domingo, 25 de julio de 2010

PAPÁ LLANO

Por ellos había aprendido que el abuelo era capaz de derribar un toro bravo con tan sólo un puñetazo; que luego de una enorme crecida del río, había matado un enorme caimán tomándolo por la cola y estrellándolo contra un árbol; que se había pasado dos semanas peleando contra los "bolos" con tan solo una botella de agua; que podía sembrar los alimentos hasta en las nubes y a los tres meses iba por la cosecha; que tan sólo comía una sola vez al día, ya que se podía alimentar con sus propios "piojos" que crecían en su bella cabellera. ¡Ah, la inocencia!

Vivencias
Por Pablo Mustonen

Era mi abuelo, y Papá Llano era como le llamaban en la casa. Era blanco y con un frondoso bigote, pelo encanecido por el tiempo y robusto como un toro.

Le conocí al morir mi padre, cuando nos mudamos a la casa de la abuela. Sucedió como a los tres meses de haber llegado a Esperanza. Ese día mi madre me invitó a ir por miel al conuco de las breñas; mi alegría fue de lo más grande, pues por los primos sabía que allí vivía el sabio ermitaño a quien aún no había conocido a pesar de contar con 8 años. Ese día madrugamos, pues la caminata era larga y tediosa.

Llegamos al conuco del abuelo a eso de las diez de la mañana y de inmediato mi madre cortó un racimo de plátanos y del nido de una de las tantas gallinas tomó un par de huevos y tomándome de la mano me encaminó en dirección a un otero bien alto que quedaba cercano al conuco. Subimos por la pendiente y llegamos a un enorme llano que quedaba en lo más alto de aquel enorme cerro. Me pareció que habíamos llegado al mismo cielo, ¡qué belleza y toda para el abuelo! Desayunamos opíparamente aquel manjar y entonces me dediqué a conocer el lugar. Era totalmente plano y el abuelo había construido una rústica casucha sin puertas y con muchas ventanas, exactamente en el medio del lugar y luego como para no poder escaparse de aquel su paraíso, encerró la construcción con un corral en donde comían los animales las diferentes yerbas que por la noche traía el abuelo.

Por la tarde y después de comer unas cuantas frutas y destapar un par de cocos de agua, mi madre me invitó al río Yaque y me dejó a mis antojos a la orilla de una bella playa rodeada de enormes matas de pendones. Cansados, llegamos a la cabaña del abuelo al ocultarse el sol. Mi madre preparó una tremenda cena, suficiente para diez personas. Al encender las velas y al toque de la oración entró mi esperado místico ser. Lo vi entrar por el único agujero que tenía la choza y me sorprendió su enorme figura. Luego de darle un beso a mi madre, me alzó por los hombros, diciendo: "Ah, este es el pequeño finlandés, ¿por qué no me lo trajiste cuando su padre vivía?". Luego de tomar un largo baño, se vistió con su mejor muda de ropas y sentándose a la mesa, nos invitó a que le acompañásemos. Al terminar la cena y mirando a mamá, dijo: "Trina, vamos a dormir ya que para mañana debo completar la tumba". Yo no pude dormir y recostado al costado de mi madre soñaba despierto con aquel querido gigante y recordaba los cuentos de los tíos y primos. Por ellos había aprendido que el abuelo era capaz de derribar un toro bravo con tan sólo un puñetazo; que luego de una enorme crecida del río, había matado un enorme caimán tomándolo por la cola y estrellándolo contra un árbol; que se había pasado dos semanas peleando contra los "bolos" con tan solo una botella de agua; que podía sembrar los alimentos hasta en las nubes y a los tres meses iba por la cosecha; que tan sólo comía una sola vez al día, ya que se podía alimentar con sus propios "piojos" que crecían en su bella cabellera. ¡Ah, la inocencia!

Nos levantamos con el canto del gallo. Afuera hacía un frío tremendo. Al verme el abuelo comentó: "buen día para escatriar a las abejas; hoy recogeremos una docena de barriles de rica miel y esto será suficiente para seis meses". Luego de desayunar, seguimos al abuelo hasta el colmenar.

Seguía atentamente cada movimiento del abuelo, que con un ramo de hojas verdes y con una cuantas brazas colocadas en el centro de los atados, hacía humear los ramos lentamente y con la misma lentitud el encanecido mago los pasaba frente a los "barriles" y las abejas se aletargaban o se alejaban y el abuelo tomaba con sus manos los mejores panales y los iba colocando cuidadosamente en una batea de madera.

Más o menos en una hora, teníamos varias bateas llenas con aquellos sabrosos panales. Secándose el sudor de la frente con su dedo índice, dijo: "Trina, llévate la burra, así ni tú, ni mi nieto llegarán cansados. Cuando descarguen la miel, le da algo de beber, este atado de yerbas y la suelta, ella sabrá llegar sola". Alrededor del mediodía salimos radiantes de alegría y yo con mi estómago repleto de miel y agua de coco. Recuerdo que ha sido la única vez que he pronunciado: "sión papayano" y también la única vez que de él escuché: "Dios te bendiga, mi hijo". No quise ir a su entierro; murió cuando él quiso y a los 103. Bella manera de morir sin complicidades.

4 comentarios:

  1. Que linda y nostalgica
    vivenvias Don Pablo..
    Publique con mas frecuencia
    que usted se nos pierde por largo
    tiempo. Feliz Dia del Padre a usted
    y cada uno de nuestros amigos de Mao en
    el corazon que tienen la bendicion de ser
    padre.. Jaime Bonilla

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  2. Pablito (perdona la falta de respeto), Yo tuve la dicha de vivir un buen tiempo con mi abuelo y pude apreciar el cariño que ellos desbordan por los nietos. Quiero pensar que fui "su preferido". Para mi era "mi querido viejo", quien yo queria ser "cuando crezca:, la persona que me apoyaba en to'. Le doy gracias a Dios por los abuelos, en especial por el mio,Don Julito Estevez.

    Janio Perez

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  3. Pablito: Qué linda remembranza! La disfruté como si estuviera viendo todo lo que relatas. Me encantó! Un abrazo de Lavinia Del Villar.

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  4. Pablo:
    Tuve la oportunidad de visitar la casa de nuestro abuelo en aquel cerro. Era de madera y rodeada por grandes árboles y de cuyas flores vivían laboriosas y libando las abejas.

    Uno de sus momentos más triste lo viví junto a él allá en Esperanza, cuando se construyó el Ingenio: muchos campesinos, como nuestro abuelo Emiliano Morel (Papállano), fueron desalojados de sus tierras, que él llamaba La Joya. Rafael L. Trujillo aplicó la ley y todo el que no tenía un título lo perdió todo. Si mal no recuerdo, ese día lloró de ¨pique¨. También tengo en mi mente el apiario, la siembra de guineos y plátanos y lo fértil de aquella tierra tan pródiga y hermosa como es nuestra provincia.

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