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lunes, 16 de abril de 2012

SOCIEDAD Y CULTURA

VARGAS LLOSA PRONOSTICA LA DESAPARICIÓN DE LA CULTURA
Por Ana Mendoza / Efe
Elespectador.com


En su nuevo ensayo, "La civilización del espectáculo", critica la banalización de la cultura, la política y el periodismo.

Mario Vargas Llosa suele decir lo que piensa aunque sus opiniones levanten ampollas, y polémica suscitará sin duda su nuevo ensayo, "La civilización del espectáculo", una dura radiografía de la actualidad en la que critica la banalización de la cultura, la política y el periodismo.

En este libro, que Alfaguara publica ahora en España y que paulatinamente se irá distribuyendo en Hispanoamérica, el escritor peruano pronostica la desaparición de la cultura, "en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo", y constata "el eclipse" del intelectual en la sociedad actual.

"El intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón", escribe Vargas Llosa en su nuevo ensayo, un libro valiente y lúcido con el que denuncia la excesiva importancia que se le da al entretenimiento y a la diversión en nuestro mundo.

Querer divertirse "es legítimo", afirma este gran novelista, Premio Nobel de Literatura, pero convertirlo en un valor supremo tiene sus consecuencias: "la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo".

Ese afán de diversión influye en la literatura y hace que la que triunfe sea la "light", y tiene también como consecuencia que la crítica literaria, tan necesaria para arrojar luz en el confuso panorama cultural, tenga una influencia cada vez menor.

El escritor también critica el gran espacio que se le dedica a la moda y a la cocina en las secciones de cultura. Los "chefs" y los modistos tienen ahora "el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos", señala Vargas Llosa en su ensayo, el primer libro que escribe después de ganar el Premio Nobel.

En esta cultura "de oropel" imperante, "las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos", añade el autor de novelas tan esenciales como "La casa verde", "Conversación en la Catedral" o "La fiesta del Chivo".

Los políticos no salen bien parados en el sombrío panorama que dibuja Vargas Llosa en su libro.

"El desprestigio de la política en nuestros días no conoce fronteras", debido en parte a que "el nivel intelectual, profesional y sin duda también moral de la clase política ha decaído", afirma Vargas Llosa, quien también llama la atención en su libro sobre la escasa influencia que ejercen los intelectuales en la sociedad actual.

El intelectual "se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan", sostiene el escritor, consciente de que el pensamiento ha ido perdiendo peso en "la civilización del espectáculo" y de que hoy priman "las imágenes sobre las ideas".

El cine, dice en el libro, ya no produce creadores como Bergman, Visconti o Buñuel. Hoy se considera un "ícono" a Woody Allen, "que es, a un David Lean o un Orson Welles, lo que Andy Warhol a Gauguin o Van Gogh en pintura, o un Dario Fo a un Chéjov o un Ibsen en teatro".

En su libro, que el autor presentará el 25 de abril en la Casa de América, de Madrid, se detiene también en las artes plásticas y asegura que, en ellas, "la frivolización ha llegado a extremos alarmantes".

Todo parece estar permitido, desde las provocaciones de Damien Hirst hasta que un artista defeque ante el público en una galería de arte y luego se coma sus propias heces.

Vargas Llosa, que incluye en el ensayo algunos de sus artículos aparecidos en el diario El País, sostiene que la prensa contribuye, y mucho, "a consolidar esa civilización 'light" que lleva a olvidar que la vida "no sólo es diversión, también drama, dolor, misterio y frustración".

Entrevista con Mario Vargas Llosa

"Las pasarelas y la cocina están suplantando al arte y la filosofía"

NURIA AZANCOT 13/04/2012

Con sus 76 años recién cumplidos (“no me felicite, deme más bien el pésame”), Mario Vargas Llosa tiene previsto llegar hoy a Madrid para presentar su último ensayo, La civilización de espectáculo (Alfaguara), un libro nacido de la certeza de que gran parte del arte, la literatura, la cultura de nuestros días son una “tomadura de pelo” en las que “abundan las imposturas, la frivolización, faltan valores y sobra banalización”.

