo las cejas tan tupidas, que la cicatriz pasa inadvertida.
Como mis amables lectores recordarán, nosotros siempre íbamos a El Rubio, San José de las Matas, de vacaciones. Un verano, a Talla, quien era una Madre para nosotros, y a nuestros abuelos, se les antojó “desparasitarnos”, y nos prepararon un purgante de sen con cañafístola, el cual nos brindaron como si fuera un refresco, a media mañana. Sin embargo, cometieron el error de purgarnos a todos el mismo día. No transcurrió mucho tiempo para que los efectos del purgante empezaran a manifestarse en retortijones de barriga, unos cólicos terribles, y se armó el “corre-corre”. Al principio, nos peleábamos por el acceso a la letrina, la cual, no daba abasto para satisfacer la inusitada demanda de los desesperados usuarios. Pero, cuando los efectos del purgante alcanzaron el clímax, y la deshidratación empezó a surtir sus efectos, no teníamos fuerzas para correr a la letrina y mucho menos, para pelear por esta, era cuestión de agacharse, donde el cólico nos sorprendiera, y… fuaaaa. En honor a la verdad, nunca había visto, ni he vuelto a ver una cag… colectiva similar.
A propósito de El Rubio, la vida en esa comarca transcurría con mansedumbre. Allí, el tiempo parecía detenerse y cada quien tenía su propio predio, donde producía lo necesario para vivir: yuca, batata, frijoles, etc., y tenía dos o tres vaquitas para la leche de la familia.
El trueque desinteresado era común. Fulano le enviaba un saco de yuca a su compadre mengano, y este reciprocaba el gesto enviándole un saco de batatas. Se hacían “juntas”, en las que un grupo de hombres ayudaba a un amigo común a realizar determinada tarea, tan sólo por la comida del día.
En el verano, las frutas tropicales eran abundantes. Nos dábamos el lujo de escoger las más apetitosas y las demás se las echaban a los puercos en las pocilgas. Esta realidad cambió, cuando llegó a aquel apartado rincón, la Sociedad Industrial Dominicana y la siembra comercial de maní. Se despertó “la fiebre por el dinero efectivo”. Los campesinos sustituyeron sus conucos tradicionales por sembrados de maní y luego, se conoció el trabajo asalariado para la cosecha, formar las pacas de maní seco y el “despalillado” del mismo. Era en estas dos últimas labores, donde nosotros, los niños, ayudábamos a nuestras tías a ganarse unos pesos para suplir sus necesidades de vestido y calzados.
Asimismo, a El Rubio llegó la siembra de “yuca amarga” para la elaboración comercial de casabe. En esta actividad se involucraba toda la familia. En la siembra, cultivo y cosecha participaban los hombres. En el “descopotado” del tubérculo (quitarle la cáscara raspando el mismo con una afilada cuchara) participábamos los niños y las mujeres. En el “guayado” de la yuca volvían los hombres a tomar acción utilizando unos guayos industriales. Después venía el prensado de la masa obtenida con el “guayado” de la yuca, para extraerle el ácido prúsico, el cual es venenoso. En este proceso, también se extraían los almidones más solubles de la yuca, los cuales se colectaban en trampas diseñadas para estos fines, se ponían a secar, y posteriormente, se elaboraban los “panecicos” más sabrosos que usted pueda imaginarse, utilizando manteca de cerdo, que como ya he dicho, le imprime un sabor inigualable a la comida. El prensado y secado de la masa de yuca tomaba varios días y luego, nuestras tías procedían a elaborar el casabe, en grandes hornos, que entonces eran alimentados con leña. Nuestra participación en el “descopotado” de la yuca era retribuida por nuestras tías, que nos horneaban pequeñas tortas de casabe diseñadas especialmente para nosotros, unas veces rellenas de maní tostado y otras de ajonjolí, las que consumíamos con jarros de café recién colado en aquellos coladores que la greca desplazó.
Con el transcurrir del tiempo, Papá mudó su pulpería a la calle Duarte esquina Mella, frente a la Farmacia Mao. En esa casa vivieron luego, Momón “La Fuerza” y Milet Haddad con sus respectivas familias. Los hijos más viejos teníamos que turnarnos para llevarle el desayuno y la cena.
Papá iba a casa a almorzar al mediodía. En una ocasión, nuestro Viejo llamó a Norman para decirle “un secreto”. “No le digas nada a Fernan, pero en el Cine Jardín están dando la vida de Jackie Robinson y vamos a ir a verla, él está muy pequeño y si lo llevamos se va a dormir”. ¿Cuál no sería la sorpresa de Papá cuando escuchó detrás de él, “yo no me duermo no”? La carcajada de los amigos que estaban allí fue al unísono y alguien le dijo: “bueno, compadre, usted no tiene escapatoria. Llévese los dos muchachos a ver la película”. Fue así, como vi la biografía, llevada al cine, de ese portentoso atleta negro que tuvo el coraje de vencer la barrera del color en el béisbol de Grandes Ligas. Una de las escenas que más me impactó, fue cuando estando en el dugout, un fanático blanco, racista, le tiró un gato negro y le vociferó una sarta de improperios no publicables. Robinson, sin inmutarse, tomó el gato en sus manos y se puso a acariciarlo. ¿Qué sería del béisbol de hoy, sin la presencia del atleta de color? ¿Cuántas superestrellas de hoy le deben a Jackie Robinson sus grandes salarios? ¿Sería arriesgado decir que algunos de ellos no saben quién fue Jackie Robinson?
Estos recuerdos son de mi infancia, si me animo, les cuento otras de mi niñez, la adolescencia y… ¿quién sabe?
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Fernan Ferreira
martes, 25 de octubre de 2011
BAÚL DEL RECUERDO
IDENTIFÍQUELOS
Reinado de Marieta Marrero Brea, el 27/9/1964. A su lado, su Chamberlain Fernando Ferreira, Dalila Almánzar, Pedro Santana Aquino, el doctor Fausto Madera (Popito) y otros. Cortesía Héctor Brea Tió. Siga leyendo...
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Fernan Ferreira
martes, 27 de septiembre de 2011
A PROPÓSITO DE...
APÓSTOLES DE LA MEDICINA
Fernando Ferreira Azcona
Cuando yo era muchacho, -¡cuánta agua ha pasado por debajo del puente desde entonces!- el Hospital Ing. Luis L. Bogaert, de Mao, estaba ubicado en la calle Duarte, entre las calles Independencia y Mella, en el local donde luego funcionó la Guardería Infantil Municipal.
Tres razones me hacían frecuentar esa área: 1) Estaba ubicado a media cuadra de nuestra casa paterna y era tránsito obligado hacia la Escuela Pública Primaria e Intermedia Juan Isidro Pérez, y posteriormente, al Liceo Eugenio Deschamps, cuando éste estaba ubicado frente al parque Amado Franco Bidó, antes de que nos apoderáramos del local del antiguo Partido Dominicano; 2) También era tránsito obligado en mis viajes, todas las tardes al hoy Estadio Pucho Marrero, o al play de softbol, a practicar pelota, y 3) La temprana inclinación de nuestro hermano Norman (Mi Otro Líder) hacia la medicina, quien acudía a este centro de salud a realizar prácticas médicas.
En esa época, llegaron a Mao unos jóvenes médicos, verdaderos apóstoles de la medicina, a quienes les guardo un gran respeto, y por la dedicación y el esmero con que ejercían su profesión vivirán por siempre en mi memoria. Son ellos, los doctores Samuel De Moya Inoa, Manuel Peña Andújar, Víctor Cantisano Arias, Rafael (Fello) Rodríguez, Guarionex Flores, quien si mal no recuerdo fue de los primeros en llegar y ejercía en el Instituto Dominicano de Seguros Sociales (IDSS), y otro joven médico, muy apuesto, que a pesar de su juventud tenía muchas canas en su cabellera, cuyo nombre escapa a mi memoria.
Varios de ellos, Cantisano Arias, De Moya Inoa y aquel cuyo nombre no recuerdo, vivían frente al Hospital, en una pensión que tenía la señora más dulce que he conocido en mi vida, Mamalinda Ureña. Los Dres. Flores, Rodríguez y Peña Andújar ya estaban casados y vivían con sus respectivas familias.
A estos distinguidos profesionales de la medicina, les tocó ser pediatras, ginecólogos, obstetras, cirujanos, neumólogos, y cualquier otra especialidad de la medicina que a usted se le antoje. Esto así, porque eran médicos generales y en su práctica diaria, tenían que recibir toda clase de pacientes, cual que fuera la edad, sexo, enfermedad o dolencia que los aquejara.
Y lo peor de todo, es que a estos portentos de la medicina les tocó practicar la misma, prácticamente “a mano pelá’a”, pues en esa época no existían los análisis de laboratorio, ni los medios de estudios con los que hoy contamos, o a nuestro querido Mao estos avances de la medicina aun no habían llegado. ¡Y cuánto acierto tenían en sus certeros diagnósticos y tratamientos correspondientes! ¡Cuántos conocimientos de medicina clínica adornaban a nuestros protagonistas de hoy!
Sólo como ilustración, tres ejemplos en nuestra propia familia: A nuestro Viejo, le salvó la vida el Dr. Peña Andújar. Papá contrajo fiebre tifoidea, por allá, a finales de los años 40 ó principios de los 50, y este fiel discípulo de Hipócrates, iba dos veces al día, pedaleando en su flamante Raleigh, a nuestra casa en Sibila, a auscultar a su paciente. De este hecho, devino una gran amistad entre ellos, que aun perdura entre las dos familias, lo cual nos honra y nos enorgullece.
Posteriormente, nuestro hermano Alfonso (Fonso) fue rescatado de las garras de la muerte, por el mismo Dr. Peña Andújar. A muy tierna edad, Fonso padecía una septicemia, producto de una peritonitis (se le reventó el apéndice dentro del abdomen). Cuando el Dr. Peña vio el cuadro clínico, le dijo a nuestro Padre: “Compadre, yo lo opero, pero no le aseguro vida”. Después de varias semanas de internamiento (y de “preparar la casa” en más de una ocasión para recibir el cadáver), se hizo el milagro y nuestro querido hermano sobrevivió a esta terrible enfermedad. Cuando Papá le preguntó al Dr. Peña cuánto le debía, éste le respondió: “No fui yo quien le salvó el muchacho, fue Dios. Vamos a celebrarlo”.
Por último, quien embarra estas cuartillas fue operado de apendicitis en Mayo del año 1961, por el Dr. De Moya Inoa. Fue una intervención quirúrgica rutinaria, sin complicaciones y unos días después yo estaba de vuelta a la normalidad.
