martes, 12 de octubre de 2010

EL ÁLGEBRA DE BALDOR

DESTELLOS DE NOSTALGIA
Por César Brea

Existen libros míticos, emblemáticos, esenciales; aquellos que llegan y se quedan en nuestras vidas. Libros que podemos amar, odiar, olvidar; que nos tocan como manos maternas, nos acarician como ternuras de novias, libros que golpean como choque de trenes, que transforman, trastornan, transgreden. Esos libros que no nos dejan indiferentes nos ayudaron a ser lo que hoy somos. Todos podemos recordar uno, varios o muchos. Algunos se vuelven permanentes, favoritos, afines. Pasa con La Biblia para los cristianos, con El Corán para los musulmanes. Los estudiosos clásicos nos hablan de La Odisea, El Quijote, El Fausto, La Divina Comedia, La Guerra y la Paz o el Hamlet de Shakespeare, pero larga es la lista de los libros que marcan, que encantan, que subyugan, que penetran, que lastiman, que sanan. A los dominicanos de varias generaciones nos golpeó un libro raro, misterioso y complicado. Libro que no narraba historias, no contaba cuentos, no transmitía ideas ni expresaba sentimientos y sin embargo poseía una fuerza interior de huracanes, la energía avasalladora de los terremotos. Libro que nos enseñó a pensar, a razonar, a comparar, a calcular, a rompernos la cabeza tras soluciones a verdaderos problemas. Libro mágico de caminos enrevesados como juego de ajedrez, eso ha sido para muchos “El Álgebra de Baldor”.

Aquel libro con portada amarilla, arabescos, turbantes y compases, con teodolitos, astrolabios, planos que pasaban por un punto y la palabra mágica “Al-Juarismi”, que evocaba matemáticos persas, babilonios y egipcios. Libro lleno de monomios, binomios y polinomios, de exponentes, llaves y corchetes, ecuaciones e inecuaciones. Un mundo nuevo que nos dejaba literalmente “en Babia”. Baldor llegaba en plena adolescencia como un acontecimiento del que nadie salía indemne, todos terminábamos lesionados. Atrás quedaban las aritméticas elementales y se aparecía este Aladino con una lámpara cargada de valores absolutos y relativos, de cantidades reales e imaginarias, de axiomas, factores y potencias. Aprender que hay números positivos y negativos, saber que existe la posibilidad de ampliar el campo numérico, que se puede calcular el verdadero valor de las formas indeterminadas, el valor algebraico de un radical. Todo esto y mucho más a los 13 años de edad era demasiado; era irse con Alicia tras el conejo pícaro al sub-mundo del país de las maravillas, era perseguir El Aleph de Borges hasta el punto que contenía todos los puntos, hasta el centro de todas las cosas, era buscar… “la enumeración parcial de un conjunto infinito” y el “símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes”. ¿Cómo pasar de curso sin morir en el intento? ¿Cómo terminar cuerdo nadando en aquel mar de enredos?

Asombraba este Baldor con un libro de números expresados en lenguaje musical. Porque música era la representación gráfica del cuadrado de la suma, el cubo de un binomio, las ecuaciones simultáneas, el teorema del residuo, los determinantes del tercer orden. Había ritmo en las permutaciones circulares, en las coordenadas cartesianas, en las constantes y variables, en la imposibilidad de resolver las ecuaciones de quinto grado. Jerigonza difícil cuando al mismo tiempo la Gramática Española nos complicaba con los pretéritos pluscuamperfectos del modo subjuntivo. ¡Señor Mío! Un berenjenal indescifrable cuando apenas dejábamos la infancia.

Pero en la vida todo pasa y un día quedaron atrás los algebristas de la India, la escuela de Bagdad, el Tratado de Álgebra de Omar Khayyam, el Teorema de Pitágoras, el Triángulo de Pascal. Se fue Baldor y aquel libro adornado con insólitos grabados: la figura cómica de Arquímedes, el nombre risible de Claudio Ptolomeo, la hermosura de Hypatia, matemática alejandrina cruelmente asesinada por los cristianos al negarse a adorar más dioses que los paganos; un Thales de Mileto que podía medir las pirámides por las sombras que proyectaban. Dejamos de reír con las barbas de Diofanto, la melena planchada de Newton, la “chivita” de Leonardo de Pisa, la boina de Nicolás de Tartaglia y el babero en el cuello de John Neper, ese de los logaritmos y los números neperianos. Pasar de curso fue un acontecimiento, el entonces joven profesor Andrés Ramos logró lo imposible: que Baldor se apoderara para siempre de nosotros y nos volviera más analíticos, imaginativos, mentalmente más ágiles, cultivamos el pensamiento lógico y aprendimos a renovar nuestras neuronas. Y eso era bastante y eso era bueno.