Seductor como siempre y como nunca, Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) no baja la guardia ni descuida su gentileza. Tiene ganas de hablar. De decir, por ejemplo, que si ha publicado este libro, en el que combina artículos ya aparecidos en Prensa con reflexiones nuevas, es por esa “sensación creciente de incomodidad frente a algunas manifestaciones culturales en el arte, en la literatura, en la música” que le parecen “verdaderas tomaduras de pelo”. Ese desasosiego fue el punto de partida. También lo fue la sensación “deprimente -nos insiste- de que la cultura se estaba convirtiendo en algo muy distinto de lo que había sido, que se estaba banalizando y eso, en una época de un desarrollo tan extraordinario de la ciencia y de la tecnología, puede tener consecuencias que amenazan a toda la sociedad”. Y nace también de la certeza de que hay demasiados impostores, demasiados fraudes, “aunque al menos en la literatura aún se mantienen vigentes unos valores que permiten distinguir lo que es original y auténtico del puro engaño, del fraude del impostor”. Sin embargo, afirma, “no creo que el libro sea pesimista, sólo describe una etapa. Créame, la historia no está escrita, pero si no hay una reacción crítica, puede tener consecuencias negativas para la supervivencia de la cultura democrática”.

¿Adiós a la alta cultura?

Mientras trabaja en su próxima novela, “ambientada en el Perú de nuestros días, en Lima y Piura. Llevo escribiéndola desde hace varios meses y probablemente se titulará El héroe discreto”, confiesa el Nobel que la primera vez que tuvo esa sensación de estafa “fue hace muchos años, visitando la Bienal de Venecia, considerada una vitrina de la modernidad en el campo de la creación artística: me pareció una especie de circo en el que prevalecía una falsa modernidad hecha de gestos, de exhibicionismo, de frivolidad. Era como la justificación del facilismo, de la impostura”. Pero el fenómeno, denuncia, está en todas partes. Basta revisar “la influencia que tiene hoy la chismografía, y cómo ha creado un mundo periodístico de enorme influencia a base de escarbar en la vida privada de las gentes, que es una especie de pasión malsana de grandes masas en las que no están excluidas las supuestas élites culturales”.

-¿Y no es catastrofista defender que la cultura “en el sentido que tradicionalmente se ha dado al término, está a punto de desaparecer”?

-Bueno, es que lo que entendíamos por cultura hace 50 años ya casi no existe. En un mundo en el que las pasarelas de la moda o las cocinas son los referentes centrales de la vida cultural y están suplantando al arte y la filosofía, no se tiene la misma idea de cultura que entonces: hay una frivolización y un facilismo que ha desnaturalizado el concepto mismo de cultura, y hemos perdido los valores que la sostenían: lo verdadero se confunde con los fraudes, y hay, hemos sufrido, a demasiados impostores.

Un par de impostores

-¿Como quiénes?

-Como Jacques Lacan o Derrida, por ejemplo, figuras que en parte son míticas en la crítica literaria y que en parte son también verdaderos fraudes intelectuales, porque acabaron cayendo en un oscurantismo detrás del cual no había complejidad alguna ni profundidad del pensamiento, sino sólo vacío, y un vacío destructor.

Contra la banalización

-Hablando de vacíos, si nos olvidamos de las pasarelas de la moda, de la cocina, y empezamos por el principio, ¿qué es para usted la cultura?

-Es algo que definió muy bien Eliot: todo aquello que hace más vivible la vida de la gente. Ésa ha sido la gran función de la cultura, enriquecer la vida de las gentes, darles unas convicciones, una sensibilidad que les permitiera defenderse contra la adversidad. Al mismo tiempo, un gran entretenimiento, pero si sólo es entretenimiento se banaliza, y ése es el gran fenómeno que vivimos hoy. Aunque, afortunadamente, hay excepciones y grandes creadores originales que huyen de la vaciedad y de lo publicitario.

-¿Hay alguna manera de evitar que la literatura más representativa de nuestros días sea, como denuncia, fácil y ligera?