De estos Maestros de la Medicina, Peña Andújar, De Moya Inoa y Rodríguez ejercieron toda su vida en nuestra Patria Chica. Cantisano Arias se marchó a los Estados Unidos de América, donde se especializó en Radiología y allí ejerció hasta retirarse. El Dr. Flores regresó a nuestra ciudad capital a ejercer su apostolado. Una vez decapitada la tiranía trujillista retornó a Mao como Gobernador Provincial. El joven médico cuyo nombre no recuerdo, según me contó el Dr. De Moya Inoa, estableció una clínica en Navarrete, su lar natal, y falleció recientemente.
¡Loor a estos Apóstoles de la Medicina! ¡Mao tiene una deuda imperecedera con estos ilustres médicos! ¿Qué tal si los honrásemos designando algunas salas o quirófanos del Hospital Luis L. Bogaert con sus ilustres nombres? La idea está planteada…
PD: Creo de rigor recordar y también homenajear a los dedicados paramédicos (practicantes) que asistían a los Maestros de la Medicina a quienes dedico este artículo. Son ellos Rafael (Rafa) Morel, Darío Herrera, Miguelito Pérez, José Fermín (Mimín) Francisco, Evelio Martínez y Zoilo Crespo, quien luego se marchó a España, estudió medicina y hoy es un prestigioso cardiólogo, que ejerce en la ciudad de Santiago de los Caballeros. Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Cuando yo era muchacho, -¡cuánta agua ha pasado por debajo del puente desde entonces!- el Hospital Ing. Luis L. Bogaert, de Mao, estaba ubicado en la calle Duarte, entre las calles Independencia y Mella, en el local donde luego funcionó la Guardería Infantil Municipal.
Tres razones me hacían frecuentar esa área: 1) Estaba ubicado a media cuadra de nuestra casa paterna y era tránsito obligado hacia la Escuela Pública Primaria e Intermedia Juan Isidro Pérez, y posteriormente, al Liceo Eugenio Deschamps, cuando éste estaba ubicado frente al parque Amado Franco Bidó, antes de que nos apoderáramos del local del antiguo Partido Dominicano; 2) También era tránsito obligado en mis viajes, todas las tardes al hoy Estadio Pucho Marrero, o al play de softbol, a practicar pelota, y 3) La temprana inclinación de nuestro hermano Norman (Mi Otro Líder) hacia la medicina, quien acudía a este centro de salud a realizar prácticas médicas.
En esa época, llegaron a Mao unos jóvenes médicos, verdaderos apóstoles de la medicina, a quienes les guardo un gran respeto, y por la dedicación y el esmero con que ejercían su profesión vivirán por siempre en mi memoria. Son ellos, los doctores Samuel De Moya Inoa, Manuel Peña Andújar, Víctor Cantisano Arias, Rafael (Fello) Rodríguez, Guarionex Flores, quien si mal no recuerdo fue de los primeros en llegar y ejercía en el Instituto Dominicano de Seguros Sociales (IDSS), y otro joven médico, muy apuesto, que a pesar de su juventud tenía muchas canas en su cabellera, cuyo nombre escapa a mi memoria.
Varios de ellos, Cantisano Arias, De Moya Inoa y aquel cuyo nombre no recuerdo, vivían frente al Hospital, en una pensión que tenía la señora más dulce que he conocido en mi vida, Mamalinda Ureña. Los Dres. Flores, Rodríguez y Peña Andújar ya estaban casados y vivían con sus respectivas familias.
A estos distinguidos profesionales de la medicina, les tocó ser pediatras, ginecólogos, obstetras, cirujanos, neumólogos, y cualquier otra especialidad de la medicina que a usted se le antoje. Esto así, porque eran médicos generales y en su práctica diaria, tenían que recibir toda clase de pacientes, cual que fuera la edad, sexo, enfermedad o dolencia que los aquejara.
Y lo peor de todo, es que a estos portentos de la medicina les tocó practicar la misma, prácticamente “a mano pelá’a”, pues en esa época no existían los análisis de laboratorio, ni los medios de estudios con los que hoy contamos, o a nuestro querido Mao estos avances de la medicina aun no habían llegado. ¡Y cuánto acierto tenían en sus certeros diagnósticos y tratamientos correspondientes! ¡Cuántos conocimientos de medicina clínica adornaban a nuestros protagonistas de hoy!
Sólo como ilustración, tres ejemplos en nuestra propia familia: A nuestro Viejo, le salvó la vida el Dr. Peña Andújar. Papá contrajo fiebre tifoidea, por allá, a finales de los años 40 ó principios de los 50, y este fiel discípulo de Hipócrates, iba dos veces al día, pedaleando en su flamante Raleigh, a nuestra casa en Sibila, a auscultar a su paciente. De este hecho, devino una gran amistad entre ellos, que aun perdura entre las dos familias, lo cual nos honra y nos enorgullece.
Posteriormente, nuestro hermano Alfonso (Fonso) fue rescatado de las garras de la muerte, por el mismo Dr. Peña Andújar. A muy tierna edad, Fonso padecía una septicemia, producto de una peritonitis (se le reventó el apéndice dentro del abdomen). Cuando el Dr. Peña vio el cuadro clínico, le dijo a nuestro Padre: “Compadre, yo lo opero, pero no le aseguro vida”. Después de varias semanas de internamiento (y de “preparar la casa” en más de una ocasión para recibir el cadáver), se hizo el milagro y nuestro querido hermano sobrevivió a esta terrible enfermedad. Cuando Papá le preguntó al Dr. Peña cuánto le debía, éste le respondió: “No fui yo quien le salvó el muchacho, fue Dios. Vamos a celebrarlo”.
Por último, quien embarra estas cuartillas fue operado de apendicitis en Mayo del año 1961, por el Dr. De Moya Inoa. Fue una intervención quirúrgica rutinaria, sin complicaciones y unos días después yo estaba de vuelta a la normalidad.
De estos Maestros de la Medicina, Peña Andújar, De Moya Inoa y Rodríguez ejercieron toda su vida en nuestra Patria Chica. Cantisano Arias se marchó a los Estados Unidos de América, donde se especializó en Radiología y allí ejerció hasta retirarse. El Dr. Flores regresó a nuestra ciudad capital a ejercer su apostolado. Una vez decapitada la tiranía trujillista retornó a Mao como Gobernador Provincial. El joven médico cuyo nombre no recuerdo, según me contó el Dr. De Moya Inoa, estableció una clínica en Navarrete, su lar natal, y falleció recientemente.
¡Loor a estos Apóstoles de la Medicina! ¡Mao tiene una deuda imperecedera con estos ilustres médicos! ¿Qué tal si los honrásemos designando algunas salas o quirófanos del Hospital Luis L. Bogaert con sus ilustres nombres? La idea está planteada…
PD: Creo de rigor recordar y también homenajear a los dedicados paramédicos (practicantes) que asistían a los Maestros de la Medicina a quienes dedico este artículo. Son ellos Rafael (Rafa) Morel, Darío Herrera, Miguelito Pérez, José Fermín (Mimín) Francisco, Evelio Martínez y Zoilo Crespo, quien luego se marchó a España, estudió medicina y hoy es un prestigioso cardiólogo, que ejerce en la ciudad de Santiago de los Caballeros. Siga leyendo...
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lunes, 5 de septiembre de 2011
A PROPÓSITO DE...
PARADOJAS
Fernando Ferreira Azcona
Vivir muchos años -fíjese que no digo envejecer- trae consigo grandes satisfacciones, pero también trae aparejados grandes dolores…
¿Qué mejor satisfacción que llegar al otoño de nuestros días, mirar hacia atrás en el tiempo y ver que has tenido éxito? No vayan a creer que me refiero al éxito económico o social. No. La más grande y mejor satisfacción la proporciona el saberte un hombre o mujer que ha sido capaz de crear y formar una familia, emocionalmente estable, donde reina la armonía y el amor, útil a la sociedad, productiva, que puede aportar, con el trabajo honesto, al desarrollo de nuestro país, al engrandecimiento de la Patria.
Asimismo, es altamente gratificante, ver que has sido capaz de hacer y mantener amistades por toda una vida. Amigos que con el devenir del tiempo se convierten en aquellos hermanos y hermanas que el Señor no te dio, sino que tú los elegiste o ellos te eligieron a ti para crecer, avanzar y madurar juntos.
Luego, la familia crece, con las nueras y los yernos que tus hijos/as escogieron como compañeros de vida, que también se convierten en tus hijos e hijas, y que como parejas, te transforman en abuelo/a y te dan el inmenso placer de ver y apreciar la continuación de tu propia existencia.
Llegan aquellos angelitos/diablitos llamados nietos, y entonces experimentas la maravillosa sensación de ser padre de nuevo. ¡Cuánto se quieren estas criaturas de Dios! ¡Cuánta terneza, cuando se duermen en tus brazos!
Si todo es como los últimos tres párrafos, ¿dónde están las paradojas? Pues, en que el vivir largos años también trae consigo grandes dolores. Y aunque los amables lectores no lo crean, los que menos molestan, los que menos duelen, son los que traen los achaques que llegan con los años. Es decir, los dolores físicos. Los que realmente duelen, son los que golpean el alma, los que parten el corazón en mil pedazos.
Hoy, 5 de Septiembre, que uno de mis grandes amigos, mi hermano Diogenito está de cumpleaños, no puedo apartar de mi mente, a otros tres hermanos que se marcharon a destiempo, a la morada eterna. ¡Cuánto duele aceptar que Ningue, Monchy y Patria ya no están con nosotros! ¡Cuánto duele perderlos en cuestión de meses!
¿Y por qué los recuerdo hoy? Porque así como Lilí Santana me llamó hace un rato, ellos también me hubiesen llamado para decirme: “Compadre, acuérdese que Diogenito cumple años hoy. No se le olvide llamarlo, o Ferreira, acuérdate de llamar al Pullú que está de cumpleaños”.
¡Dios Mío, cuanto diera yo por escuchar esas voces! Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
Vivir muchos años -fíjese que no digo envejecer- trae consigo grandes satisfacciones, pero también trae aparejados grandes dolores…
¿Qué mejor satisfacción que llegar al otoño de nuestros días, mirar hacia atrás en el tiempo y ver que has tenido éxito? No vayan a creer que me refiero al éxito económico o social. No. La más grande y mejor satisfacción la proporciona el saberte un hombre o mujer que ha sido capaz de crear y formar una familia, emocionalmente estable, donde reina la armonía y el amor, útil a la sociedad, productiva, que puede aportar, con el trabajo honesto, al desarrollo de nuestro país, al engrandecimiento de la Patria.
