domingo, 27 de septiembre de 2009

Velas, velorios, rezadores y Pancho Quesada


Cosas de Mao
Por Isaías Medina Ferreira
(Lenguaje un poco encendido)

La muerte, acontecimiento natural, concluyente e inevitable de todo ente vivo, por ser misteriosa, es acogida por los humanos con todo tipo de ritos de despedidas para el occiso. De esos ritos, en la tradición católica en primer lugar están los rezos, tanto en el velorio como durante los primeros 9 días de haber ocurrido la partida, y luego mensual, para alivianar y limpiar el alma del “viajante” a fin de hacer su paso por el purgatorio lo más breve posible y allanarle el camino hacia el cielo.

Aunque la muerte es motivo de sentimientos de recogimiento y respeto, es también motivo de irreverencia y toda clase de chistes y dichos crueles, y por eso decimos que el que muere estericó la pata, pateó la bacinilla, se le vació el “aljibe”, estericó los tenis, firmó con los Angelinos, se lo llevó la flaca, vendió a cuatro, firmó con los Carmelitas, colgó los guantes, se tiró tres peos y se fue pa’l carajo o dijo adiós a este mundo cruel e ingrato.

Cuando las funerarias no habían llegado a nuestro Macondo, y los ataúdes los fabricaban Chaguito y otro señor cuyo nombre no registro ahora, los muertos eran velados en sus casas (como creo que todavía se hace en muchos hogares que no pueden sufragar los gastos exorbitantes a que conducen esos tétricos lugares). Las casas en esas situaciones se convertían en sitio de convergencia de todo tipo de personas, íntimos unos, y extraños la mayoría.

En Mao, como supongo que sucedía en otros pueblos, esa combinación de respeto e irreverencia muchas veces creaba un ambiente raro en que se juntaban los dolientes, con razón compungidos por la partida del ser querido; los rezadores, medios transmisores para depositar los ruegos implorantes de purificación en las ondas etéreas que llevan al reino de los cielos, y aquellos a quienes les gustaba la chercha y veían en el velorio o los rezos una oportunidad más para gozar haciendo sus chistecitos y reír, unas veces disimuladamente, y otras descaradamente, a carcajadas.

Recuerdo que en Mao había rezadores y rezadoras profesionales, no porque cobraran (aunque tampoco decían que no si le mojaban las manos), sino porque eran experimentados o tenían buena voz y cadencia para el rezo. No olvidemos que en ese tiempo el latín era todavía la lengua predilecta de la Iglesia Católica y no era cualquiera que podía decir “Per Secula Seculoroum” (1) lo cual las viejas, con razón, confundían con “porque me acecha socorro”. Algunos de ellos eran considerados “estrellas del rezo” y como piezas imprescindibles de las ofrendas al altísimo estaban en casi todos los velorios. Además del rezador o la rezadora central, había todo un elenco de señoras devotas (entre ellas viudas y "señoritas", las desdeñadas por San Antonio, o simple almas desdichadas y ajadas por la tristeza de la soledad) que al parecer encontraban aliciente y sosiego en esos hermosos momentos de comunicación con el Señor y estaban presente en casi todas las novenas y velorios. Había, además, una serie de jodones que iban a hacer cuentos y a disfrutar del criollo don Pancho Quesada (pan y queso blanco), o del italiano don Pancho Salami (pan y salchichón), con café (o jengibre), que era parte del rito y una forma de los familiares agradecer a aquellos que los acompañaban en su duelo.

En las “velas” de los nueve días, o del aniversario, por lo regular daban comida. Algunas de esas velas eran verdaderos banquetes en que mataban vacas o puercos y daban “romo”, dependiendo de la situación económica de los dolientes, lo cual añadía otros actores al elenco: los comilones del pueblo como Segueta, Marrañao, Mandufe y René, quienes siempre armaban su propio show buscando posición para poder comer mas de una vez.

Aparte de la abundancia de cuentos, las novenas, nueve días y velorios eran un foro de murmuraciones y chismes de parte de las señoras (y hasta señores) presente: “¿Viste a fulanita como estaba vestida? ¡Qué viuda!…”; “Mira, mira que desfachatez, ¿No pudo encontrar otra cosa para ponerse?”; “¿Viste la hija de zutano comiéndose con el novio?”. “Ay, ¿sabes quien quedó encinta?...”. “Coño, ¿cuánto le pagarían a esa pa’que llorara?… ¡con qué gusto lo hacía!...”. "¡El millero de la viuda tiene unos cuantos kilómetros corridos, pero todavía se ve bien!..., ¿Usted se atreve a hacerle algo?... ¡Qué si me atrevo!", y así sucesivamente.

