viernes, 26 de febrero de 2010

SOLO DE A RATITOS

Por Lavinia del Villar

“Bueno es el cilantro… pero no tanto.”
Dicho popular.

Todos los seres humanos, por nobles que seamos, tenemos dentro nuestro monstruo.

Esta parte de nosotros es la que nos invita a atacar, a rechazar, a dañar, a maltratar, a maldecir, a desear mal, a rebelarnos, o simplemente a no hacer nada.

Cuando explotamos, como comúnmente decimos, podemos ser hirientes, irónicos, injustos y hasta peligrosos. En esos momentos perdemos la paz interior.

A veces nuestro monstruo se nos sale sin permiso, y nos hace quedar mal ante los demás. Otras veces nos sentimos orgullosos de él y lo dejamos salir a sabiendas. Lo paseamos, lo exhibimos, lo alardeamos, y nos protegemos con su compañía…

Es un “yo no me dejo”, “conmigo nadie inventa”, cuyo objetivo principal es impresionar o intimidar.

Y es que ese monstruo sabe de nuestros miedos y conflictos, de nuestras frustraciones e insatisfacciones, de nuestras penas y carencias… por lo que se muestra incontrolable cuando se siente provocado.

Controlar nuestro monstruo es un trabajo de crecimiento emocional. Es nuestro afán para estar en equilibrio, es la lucha constante para no actuar por el sentimiento, y el intento diario de alcanzar la tranquilidad de espíritu.

El primer paso para controlarlo sería conocerlo, luego entenderlo, después aceptarlo, para entonces aprender a manejarlo. No olvidemos que hay ocasiones que se nos sale por razones justas.

Que se nos salga de vez en cuando está bien... El mismo Jesús lo dejó salir cuando encontró los mercaderes haciendo negocios en el templo, y los echó a latigazos.


Que lo dejemos afuera mucho rato nos puede meter en problemas… Podríamos convertirnos en personas agrias o poco gratas.

Así que, si se nos dificulta dejarlo guardado, y se nos sale sin remedio, dejémoslo pasear, pero… Solo de a ratitos.

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