Asimismo, es altamente gratificante, ver que has sido capaz de hacer y mantener amistades por toda una vida. Amigos que con el devenir del tiempo se convierten en aquellos hermanos y hermanas que el Señor no te dio, sino que tú los elegiste o ellos te eligieron a ti para crecer, avanzar y madurar juntos.
Luego, la familia crece, con las nueras y los yernos que tus hijos/as escogieron como compañeros de vida, que también se convierten en tus hijos e hijas, y que como parejas, te transforman en abuelo/a y te dan el inmenso placer de ver y apreciar la continuación de tu propia existencia.
Llegan aquellos angelitos/diablitos llamados nietos, y entonces experimentas la maravillosa sensación de ser padre de nuevo. ¡Cuánto se quieren estas criaturas de Dios! ¡Cuánta terneza, cuando se duermen en tus brazos!
Si todo es como los últimos tres párrafos, ¿dónde están las paradojas? Pues, en que el vivir largos años también trae consigo grandes dolores. Y aunque los amables lectores no lo crean, los que menos molestan, los que menos duelen, son los que traen los achaques que llegan con los años. Es decir, los dolores físicos. Los que realmente duelen, son los que golpean el alma, los que parten el corazón en mil pedazos.
Hoy, 5 de Septiembre, que uno de mis grandes amigos, mi hermano Diogenito está de cumpleaños, no puedo apartar de mi mente, a otros tres hermanos que se marcharon a destiempo, a la morada eterna. ¡Cuánto duele aceptar que Ningue, Monchy y Patria ya no están con nosotros! ¡Cuánto duele perderlos en cuestión de meses!
¿Y por qué los recuerdo hoy? Porque así como Lilí Santana me llamó hace un rato, ellos también me hubiesen llamado para decirme: “Compadre, acuérdese que Diogenito cumple años hoy. No se le olvide llamarlo, o Ferreira, acuérdate de llamar al Pullú que está de cumpleaños”.
¡Dios Mío, cuanto diera yo por escuchar esas voces! Siga leyendo...
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Fernan Ferreira
lunes, 11 de julio de 2011
HABLANDO AL REVÉS
A PROPÓSITO DE...
Por Fernando Ferreira Azcona
En nuestra época de muchachos, en el Mao romántico de principios de la década de los años 60, el hablar descomponiendo las palabras en sílabas y formándolas de atrás hacia adelante, es decir, hablar al revés, se volvió una práctica cotidiana entre los hermanos Ferreira, incluyendo los hermanos de crianza (a quienes quiero tanto como a los de sangre), y los amigos más cercanos, quienes visitaban a diario la “vieja casona de madera” de la Duarte # 40.
La destreza adquirida en esta práctica era tal, que, entre nosotros, podíamos conversar por horas, en un diálogo fluido, sin expresar una palabra “normal”, es decir, gramatical u ortográficamente correcta.
En honor a la verdad, quien tenía un post doctorado hablando “al revés” era Luis Mariano, a quien no sé porqué, le apodábamos John Louis, como aquel famoso campeón estadounidense de boxeo, gloria de la categoría del peso completo, pues nuestro personaje, nunca calzó unos guantes de boxeo en sus manos, ni mucho menos, subió a un “ring” donde se practica este rudo deporte.
Como todas los tardes teníamos que ayudar a Papá en la tienda, utilizábamos nuestra habilidad en esta “jerga idiomática” para criticar y/o hacer comentarios mordaces contra algunos de los clientes potenciales que entraban a la Tienda, personas éstas que casi siempre usaban algún atuendo que considerábamos ridículo para su edad. Es pertinente señalar que en esa época, nosotros éramos mozalbetes de 12 a 17 años de edad, y que de acuerdo a un amigo de quien escribe esta cuartilla, cuando la brecha generacional entre dos personas es de 20 ó mas años, la persona mayor es catalogada de “anciana”, por la más joven. De acuerdo a este postulado, toda persona mayor de 35 años que entrara a la Tienda, era considerada por nuestro grupo de “políglotas”, como un o una vieja.
Tal era nuestra pericia hablando al revés, que creo que cometimos el error de considerarnos los únicos que dominábamos este “idioma”. Es como si lo hubiésemos inventado y patentado. De tal manera, que nadie tenía acceso al mismo.
Una de esas tardes en que ayudábamos al Viejo, entró a la Tienda “una vieja” más pintarrajeada que “un macarao”. No recuerdo si fue John Louis o mi querido hermano Administrador de MEEC, que exclamó: “blosdia, sae javie cerepa nau jabru” (diablos, esa vieja parece una buja). La respuesta inmediata del resto del coro fue “¡is!” (¡sí!). Pero, no bien habíamos respondido “¡is!”, la señora, que entendió perfectamente el comentario en su contra, espetó: “bruja será tu madre, hijo de la gran p…”
Lo último que yo escuché fue cuando “la vieja bruja” dijo: “Mire Don Vitalino…”, porque el “juidero” que se armó entre los hermanos, provocó un tremendo reperpero y no quedó uno de nosotros en la Tienda. Afortunadamente, Papá no tomó en serio el reporte adverso de la calumniada señora, pues de lo contrario, nos hubiese salido una fuerte reprimenda por faltarle el respeto a una persona mayor.
Hasta aquí la parte jocosa de esta cuartilla, pues por otra parte, durante los últimos veinte y cinco años he venido trabajando de cerca, en el diseño, organización e implementación de talleres, seminarios y congresos, con una de las personas más calificadas y estudiosas del cerebro humano y su funcionamiento, el Doctor Jesús Gilberto Concepción García, quien posee un post doctorado en la Syracuse University, New York, USA).
En este periplo técnico-científico, el Dr. Concepción García ha notado ciertas habilidades o capacidad mía de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro, y obviamente, hacerlo a la velocidad que se trasmite el pensamiento (si mal no recuerdo, quien sólo utiliza el lóbulo derecho es sumamente analítico y quien utiliza el lóbulo izquierdo es creativo. Quienes utilizamos ambos lóbulos, tenemos las dos características).
Hace dos o tres años, me solicitó tomar un test diseñado y patentado por él, con el cual, determina las fortalezas y debilidades del cerebro de las personas estudiadas. Los resultados de mi test confirmaron sus observaciones.
Luego, vino un extenso conversatorio, porque entre los grupos estudiados por el Dr. Concepción García en nuestro país, él ha encontrado la mayor cantidad de personas creativas entre los boxeadores y en la Escuela Nacional de Ciegos. Según él, brincar la “cuica” como lo hacen los boxeadores y realizar actividades cotidianas (peinarse, rasurarse, cepillarse los dientes, etc.) con la mano izquierda, contribuyen a desarrollar esta capacidad.
En nuestro conversatorio, le conté que yo había practicado boxeo en mis años mozos, y que por tanto, aprendí y practiqué el “brincar la cuica” como lo hacen los boxeadores. Además, le informé de nuestra capacidad de “hablar al revés”. El Dr. Concepción García cree que ambas prácticas contribuyeron a que yo desarrollara la habilidad de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
En nuestra época de muchachos, en el Mao romántico de principios de la década de los años 60, el hablar descomponiendo las palabras en sílabas y formándolas de atrás hacia adelante, es decir, hablar al revés, se volvió una práctica cotidiana entre los hermanos Ferreira, incluyendo los hermanos de crianza (a quienes quiero tanto como a los de sangre), y los amigos más cercanos, quienes visitaban a diario la “vieja casona de madera” de la Duarte # 40.
La destreza adquirida en esta práctica era tal, que, entre nosotros, podíamos conversar por horas, en un diálogo fluido, sin expresar una palabra “normal”, es decir, gramatical u ortográficamente correcta.
En honor a la verdad, quien tenía un post doctorado hablando “al revés” era Luis Mariano, a quien no sé porqué, le apodábamos John Louis, como aquel famoso campeón estadounidense de boxeo, gloria de la categoría del peso completo, pues nuestro personaje, nunca calzó unos guantes de boxeo en sus manos, ni mucho menos, subió a un “ring” donde se practica este rudo deporte.
Como todas los tardes teníamos que ayudar a Papá en la tienda, utilizábamos nuestra habilidad en esta “jerga idiomática” para criticar y/o hacer comentarios mordaces contra algunos de los clientes potenciales que entraban a la Tienda, personas éstas que casi siempre usaban algún atuendo que considerábamos ridículo para su edad. Es pertinente señalar que en esa época, nosotros éramos mozalbetes de 12 a 17 años de edad, y que de acuerdo a un amigo de quien escribe esta cuartilla, cuando la brecha generacional entre dos personas es de 20 ó mas años, la persona mayor es catalogada de “anciana”, por la más joven. De acuerdo a este postulado, toda persona mayor de 35 años que entrara a la Tienda, era considerada por nuestro grupo de “políglotas”, como un o una vieja.
Tal era nuestra pericia hablando al revés, que creo que cometimos el error de considerarnos los únicos que dominábamos este “idioma”. Es como si lo hubiésemos inventado y patentado. De tal manera, que nadie tenía acceso al mismo.
Una de esas tardes en que ayudábamos al Viejo, entró a la Tienda “una vieja” más pintarrajeada que “un macarao”. No recuerdo si fue John Louis o mi querido hermano Administrador de MEEC, que exclamó: “blosdia, sae javie cerepa nau jabru” (diablos, esa vieja parece una buja). La respuesta inmediata del resto del coro fue “¡is!” (¡sí!). Pero, no bien habíamos respondido “¡is!”, la señora, que entendió perfectamente el comentario en su contra, espetó: “bruja será tu madre, hijo de la gran p…”
Lo último que yo escuché fue cuando “la vieja bruja” dijo: “Mire Don Vitalino…”, porque el “juidero” que se armó entre los hermanos, provocó un tremendo reperpero y no quedó uno de nosotros en la Tienda. Afortunadamente, Papá no tomó en serio el reporte adverso de la calumniada señora, pues de lo contrario, nos hubiese salido una fuerte reprimenda por faltarle el respeto a una persona mayor.
Hasta aquí la parte jocosa de esta cuartilla, pues por otra parte, durante los últimos veinte y cinco años he venido trabajando de cerca, en el diseño, organización e implementación de talleres, seminarios y congresos, con una de las personas más calificadas y estudiosas del cerebro humano y su funcionamiento, el Doctor Jesús Gilberto Concepción García, quien posee un post doctorado en la Syracuse University, New York, USA).