En Mao había varios rezadores (y rezadoras) experimentados. De las rezadoras recuerdo a Fefín, creo que la mamá de Ñobo; y de los rezadores recuerdo a Niño y a un muchacho, Fernando, a quien le llamaban “el santo”, ambos de El Rincón. El santo era un católico devoto y practicante, como su madre, que por no salir de la iglesia todos creíamos que se había ganado su viajecito sin escala al cielo. Niño, si bien iba a la iglesia, no era tan allá en esos menesteres y era un poco pintoresco y hasta suelto de la lengua. No era raro que en medio de un rezo “… santa María, madre de Dio…”, Niño metiera un “… a perro ei diablo, carajo…”, y siguiera como si nada rezando, “… ruega poi nosotro lo pecadores…”, o tirara un “… ¿y cuándo e que van a dai ei pan y ei café?”; o si no, “… mira muchacho’ ei diablo, apéate de ahí, infajnate…”. Todo un espectáculo… ¡y que me parta un rayo si miento!

Un grupito de adolescentes de la época creíamos una obligación “sacrificarnos” y cumplir con asistir a los velorios, no importa de quién fuera ni cuán distante tuviéramos que ir. Las velas de nueve días y novenas no nos atraían, pues lo de nosotros no era rezar, sino joder. Nuestro líder e informador de las muertes acaecidas en Mao era Papito Rincón, quien en el parque nos informaba “Pancho Quesada en las 300… o el Rincón… o Sibila”, o cualquiera que fuera el lugar. Por supuesto, como sólo íbamos a hacer cuentos y a reírnos, tuvimos más de un problema con familiares que sintiéndose ofendidos se incomodaron y nos llegaron a sacar de mala forma.

Nuestro “sacrificio” en los velorios duraba hasta las 12:30 de la medianoche, a más tardar la 1:00 de la madrugada, después que daban el Pancho Quesada, o Pancho Salami, y el café o jengibre. Creo que la última vez que nos “sacrificamos” fue cuando Papito, al ver que era casi la 1 de la madrugada y no hacían el brindis, se paró y proclamó de manera que todos lo oyeran: “Vámonos de aquí, muchachos… estos malagradecidos ni siquiera café tienen para brindar….”.

Los del grupo, al ver que a Papito le habían parado el discurso en la palabra brindar, con un tremendo pescozón en la nariz que lo puso a sangrar profusamente, más por decencia y respeto que por miedo, (¡Unjú!), no queriendo armar allí un lío (¡y era fashi!), sigilosamente comenzamos a evacuar el lugar uno a uno, cuidándonos de no dar a entender que andábamos con Papito. Caminando lento primero, trotando después, y al final cogiendo la velocidad de Lilís Santana o Miguel Diloné al doblar la esquina, corrimos como condenados, sin mirar hacia atrás, y juramos nunca más volver a “sacrificarnos” en ningún otro velorio. Al fin y al cabo, ¿para qué sacrificarse por el prójimo si tomaba uno el riesgo de ser agredido? razonábamos. Y de verdad, nos sentíamos ofendidos e incomprendidos…
¡ah, qué lindo haberlo vivido, para poderlo contar!

NOTAS: (1) Frase en latín que quiere decir Por los siglos de los siglos, o eternamente.



3 comentarios:

  1. Recuerda que Niño fue uno de los primeros pájaramos que conocimos en Mao........../

    Saludos
    Angel Berto

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  2. Pero y donde estab este hombre metio? Y por que este maestro de la narracion no tiene libros? Dentro de mi conocimiento limitado, este escritor le da miles de pata a muchos que andan por ahi pretendiendo ser escritores. Felicidades y siga pa lante deleitandonos con esa narrativa tan agil que tiene y con su gran sentido del humor. gracias.
    Vicente Hernandez
    (perdone los acentos)

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  3. En Sibila recuerdo como rezadores clasicos a una dama conocida como "clara la rezadora" quien luego emigro hacia la Capital y uno llamado "Jengo el rezador" quien murio hace algunos anios.

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