-Bueno, creo que depende de muchos factores, y que uno de los más importantes es la educación. Queremos que haya buenos lectores pero hay que crearlos desde la niñez, en la escuela y en la familia. Si los mayores no leen o consideran que la literatura es una especie de adorno prescindible, no van a surgir nuevos lectores en las generaciones futuras. Es esencial enseñar a leer, a preocuparse por los sistemas de pensamiento que dan una explicación a lo que es la vida. El desarrollo puramente material y pragmático deja un vacío muy grande y tiene pies de barro.

-Sin embargo, como retrata en su libro, nunca ha habido tanta violencia en las aulas ni se ha despreciado tanto al profesor...

-Desde luego. El problema es que el maestro no tiene hoy el amparo ni el respeto de la sociedad. Foucault consideraba que el maestro era el representante del sistema opresor que castraba el espíritu de rebelión de las nuevas generaciones y eso es un disparate que ha llevado a una minusvaloración del profesor como la figura respetada por todos porque era quien mantenía viva la mejor tradición cultural, quien difundía la gran literatura, el arte esencial...

En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa comenta casos espeluzantes de violencia en las aulas y no ahorra censuras a la sociedad que lo permite, pero sus mayores críticas van dirigidas a los intelectuales, al menos a los de Occidente, que hoy -explica- "prácticamente no existen. Sólo en países en los que ha desaparecido la libertad. En muchas dictaduras (China, Corea del Norte, Birmania, Cuba) los escritores, los pintores, son quienes representan la resistencia al sistema. Pero en las democracias donde la libertad existe no tienen ni audiencia ni función. Y es culpa suya, porque han renunciado a las preocupaciones cívicas y éticas que antes les eran fundamentales”.

-Creíamos que la democratización de la cultura era la solución. ¿Qué ha fallado?, ¿deben acaso volver las élites?

-La democratización de la cultura me parece muy justa; crear las condiciones en las que todos puedan acceder a la cultura es una obligación de toda sociedad democrática, pero al mismo tiempo pensar que la cultura puede llegar a todos de la misma manera es una soberana ingenuidad. No todo el mundo tiene ni la misma vocación ni el mismo talento para las actividades culturales y esa situación establece jerarquías. El problema es que la democratización de la cultura ha beneficiado lo cuantitativo en perjuicio de lo cualitativo. Y no se puede igualar sacrificando la excelencia porque el resultado es la catástrofe actual.

Erotismo y religión

-Hablando de catástrofes, asegura en el libro que la actual desaparición del erotismo lo es. ¿Con qué consecuencias?

-Con un gran empobrecimiento de una fuente extraordinaria de placer y de creatividad; si el sexo se convierte en algo rutinario, en una gimnasia despojada de rituales o de formas y deja de ser un acto creativo es como si desaparecieran la alta literatura o la gran cultura.

-Y del eros a la religión...

-Yo creo que sólo a una minoría la cultura le sirve para reemplazar a la religión, porque la mayoría de los seres humanos necesita algo que le garantice alguna forma de supervivencia, para no caer en la anomia, la angustia o la desesperación. Pero tampoco creo que sea incompatible la existencia de una rica vida espiritual con una sociedad democrática, siempre que la religión no se identifique con el Estado, porque entonces desaparece la libertad. El Estado debe ser laico, pero eso no es obstáculo para que la sociedad disfrute de una vida espiritual muy rica en el dominio de lo privado. Y debe ser aceptada, porque si no puede ocurrir que se vea suplantada por cultos extraños, sectas o supercherías.

-Hace unas semanas vivimos los crímenes xenófobos de Francia: ¿por qué cree que a muchos les pareció casi “aceptable” que el asesino fuese un nazi, y les molestó que tras los siete asesinatos estuviese un yihadista?

-Bueno, me parece terrible que razones ideológicas puedan considerarse atenuantes de un asesinato; detrás de eso lo que hay es un salvajismo homicida que procede del fanatismo político-religioso, y hay que combatirlo, hay que ser implacables.