En este periplo técnico-científico, el Dr. Concepción García ha notado ciertas habilidades o capacidad mía de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro, y obviamente, hacerlo a la velocidad que se trasmite el pensamiento (si mal no recuerdo, quien sólo utiliza el lóbulo derecho es sumamente analítico y quien utiliza el lóbulo izquierdo es creativo. Quienes utilizamos ambos lóbulos, tenemos las dos características).
Hace dos o tres años, me solicitó tomar un test diseñado y patentado por él, con el cual, determina las fortalezas y debilidades del cerebro de las personas estudiadas. Los resultados de mi test confirmaron sus observaciones.
Luego, vino un extenso conversatorio, porque entre los grupos estudiados por el Dr. Concepción García en nuestro país, él ha encontrado la mayor cantidad de personas creativas entre los boxeadores y en la Escuela Nacional de Ciegos. Según él, brincar la “cuica” como lo hacen los boxeadores y realizar actividades cotidianas (peinarse, rasurarse, cepillarse los dientes, etc.) con la mano izquierda, contribuyen a desarrollar esta capacidad.
En nuestro conversatorio, le conté que yo había practicado boxeo en mis años mozos, y que por tanto, aprendí y practiqué el “brincar la cuica” como lo hacen los boxeadores. Además, le informé de nuestra capacidad de “hablar al revés”. El Dr. Concepción García cree que ambas prácticas contribuyeron a que yo desarrollara la habilidad de utilizar ambos lóbulos de mi cerebro. Siga leyendo...
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Fernan Ferreira
martes, 21 de junio de 2011
EL AGIOTISMO TAMBIÉN HA CRECIDO
A PROPÓSITO DE...
Por Fernando Ferreira Azcona
Nuestro dilecto amigo Ley Simé escribió en este Blog, hace unas semanas sobre varios personajes pintorescos de nuestro querido lar nativo. Uno de ellos, se dedicaba a la nunca bien vista ocupación de prestamista.
En mi época de muchacho, siempre escuché que estos “profesionales de la banca” prestaban “al módico 20%”, pero como afortunadamente no tuve que acudir a uno de ellos para resolver un problema acuciante, nunca pude cerciorarme sobre el período de tiempo que abarcaba el préstamo en cuestión. Recordemos, sin embargo, que en esos años, en nuestro país, la banca comercial formal prestaba con un interés del 12% anual. O sea, el 1% mensual.
En días pasados conversaba con un relacionado de trabajo, quien me manifestó que necesitaba cierta cantidad de dinero para satisfacer una necesidad urgente. Yo le respondí en forma de broma: “Cógelo prestado al módico 20%...” A lo que la persona aludida me respondió sorprendida: “¡¿Al 20%, usted querrá decir al 30 ó al 40%!?”. Entonces, ¡quien se quedó boquiabierta fui yo!, y le dije: “Tú estás bromeando…”, lo cual negó rotundamente, y pasó a ilustrarme con lujos de detalles: “En la actualidad, si una persona toma RD $1,500.00 prestados el domingo, el próximo sábado deberá pagar la suma total de $1,800.00 por interés y capital”, y continuó, “Si el monto prestado es mayor, digamos $5,000.00, deberá pagarle al prestamista, la suma de $7,000.00, en cuatro quincenas consecutivas de $1,750.00 cada una”.
Mi asombro era tal, que no quise seguir escuchando, y me dediqué a calcular las tasas de interés de los préstamos antes citados. En el primer caso, el prestatario está pagando $300.00 de interés por un préstamo de $1,500.00. Es decir, ¡el módico 20% semanal!
En el segundo préstamo, quien toma los $5,000.00 prestados, paga $2,000.00 de interés en un período de dos meses, lo cual aparenta ser, en promedio, “el módico 20% mensual”. Pero, aquí hay una “nebulosa” que enmascara la realidad, pues el prestatario debe pagar quincenalmente, $1,250.00 de capital, más $500.00 de interés. De tal manera, que el saldo insoluto es cada vez menor, pero el monto a pagar por los intereses es constante.
Veamos, la segunda quincena el prestatario debe realmente $3,750.00 ($5,000.00 menos $1,250.00), pero paga $500.00 de interés, o sea, “el módico 26.67% mensual”. La tercera quincena, el prestatario sólo debe $2,500.00 pesos de capital, pero está obligado a pagar $500.00 de interés, lo cual significa “el extra módico 40% mensual”, y la última quincena el capital pendiente de pago es sólo $1,250.00 y el deudor, de nuevo paga $500.00 de interés, para “un súper módico de 80% mensual”
Es oportuno señalar, que en nuestro país, donde los préstamos de la banca formal son bien caros, en la actualidad, para préstamos personales, el interés fluctúa entre 20 y 24 % anual, y el mismo es calculado sobre el saldo insoluto.
Pero, volvamos al tema central de este “conversatorio”, e imaginemos a un padre de familia o ama de casa, a quienes no les alcanza lo que ganan para cubrir sus necesidades normales, y se ven en la necesidad imperiosa de acudir “en auxilio” a esta fuente, para solucionar su problema. Creo que no es difícil visualizar que se meterán en un ciclo vicioso que los llevará a tomar cada vez préstamos más elevados, los cuales no podrán solventar, y lamentablemente terminarán en una compra-venta, empeñando los pocos electrodomésticos que con mucho esfuerzo habían logrado comprar.
Al finalizar, una pregunta: ¿Sentirán el prestamista y/o el dueño de la compra-venta algún remordimiento de conciencia? Dejo la respuesta a cada uno de ustedes, que han tenido la amabilidad de leer esta cuartilla. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
Nuestro dilecto amigo Ley Simé escribió en este Blog, hace unas semanas sobre varios personajes pintorescos de nuestro querido lar nativo. Uno de ellos, se dedicaba a la nunca bien vista ocupación de prestamista.
En mi época de muchacho, siempre escuché que estos “profesionales de la banca” prestaban “al módico 20%”, pero como afortunadamente no tuve que acudir a uno de ellos para resolver un problema acuciante, nunca pude cerciorarme sobre el período de tiempo que abarcaba el préstamo en cuestión. Recordemos, sin embargo, que en esos años, en nuestro país, la banca comercial formal prestaba con un interés del 12% anual. O sea, el 1% mensual.
En días pasados conversaba con un relacionado de trabajo, quien me manifestó que necesitaba cierta cantidad de dinero para satisfacer una necesidad urgente. Yo le respondí en forma de broma: “Cógelo prestado al módico 20%...” A lo que la persona aludida me respondió sorprendida: “¡¿Al 20%, usted querrá decir al 30 ó al 40%!?”. Entonces, ¡quien se quedó boquiabierta fui yo!, y le dije: “Tú estás bromeando…”, lo cual negó rotundamente, y pasó a ilustrarme con lujos de detalles: “En la actualidad, si una persona toma RD $1,500.00 prestados el domingo, el próximo sábado deberá pagar la suma total de $1,800.00 por interés y capital”, y continuó, “Si el monto prestado es mayor, digamos $5,000.00, deberá pagarle al prestamista, la suma de $7,000.00, en cuatro quincenas consecutivas de $1,750.00 cada una”.
Mi asombro era tal, que no quise seguir escuchando, y me dediqué a calcular las tasas de interés de los préstamos antes citados. En el primer caso, el prestatario está pagando $300.00 de interés por un préstamo de $1,500.00. Es decir, ¡el módico 20% semanal!
En el segundo préstamo, quien toma los $5,000.00 prestados, paga $2,000.00 de interés en un período de dos meses, lo cual aparenta ser, en promedio, “el módico 20% mensual”. Pero, aquí hay una “nebulosa” que enmascara la realidad, pues el prestatario debe pagar quincenalmente, $1,250.00 de capital, más $500.00 de interés. De tal manera, que el saldo insoluto es cada vez menor, pero el monto a pagar por los intereses es constante.
Veamos, la segunda quincena el prestatario debe realmente $3,750.00 ($5,000.00 menos $1,250.00), pero paga $500.00 de interés, o sea, “el módico 26.67% mensual”. La tercera quincena, el prestatario sólo debe $2,500.00 pesos de capital, pero está obligado a pagar $500.00 de interés, lo cual significa “el extra módico 40% mensual”, y la última quincena el capital pendiente de pago es sólo $1,250.00 y el deudor, de nuevo paga $500.00 de interés, para “un súper módico de 80% mensual”
Es oportuno señalar, que en nuestro país, donde los préstamos de la banca formal son bien caros, en la actualidad, para préstamos personales, el interés fluctúa entre 20 y 24 % anual, y el mismo es calculado sobre el saldo insoluto.
Pero, volvamos al tema central de este “conversatorio”, e imaginemos a un padre de familia o ama de casa, a quienes no les alcanza lo que ganan para cubrir sus necesidades normales, y se ven en la necesidad imperiosa de acudir “en auxilio” a esta fuente, para solucionar su problema. Creo que no es difícil visualizar que se meterán en un ciclo vicioso que los llevará a tomar cada vez préstamos más elevados, los cuales no podrán solventar, y lamentablemente terminarán en una compra-venta, empeñando los pocos electrodomésticos que con mucho esfuerzo habían logrado comprar.
Al finalizar, una pregunta: ¿Sentirán el prestamista y/o el dueño de la compra-venta algún remordimiento de conciencia? Dejo la respuesta a cada uno de ustedes, que han tenido la amabilidad de leer esta cuartilla. Siga leyendo...
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Fernan Ferreira
martes, 31 de mayo de 2011
A PROPÓSITO DE...
EL MEJOR REGALO DE CUMPLEAÑOS
Por Fernando Ferreira Azcona
La noche que siete valientes dominicanos(*) mataron al Perínclito Barón de San Cristóbal, Generalísimo y Doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva, y mil títulos más, sin nunca entrar a una universidad, yo cumplía 15 años de edad (Ha Llovido Mucho… diría nuestra querida Maestra Lavinia Del Villar).
En nuestro Grupo de amigos íntimos, que Manito Santana bautizó como “El Grupo de los Cinco” (Ningue, Monchy, Diogenito, Lilí y quien escribe), más que tradición, era un ritual, celebrar el cumpleaños de cada uno de sus Miembros, el mismo día de la fecha natalicia. Es decir, nada de correr la celebración para el próximo fin de semana. Si el 30 de Mayo cayó lunes o martes o miércoles, ese mismo día hicimos el “serrucho” o más bien el “toró”, porque “serruchos” hacíamos con frecuencia, y ¡a beber se ha dicho!…
Entonces, a nadie ha de extrañar que el ajusticiamiento del sátrapa, 30 de Mayo de 1961, nos sorprendiera “libando el néctar de los dioses”, profusa y abundantemente. Éramos un Grupo de “teenagers” que nos considerábamos verdaderos hombres, con la temeridad característica de la juventud. ¡Nos creíamos inmunes a la muerte!
