sábado, 31 de julio de 2010

¿POR QUÉ... ?

¿Cuándo fue cercenada en nosotros esa curiosidad? ¿Sería en el hogar cuando los padres, incapaces de responder a las preguntas del chiquilín, u ocupados en problemas más “apremiantes”, ante su preguntar insistente sobre un tema lo ignoraban... ?

MIENTRAS ME AFEITO
Por Isaías Ferreira

No hay nada más curioso y hambriento de conocimiento que un niño. Pasar un par de horas junto a un niño o niña puede ser un reto no sólo a la paciencia, sino a la inteligencia. Con la ingenuidad que les caracteriza, sin temor a aparecer brutos y mal informados, los niños son máquinas de hacer preguntas, que nunca parecen estar satisfechos. Es como si la naturaleza en su sabiduría dotara a los humanos de dicha capacidad como forma de supervivencia.

Y pensar que así de curiosos nacemos todos, pero un día, para muchos de nosotros, esa curiosidad se desvanece como por encanto y los “¿por qué?”, o desaparecen de un pronto o merman poco a poco hasta que un día nos dejan para siempre y de investigadores activos pasamos a ser autómatas pasivos sin “necesidad” de adquirir más conocimientos porque “todo lo sabemos”, o a ser entes que, aterrorizados ante la posibilidad de que los demás descubran lo que ignoramos, preferimos permanecer agazapados en la oscuridad de la ignorancia antes que borrarla con un ¿por qué?

¿Cuándo fue cercenada en nosotros esa curiosidad? ¿Sería en el hogar cuando los padres, incapaces de responder a las preguntas del chiquilín, u ocupados en problemas más “apremiantes”, ante su preguntar insistente sobre un tema lo ignoraban o despachaban con un “¿por qué eres tan preguntón? Yo no sé, no jodas tanto, muchacho ‘el cachimbo”?; ¿o sería cuando comenzamos a escondernos en nuestro propio cascarón como forma de protección ante “las cuerdas” de los compañeritos cuando se nos hizo imposible resolver aquella división de dos cifras? Todavía nos da náuseas oír en nuestras mentes el eco de aquellas carcajadas despiadadas.

La escuela puede resultar traumatizante para un mozalbete de cinco años y si de repente se encuentra éste en un ambiente hostil, donde falta la dirección de un profesor o profesora que entiendan lo horrorizado que está ese corderito, las heridas sufridas pueden durar toda una vida. Decía Bernard Shaw: “Mi educación fue muy buena hasta que me la interrumpió el colegio”. Muchas de nuestras deficiencias creo que se remontan a esos primeros años de escuela. Es durante esos años formativos cuando una mala experiencia nos hace odiar las matemáticas o la gramática y los siguientes años no hacen más que reforzar el odio a esas asignaturas y a añadir otras en el proceso. ¿Por qué?

Me parece, con permiso de los expertos en pedagogía y psicología, que es porque nuestro modelo de escuela en que un traje debe servir a todos no es conducente a suplir la demanda de los diferentes estilos de aprendizaje (auditivo, visual o táctil) de todos los individuos en un salón de clases. No todos aprendemos de la misma manera y en nuestro modelo siempre habrá estudiantes con desventajas. Pero hay otra cosa: nuestro aprendizaje en los primeros años de vida es a través de juegos y en la escuela de repente aprender conlleva trabajo y no hay un puente que comunique esas dos islas, sino que debemos nadar arduamente de una a otra.

Hay otro ingrediente más, proveniente de la experiencia escolar, que puede marchitar la mente hasta del estudiante más prometedor: la escuela raramente nos enseña a aprender, a razonar y a deducir. Todo se reduce a la manipulación de fórmulas y a la repetición de postulados, cifras y recetas que hemos atesorado por años y a las que respetamos como el Santo Grial y ¡ay del profesor que ose apartarse de esas enseñanzas o cuestione su validez! Lo cual explica en cierta forma la falta de curiosidad de la mayoría de nosotros en la adolescencia y en la adultez.

Todos los hombres y mujeres que han descollado en los diferentes campos del saber en su mayoría han desafiado el estatus quo, han mantenido una curiosidad de niños y no se han amoldado a los cánones existentes. Para estos individuos no es suficiente lo existente y la aseveración de “no hay nada nuevo bajo el sol”. Para ellos es necesario encontrar otra ruta, aunque para viajar por ella tengan que reinventar la rueda.

Para 1900, los pensadores consideraban que casi todos los misterios del mundo físico habían sido revelados. Excepto por unas cuantas preguntas referentes a las propiedades de la luz y a las radiaciones de los “cuerpos negros”, decían ellos, todo había sido conquistado. Como sabemos hoy, ¡cuán equivocados estaban! Casi inmediatamente, en 1901, nació la electrónica con la invención del tubo al vacío, y, en 1905, Einstein promulgaba su teoría especial de la relatividad abriendo una inmensidad de posibilidades que ha permitido los viajes espaciales, la fisión del átomo y una de inventos, descubrimientos y adelantos que desafían la imaginación.

Hoy más que en ninguna otra época, donde las comunicaciones son instantáneas y la información, tanto fidedigna como falsa, llueve a cántaros, debemos afilar nuestra curiosidad, pero sobre todo luchar para que nuestros estudiantes no la pierdan, y no cansarnos de preguntar, ¿por qué?; y si es posible, a ello añadir ¿cómo? Si nos cuesta trabajo preguntar por temor a hacer el ridículo, debemos olvidarnos de sandeces: quien pregunta e indaga sólo aparece ignorante una vez. Además, de alguna forma todos somos ignorantes; no podemos saberlo todo y no creo que eso deba avergonzarnos. Lo que no podemos es parar de aprender cosas nuevas. ¡Y hay tanto que aprender!

2 comentarios:

  1. Mano:

    Muy buen artículo. Sería bueno escuchar qué piensan los profesionales de la mente y el comportamiento humano que participan en este Blog al respecto, empezando por Lavinia.

    Un abrazo,

    Fernan.
    arapf@codetel.net.do

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  2. ¡QUE TOLETE DE ARTICULO! NOS ENORGULLECE QUE SEAS MAENO, ISAIAS.

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