domingo, 7 de septiembre de 2014

FLOPPY, NUESTRA PERRITA POODLE

Por Fernando Ferreira Azcona

Nos la regaló nuestro querido amigo, compadre y hermano Diogenito. Nos permitió escogerla de entre el grupo de hermanitos. La escogimos a ella, porque era la más rechoncha y graciosa y porque era la única de los cachorros que a la fecha, no tenía dientes.

La llevamos a nuestro hogar, la desparasitamos y pasó a ser, literalmente, nuestra “hija menor”. Esto así, porque Nana y Paula la mimaban como si se tratara de un ser humano. Comía los mismos alimentos preparados para nuestra familia y dormía en la cama con Paula, cuando no, al lado de Nana. Este cuidado exquisito permitió que Floppy compartiera con nosotros diecisiete años de nuestra vida familiar.

Como los perros escogen a su amo, sin importar a quién se lo hayan regalado, Floppy escogió a Nana como su gran amor y en su ausencia, su corazón era ocupado por nuestra hija Paula. Yo sólo contaba por unos segundos a mi regreso a casa del trabajo, cuando me demostraba su alegría por verme, pero pronto se alejaba y se echaba al lado o a los pies de su ama. Nuestros hijos varones, no eran de su agrado, pues le hacían muchas maldades y juegos pesados que a ella no le agradaban.

Transcurrió el tiempo y Floppy se fue haciendo adulta. Nana nunca la encastó, pues no quería que “se le pusiera fea” con la crianza de su descendencia. Sus grandes amores eran las dos mujeres de la casa y yo en tercer lugar. Ahí, “se paraban las aguas”, al menos, eso creíamos nosotros.

Sin embargo, en agosto de 1993, Fernandito, nuestro hijo mayor, se accidentó de gravedad. Sin saber qué había pasado, al ver que no llegaba a casa, Nana y yo salimos a buscarlo por hospitales, clínicas privadas y cuarteles de la Policía Nacional de la ciudad.

Alrededor de las 4:00 de la mañana, lo encontramos inconsciente en la Sala de Emergencias del Hospital Central del Instituto Dominicano de Seguros Sociales. El propio médico que lo atendió nos sugirió que nos lo lleváramos a una clínica privada, porque “en el hospital no habían camas disponibles y el paciente podía pasarse varios días en esa camilla”.

Trasladamos a nuestro hijo al Centro Médico UCE. Llamamos a nuestro médico de cabecera, nuestro hermano ido a destiempo, Ningue Taveras, quien se hizo cargo del caso y escogió al Dr. Pedro Pablo Díaz como el neurocirujano, que atendería a Fernandito. Por recomendaciones del Dr. Díaz, le hicimos al paciente en estado de gravedad una tomografía axial computarizada y se trasladó a la sala de cuidados intensivos del centro médico antes citado.

Cuando regresé a casa al amanecer, ¡Floppy estaba enterada de todo! La encontré con un semblante muy triste, acostada sobre la almohada de Fernandito. Ni siquiera se bajó de la cama a saludarme. Se limitó a mirarme triste y fijamente, como diciendo “no tienes que contarme nada, yo sé lo que ocurrió y estoy muy consternada”.

Nuestro hijo pasó alrededor de diez días internado en la clínica y durante ese lapso de tiempo, Floppy durmió todas las noches sobre la almohada de Fernandito. No hubo ser humano o fuerza sobre natural que la moviese de allí. Yo tenía que bajarla cargada a hacer sus necesidades fisiológicas.

Nosotros vivíamos en un tercer piso y el estacionamiento estaba localizado al frente del edificio. Cuando los médicos le dieron de alta a nuestro hijo y llegamos con él a nuestro parqueo, Floppy lo olfateó y su alegría era tan grande, que brincaba a más de un metro de altura.

Después de subir a nuestro apartamento, sentamos a nuestro hijo convaleciente en un sillón reclinable. Floppy se sentó sobre sus piernas, se quedaba mirándolo fijamente y de repente se paraba y le lamía el rostro con una ternura más que humana. Estos “amores” se prolongaron hasta que Fernandito se recuperó completamente y las bromas pesadas empezaron de nuevo…

Con el paso del tiempo, Floppy se fue haciendo más y más anciana. La raza canina vive unos doce años y ella vivió diecisiete. A pesar de que ya estaba prácticamente ciega, consciente del gran amor que sentía Nana por ella, nunca me atreví a sugerirle que “la pusiera a dormir”…

3 comentarios:

  1. Muy conmovedora la historia. Es increíble la conexión que existe entre los caninos y los seres humanos.

    Isaias

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  2. Gracias Isaías y Marihal por sus comentarios. Con estas cuartillas quise hacer honor a la fidelidad del "mejor amigo del hombre". En realidad, Floppy fue extraordinaria. Desde su partida, en nuestra casa jamás ha habido otra mascota.

    Afectos,

    Fernan Ferreira.

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