Desde tempranas horas de la noche, nos estacionamos en el Bar Hong Kong, que quedaba frente a la bomba de gasolina de Niño Tió, y cerca del parquecito Duarte, en la calle del mismo nombre, a la entrada de Mao. La berma sur del canal Bogaert era uno de sus límites. En nuestros tiempos las fiestas empezaban temprano, quizás como consecuencia del régimen político despótico que nos gobernaba.
Nos metimos en un “privado” del citado Bar, el Grupo de toda la vida, acompañado del hoy Ingeniero Agrónomo Cirilo Rodríguez, quien al ser íntimo amigo de Danilo Diloné, Pedro Santana y José Miguel Reyes, quienes tenían voces de barítonos y tenores, se había contagiado con la práctica de cantar canciones “duras”, que había que subir mucho, como Júrame, Granada, Amapola, entre otras.
No podría precisar qué hora era, ni cuántas botellas de Palo Viejo o Carta Dorada habíamos “despalotado”, completamente ajenos a que en la capital dominicana se había desarrollado el acontecimiento más trascendental del siglo XX: el ajusticiamiento del Sátrapa del Caribe. Sí sé que estábamos disfrutando a todo dar, cantando “a capela”, pues a Ningue Taveras también le gustaba cantar, entre amigos, las canciones antes citadas y recitar poemas, especialmente, “El Brindis del Bohemio”.
Obviamente, mientras más tragos ingeríamos, mayor era el escándalo en aquel “privado”. Nadie protestaba, porque no había muchos clientes, aunque no me atrevería a aseverar que éramos los únicos en el Hong Kong, esa noche. En medio de toda aquella algarabía, alguien toca la puerta del “privado” con fortaleza inusitada. A nosotros, que ya teníamos un nivel etílico alto corriendo por nuestras venas, nos molestó el intruso y preguntamos: “¿Quién es coño?” Otros, con voz aguardentosa vocearon cualquier obscenidad que les vino a la mente.
Pero, ¡Oh sorpresa! Quien toca a la puerta es una patrulla mixta, de guardias y policías, conocida en aquel entonces como “la probotá”, un dominicanismo derivado de preboste. Por suerte, diría yo, pues si hubiese sido una patrulla normal de la policía, lo más probable que la hubiésemos mandado al carajo. Pero, a la “probotá”, todos le teníamos miedo, por la rudeza de sus métodos “persuasivos”. “¿Qué hacen ustedes aquí, a esta hora?”, nos preguntaron con mucha autoridad. “Celebrando”, le contestamos, sin saber que habían matado al déspota que había sojuzgado a los dominicanos por tres largas décadas. “¿Celebrando qué?” Volvieron a interpelar. “El cumpleaños de nuestro amigo”, volvimos a responder.
“Les vamos a dar un consejo”, dijeron, “paguen la cuenta y váyanse a acostar, inmediatamente”. “Si volvemos a pasar por aquí, y los encontramos de nuevo, la van a pasar mal”. Como niños bien mandados y bien educados, llamamos al mesero que nos atendía y pedimos la cuenta, la cual pagamos y enfilamos por la calle Duarte hacia el centro de la ciudad. Íbamos en el carro de mi tocayo: “un ratito a pie, y el otro andando.”
Cuando llegamos a la Duarte #40, Papá ya estaba enterado de lo acontecido en Santo Domingo (Ciudad Trujillo en aquella época), y como yo no estaba en la casa, estaba desesperado, temiendo que me pasara lo peor, ya que nosotros estábamos “bajiados” y éramos tildados de “comunistas” (enemigos del régimen). Cuando nos vio llegar, con una mezcla de alegría, al constatar que no me había pasado nada, y encono, por la tensión del momento, me preguntó: “¿Donde estaba usted?” “Papá estábamos celebrando mi cumpleaños. Hoy es 30 de Mayo”, le respondí. “¿Carajo, usted está loco, usted no sabe que mataron a Trujillo? Sin pensarlo dos veces, expresé: “Viejo ese es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido en toda mi vida. Vamos a seguir celebrando”. A lo cual, Papá se negó y me dijo: “Hay que apagar todas las luces y acostarse. Ahorita vienen los “calieses” a ver qué escuchan y eso es muy peligroso…”
(*)Los nombres de estos héroes y mártires son: Antonio de la Maza, Antonio Imbert Barreras, Salvador Estrella Sahdalá, Amado García Guerrero, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza Neret y Huáscar Tejeda. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
La noche que siete valientes dominicanos(*) mataron al Perínclito Barón de San Cristóbal, Generalísimo y Doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva, y mil títulos más, sin nunca entrar a una universidad, yo cumplía 15 años de edad (Ha Llovido Mucho… diría nuestra querida Maestra Lavinia Del Villar).
En nuestro Grupo de amigos íntimos, que Manito Santana bautizó como “El Grupo de los Cinco” (Ningue, Monchy, Diogenito, Lilí y quien escribe), más que tradición, era un ritual, celebrar el cumpleaños de cada uno de sus Miembros, el mismo día de la fecha natalicia. Es decir, nada de correr la celebración para el próximo fin de semana. Si el 30 de Mayo cayó lunes o martes o miércoles, ese mismo día hicimos el “serrucho” o más bien el “toró”, porque “serruchos” hacíamos con frecuencia, y ¡a beber se ha dicho!…
Entonces, a nadie ha de extrañar que el ajusticiamiento del sátrapa, 30 de Mayo de 1961, nos sorprendiera “libando el néctar de los dioses”, profusa y abundantemente. Éramos un Grupo de “teenagers” que nos considerábamos verdaderos hombres, con la temeridad característica de la juventud. ¡Nos creíamos inmunes a la muerte!
Desde tempranas horas de la noche, nos estacionamos en el Bar Hong Kong, que quedaba frente a la bomba de gasolina de Niño Tió, y cerca del parquecito Duarte, en la calle del mismo nombre, a la entrada de Mao. La berma sur del canal Bogaert era uno de sus límites. En nuestros tiempos las fiestas empezaban temprano, quizás como consecuencia del régimen político despótico que nos gobernaba.
Nos metimos en un “privado” del citado Bar, el Grupo de toda la vida, acompañado del hoy Ingeniero Agrónomo Cirilo Rodríguez, quien al ser íntimo amigo de Danilo Diloné, Pedro Santana y José Miguel Reyes, quienes tenían voces de barítonos y tenores, se había contagiado con la práctica de cantar canciones “duras”, que había que subir mucho, como Júrame, Granada, Amapola, entre otras.
No podría precisar qué hora era, ni cuántas botellas de Palo Viejo o Carta Dorada habíamos “despalotado”, completamente ajenos a que en la capital dominicana se había desarrollado el acontecimiento más trascendental del siglo XX: el ajusticiamiento del Sátrapa del Caribe. Sí sé que estábamos disfrutando a todo dar, cantando “a capela”, pues a Ningue Taveras también le gustaba cantar, entre amigos, las canciones antes citadas y recitar poemas, especialmente, “El Brindis del Bohemio”.
Obviamente, mientras más tragos ingeríamos, mayor era el escándalo en aquel “privado”. Nadie protestaba, porque no había muchos clientes, aunque no me atrevería a aseverar que éramos los únicos en el Hong Kong, esa noche. En medio de toda aquella algarabía, alguien toca la puerta del “privado” con fortaleza inusitada. A nosotros, que ya teníamos un nivel etílico alto corriendo por nuestras venas, nos molestó el intruso y preguntamos: “¿Quién es coño?” Otros, con voz aguardentosa vocearon cualquier obscenidad que les vino a la mente.
Pero, ¡Oh sorpresa! Quien toca a la puerta es una patrulla mixta, de guardias y policías, conocida en aquel entonces como “la probotá”, un dominicanismo derivado de preboste. Por suerte, diría yo, pues si hubiese sido una patrulla normal de la policía, lo más probable que la hubiésemos mandado al carajo. Pero, a la “probotá”, todos le teníamos miedo, por la rudeza de sus métodos “persuasivos”. “¿Qué hacen ustedes aquí, a esta hora?”, nos preguntaron con mucha autoridad. “Celebrando”, le contestamos, sin saber que habían matado al déspota que había sojuzgado a los dominicanos por tres largas décadas. “¿Celebrando qué?” Volvieron a interpelar. “El cumpleaños de nuestro amigo”, volvimos a responder.
“Les vamos a dar un consejo”, dijeron, “paguen la cuenta y váyanse a acostar, inmediatamente”. “Si volvemos a pasar por aquí, y los encontramos de nuevo, la van a pasar mal”. Como niños bien mandados y bien educados, llamamos al mesero que nos atendía y pedimos la cuenta, la cual pagamos y enfilamos por la calle Duarte hacia el centro de la ciudad. Íbamos en el carro de mi tocayo: “un ratito a pie, y el otro andando.”
Cuando llegamos a la Duarte #40, Papá ya estaba enterado de lo acontecido en Santo Domingo (Ciudad Trujillo en aquella época), y como yo no estaba en la casa, estaba desesperado, temiendo que me pasara lo peor, ya que nosotros estábamos “bajiados” y éramos tildados de “comunistas” (enemigos del régimen). Cuando nos vio llegar, con una mezcla de alegría, al constatar que no me había pasado nada, y encono, por la tensión del momento, me preguntó: “¿Donde estaba usted?” “Papá estábamos celebrando mi cumpleaños. Hoy es 30 de Mayo”, le respondí. “¿Carajo, usted está loco, usted no sabe que mataron a Trujillo? Sin pensarlo dos veces, expresé: “Viejo ese es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido en toda mi vida. Vamos a seguir celebrando”. A lo cual, Papá se negó y me dijo: “Hay que apagar todas las luces y acostarse. Ahorita vienen los “calieses” a ver qué escuchan y eso es muy peligroso…”
(*)Los nombres de estos héroes y mártires son: Antonio de la Maza, Antonio Imbert Barreras, Salvador Estrella Sahdalá, Amado García Guerrero, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza Neret y Huáscar Tejeda. Siga leyendo...
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A propósito,
Fernan Ferreira
domingo, 29 de mayo de 2011
FERNANDO FERREIRA ESTÁ DE CUMPLEAÑOS
Nuestros mejores deseos en su cumpleaños a un gran hermano, mejor amigo, excelente padre, esposo, hijo, tío y abuelo; un hombre servicial y de gran sensibilidad social... en fin, a un ser humano excepcional. ¡God Bless You Forever and Ever!