-¿Pero no somos cómplices cuando permitimos el velo en las escuelas, en aras de la tolerancia cultural?

-Yo tengo una posición muy clara: creo que una sociedad democrática no puede permitir, en nombre del respeto a las otras culturas, que surjan enclaves donde todavía se siga discriminando a la mujer, y se sigan aceptando cosas monstruosas como los matrimonios arreglados por los padres o la ablación. Hay que aceptar la diversidad pero siempre dentro de los patrones de la legalidad y de la libertad, que son las grandes conquistas de las sociedades democráticas, en eso no se puede claudicar.

Obama y el desastre republicano

-¿Cómo ve la inminente campaña presidencial de Estados Unidos? Porque hace unos años Obama le parecía el presidente ideal, y ha confesado su decepción...

-Esperaba más cosas de él, pero tal y como se presenta el panorama norteamericano en estas elecciones hay que desear que gane Obama y no ninguno de estos candidatos republicanos que parece que están en una puja para ver quién es más intolerante o más prejuicioso frente a los inmigrantes y frente a la modernidad científica. Me parecen terribles los debates entre los candidatos republicanos, sobre todo porque el republicanismo tiene una tradición liberal que parece haber desaparecido. Sí, hay que desear que ninguno de esos fanáticos intolerantes gane las elecciones norteamericanas; sería gravísimo para el futuro de la libertad y de la tolerancia en el mundo.

-Comenta en el libro que es víctima de la piratería, y que de cada ocho libros suyos que se compran, por ejemplo, en Perú, siete son ilegales: ¿cree que es posible impedir los abusos?

-Espero que sí. Yo lamento mucho la situación, pero no sólo por mis ingresos, sino porque me parece lamentable que no haya ningún tipo de censura social contra la piratería, sino al contrario, que sea alentada. Afortunadamente en otros países de América Latina, en Europa y Estados Unidos se está combatiendo, pero en Perú aún no hay conciencia de la gravedad de ese fraude ni de sus consecuencias si se contagia a otros estratos de la vida económica del país.

-Ahora que todo el planeta está en crisis, Estados e instituciones públicas y privadas recortan drásticamente sus ayudas a museos, editoriales, artistas...

-Bueno, yo creo que no sólo es malo sino peligroso para la salud democrática de un país que la responsabilidad de financiar la cultura sea fundamentalmente estatal, porque el Estado, cuando presta ayudas, busca beneficios. Por eso estoy convencido de que el conjunto de la sociedad debería asumir esa responsabilidad, y eso afortunadamente ocurre en los países anglosajones, donde el grueso del gasto cultural viene de la sociedad civil. En Estados Unidos, por ejemplo, es muy interesante qué es lo que hace que funcione el MOMA, un museo absolutamente extraordinario: el 90 por ciento de su presupuesto procede de la sociedad civil, de empresas privadas, de fundaciones, de familias. Lo mismo ocurre con el Metropolitan, que recibe una parte de sus recursos del Estado pero creo no equivocarme al decir que el grueso de sus recursos proviene de organizaciones privadas. A mí me parece eso más sano que depender del Estado, que es la tradición europea.

Tomado de elcultural.es
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sábado, 9 de octubre de 2010

MARIO VARGAS LLOSA: UN NOBEL EXPLOSIVO

DE LITERATURA
Por José Carvajal

¿Acaso vale la pena sacar de los cajones y desempolvar todo lo que nos une al nuevo Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa? A mí me une al Nobel, además de mi eterna admiración por su obra, conversaciones e intercambios de saludos en ferias de libros.

Nunca antes la Academia Sueca había hecho tanta justicia como ahora, concediéndole el máximo galardón de las letras mundiales al novelista peruano, 28 años después de haber hecho lo propio con el colombiano Gabriel García Márquez. En otras palabras, como escribió el joven escritor Rafael Rodríguez Hernández en su página de Facebook, “América Latina nueva vez ha hecho ‘Boom’”.

