domingo, 26 de septiembre de 2010

GUARDIÁN, NUESTRO PERRO

Podría decirse que Guardián fue una víctima más de la dictadura trujillista. Su eficiente patrullaje, su lealtad a la familia impedían la labor de “caliesaje” del régimen, y fue necesario eliminarlo.

A PROPÓSITO...
Por Fernando Ferreira Azcona

No recuerdo una sola etapa de mi vida en que, en nuestra casa paterna no haya habido un perro bravo para custodiar el patio de la “vieja casona de madera”. Siempre han sido perros de razas famosas.

Cuando yo era un niño, llegaron a nuestro querido pueblo de Mao, los “perros policías”. Me imagino que los denominaron así, porque aquí, o en algún otro país del mundo eran utilizados por sus respectivos cuerpos policiales.

Eran unos perros grandes, de color blanco, con manchas negras de diferentes tamaños. Es muy probable que fueran especímenes de la raza Dálmata. Sin embargo, los primeros lucían más grandes y musculosos que los miembros de esta raza.

Y Guardián no era la excepción. Nuestro perro era grande, musculoso, con un amplio pecho, donde exhibía una mancha negra grande. De igual manera, en su costado derecho tenía otra mancha grande de color negro, aunque más pequeña que la primera. Todo el resto de su cuerpo estaba salpicado de pequeñas manchas negras.

Cuando Guardián era un cachorro, Agustín Güichardo, que era muy amigo de Norman, nuestro hermano mayor, y frecuentaba nuestra casa a diario, le hacía muchas maldades (bromas pesadas), razón por la cual, Guardián “no quería saber de él”. Por más que le advertíamos, Agustín persistía en su práctica habitual.

Con el transcurrir del tiempo, nuestro perro creció y desarrolló una fuerza brutal. Cada vez había que comprar cadenas más fuertes para mantenerlo atado, pues todas las rompía. Un día, como de costumbre, llegó Agustín y Guardián le ladraba con furia. Sucedió lo acostumbrado: rompió la cadena y se abalanzó sobre nuestro amigo. No lo mordió de inmediato, pues Agustín se petrificó. No podía ni hablar. Guardián le puso sus grandes patas delanteras sobre el pecho, ladeó su cabeza y colocó su hocico frente a la garganta de “su enemigo”, en actitud amenazante. Cualquier movimiento de Agustín hubiese representado su muerte. Fue la última vez que nuestro amigo entró por el patio a nuestra casa.

A Guardián le tocaba patrullar un patio inmenso, pues en esa época, nuestra casa ocupaba casi media cuadra. No existía el edificio que alberga el Banco Popular Dominicano, ni el de la Ferretería Ferreira. Tampoco existía la Barra D’ Marino. Es decir, que teníamos límites por las calles Duarte, Independencia y Máximo Cabral. De ñapa, la casona era más pequeña. Allí estaba ubicado el play donde surgió el mote de “Cabezón” para Manito Santana. No sé si él se acuerda de Guardián.

Nuestro Centinela se pasaba todo el día amarrado, hasta las 9 – 10 de la noche. De ahí en adelante lo soltábamos y se pasaba toda la noche corriendo de un lado para otro, en su eficiente labor de patrullaje. Teníamos que dejarle varias “poncheras” llenas de agua para que mitigara la sed que le causaba este ajetreo.

Una noche fui a soltar a Guardián y sentí que algunos árboles se movían de manera anormal. El miedo se apoderó de mí. Puse la reversa y salí corriendo en dirección a la casa. Llegué jadeante a la mecedora donde Papá estaba leyendo. “En el patio salen muertos”, le dije al Viejo, en estado de pánico.

Aparentemente, Papá sabía lo que estaba pasando. Agarró su escopeta, la sobó y salimos de nuevo al patio. Como era de esperar, no encontramos rastros de “los muertos” que me habían salido momentos antes.

Unos días más tarde, Guardián, nuestro querido perro fue envenenado en el patio de nuestra casa. Papá, con sentimientos mezclados de ira y congoja, nos ordenó que lo enterráramos en el patio, que con tanto celo había patrullado. El “center field” de nuestro play sirvió de tumba a nuestro gran amigo. Luego, Papá ofreció una recompensa a quien le ayudara a identificar quién mató a Guardián.

Cierto tiempo después, un policía que le apodaban El Chino, y que era compadre varias veces de Papá, le informó que el perro se lo habían envenenado para poder meter guardias y policías (caliés) en el patio, con el propósito de espiar de cerca a la familia.

Más adelante, el entonces Capitán del Ejército Nacional, Manuel Secundino Pérez Peña, hermano de Doña Lidia, la Madre de Tirso Reyes, quien a pesar de su condición de oficial, era antitrujillista, e iba a la Tienda Ferreira con frecuencia, hizo un aparte con Papá y le dijo: “No salgas al patio de noche, ni permitas que ninguno de tus hijos lo haga. La orden que hay es de asesinar a un miembro de tu familia, cortándole las venas, de manera que se pueda aducir que fue suicidio”.

Esta funesta práctica también fue corroborada por Doña Mercedes Güichardo, familia de Don Pedrito Güichardo, quien también era comadre de Papá y vecina por la calle Máximo Cabral. Ella tenía un puesto de venta de café colado frente a su casa. “Compadre, del patio de su casa, salen todos los días, de madrugadita, dos hombres, y vienen a tomar café aquí. Yo no sé qué es lo que buscan, pero salen de ahí todos los días…”

Podría decirse que Guardián fue una víctima más de la dictadura trujillista. Su eficiente patrullaje, su lealtad a la familia impedían la labor de “caliesaje” del régimen, y fue necesario eliminarlo.

1 comentario:

  1. Mano,
    No hay nada que me cause más rabia que el abuso de poder... mas si es usurpado. De los pocos rencores que guardo en mi vida, Trujillo y Balaguer están a la cabeza.
    ¿Tú sabes lo que era que ni derecho a la tranquilidad de su hogar tuviera uno con esos dos hijos de p..a?
    Isaías

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