Los buenos como Fernan deben vivir por siempre y eso es lo que deseamos, pero como es un deseo irreal, nos conformaremos con pedir al Todopoderoso, de quien él es ferviente creyente, que nos lo conserve por muchos años más lleno de salud.
¡Felicidades Fernan! Siga leyendo...
Los buenos como Fernan deben vivir por siempre y eso es lo que deseamos, pero como es un deseo irreal, nos conformaremos con pedir al Todopoderoso, de quien él es ferviente creyente, que nos lo conserve por muchos años más lleno de salud.
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Feliz Cumpleaños,
Fernan Ferreira
jueves, 26 de mayo de 2011
¿CUÁL INSTITUCIÓN BRINDA PROTECCIÓN AL DOMINICANO?
A PROPÓSITO DE...
Por Fernando Ferreira Azcona
“A mi hermano Juan Colón, cuyo mensaje me hizo romper la inercia del silencio”
Recientemente, la prensa dominicana se ha hecho eco de los magros salarios que reciben los miembros de la Policía Nacional. No recuerdo las cifras exactas, pero según la fuente, el Jefe de la Policía recibe (legalmente) unos sesenta y siete mil pesos mensuales; un General de la misma institución devenga un salario de treinta y un mil pesos, un Coronel gana menos de veinte mil y un raso es compensado con la irrisoria suma de cinco mil y pico de pesos al mes.
Los datos del Banco Central indican, que el costo de la canasta alimentaria básica para el quintil socioeconómico de menores ingresos de la población asciende a alrededor de catorce mil pesos mensuales, y en promedio, tomando en cuenta los cinco quintiles en que se descompone nuestra sociedad, el costo de la alimentación básica para la familia dominicana ronda los veinte y cuatro mil pesos al mes.
Una mirada fría a los datos contenidos en los dos párrafos que anteceden, nos llevan necesariamente a hacer algunas preguntas: ¿Puede un policía dominicano subsistir con el salario que recibe por sus servicios? ¿Qué tan difícil resulta corromper a una persona que no tiene cubiertas sus necesidades básicas de alimentación y salud? ¿Es posible que un ser humano desempeñe sus funciones eficientemente, consciente de que no dejó comida para sus hijos en su hogar? ¿Podemos confiar en la seguridad y protección que nos brinda una persona sometida a estas calamidades?
Creo que una buena respuesta la ofrece el periodista Homero Figueroa, en su columna “Espejo de Papel”, titulada Paraguas del Cambio, del periódico Diario Libre, del 24 de Mayo en curso, y citamos: “La policía que tenemos es la que pagamos. Nadie da lo que no tiene. Los policías criollos no tienen seguridad, así que no esperemos que nos la den. La brevedad de sus salarios no les permite el sosiego necesario para garantizar el nuestro. La verdad es que debemos decir que buenos nos salen, porque tenemos armados a un ejército de hambrientos. La sociedad los asalta todos los meses con un salario de miseria que les roba el futuro. El gris uniforme policial es un presagio de tormentas. Las gotas delincuenciales que caen son una advertencia. Abramos el paraguas del cambio.”
La triste realidad que hoy nos ocupa, me hizo recordar una noche, hace ya unos años, en que íbamos cuatro parejas de esposos en dos vehículos, a la casa de una quinta pareja para una reunión social. Yo iba conduciendo el segundo vehículo, en el marco de una conversación muy agradable. Transitábamos por unos de los barrios más exclusivos de Santo Domingo. En eso noté que el carro donde iban los otros amigos tenía una de las llantas traseras casi vacía.
Les dimos la desagradable noticia a los amigos que iban delante, y estos se detuvieron para confirmar la información y tomar los correctivos de lugar. Imagínese amable lector, ponerse a cambiar una llanta, después de bañarse, bien perfumado y con la mentalidad de dispararse unos “directos al hígado”, como decía Rodriguito en su programa “El Suceso del Día”, hace ya varias décadas.
A esto súmele, que del edificio del lado donde se detuvo el amigo que conducía el primer carro, salió un guardián (un guachimán, que normalmente son ex guardias o ex policías. De los mismos antes descritos), armado con una escopeta calibre 12, quien con autoridad absoluta y voz de trueno, nos espetó: “Ahí no se puede estacionar nadie. Me mueven esos carros de ahí inmediatamente”.
El conductor del primer carro, que tiene un temperamento “volado”, le respondió al guachimán: “¿Quién coño es usted, para prohibirme que pare mi carro aquí?”. El guardián dio un par de pasos hacia atrás, rastrilló la escopeta y reiteró: “Me quitan esos dos carros de ahí ahora mismo”. Mi amigo intentó responder los exabruptos de nuestro gendarme, pero rápidamente, yo me interpuse en su camino, le maniaté los brazos y le grité al oído: “Buena mierda, te vas a dejar dar un cartuchazo de este analfabeto. Quita ese maldito carro de ahí, coño”.
Afortunadamente, mi amigo reaccionó positivamente ante mi actitud y mis palabras, y procedimos a mover los dos carros unos metros, hasta alejarlos del edificio empresarial que custodiaba el celoso guardián.
Mirando las cosas en retrospectiva, creo que esa noche no sólo salvé la vida del amigo, sino también la mía, y probablemente, la de otros del grupo que salimos esa noche a disfrutar de un buen momento, y que estuvimos a un tris de encontrarnos en un tremendo berenjenal.
Al finalizar, una sugerencia a los lectores de MEEC que residen en nuestro querido terruño: No discuta con una persona más bruta que usted, especialmente si ésta está armada. No se la dé de machazo. Demuéstrele con prudencia, sin altanería, que usted es más inteligente que él dándole la razón y preservando su vida. Siga leyendo...
Por Fernando Ferreira Azcona
“A mi hermano Juan Colón, cuyo mensaje me hizo romper la inercia del silencio”
Recientemente, la prensa dominicana se ha hecho eco de los magros salarios que reciben los miembros de la Policía Nacional. No recuerdo las cifras exactas, pero según la fuente, el Jefe de la Policía recibe (legalmente) unos sesenta y siete mil pesos mensuales; un General de la misma institución devenga un salario de treinta y un mil pesos, un Coronel gana menos de veinte mil y un raso es compensado con la irrisoria suma de cinco mil y pico de pesos al mes.
Los datos del Banco Central indican, que el costo de la canasta alimentaria básica para el quintil socioeconómico de menores ingresos de la población asciende a alrededor de catorce mil pesos mensuales, y en promedio, tomando en cuenta los cinco quintiles en que se descompone nuestra sociedad, el costo de la alimentación básica para la familia dominicana ronda los veinte y cuatro mil pesos al mes.
Una mirada fría a los datos contenidos en los dos párrafos que anteceden, nos llevan necesariamente a hacer algunas preguntas: ¿Puede un policía dominicano subsistir con el salario que recibe por sus servicios? ¿Qué tan difícil resulta corromper a una persona que no tiene cubiertas sus necesidades básicas de alimentación y salud? ¿Es posible que un ser humano desempeñe sus funciones eficientemente, consciente de que no dejó comida para sus hijos en su hogar? ¿Podemos confiar en la seguridad y protección que nos brinda una persona sometida a estas calamidades?
Creo que una buena respuesta la ofrece el periodista Homero Figueroa, en su columna “Espejo de Papel”, titulada Paraguas del Cambio, del periódico Diario Libre, del 24 de Mayo en curso, y citamos: “La policía que tenemos es la que pagamos. Nadie da lo que no tiene. Los policías criollos no tienen seguridad, así que no esperemos que nos la den. La brevedad de sus salarios no les permite el sosiego necesario para garantizar el nuestro. La verdad es que debemos decir que buenos nos salen, porque tenemos armados a un ejército de hambrientos. La sociedad los asalta todos los meses con un salario de miseria que les roba el futuro. El gris uniforme policial es un presagio de tormentas. Las gotas delincuenciales que caen son una advertencia. Abramos el paraguas del cambio.”
La triste realidad que hoy nos ocupa, me hizo recordar una noche, hace ya unos años, en que íbamos cuatro parejas de esposos en dos vehículos, a la casa de una quinta pareja para una reunión social. Yo iba conduciendo el segundo vehículo, en el marco de una conversación muy agradable. Transitábamos por unos de los barrios más exclusivos de Santo Domingo. En eso noté que el carro donde iban los otros amigos tenía una de las llantas traseras casi vacía.
Les dimos la desagradable noticia a los amigos que iban delante, y estos se detuvieron para confirmar la información y tomar los correctivos de lugar. Imagínese amable lector, ponerse a cambiar una llanta, después de bañarse, bien perfumado y con la mentalidad de dispararse unos “directos al hígado”, como decía Rodriguito en su programa “El Suceso del Día”, hace ya varias décadas.
A esto súmele, que del edificio del lado donde se detuvo el amigo que conducía el primer carro, salió un guardián (un guachimán, que normalmente son ex guardias o ex policías. De los mismos antes descritos), armado con una escopeta calibre 12, quien con autoridad absoluta y voz de trueno, nos espetó: “Ahí no se puede estacionar nadie. Me mueven esos carros de ahí inmediatamente”.
El conductor del primer carro, que tiene un temperamento “volado”, le respondió al guachimán: “¿Quién coño es usted, para prohibirme que pare mi carro aquí?”. El guardián dio un par de pasos hacia atrás, rastrilló la escopeta y reiteró: “Me quitan esos dos carros de ahí ahora mismo”. Mi amigo intentó responder los exabruptos de nuestro gendarme, pero rápidamente, yo me interpuse en su camino, le maniaté los brazos y le grité al oído: “Buena mierda, te vas a dejar dar un cartuchazo de este analfabeto. Quita ese maldito carro de ahí, coño”.
Afortunadamente, mi amigo reaccionó positivamente ante mi actitud y mis palabras, y procedimos a mover los dos carros unos metros, hasta alejarlos del edificio empresarial que custodiaba el celoso guardián.
Mirando las cosas en retrospectiva, creo que esa noche no sólo salvé la vida del amigo, sino también la mía, y probablemente, la de otros del grupo que salimos esa noche a disfrutar de un buen momento, y que estuvimos a un tris de encontrarnos en un tremendo berenjenal.
Al finalizar, una sugerencia a los lectores de MEEC que residen en nuestro querido terruño: No discuta con una persona más bruta que usted, especialmente si ésta está armada. No se la dé de machazo. Demuéstrele con prudencia, sin altanería, que usted es más inteligente que él dándole la razón y preservando su vida. Siga leyendo...