En realidad, la figura de Mario Vargas Llosa hizo “boom” hace mucho tiempo, cuando ganó en 1962 el Premio Biblioteca Breve, otorgado por la editorial Seix Barral; aunque la detonación mayor se hizo sentir cuando el ya famoso novelista decidió romper a principios de los años setenta con el régimen de Fidel Castro, por el histórico Caso Padilla.

Desde entonces Vargas Llosa ha sido blanco de ataques por sus ideas neoliberales y por ser un gran defensor de las libertades, además de crítico acérrimo de las dictaduras y los regímenes totalitarios de América Latina.

Descubrí sus obras cuando yo estudiaba Literatura en la universidad en Nueva York, y desde entonces no concibo el mundo literario sin él; como tampoco se lo concibe sin ninguna de las otras figuras del Boom latinoamericano (Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez) que sorprendieron al mundo con una maquinaria de imaginería que al parecer tuvo su origen en una oportuna fricción de culturas europeas y americanas.

Esos escritores se convirtieron, gracias a una literatura española en crisis, en la salvación intelectual de ambas orillas. Europa abrió las puertas, y América le prestó los huéspedes, que como buenos invitados supieron ganarse la confianza, el aprecio y el respeto de sus anfitriones, por su dedicación y perseverancia. Fueron a Europa a descubrir que la literatura podía ser un oficio tan remunerativo como cualquier otro al nivel internacional.

De modo que cuando hablamos de cualquiera de los escritores del Boom, la literatura se institucionaliza con nombres propios. Que de los cuatro pilares dos se hayan ganado el Nobel, es más que un hecho histórico y un acontecimiento del que vale la pena alardear todo lo que se pueda.

Por eso creo que en esta ocasión es válido sacar de los cajones y desempolvar todo lo que nos une al nuevo Premio Nobel de Literatura. Y no sólo de los cajones, sino también de la memoria.

La primera vez que vi en persona a Vargas Llosa le tuve pena, porque le observé algo cansado, con el semblante de un hombre que había llegado de un largo viaje de trabajo por Europa. Aquella noche firmó más de 800 libros a una multitud de lectores que atiborró la sala donde el colosal peruano había dictado una conferencia. La gente no sólo acudió a ver su escritor favorito, sino que quiso aprovecharlo al máximo para que éste le firmara hasta cuatro y cinco ejemplares de las primeras ediciones de sus obras. Cuando lo entrevisté al día siguiente de la exitosa noche, el autor de “La ciudad y los perros”, “Conversación en La Catedral” y tantas novelas memorables tenía ampollados los dedos en los que acomodaba la pluma para rubricar los ejemplares de sus fervientes lectores.

Aquella mañana hablamos de muchos temas publicables y no publicables. Los publicables aparecieron en la prensa y luego salieron en un libro de entrevistas con más de una veintena de escritores latinoamericanos que edité cuando existía todavía la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa, que fundé y dirigí por ocho años desde Miami.

Cuando le pregunté si soñaba con el Premio Nobel, Vargas Llosa respondió como sólo puede hacerlo un escritor comprometido con su oficio: “No, no sueño con el premio Nobel. Yo creo que ese es un sueño que puede ser bastante perjudicial para un escritor porque, si piensa demasiado en el Nobel, empieza a comportarse como un candidato al premio Nobel, y yo creo que eso es malo para el trabajo literario. El premio Nobel... pues es una recompensa que si llega un buen día, tanto mejor. Qué mejor halago para un escritor... pero un escritor no debe dejar que ese tipo de ambición se filtre en su conducta, porque yo creo que el resultado es profundamente perjudicial para la obra”.

En la misma entrevista hice a Vargas Llosa quizá una de las preguntas más incómodas para él: ¿Qué fue lo que ocurrió realmente entre usted y García Márquez? ¿Por qué fue que se enemistaron? Y él me respondió: “Bueno, eso vamos a dejárselo a los historiadores...”

Y la historia es definitivamente justa. Sin duda el Nobel de García Márquez es ahora mucho más importante de lo que era antes de ganarlo Mario Vargas Llosa. El estallido será eterno.
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