Completado el examen final, cuando creíamos haber dicho adiós a Baldor y su obra (amada y odiada a la vez), un grupo de estudiantes fuimos requisados por un jeep policial al mando del célebre Capitán Jiminían. Eran tiempos de caza de izquierdistas, al oficial ver aquél libraco extraño, repleto de figuras barbadas dijo a su sargento… “miren cuantos comunistas dibujados”; nos llevaron al cuartel donde un joven teniente revisó el texto y muerto de risa dijo a su superior… “¡Capitán…pero esto es el Álgebra de Baldor!”. Quedamos libres. Ironías de la vida, luego supimos que Aurelio Baldor huyó de la Cuba de los Hermanos Castro por ser precisamente anticomunista. Al fin nos liberábamos para siempre de aquel libro sospechoso, genial y extravagante. ¿Para siempre dije?... hasta 27 años más tarde cuando nuestra hija mayor nos sorprendiera con aquella frase lapidaria… “Papi explícame el Álgebra que no entiendo al fuñío Baldor este”. (¡Y pensar que muy pronto mi nieta pueda decirme lo mismo!)

6 comentarios:

  1. Bueeno Don Cesar ese fue
    mi dolor de cabeza!!!!
    Como olvidar ese libro..
    Muy allegado su tema, aunque
    por un momento pense que iba a doler
    de nuevo la cabeza...
    Saludos... Jaime Bonilla Fla. U S A

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  2. El Famoso "Algebra de Baldor" nos perseguira la vida entera. Aun conservo el mio y le doy las gracias al sistema educativo Dominicano (lo que queda) por incluir este libro. Don Candido Almanzar (Nino) fue nuestro guia a traves del mundo maravilloso de Baldor. La leyenda dice que si uno encontraba un error en el libro se hacia rico y si, ya ustedes saben que todos (Colegio Manuel de Jesus Galvan clase 1984) nos dedicamos a esa ardua tarea.
    Janio Perez

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  3. La verdad es que, quienes hicieron ese libro, no tenian mas nada que hacer en la vida, solamente que fastidiar a uno(es en broma)...hasta la fecha,nunca ha sabido como "diablo" pase esa materia, jaja.... ALEJANDRO J SANTANA

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  4. Mi hermano el Ing. Alberto Elmufdi y yo, hemos disfrutado grandemente este artículo. Alberto lo resumió de mi autoría y me envió un helado de regalo que yo disfrute a nombre del verdadero autor, ante cuya sapiensa y fina pluma, me inclino reverente. Es posible que en algún "confín lejano" confluyan nuestras sangres, quizás, talvéz.
    Nuestras felicitaciones.

    Ing. César Brea

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  5. Cesar,Mi hermano, cooñooo,¿por qué me haces eso ?

    Hasta la fecha le tengo terror ver ese apellido con el hombre del "babonuco" en la cabeza y creo que esa es la razón para odiar de por vida a estos Indúes o Indús o Indios,como quiera.
    Me recuerda al Exámen final previo a graduación cuando Isidro Rdguez. el famoso Sago del ISA nos dio esas 3 hojas y nos dijo "comiencen ,que yo vengo dentro de 3 horas" y se fue.nos dejó solos y del grupo de 63 alumnos solamente 4 (magnum cum laude) lo pasaron. Al volver,y vernos tristes y cabizbajos nos quitó el exámen y repentinamente nos dijo "Vayanse,comierdas,todos pasaron" . Fue un solo brinco de alegría.
    Luego de 40 años de graduados,nos juntamos de nuevo con Isidro y le hicimos un merecido homenaje.Pero a pesar de todo el odio sigue para los números, por eso no me gusta pagar las cuentas pendientes.

    Abrazos
    Manito

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  6. COMO OLVIDARLO MAS SIGO DANDO CLASES DE ALGEBRA JAJAJAJAJA

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