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Fernan Ferreira,
Opinión
viernes, 6 de mayo de 2011
FALTA DE RESPETO AL PESO DOMINICANO
A PROPÓSITO DE...
Fernando Ferreira Azcona
La beca Fullbright que me gané en 1968 para ir a estudiar a los Estados Unidos de América, incluía el compromiso, en mi calidad de estudiante de intercambio (exchange student), de vivir de 4 a 6 semanas con una familia norteamericana, que me acogiera en su hogar. Fue así como tuve el privilegio de vivir e integrarme a la maravillosa familia de Barney & Becky Underwood, y sus hijos Jay y Steve, ambos teenagers, en la pequeña ciudad de Corning, ubicada al norte del estado de New York.
El Señor Underwood era el Director de una escuela pública de la citada ciudad, mientras que Becky, su esposa, era la Bibliotecaria de otra escuela. Es decir, que la familia tenía un nivel socioeconómico de clase media, con carro y vivienda propia.
Recuerdo que en esos días, la gasolina, que costaba unos US $ 0.38 (treinta y ocho cheles) el galón, subió unos centavos de precio. El señor Underwood convocó a toda la familia, incluyéndome a mí, a una reunión en el comedor, y nos dijo: “en nuestro presupuesto mensual, tenemos “X” cantidad de dólares asignados para la compra de gasolina. Con el reciente incremento del precio, ahora tendremos “Y” galones menos de combustible, lo que quiere decir, que tenemos que planificar mejor el uso del carro, especialmente, en lo que respecta a los viajes al supermercado”, y se tomaron las previsiones de lugar para cumplir con este propósito.
Posteriormente, leí una entrevista que le hicieron a la esposa de Nelson Rockefeller, quien en esa época era uno de los hombres más ricos de Estados Unidos de América y probablemente del mundo. En la misma, la Sra. Rockefeller expresaba que cuando ella iba de compras, siempre reclamaba que se le devolviera hasta el último centavo, “porque un dólar, sin un penny, no es un dólar, sino 99 centavos”.
Para los amables lectores de MEEC residentes en los Estados Unidos de América, es bien sabido que cuando una persona compra algo que cuesta US $0.99 ó US$1.98, el o la cajera le devuelve el centavo o los dos centavos, sin necesidad de que se lo reclamen. Es probable que algo similar ocurra en los países de Europa, pero no puedo aseverarlo, porque mis estancias en el Viejo Continente han sido como turista y por muy corto tiempo.
En días pasados, en el aeropuerto de Miami, compré unos chocolatines que costaban US$1.98, pagué con dos dólares y acostumbrado a que no me devuelvan dinero menudo, me retiré de la caja, sin esperar la devuelta. La cajera, de ascendencia asiática, me llamó y me reclamó que volviera a recoger los dos centavos que me sobraban. Le respondí que lo dejara así, y de nuevo insistió en que recogiera mis dos cheles, que si yo lo quería echar en una alcancía que había adyacente a la caja, a beneficio de no sé cual institución, a mí que lo hiciera.
¿A qué viene esta introducción? Pues, a que yo sostengo que parte de nuestros males económicos se deben al irrespeto que sentimos por nuestro signo monetario, el peso dominicano. En nuestro país, ningún establecimiento comercial te devuelve los centavos que te sobran, aun sean 99 centavos, ya que los comerciantes redondean la cantidad a pagar al próximo peso. Así, si la cuenta totaliza RD$1,524.25, la cajera, sin chistar te dice que son $1,525.00. Ni siquiera los bancos, al canjear un cheque, te devuelven la fracción de peso indicada en el mismo. Es decir, que vas al banco a cambiar un cheque de RD$20,500.80 y el banco automáticamente se queda con los ochenta centavos. ¡Y lo que es peor, nadie se atreve a reclamar, por temor a que lo califiquen de ridículo, “tiñoso” o “lacroso”!
Pero bueno, dirá el tolerante lector, ¿qué hace uno con 80 centavos? Y es cierto. Pero, si un banco “le tumba”, en promedio, este monto a cada cliente, en un millón de transacciones que realice en un periodo de tiempo determinado, se estará “ganando” la nada despreciable suma de RD$800,000.00 (ochocientos mil pesos) o lo que es lo mismo, unos US$21,100.00 a la tasa de cambio vigente en la fecha que escribo este artículo.
Y lo peor es que ningún establecimiento comercial redondea a favor del cliente. Es como la azada, o la “ley del embudo”: todo para adentro, a favor del “patrono”.
Hace unos días, fui a un laboratorio clínico, a hacerme unos análisis. Cuando me tocó el turno, entregué la prescripción correspondiente y mi carnet del seguro médico. Unos minutos más tarde, la eficiente empleada que me atendía me dijo: “Señor, la diferencia que le corresponde pagar a usted, son RD$175.00 (ciento setenta y cinco pesos)”. Saqué una tarjeta de crédito y se la extendí a la joven, quien la pasó por el “veriphone” y me solicitó que firmara el voucher. ¿Cuál no sería mi sorpresa, cuando vi que el monto a pagar era $171.00 (ciento setenta y un pesos)?
Aun así, preferí darle el beneficio de la duda, y asumí que se había equivocado. “Señorita, usted me dijo que eran ciento setenta y cinco pesos, pero el voucher salió por tan sólo ciento setenta y uno”, le manifesté. “Es que pensé que usted me iba a pagar en efectivo y yo no tengo menudo para devolverle”, me respondió la empleada, “sin el menor empacho”, como diría mi abuela Mamacía.
Es decir, que en vez de que el establecimiento clínico dejara de ganarse (no perder) un peso, yo debía pagar cuatro pesos en exceso del monto que realmente me correspondía pagar…
¡Así estamos en este, nuestro querido país, “situado en la misma trayectoria del sol”, como dijo el Poeta Nacional, Don Pedro Mir! Siga leyendo...
Fernando Ferreira Azcona
La beca Fullbright que me gané en 1968 para ir a estudiar a los Estados Unidos de América, incluía el compromiso, en mi calidad de estudiante de intercambio (exchange student), de vivir de 4 a 6 semanas con una familia norteamericana, que me acogiera en su hogar. Fue así como tuve el privilegio de vivir e integrarme a la maravillosa familia de Barney & Becky Underwood, y sus hijos Jay y Steve, ambos teenagers, en la pequeña ciudad de Corning, ubicada al norte del estado de New York.
El Señor Underwood era el Director de una escuela pública de la citada ciudad, mientras que Becky, su esposa, era la Bibliotecaria de otra escuela. Es decir, que la familia tenía un nivel socioeconómico de clase media, con carro y vivienda propia.
Recuerdo que en esos días, la gasolina, que costaba unos US $ 0.38 (treinta y ocho cheles) el galón, subió unos centavos de precio. El señor Underwood convocó a toda la familia, incluyéndome a mí, a una reunión en el comedor, y nos dijo: “en nuestro presupuesto mensual, tenemos “X” cantidad de dólares asignados para la compra de gasolina. Con el reciente incremento del precio, ahora tendremos “Y” galones menos de combustible, lo que quiere decir, que tenemos que planificar mejor el uso del carro, especialmente, en lo que respecta a los viajes al supermercado”, y se tomaron las previsiones de lugar para cumplir con este propósito.
Posteriormente, leí una entrevista que le hicieron a la esposa de Nelson Rockefeller, quien en esa época era uno de los hombres más ricos de Estados Unidos de América y probablemente del mundo. En la misma, la Sra. Rockefeller expresaba que cuando ella iba de compras, siempre reclamaba que se le devolviera hasta el último centavo, “porque un dólar, sin un penny, no es un dólar, sino 99 centavos”.
Para los amables lectores de MEEC residentes en los Estados Unidos de América, es bien sabido que cuando una persona compra algo que cuesta US $0.99 ó US$1.98, el o la cajera le devuelve el centavo o los dos centavos, sin necesidad de que se lo reclamen. Es probable que algo similar ocurra en los países de Europa, pero no puedo aseverarlo, porque mis estancias en el Viejo Continente han sido como turista y por muy corto tiempo.
En días pasados, en el aeropuerto de Miami, compré unos chocolatines que costaban US$1.98, pagué con dos dólares y acostumbrado a que no me devuelvan dinero menudo, me retiré de la caja, sin esperar la devuelta. La cajera, de ascendencia asiática, me llamó y me reclamó que volviera a recoger los dos centavos que me sobraban. Le respondí que lo dejara así, y de nuevo insistió en que recogiera mis dos cheles, que si yo lo quería echar en una alcancía que había adyacente a la caja, a beneficio de no sé cual institución, a mí que lo hiciera.
¿A qué viene esta introducción? Pues, a que yo sostengo que parte de nuestros males económicos se deben al irrespeto que sentimos por nuestro signo monetario, el peso dominicano. En nuestro país, ningún establecimiento comercial te devuelve los centavos que te sobran, aun sean 99 centavos, ya que los comerciantes redondean la cantidad a pagar al próximo peso. Así, si la cuenta totaliza RD$1,524.25, la cajera, sin chistar te dice que son $1,525.00. Ni siquiera los bancos, al canjear un cheque, te devuelven la fracción de peso indicada en el mismo. Es decir, que vas al banco a cambiar un cheque de RD$20,500.80 y el banco automáticamente se queda con los ochenta centavos. ¡Y lo que es peor, nadie se atreve a reclamar, por temor a que lo califiquen de ridículo, “tiñoso” o “lacroso”!
Pero bueno, dirá el tolerante lector, ¿qué hace uno con 80 centavos? Y es cierto. Pero, si un banco “le tumba”, en promedio, este monto a cada cliente, en un millón de transacciones que realice en un periodo de tiempo determinado, se estará “ganando” la nada despreciable suma de RD$800,000.00 (ochocientos mil pesos) o lo que es lo mismo, unos US$21,100.00 a la tasa de cambio vigente en la fecha que escribo este artículo.
Y lo peor es que ningún establecimiento comercial redondea a favor del cliente. Es como la azada, o la “ley del embudo”: todo para adentro, a favor del “patrono”.
Hace unos días, fui a un laboratorio clínico, a hacerme unos análisis. Cuando me tocó el turno, entregué la prescripción correspondiente y mi carnet del seguro médico. Unos minutos más tarde, la eficiente empleada que me atendía me dijo: “Señor, la diferencia que le corresponde pagar a usted, son RD$175.00 (ciento setenta y cinco pesos)”. Saqué una tarjeta de crédito y se la extendí a la joven, quien la pasó por el “veriphone” y me solicitó que firmara el voucher. ¿Cuál no sería mi sorpresa, cuando vi que el monto a pagar era $171.00 (ciento setenta y un pesos)?
