jueves, 15 de abril de 2010

Los caños


VIVENCIAS
Por Pablo Mustonen

En el Mao en que viví, había varios caños; el principal era el Junquito, que cuando llovía y los ríos venían con crecidas, siempre se salía de su curso y el pueblo quedaba aislado. Era riesgoso cruzarlo, pero también emocionante. Para esto debíamos subirnos por un "Flumen" de madera, que cruzaba su lecho hacia la otra orilla y con la ayuda de algunos voluntarios, arriesgarse a caminar sobre la madera resbaladiza y, protegido por su dos "barandales" y de mano en mano, llegar al otro extremo; era una odisea peligrosa.

Cada vez que el junquito se desbordaba, se armaba tremenda algarabía, ya que los que no estaban trabajando se dirigían en dirección al caño, para tratar de ganarse unos pesos, principalmente ayudando a cruzar a los automóviles.

El Junquito, al igual que todos los demás caños, siempre estaba cubierto por eneas y lilas de un azul intenso que flotaban y raíces que intentaban tocar el fondo. A través de sus cristalinas aguas podíamos ver las tilapias y las "anguillas" que normalmente nadaban a media agua, alguna veces íbamos de pesca y de sus orillas sacábamos las lombrices que usaríamos para la intentona. Para la pesca de "anguillas" usábamos normalmente aguacate como carnada, debíamos tener la paciencia de Job y no eran presas fáciles. La "pesca" que más me llamaba la atención era la que hacía "Rafael la garza" (Le llamábamos así por su enorme estatura). Tomaba éste un calabazo seco, lo cortaba por el fondo y le abría dos pequeños agujeros por el frente, se lo colocaba sobre su cabeza, dejando ver solamente la parte superior del calabazo, que aparentaba como que flotaba a la deriva sobre las transparentes aguas cristalinas; cuando los patos y yaguasas empezaban a llegar, semi-sumergido y caminando sobre el lecho del caño, se acercaba con mucha cautela y tomando las aves por sus patas, de un tirón las metía en un saco que llevaba al costado. Era fabuloso observarlo y siempre en su casa había carne "gourmet". De vez en cuando nos invitaba a disfrutar con él de sus manjares. Rafael se ganaba el pan de cada día, como lavador de carros, en la bomba Shell de Hatico (propiedad de los Román -quienes vivían al lado del Samoa Bar y frente al parque-, los padres de María Eugenia y de Juan Miguel Román, que murió en la revolución del 65, cuando los rebeldes trataron de retomar el Palacio Nacional).

Creo que Rafael la Garza, aún vive.

No sé si todavía se pueden ver los patos salvajes de la Florida, garcilanes y yaguasas; creo que la caza indiscriminada ha acabado con todas las aves migratorias, que en invierno anidaban y se alimentaban en las orillas de aquel fértil hábitat. Era un verdadero placer, observar a la "mama pata", enseñando a su cría a nadar y a defenderse de los depredadores. Siempre respetamos a las aves recién "sacadas", algunas veces venían cazadores furtivos y la muchachada aprovechaba para espantar a las aves. Era una ley no escrita, solamente llevarse a casa lo necesario. Tan solo recuerdo una vez que esta regla no fue observada y fue cuando secaron el canal Bogaert, para limpiar el fondo y hacerlo más caudaloso, los peces moribundos y semi-ahogados, casi rogaban para que le dieran muerte. Llenamos unos cuantos sacos de "dajaos y sagos" y los llevamos al Hatico, los regalamos a todos lo que quisieron, esa noche casi todos cenamos pescado de agua dulce.

Eso era vivir...

4 comentarios:

  1. y que tal la historia del perdigon que llevas dentro de una mano.

    Janio

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  2. Don Pablo muy bonito ese escrito
    suyo, usted ni se imagina lo grato
    para mi leer todas esas anectodas
    sobre mi gente y pueblo. Gracias mil
    Referente a Rafael me parece, sino
    me equivoco vive en el alto Manhattan N.Y
    Mis mas sincero saludos a su persona..Y
    siga ahi, que sus muy recibidos escristo
    son bastante relajante(anti despresivo)

    Jaime Bonilla.. jaimebonilla1@yahoo.com
    Clearwater Fla. USA

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  3. Gracias por los comentarios, me gustarìa saber un poco màs de Rafael y a Janio que se deje de vainas, de ese perdigòn fuì curado por el (en esa època recièn graduado)Dr Norman Fereira y aùn llevo la marca de esa idiota travesura. Saludos.
    Pablo

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  4. Pablo:

    La cacería indiscriminada, en toda época, sin respetar los períodos de reproducción de las diferentes especies, ha acabado no sólo con los patos de la Flórida, los garcilanes y la yaguasas, sino también con la tórtolas, los rolones, las guineas, las palomas cenizas y las caquitos. ¡Ya no hay a qué tirarle!!

    Un abrazo,

    Fernan Ferreira
    arapf@codetel.net.do

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