Aun así, preferí darle el beneficio de la duda, y asumí que se había equivocado. “Señorita, usted me dijo que eran ciento setenta y cinco pesos, pero el voucher salió por tan sólo ciento setenta y uno”, le manifesté. “Es que pensé que usted me iba a pagar en efectivo y yo no tengo menudo para devolverle”, me respondió la empleada, “sin el menor empacho”, como diría mi abuela Mamacía.
Es decir, que en vez de que el establecimiento clínico dejara de ganarse (no perder) un peso, yo debía pagar cuatro pesos en exceso del monto que realmente me correspondía pagar…
¡Así estamos en este, nuestro querido país, “situado en la misma trayectoria del sol”, como dijo el Poeta Nacional, Don Pedro Mir! Siga leyendo...
miércoles, 6 de abril de 2011
PERDÓN, SEÑOR
Por Fernando Ferreira Azcona
La primera parte de estas vivencias se la he contado a nuestros hijos en innúmeras ocasiones, con el título “Una Bofetada Sin Manos”. Tantas veces se la he narrado, que hasta he escuchado a Fernando, nuestro hijo mayor, contársela a sus amigos…
Recién graduado de Agrónomo de El Zamorano, regresé a nuestro país en las Navidades de 1967. El mes siguiente, empecé a trabajar en la División de Investigaciones Agrícolas, del Instituto Superior de Agricultura (ISA), en Santiago. Allí me asignaron una camioneta para el desempeño de mis labores profesionales. Tenía 21 años de edad y como es de suponerse, todo el brío, todo el ímpetu y la prisa que caracterizaba a la juventud de esa época.
Una tarde, alrededor de la 1:30 PM, venía subiendo por la calle Restauración, entre la avenida Valerio y la calle General López, tramo que corresponde a una larga y empinada cuesta. El carril de la derecha estaba ocupado por una hilera de carros estacionados (todavía en Santiago se dormía la siesta), lo cual, sólo dejaba el carril de la izquierda para la circulación vehicular.
Delante de mí, un pobre hombre, empapado en sudor, con ropa raída, cuyos pantalones apenas cubrían hasta sus rodillas, avanzaba penosamente empujando una pesada carga en su carretilla de tres ruedas, de fabricación artesanal. No me detuve a considerar el enorme esfuerzo que hacía este humilde ciudadano, a pesar de que se les podían contar las fibras musculares de sus pantorrillas.
Desesperado y con rabia le toqué la bocina de la camioneta, pues no me dejaba avanzar a la velocidad que mi prisa me imponía. El protagonista de esta historia se detuvo, y como pudo, se las arregló para evitar que la carretilla, con su pesada carga, se le devolviera cuesta abajo. Se volvió hacia mí, y me dio la MÁS AMPLIA SONRISA QUE HE VISTO EN MI VIDA.
Me avergoncé de mi actitud irracional y me sentí el ser humano más miserable de la faz de la tierra. Hubiese preferido que el caballero de la carretilla me mentara la madre o me insultara de la manera más soez que él supiera o pudiera hacerlo… La lección fue tan severa y tan bien aprendida, que inmediatamente, me prometí a mi mismo jamás apurar o presionar a una persona que estuviese dando lo mejor de sí para desarrollar una labor productiva. A pesar de mi temperamento, he sido capaz de cumplir mi promesa durante más de cuatro décadas.
¿A qué viene todo lo anterior? ¿Es que acaso estoy chochando? No. Aun no he alcanzado la demencia senil, gracias a Dios, a pesar de que “el alemán” (Alzheimer) me visita de vez en cuando… Se debe a que este viernes pasado, como a las 6:00 PM, iba de regreso a casa, cansado y abrumado después de una “larga semana de trabajo”.
Estaba atrapado en un interminable “tapón” vehicular, causado por el desorden del tráfico capitalino, el cual alcanza el clímax los viernes por la tarde, pues los chóferes y conductores de la capital dominicana creemos que todos los viernes se acaba el mundo y todos queremos llegar a casa antes de que esto suceda.
Cuando la desesperación y el mal humor empezaban a apoderarse de mí, me di cuenta que justo en frente, detrás de un carro que había detenido su marcha, tratando de avanzar en la selva vehicular sin rayar los carros estacionados y los que apenas se movían, un humilde vendedor de cocos de agua empujaba su triciclo. A juzgar por la carga, su venta no había sido abundante. Me imagino que él también iba de regreso a su hogar.
Con toda la cortesía de que soy capaz, le hice señas para que entrara a la vorágine que nos envolvía a todos, y avanzara. Se volvió hacia mí, asintió con su cabeza y con una amplia sonrisa, mostrando su blanca y contrastante dentadura, me agradeció que le permitiera seguir adelante.
Sin reponerme aun del gesto del vendedor de cocos, llegué a la intersección de las avenidas Winston Churchill y 27 de Febrero, dos de las más importantes vías de Santo Domingo. Al detener mi vehículo, un joven alto, delgado y de tez oscura, cuya labor consiste en limpiar los cristales de los vehículos que allí se detienen, a cambio de una propina, se paró frente a mí, me hizo el saludo militar, y de nuevo, me brindó una amplia y hermosa sonrisa.
Fue en este momento que me dije a mí mismo, pero en voz alta: “Si tú trabajas sentado, en aire acondicionado y con buena paga. Si te desplazas en un vehículo cómodo, también con aire acondicionado, ¿De qué te quejas? ¿Por qué no puedes sonreír igual que esta gente humilde?”.
Sentí que me estaba comportando como una persona que no sabía apreciar lo generoso que el Creador ha sido conmigo, que no estaba siendo agradecido, y entonces exclamé: ¡Perdón, Señor! Siga leyendo...
La primera parte de estas vivencias se la he contado a nuestros hijos en innúmeras ocasiones, con el título “Una Bofetada Sin Manos”. Tantas veces se la he narrado, que hasta he escuchado a Fernando, nuestro hijo mayor, contársela a sus amigos…
Recién graduado de Agrónomo de El Zamorano, regresé a nuestro país en las Navidades de 1967. El mes siguiente, empecé a trabajar en la División de Investigaciones Agrícolas, del Instituto Superior de Agricultura (ISA), en Santiago. Allí me asignaron una camioneta para el desempeño de mis labores profesionales. Tenía 21 años de edad y como es de suponerse, todo el brío, todo el ímpetu y la prisa que caracterizaba a la juventud de esa época.
Una tarde, alrededor de la 1:30 PM, venía subiendo por la calle Restauración, entre la avenida Valerio y la calle General López, tramo que corresponde a una larga y empinada cuesta. El carril de la derecha estaba ocupado por una hilera de carros estacionados (todavía en Santiago se dormía la siesta), lo cual, sólo dejaba el carril de la izquierda para la circulación vehicular.
Delante de mí, un pobre hombre, empapado en sudor, con ropa raída, cuyos pantalones apenas cubrían hasta sus rodillas, avanzaba penosamente empujando una pesada carga en su carretilla de tres ruedas, de fabricación artesanal. No me detuve a considerar el enorme esfuerzo que hacía este humilde ciudadano, a pesar de que se les podían contar las fibras musculares de sus pantorrillas.
Desesperado y con rabia le toqué la bocina de la camioneta, pues no me dejaba avanzar a la velocidad que mi prisa me imponía. El protagonista de esta historia se detuvo, y como pudo, se las arregló para evitar que la carretilla, con su pesada carga, se le devolviera cuesta abajo. Se volvió hacia mí, y me dio la MÁS AMPLIA SONRISA QUE HE VISTO EN MI VIDA.
Me avergoncé de mi actitud irracional y me sentí el ser humano más miserable de la faz de la tierra. Hubiese preferido que el caballero de la carretilla me mentara la madre o me insultara de la manera más soez que él supiera o pudiera hacerlo… La lección fue tan severa y tan bien aprendida, que inmediatamente, me prometí a mi mismo jamás apurar o presionar a una persona que estuviese dando lo mejor de sí para desarrollar una labor productiva. A pesar de mi temperamento, he sido capaz de cumplir mi promesa durante más de cuatro décadas.
¿A qué viene todo lo anterior? ¿Es que acaso estoy chochando? No. Aun no he alcanzado la demencia senil, gracias a Dios, a pesar de que “el alemán” (Alzheimer) me visita de vez en cuando… Se debe a que este viernes pasado, como a las 6:00 PM, iba de regreso a casa, cansado y abrumado después de una “larga semana de trabajo”.
Estaba atrapado en un interminable “tapón” vehicular, causado por el desorden del tráfico capitalino, el cual alcanza el clímax los viernes por la tarde, pues los chóferes y conductores de la capital dominicana creemos que todos los viernes se acaba el mundo y todos queremos llegar a casa antes de que esto suceda.
Cuando la desesperación y el mal humor empezaban a apoderarse de mí, me di cuenta que justo en frente, detrás de un carro que había detenido su marcha, tratando de avanzar en la selva vehicular sin rayar los carros estacionados y los que apenas se movían, un humilde vendedor de cocos de agua empujaba su triciclo. A juzgar por la carga, su venta no había sido abundante. Me imagino que él también iba de regreso a su hogar.
Con toda la cortesía de que soy capaz, le hice señas para que entrara a la vorágine que nos envolvía a todos, y avanzara. Se volvió hacia mí, asintió con su cabeza y con una amplia sonrisa, mostrando su blanca y contrastante dentadura, me agradeció que le permitiera seguir adelante.
Sin reponerme aun del gesto del vendedor de cocos, llegué a la intersección de las avenidas Winston Churchill y 27 de Febrero, dos de las más importantes vías de Santo Domingo. Al detener mi vehículo, un joven alto, delgado y de tez oscura, cuya labor consiste en limpiar los cristales de los vehículos que allí se detienen, a cambio de una propina, se paró frente a mí, me hizo el saludo militar, y de nuevo, me brindó una amplia y hermosa sonrisa.
Fue en este momento que me dije a mí mismo, pero en voz alta: “Si tú trabajas sentado, en aire acondicionado y con buena paga. Si te desplazas en un vehículo cómodo, también con aire acondicionado, ¿De qué te quejas? ¿Por qué no puedes sonreír igual que esta gente humilde?”.
Sentí que me estaba comportando como una persona que no sabía apreciar lo generoso que el Creador ha sido conmigo, que no estaba siendo agradecido, y entonces exclamé: ¡Perdón, Señor! Siga leyendo...
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